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20 euros


Mierda. No puedo dejar de temblar.

Tiemblo tanto que tengo la sensación de que los brazos y las piernas van a fallarme en cualquier momento.

Hasta hoy, no sabía que había más formas de sentirse expuesto y vulnerable que estar desnudo en el centro de este incómodo colchón de segunda mano y muelles salidos que cuando me pediste que te diera la espalda, me pusiera a cuatro patas y abriera las piernas todo lo que pudiera. Hasta hoy, no sabía que uno podía saborear su propia bilis o sudar frío por todo el cuerpo cuando se quiere algo tantísimo.

Esta es la primera vez.

Esta es mi primera vez.

Contigo.

¿La tuya? Para nada.

Solo soy el crío que siempre te mira fijamente. Ese al que a veces recorres con una mirada de interés antes de seguir a su madre a la pocilga que es su habitación para follar o colocaros juntos con la droga del día. Ese que se ha sometido a lo que sea que tengas en mente incluso desde antes de que os metieseis en esta cama; ese que se arquea y a la vez busca tus caricias dispuesto a dejarse hacer y moldear como la arcilla en manos expertas.

Ese que ha vendido su virginidad sin que tú lo sepas por veinte euros con tal de recibir unas migajas de afecto y atención.

—No estés tenso —dices antes de dejar un suave mordisco en tu descenso por mi espalda hasta tu objetivo, que está cada vez más próximo—. Relájate.

Atrapo el labio inferior entre los dientes y cierro con fuerza los ojos.

Dios. Es tan fácil decir eso. Claro que me gustaría relajarme y rendirme por completo a ti, pero no es tan sencillo. Y sé que he sido yo quien te ha buscado y que esto es lo que quiero, pero a ver cómo le hago entender a mi cuerpo lo que yo ansío sin que este se rebele contra mí.

Cojo aire la nariz y lo suelto por la boca despacio. Una, dos, tres y cuatro veces, y vuelvo a empezar. Si me centro en el calor de tus labios, el hormigueo que dejan atrás tus mordiscos o el toque áspero de tus manos grandes ascendiendo por mis muslos, parece que algo de la tensión disminuye. Aun así, no me siento del todo presente en el momento, y me odio por hacer más caso al ruido en mi cabeza que al roce de tus manos, sobre todo porque es algo tan raro y preciado para mí que los ojos me escuecen porque puedo contar con los dedos de una mano las personas que me han envuelto en sus brazos y el número se reduce a mis abuelos maternos.

Y ahora estás tú.

No sé por cuánto tiempo o si significará lo mismo para ti que para mí. Con todo, en ti creo haber encontrado un espíritu afín. Creo que llevo sintiendo el ardor de tu mirada unos tres años, desde que tenía catorce, y ese anhelo, aunque no se parezca al mío, me acercó en cierta forma a ti. Eres amigo de mi madre Virginia, y quien dice amigo dice follamigo y proveedor de drogas. Un follamigo de entre muchos. A mi abuelo Eugenio nunca le has caído bien y siempre te mira con contención.

¿Yo? Dios, a mí se me seca la boca y se me acelera el pulso cada vez que me miras con esa mirada medio entornada llena de socarronería. Me fascina tu cuerpo de hombre y tu olor a tabaco y sudor. No estoy ciego y puedo reconocer que no eres la persona más atractiva del mundo, pero es que me da igual. Eres alto, mucho más alto que el promedio. Piel oscurecida por el sol, pelo negro y ojos azules en un rostro quizá demasiado anguloso y mal afeitado con unos labios finos que casi siempre están curvados en una mueca burlona.

Mi abuelo dice que es una vergüenza que un hombre de treinta y tantos años no tenga donde caerse muerto y viva de los demás u okupando casas ajenas. Supongo que tiene razón porque en cierta forma actúas como Virginia en el sentido de que ella desaparece sin decir nada por meses y vuelve cuando se le antoja o necesita dinero, y tú haces lo mismo: vas y vienes cuando quieres, hay temporadas en las que no se te ve el pelo para nada, y no dejas que nadie se acostumbre a tu compañía. Sin embargo, sé que a Virginia le da igual, ya que lo único que tiene seguro contigo es tu polla y tus polvitos mágicos, y eso es todo lo que necesita de ti.

