
La casilla embrujada
Fueron pocas horas las transitadas desde Corrientes hasta El Chaco y sin embargo el chofer decidió hacerle una revisión a su vehículo apenas llegar porque creía haber oído al motor crujir.
El lucero y yo tuvimos que ir en tren a hacer nuestra entrevista a una señora que juraba vivir en una chacra con una casilla embrujada en medio del tacuaral.
Se sentó junto a mi muy seria y sin conversar, yo tampoco estaba muy interesado en cualquier plática de manera que solo saqué mi libro (una reseña al diario de Ana Frank que pretendía analizar la psicología del personaje con muy pobres argumentos, si no mal recuerdo) y me dediqué a la lectura mientras ella miraba el paisaje desde su ventana.
Pronto un hombre algo andrajoso interrumpió el silencio para contar frente a todo el vagón su historia y la de su familia a fin de pedirnos monedas a cambio de tarjetitas para así poderlo ayudar. Yo traté de ignorarlo y aunque esperaba que mi compañera me acompañara en el gesto, ella le dio más de un billete a cambio de una docena de tarjetas.
—Tomá —me dijo cuando el hombre se había retirado—, noté que siempre estás leyendo pero nunca tenés con qué marcar las páginas, quizás esto te sirva.
—¿Para mi? Gracias, sos muy amable.
—En los pocos días en que llevamos viajando te vi marcar páginas con billetes, botones, lapiceras, tarjetas magnéticas... ¡el otro día usaste tu propia llave! Me sorprende que no la hayas perdido.
Me reí ante la ocurrencia.
—Es imposible que pierda algo que dejé en medio de un libro.
—¿Por qué?
— Y, porque siempre estoy volviendo a ellos. Puedo llegar a encontrar un billete de cualquier valor dentro de un libro viejo, pero eso no es una pérdida en lo absoluto. Encontrar cosas en medio de tus libros es encontrar un fragmento de tu pasado escondido en un fragmento de tu presente. Es un regalo que te haces a vos mismo y eso vale la pena.
—Ah... —murmuró—, entonces quizás no necesites de estas tarjetitas...
—¡Al contrario! No me las pidas de nuevo por favor porque no te las voy a devolver.
—Pero ¿no te estarías perdiendo de un regalo personal al encontrar algo de mí en tu libro en lugar de encontrar una parte tuya?
—¿Y quién dijo que tal vez vos no llegues a formar parte de mí? —Tal vez no pensé lo que decía, me había apurado demasiado en contestar de manera que tuve que agregar algo a fin de no quedar como un lunático— Con el tiempo, por supuesto. Tal vez algún día mire para atrás y diga a mis nietos "Che, mirá esta foto, es esa vieja compañera que me salvó de una intoxicación hace algunos años en medio de un campo a la noche. Es una buena persona, ¿sabés?" Y entonces al encontrar estas tarjetitas va a ser un regalo muy bueno para mi el pensar en vos.
El lucero se rió ante mi ocurrencia. Su risa era como la de un cerdito, seguramente estaba nerviosa.
—Sabes, podría preguntar sobre si realmente vas a guardar una foto mía y te vas a acordar de mi dentro de tantos años, pero hay algo que me llamó mucho más la atención: ¿vos con nietos? ¿de verdad planeás tener una familia?
Quedé sorprendido por la línea que llevaban sus pensamientos. Ella no me veía como alguien muy comprometido y eso me afectó sin ningún motivo.
—No se, supongo que eso no debería proyectarlo sin conocer primero a alguien que me diera la correcta expectativa sobre si tener una familia con ella o con él sería correcto o no.
—¿Con ella o con él? ¿Sos bisexual?
El lucero se arrepintió de haber preguntado eso ni bien pronunció la palabra "bisexual". Pude notar su rostro tensarse y una débil arruga entre sus cejas mientras su boca marcaba una mueca pero yo no tuve problemas en responder.
—No se, no me quiero cerrar a nada. Jamás estuve con un hombre pero si un día encontrás a alguien especial y sentís amor por ese alguien entonces que sea un hombre o una mujer no le quita que sea único. La verdad no me atraen físicamente los hombres, prefiero también la personalidad de la mujer, pero si en todo el mundo existe una y solo una persona que me haga feliz y a la cual yo también pueda alegrar el día todos los días no veo por qué su género deba ser un impedimento para compartir nuestras vidas.
—Guau, sos más profundo de lo que pensé.
—¿No te parece profunda la gente que lee libros?
—No cuando se acuestan con viudas solitarias a cambio de información.
—Hey ¡eso no fue por información!... Solamente.
—Dejalo así, me alegra que pienses en formar un proyecto serio algún día.
—¿Y qué hay de vos?
—¿Yo qué?
—¡Eso! ¿Pensás asentarte en una casa con un esposo y dos o tres hijos algún día o tu sueño es ser reportera de algún canal importante y viajar por el mundo cumpliendo con tu trabajo hasta envejecer y ser la tía genial que siempre le cuenta historias y les lleva regalos a los hijos de sus hermanos?
—Tal vez esto, tal vez lo otro... muy probablemente lo otro más que lo esto. La verdad, no me gusta estar sola pero tampoco me veo como madre de una familia. Tal vez solo haga lo que decís vos... ver qué pasa.
—Lo que digo yo incluye la posibilidad de estar con mujeres.
