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Capítulo 13 (Estallido de ira)

Horas después, los efectos de las drogas y el alcohol comenzaron a hacer estragos entre los asistentes. El caos y las discusiones menores no le importaron, pero un ruido fuerte proveniente de una de las habitaciones llamó su atención.

—¡Qué me dejes en paz, joder! —gritó una voz femenina.

No vas a salir de aquí si no me dejas verte desnuda —respondió Rafa con un tono cargado de prepotencia.

Misael, sintiendo un fuego ardiente en su interior, giró la manilla y abrió la puerta. Allí estaba Marta, intentando alejarse de Rafa.

—¿Qué ocurre? —preguntó Misael, aunque en su corazón ya lo sabía.

Marta aprovechó la presencia de Misael para ponerse detrás de él, buscando protección.

—¡Vamos, aparta! —gruñó Rafa, intentando empujar a Misael, pero este reaccionó rápido, agarrándolo por la muñeca con fuerza.

Los ojos de Misael se encontraron con los de Rafa. Esta vez, no había miedo en su mirada, solo una firmeza que Rafa no había visto antes.

—Déjala en paz —dijo con voz grave y calmada.

—¿Qué crees que estás haciendo, imbécil? —Rafa intentó soltarse, pero Misael apretó aún más su agarre.

—El único imbécil aquí eres tú. —Su voz temblaba, pero no de miedo, sino de rabia contenida—. No voy a volver a acobardarme por personas como tú.

—¿Te crees Naruto o qué? ¡Quítate esa ridícula camiseta! —se burló Rafa, tratando de ridiculizarlo—. Esto no es una serie de ninjas, es la vida real.

Misael respiró hondo, recordando las palabras de su personaje favorito: «Jamás retrocederé a mi palabra».

Rafa intentó reírse, pero la fuerza del agarre de Misael comenzó a incomodarle.

—¿Mataste a Nieve? —preguntó, apretando aún más.

—¿Qué dices? —Rafa intentó zafarse, pero no pudo.

—¡Responde! —gritó Misael, atrayendo la atención de todos los presentes.

—Vale, vale, cálmate. —Rafa sonrió de forma maliciosa—. Lo ahogué en la taza del váter porque no dejaba de maullar.

El mundo de Misael se detuvo. Sus puños comenzaron a temblar mientras procesaba las palabras de Rafa.

—¡Eres un monstruo! —dijo con un grito desgarrador antes de lanzarse sobre él.

El impacto fue brutal. Misael descargó toda su furia en Rafa, golpeándolo repetidamente mientras los demás intentaban detenerlo.

—¡Basta, Misael! —gritó Marta, agarrándolo de los hombros—. ¡Ya es suficiente!

Al sentir las manos de Marta, se detuvo. Su respiración era agitada, y sus ojos, llenos de lágrimas, mostraban el dolor que llevaba dentro.

Sin decir una palabra más, salió corriendo de la casa, dejando atrás la confusión y el caos que había creado.

Una vez en el exterior, Misael sintió cómo el frío mordía su rostro, pero apenas lo notaba. Cada paso resonaba en su mente, acompañado por un leve dolor en sus manos. Las observó con detenimiento bajo la luz amarillenta de una farola.

—Mis manos... —susurró, flexionando los dedos con dificultad—. Creo que me he roto algún hueso.

Se apoyó en una de las barandillas que rodeaban un parque infantil cubierto de nieve y sacó su teléfono, el cual temblaba en su mano herida.

—¡Miguel! —exclamó, todavía agitado—. Tenías razón... Rafa mató a Nieve.

El silencio del otro lado de la línea fue sepulcral. Misael supo al instante que sus palabras habían golpeado a su amigo como una bofetada.

—Escúchame, le he dado su merecido, tal y como te prometí —Apretó los dientes, orgulloso—. No creo que vuelva a tocar a otro gato.

El boliviano se quedó mudo por unos segundos, procesando lo que acababa de oír.

—Muchísimas gracias, Misael... —dijo con tono agradecido—. Aunque nada hará que Nieve vuelva, estoy seguro de que habrá sonreído desde el cielo al verte defenderlo.

—Descuida, Miguel —Misael levantó la mirada hacia las estrellas—. Nunca me había sentido tan bien.

Unas sirenas resonaron a lo lejos, y dos ambulancias pasaron rugiendo junto al parque, iluminando momentáneamente la noche con luces intermitentes. Iban en dirección a la casa de Alberto.

—Escucha, ¿en qué bar de Chueca estás? Cogeré un autobús y estaré allí en un momento.

Miguel le envió la ubicación mientras se despedían.

Justo cuando guardaba el móvil, sintió un toque en la espalda. Giró bruscamente, aún lleno de adrenalina.

—No quería asustarte —dijo una voz suave.

—¿Marta? —murmuró sorprendido al ver a la chica de ojos azules.

Ella asintió, sus labios temblaban ligeramente por el frío y la emoción.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con desconfianza—. ¿Acaso te han enviado esos imbéciles para seguirme?

—¡No! —negó tajante, dando un paso hacia él.

De pronto, sin previo aviso, se lanzó a sus brazos. El contacto lo tomó por sorpresa. Marta, sollozando suavemente, escondió su rostro en el pecho de Misael.

—Gracias... —dijo entrecortada—. Gracias por sacarme de esa habitación.

Misael permaneció inmóvil durante un instante. Nunca antes una chica, ajena a su familia, le había abrazado con tal intensidad. Sintió el calor de sus lágrimas humedecer su camiseta de Naruto bajo la chaqueta.

—No soy feliz entre esa gentuza... —reconoció con una honestidad desgarradora—. ¡Ayúdame a ser mejor persona!

Él la miró con una mezcla de ternura y sorpresa. Con movimientos lentos y cuidadosos, secó las lágrimas que caían por sus mejillas, dejando una suave caricia tras cada gesto.

—Claro que te ayudaré —le dijo con sinceridad—. Todo el mundo merece una segunda oportunidad.

Marta esbozó una débil sonrisa, todavía con los ojos enrojecidos.

—¿Puedo ir contigo? —preguntó con voz insegura.

Misael dudó por un momento, pero al ver la determinación en su mirada, asintió.

—Pero antes —murmuró, ofreciéndole la mano—, prométeme que no mirarás atrás.

Marta la tomó con fuerza, y juntos comenzaron a caminar por la blanca noche, dejando atrás las sombras de la fiesta y avanzando hacia un futuro incierto, pero lleno de posibilidades.

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