En cuanto a mí, solo quiero que ni tú ni tus labios os burléis de mí y me hagáis daño. Quiero que esto sea especial, que tú seas especial y que me hagas sentir mejor.

Me humedezco los labios y alzo la cabeza para mirarte por encima del hombro. Mis ojos conectan con los tuyos y me recorre tal escalofrío que se me pone la piel de gallina que no sé si será culpa de los nervios que parecen estar devorando a mordiscos mis entrañas o culpa de la ausencia de calefactor en esta noche de invierno en una pequeña habitación con apenas un colchón por cama y una caja de madera a forma de mesita de noche del piso compartes con otros okupas. Todos los nervios de mi cuerpo parecen estar despiertos y atentos a tu toque, y cuando una de tus manos alcanza el interior de mi muslo y se acerca a mi entrepierna, durante un momento me quedo sin aliento y mi polla se endurece más.

—No estés nervioso. —Tu aliento me roza ahora la oreja, y el vello de la nuca se me eriza mientras tiemblo ligeramente—. Joder, Ángel, que no tengo todo el puto día. ¿Quieres mis veinte pavos sí o no?

La garganta se me cierra y tengo que forzar un «sí» que me sale en un susurro trémulo.

—Pues relájate de una puta vez, joder —espetas, y yo me encojo un poco—. Te recuerdo que fuiste tú quien vino a mí.

Cierto. Mi excusa. Mi pretexto. Un dinero que no necesito pero que he usado como arsenal de ataque para que te des cuenta de que existo y por fin te acerques a mí. Una oleada de calor me sube por el cuello y se apodera de la cara.

—Perdón.

Resoplas contra mi oído, y contengo el aliento con un nudo en el estómago a la espera de que sueltes algún comentario más de los tuyos y a la vez deseando que no lo hagas. Por suerte, cambias de táctica y rodeas mi garganta con tu mano para inclinar mi cabeza hacia atrás hasta que apoyo la nuca en tu hombro. Acto seguido, capturas mi lóbulo entre tus dientes y labios, y succionas hasta que me arrancas un gemido. Solo entonces te apartas y dejas que tu aliento caliente caiga sobre la humedad que has dejado atrás.

—Olvídate de todo y piensa solo en nosotros. Voy a follarte hasta romperte el culo. Mmmm. Dios, deberías verte desde aquí atrás. —Y puntúas esas palabras susurradas apretando tu entrepierna contra mi culo.

La sensación de tus pantalones vaqueros rozándose contra mi piel desnuda me hace sentir aún más vulnerable y a la vez con ganas de más. Cierro los ojos y aspiro por la nariz con fuerza, consciente como nunca de lo duro que estoy y de lo débiles que están mis piernas.

Por favor, sostenedme un poco más. Solo un poco más.

—Mírame —exiges, y ladeó la cabeza.

En el acto, atrapas mis labios en un beso demandante que me cuesta seguir. Siento que me vas a consumir, que te apoderas de mi boca y te alimentas de mis gemidos con glotonería, y esa sensación febril en mí se dispara a tal nivel que me contorsiono entre tus brazos, con todo mi cuerpo vibrando y tus dedos aún clavándose en la piel de mi garganta, para tener mejor acceso a tu boca y a tus labios, de los que solo quiero más y más, y en los que solo quiero perderme y que nunca acaben.

Mi torpeza contrasta y choca con tu experiencia, pero no parece tener importancia. Lo único que importa son nuestros labios y nuestras lenguas encontrándose una y otra vez, y una y otra vez yo te cedo el control porque no es algo que me interese. Pierdo la vergüenza y la timidez hasta tal punto que no me doy cuenta hasta mucho después de que estoy frotándome contra tu polla con ímpetu.

Poco después, te apartas. Sin tu calor y firmeza, me dejas expuesto a la frialdad de la habitación y no puedo evitar temblar. Tu repentina ausencia también hace que el pecho se me oprima, y giro con brusquedad la cabeza para tratar de hallar tus ojos mientras recojo y degusto la humedad en mis labios.

El hecho de descubrirte recorriendo mi cuerpo con fuego y la clara apreciación en tu mirada hace que de pronto la temperatura de mi cuerpo se dispare y el pecho se me hinche con orgullo. Mientras con dedos tímidos e inseguros rozo mi abdomen hasta que toco el vello áspero de mi entrepierna, mi vista va directa al movimiento de tus manos en el botón y la cremallera de tus vaqueros. Algo se incendia en la zona de mi ombligo y mi garganta se convierte en un desierto árido ante la lentitud casi deliberada con la que bajas la cremallera para exponer unos calzoncillos negros y el grosor apenas contenido de tu erección, cuya cabeza roja escapa ansiosa de la prenda.

Haces una pausa en la que me clavas con tu mirada y luego bajas tus pantalones para revelar una polla gruesa, no muy grande, casi amoratada y pegada a tu abdomen rodeada por una mata de vello negro y rizoso.

A pesar de que una parte de mí necesita metérsela en la boca como quien necesita el aire o el agua, otra parte tiene miedo. Miedo porque nunca me he acostado con nadie antes y tampoco he probado a meterme ningún dedo en el culo. ¿Dolerá? No tengo ni idea, pero mi cuerpo me traiciona cuando, al tiempo que se me crea un nudo en el estómago, siento mi ano contraerse con vida propia de solo pensar en tenerte en mi interior.

—Ven aquí —ordenas con voz ronca, y yo gateó hasta ti—. Abre la boca y chúpamela.

Se me acelera la respiración cuando obedezco, especialmente cuando, antes de guiar al interior de mi boca el glande púrpura, acaricias con la yema de tu dedo gordo mi labio inferior. Es un gesto tan breve que no sé qué pensar. ¿Por qué lo has hecho? ¿Es porque te gustan mis labios o algo más? No estoy seguro, pero creo haber reconocido algo de afecto ahí.

Dios, al menos deseo con toda mi alma que lo sea.

Un segundo mi boca está vacía y al siguiente está llena de ti. Muevo la lengua en torno al glande y un poco más allá con cierto titubeo, y mis sentidos se llenan de tu sabor salado, intenso y algo amargo, cosa que me arranca un ruidito de gusto ahogado. Durante un momento, me permites explorar la suave piel de tu erección con lamidas hasta que vuelves a tomar mi boca. Sujetas mi barbilla mientras empiezas un lento vaivén y, con tu otra mano, trabajas la parte descuidada de tu excitación. Entretanto, yo te recibo hasta donde puedo y trato de acariciar con mis labios, con mi lengua, todo lo que puedo sin atragantarme ni quedarme sin aire, algo con lo que no tengo mucha suerte. No tenía ni idea de que respirar por la nariz mientras tienes algo en la boca pudiera ser tan complicado.

A pesar de atragantarme más seguido de lo que me gustaría y tener los ojos empañados, no puedo apartar la vista de tu rostro. No quiero perderme ninguna reacción. Quiero saber si lo estoy haciendo bien, porque no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Estoy seguro de que te has dado cuenta de mi inexperiencia y de mi mala sincronización. Tratar de lamer, chupar, respirar por la nariz a la vez que tratas de mantener un ritmo es de locos. ¿Cómo hace la gente para aprender a coordinarse? ¿O saber qué es lo adecuado en según qué momento? ¿Cómo consiguen aguantar las arcadas cuando el glande arremete sin parar contra sus campanillas? Supongo que la respuesta es práctica, mucha práctica, pero ahora mismo solo rezo para no hacer aún más el ridículo.

Con todo, me descubro adicto de tu sabor, del calor y la dureza en mi boca así como del grosor de tu polla ensanchando mis labios a más no poder de forma casi dolorosa.

Si solo esto ya me tiene duro como una piedra, observarte me hace perder la cordura y la noción del tiempo; me hace querer seguir complaciéndote como sea que quieras para que no dejes de necesitarme, para que esa expresión de necesidad y delirio sigan ahí en tu rostro por y para mí. Tu frente está perlada de gotas de sudor, que descienden hacia tu torso desnudo, y aprietas la mandíbula con tanta fuerza que se te marcan los músculos del cuello y del abdomen.

Tu mano deja mi barbilla y entierras los dedos en mi cabello, del que coges un puñado y tiras con fuerza mientras sueltas una maldición a mi nombre cuando sin querer te muerdo una de las veces que entras con fuerza en mi boca. A partir de ahí, no paras de instruirme en el arte de comerte la polla con comentarios como: «No, joder. Así no. Joder, qué no. Cubre los dientes con tus labios que al final me vas a arrancar la polla» o «así, así. Mmmm. Succiona. Ahueca las mejillas y succiona. Usa tu lengua. Sí, así. Así, así. Ngg. Dios», y por cada elogio que sale de tus labios entreabiertos, me siento más y más seguro de lo que hago y más orgulloso de mí por conseguir arrancarte esos suspiros y gemidos graves y rotos.

No sé cuánto tiempo paso así, pero en algún punto me apartas y me ordenas con una sonrisa torcida y pupilas dilatadas, mientras masajeas despacio tu erección y esparces algunas gotas de presemen por toda la extensión, que te coma los huevos. Solo titubeo un segundo, y enseguida me inclino hacia delante y entreabro los labios para recibir primero uno y luego el otro. El sabor ahí es más fuerte e intenso aún, y mi jadeo muere contra tu piel.

Cuando te cansas, me apartas. No sé cómo interpretar tu mirada, la verdad. Es penetrante e indescifrable, y yo solo quiero saber qué es lo que se esconde detrás de esos ojos para seguir complaciéndote. Y no tengo que esperar mucho para saberlo cuando me sujetas el mentón, levantas mi rostro para que no pueda huir de ti y me exiges:

—Gírate.

Dudo un segundo. Creo saber lo que se viene y tengo miedo de que no me vaya a gustar tanto como lo que hemos hecho hasta ahora a pesar de que seas tú quien lo haga. Lo he imaginado tantas veces, me he imaginado tantas veces contigo, que no quiero que mis expectativas se vayan a pique si la fantasía que tengo montada en mi cabeza no se parece en nada a la realidad.

Dios, por favor, que se parezca a la realidad.

Con movimientos inseguros, me giro y quedo de espaldas a ti. Una vez más, apoyo los antebrazos sobre las sábanas viejas, bajo la cabeza y me escondo entre los brazos con la tensión como un hierro en mi columna. ¿Dolerá? ¿No dolerá? No estoy seguro, y no sé qué esperar. Mi única experiencia con el sexo son esas veces en las que Virginia le importa una mierda si la escuchan y tiene audiencia y soy un partícipe forzado e inactivo de cada uno de sus revolcones, que más que instructivos solo me irritan y me hacen desear que las paredes de mi habitación fueran más gordas o que mi habitación estuviera a la otra punta del piso en vez de uno junto al otro.

Tu polla, candente y moviéndose contra mi trasero, me saca de mis pensamientos y me hace levantar la vista con brusquedad para observarte por encima del hombro izquierdo, que casi me llegan a las orejas de la tensión. Porque, si hay algo peor que pensar en tu madre, es recordar que tanto esta como tú folláis juntos o que ambos os tiráis a tanta gente que pillar alguna enfermedad venérea es una posibilidad más que tangible.

—Oye... —digo con un hilo de voz tembloroso—. Ponte... ponte condón o no hay trato.

Guardas silencio y, tras unos segundos, rompes en una carcajada sorpresiva.

—Parece que tu madre te ha enseñado bien, ¿eh?

Tengo ganas de escupirte que sí, que, si hay algo que Virginia me ha enseñado, es a no ser tan estúpida como ella, porque de estupideces ha cometido bastantes y ni siquiera se molesta en tomar responsabilidad de ninguna de ellas. Sin ir más lejos, aquí estoy yo en el mundo para atestiguarlo.

Su mayor error.

Su cruz y tormento.

Ella bien se encarga de recordármelo cada dos por tres, y la prueba de ello está en mi segundo nombre.

Cruz.

Nombre que ella me puso y por el que no pierde ocasión de llamarme como regocijándose. Una marca permanente de su arrepentimiento a la vista de todo aquel que quiera verlo.

Resoplo y aparto la vista.

—Como sea, póntelo o no me acuesto contigo.

Sueltas un gruñido.

—Qué coñazo eres cuando quieres.

Con todo, cumples mi requisito cuando sacas del bolsillo del vaquero una cartera y de ella dos paquetitos. Uno lo dejas junto a tus rodillas; el otro, el que resulta ser el que contiene el condón, lo abres y te lo enfundas sin más tras bajarte los vaqueros hasta las rodillas.

De repente, lo que estamos a punto de hacer se hace más claro que en ningún momento del día. Está ahí, en mi cara, a un paso de ocurrir. Voy a perder mi virginidad. Voy a perderla y lo voy a hacer contigo, algo que consigue que los músculos se me relajen lo suficiente como para poder tomar varias bocanadas de aire.

Te doy la espalda y cierro los ojos para seguir con ese ejercicio de respiración cuando noto una de tus manos posarse sobre mi nalga izquierda y me tenso otra vez durante un instante. Esto está a punto de ocurrir y no hay marcha atrás. De todos modos, ¿qué es la virginidad? ¿Para qué darle tanto peso y significado? Solo es un rito más, ¿no? Como aprender a montar en bici o a andar. Solo que en esta ocasión voy a iniciarme en el sexo. Nada más.

A pesar de pensar todo esto, me sobresalto visiblemente cuando me separas las nalgas y arañas mi entrada con una uña, lo que hace que los músculos del ano se me contraigan y que frunza el ceño.

Tomo aire y lo dejo salir.

Vamos, Ángel, tú puedes.

Empiezo a masturbarme mientras rompes con los dientes ese segundo paquetito que sacaste y que resulta ser lubricante. No sé si es porque estuvo en tu pantalón o qué, pero más allá de tener una textura viscosa está templado cuando lo vacías entre mis nalgas. Un escalofrío me sube por la espalda cuando se desliza despacio y contraigo los músculos del ano sin proponérmelo, lo cual te arranca un gruñido.

Embadurnas el condón con el resto del lubricante y lo esparces con movimientos ascendentes y descendentes mientras tiras el paquetito vacío al suelo.

De pronto, me sobresaltas cuando me sujetas del pelo y estrellas mi cara contra el colchón, cosa que me arranca un quejido que ignoras y queda ahogado contra las sábanas, mientras con tu otra mano buscas mi entrada, búsqueda desesperada que deja un camino pegajoso por allá por donde arrastras tu polla enfundada. Cuando me penetras, lo haces deprisa y sin aviso. La mano con la que me masturbaba se detiene de golpe e hinco los dientes el antebrazo para sofocar un grito mientras todo mi cuerpo se tensa a más no poder, porque, por más que mi cuerpo trate de rechazar la abrupta intrusión y los ojos se me hayan llenado de lágrimas y solo quiera gritarte, exigirte, que salgas de mí, que te alejes, que me siento desgarrar por dentro y que, por favor, por favor, no te muevas, no te muevas porque tengo miedo de que duela hasta cuando saques tu polla, hay otra parte de mí algo retorcida, patética y necesitada de afecto que quiere que sigas donde estás, que sigas adelante aunque el ano, el interior, me arda y que no te alejes aunque estas migajas sean lo único que me puedas dar.

A partir de ahí, solo me centro en la sensación de tenerte en mi interior, de tu dureza entrando y saliendo de mí, en querer retenerte en mí o en el sonido de nuestras pieles restallando con cada energética embestida que me das a pesar de que mi interior quema como si estuviera en llamas. Cada vez que aprieto las nalgas y contraigo los músculos internos, sueltas gemidos guturales que me sacuden por dentro y me hacen sentir poderoso porque, en cierta forma, soy dueño de tu erección y, sobre todo, de tu futuro orgasmo. Mi propia excitación queda olvidada; de hecho, hace rato que se marchitó, pero no me importa. No me importa porque al menos tú estás disfrutando, de esto y de mí. Porque, para ti, soy importante en estos momentos y eso me hace sentir el rey del mundo aunque solo sea durante unos minutos.

Cada vez que empujas, que arremetes, me empujas y yo me aferro a las sábanas, que hace rato arranqué del colchón y se arremolinan a mi alrededor, con el ceño fruncido, mandíbula apretada y respirando con fuerza por la nariz, para que no acabemos en el suelo mientras correspondo con movimientos bruscos de mis caderas a cada una de tus embestidas.

Cuando tus arremetidas se vuelven apresuradas y necesitadas, retiro la vista de las marcas de dientes enrojecidas pero perfectas que he dejado en uno de mis antebrazos, ambos apoyados en la cama, y giro la cabeza para mirarte por encima del hombro. Tu expresión es tensa; tu cara está roja y empapada de sudor; la cabeza está echada hacia atrás, cosa que expone la columna de tu cuello y los músculos en tensión, y tienes los ojos cerrados. Clavas con tanta fuerza los dedos en mi cadera que sé que encontraré moratones ahí mañana y esa posibilidad, la idea de tener un recuerdo, una huella, de esta noche que me acompañe después de hoy, así como lo hará la quemazón en el ano, me provoca más satisfacción que todo el sexo anal de mundo, que me parece bastante sobrevalorado si esto es todo lo que me espera cada vez que folle con alguien.

Cuando por fin te corres, gruñes tu clímax y me rasguñas las caderas. Tus envites, erráticos y brutales hasta ese momento, se van calmando de forma gradual.

Por mi parte, yo no pestañeo.

Ni siquiera respiro.

Solo te observo y bebo de tu reacción.

Porque eso lo he hecho yo; lo he logrado yo.

Me pertenece.

Durante unos segundos, solo existimos tú y yo en un silencio compartido en medio de esta habitación. Poco a poco, empiezan a filtrarse en mi cerebro la presencia de otras personas en el piso y en el resto de la finca en forma de risas enlatadas, una carcajada real, el sonido de la tele a tope, alguien estirando de la cadena o una persona gritando el nombre de otra.

Cuando te recuperas, te retiras sin perder un segundo mientras sujetas el condón para que no se salga y yo me aguanto otro quejido al morderme el labio inferior porque, mierda, escuece. Escuece tanto que oprime mi pecho y me pican los ojos de nuevo.

—Buff. Vaya culo tienes —dices, y me das una palmada que hace que de un respingo ante el ramalazo de dolor. Luego te pones de pie con una risa satisfecha para ir a tirar el condón al que has hecho un nudo—. Se nota de quién eres hijo, aunque ya le gustaría a tu madre estar tan estrecho como tú. Uff.

Yo, que me había girado con cuidado para buscar una posición cómoda en la que poder sentarme para observarte, me congelo.

Me congelo y solo puedo mirarte.

Por dentro, se ha desatado una tormenta que amenaza con rebasar y escapar para que te pueda gritar lo que me está cortando por dentro.

No me compares con mi madre.

No te atrevas a hacerlo.

Ahora estás conmigo; no pienses en ella.

Piensa en mí. Solo en mí.

¿Acaso no te ha parecido esto especial? ¿No has sentido lo que yo?

Pero, incluso cuando todo esto se agita y azota mi interior, nada sale por mis labios porque me siento ridículo y humillado. Con el rostro ardiendo y un peso muerto en mi estómago, es evidente que no esto que hemos compartido no ha significado lo mismo para ti que para mí. Mientras que yo buscaba intimidad y cariño, tú solo buscabas la culminación de tu lujuria y un rápido desfogue, algo que tienes a tus manos ya sea conmigo, mi madre o quien se te ponga por delante.

Entumecido, permanezco sentado en la cama y te observo ponerte la camisa, la chaqueta y las zapatillas. Luego sacas un paquete de cigarros, te enciendes uno y te lo pones en la boca para palpar tus bolsillos en busca de alguna otra cosa. El cigarro, que ha quedado relegado a una esquina de tu boca, parece estirar tus labios en una sonrisa cínica y letal que parece estar dirigida solo a mí.

Una sonrisa que parece decir que más gilipollas no puedo ser ni adrede.

Me sacas de mi tempestad interior cuando dices:

—Aquí tienes. —Y dejas algo sobre la cama.

Entonces me percato de lo que tienes en la mano: una cartera que te das prisa en volver a guardar en un bolsillo interior de la chaqueta.

Despacio, tratando de seguir aspirando y espirando con normalidad, como si algo dentro de mí no se hubiera terminado de romper, bajo la vista y ahí está.

Un billete de veinte euros.

—Siempre que quieras repetir y necesites dinero rápido, acuérdate de mí. De momento estamos en este piso, y a estos no les importa si traigo a alguien para follar. —Exhalas el humo con lentitud, y las comisuras de los labios se te curvan hacia arriba en una mueca pícara—. Ese culito tuyo lo vale.

Esas palabras se repiten en mi cabeza sin parar.

Valgo la pena. Aunque sea para follar, pero valgo la pena.

Y no quieres que vaya a otros, sino que acuda a ti.

El corazón se me estrella contra el pecho fuera de control. Es algo pequeño, pero tal vez signifique algo, ¿no?

Ha de significar algo sí o sí.

Fijo.

Alzo la mirada y me pierdo en tus ojos, algo que hace que el estómago se me vaya a la mierda, como cada vez que nuestras miradas coindicen. Saberme el foco de tu atención se está convirtiendo en mi adicción personal. Sé que debería preocuparme, e incluso asustarme, sentir esta necesidad tan aguda que parece penetrar y devorar mis huesos hasta llegar a mi alma, pero el caso es que ahora mismo no me importa. No quiero pararme a pensar en ello.

Sin saber qué decir, asiento.

Y me sorprendes una vez más cuando te acercas a la cama, apoyas las manos en el colchón, te inclinas y te adueñas de mi boca con tal fiereza que me dejas sin aliento cuando te separas.

—Es muy tarde. Vístete rapidito y te acompaño a casa.

—No hace falta —me apresuro a decir—. Puedo volver solo.

Me taladras con una mirada indescifrable mientras sacudes la cabeza en medio de la humareda de la exhalación que acabas de soltar.

—Vístete y sal. Si digo que te acompaño, te acompaño y punto.

El hecho de que insistas me tiene asintiendo enseguida.

—Vale.

Te quedas contemplándome un segundo y vuelves a esbozar una sonrisa soslayada que va directa a mi corazón y me llena más aún de esperanza.

—Así me gusta. Te espero fuera. No me hagas esperar más de la cuenta, que quiero volver enseguida, que hace un frío de cojones.

Yo me quedo ahí, quieto, y te sigo con la mirada hasta que sales de la habitación y la puerta de cierra con un clic.

Veinte euros.

Veinte euros es lo que me ha costado una noche contigo y perder la virginidad.

Habría preferido que no hubiera dinero de por medio, pero tenía miedo de acercarme a ti y que me dijeras algo como:

—¿Pero qué memeces me estás contando? Anda, anda. Ya te estás yendo a otro lado y dejándome tranquilito. De hecho, como me vengas otra vez con este cuento, te doy tal sopapo que te quito la tontería de un golpe. Mejor aún, no te vuelvas a acercar a mí. Punto y pelota. Si no, le diré a tu madre lo patético que eres y que no paras de irme detrás como una perra en celo, a ver si le hace gracia a ella.

Me da tanto pánico que puedas decirme algo así, incluso ahora, que me quedo paralizado y tardo unos minutos en poder volver a reaccionar y a recuperar el aliento antes de levantarme para recoger y ponerme de nuevo la ropa.

Porque no quiero descubrir que de verdad esto solo ha sido un polvo sin más, haya habido o no dinero de por medio.

Es estúpido e incomprensible, pero a la vez es así de simple.

Al menos hay algo que me ata a ti ahora mismo, ¿verdad?

Esta noche.

Esta habitación.

Sexo.

Veinte euros.

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