—Esa parte no me convence mucho. Quizás solo viva de y para mi trabajo.
En lo que ella pronunciaba esas palabras el tren llegó a nuestra estación y bajamos para seguir nuestro viaje. Encontramos a un señor bastante entrado en años que muy amablemente nos llevó caminando hasta la chacra donde se suponía debía estar la casilla embrujada y al entrar al terreno la dueña del lugar y sus hijas nos estaban esperando.
Le preguntamos sobre los acontecimientos, nos contestó muy evasiva a pesar de haber aceptado darnos una entrevista para luego ordenar a su hija mayor (que no habría pasado los 20 años) que nos llevara al tacuaral. La muchacha obedeció pero ni bien llegamos al lugar nos dejó solos indicándonos que la miráramos de afuera, que por nuestro propio bien no entráramos y luego se fue.
Rodeamos la casilla observando lo precario de su construcción, apenas unos cuantos troncos rústicos atados con pasto y barro con un techo inexistente, salvo por la estructura de sus vigas y con una ventana sin vidrio y sin marco como si alguien hubiera abierto un agujero en la pared a martillazos para luego taparlo con una cortina y que al aire circulara la construcción. Estaba elevada del piso (quizás el terreno antes hubiera sido un pantano) y había un espacio entre la tierra y las tablas de madera avejentada.
El lucero y yo la observamos por largo rato en todos los ángulos que nos fue posible pero no encontramos ni rastros de algo paranormal. Harto de tantos fracasos miré con cautela que la dueña del lugar no nos estuviera observando y tras confirmar su lejanía abrí la puerta de un empujón que hizo crujir sus cimientos. Lucero me siguió sin protesta alguna como si estuviera esperando que yo ingresara desde hace rato y no se animara a hacerlo ella primero. Teníamos que caminar con cuidado pues los tablones tiritaban tras cada paso y una capa densa de polvo y algunas enredaderas nos impedían dar un paso ligero o confiado.
La penumbra del ambiente volvía tenebrosas las figuras de un aparador y un colchón deteriorado que en algún momento habría servido de cama. Saqué un par de fotos desanimado mientras que ella grababa con su teléfono una narración detallada de todo lo que encontraba.
Todo parecía normal hasta que de repente pudimos escuchar el sonido de un pollito debajo de la casa. No nos pareció raro porque quizás pueda haber sido de la señora y haber estado durmiendo debajo de la casa hasta que lo despertaron nuestros pasos, quizás solo era un avecilla que se nos pasó de largo al revisar debajo de las tablas del suelo porque estaba oscuro o porque poseía un buen camuflaje en el color grisáceo de sus plumas o quizás solo vino a ver lo que pasaba. Como sea, era un solo polluelo silbando y piando debajo de nuestros pies, un solo polluelo que pronto se convirtió en dos, luego en tres, luego más y más y comenzaban a golpear los tablones del piso de la casilla donde nos encontrábamos con una fuerza impropia de un simple ave de corral.
El barullo se volvió intenso y nosotros nos aterramos por el ruido de los silbidos, de las patas contra el suelo y los golpes contra la madera que pisábamos. Comenzamos a creer que la estructura cedería de un momento a otro, el Lucero se puso a rezar mientras lloraba y yo (con mucho temor) me acerqué a la ventana a ver qué sucedía y pude vislumbrar como si pequeños hombrecitos negros y con gorros rojos golpearan enfurecidos la casilla mientras silbaban eufóricamente. Saqué mi cámara y conseguí dar un par de disparos a pesar de no estar seguro de sobrevivir para revelarlas, convencido que, quizás, al ceder la estructura esos hombrecillos nos devorarían o nos harían desaparecer en medio de una polvareda violenta y estrepitosa tal como una película de monstruos de los ochenta.
Nunca debimos haber desatendido a las advertencias de nuestra extraña anfitriona, pero a pesar de eso, hubo algo que me daba una extraña sensación de seguridad. Los ruidos retumbaban en mi cabeza, la casilla comenzaba a sacudirse entera y sin embargo, las plegarias de mi compañera me mostraban una fe ciega que robaba la tentación de saltar desde la ventana a la muerte segura que nos esperaba afuera. Sus oraciones aumentaron en volumen y de un momento a otro, casi repentinamente todo el ruido cesó y los golpes se terminaron. Quise ver por la ventana qué hacían los duendes que nos acorralaron pero ya no estaban ahí, se habían ido.
Cuando todo terminó abracé al Lucero para que dejara de llorar y ella me devolvió el gesto aumentando, no obstante, el llanto hasta poder desahogarse. Le pregunté qué creía que había pasado y me dijo que su abuela le había enseñado una oración contra el ataque del Pombero, una criatura fantasmal muy parecida a un duende que habitaba el norte argentino y con frecuencia atacaba con violencia a las personas débiles de cuerpo o de espíritu. Ella nunca creyó que fuera real, pero ahora lo había visto con sus propios ojos.
Aún llevo la foto de decenas de Pomberos golpeando la casilla a pesar de que salió movida y oscura, pero logré aumentar la nitidez lo suficiente como para que me la aceptaran en "otro mundo". Nosotros salimos de la chacra casi sin saludar, con prisa para disimular que estábamos consternados y no delatar así nuestro encuentro paranormal producto de desobedecer las órdenes de la ya permisiva ama de casa y entrar indebidamente a la casilla.
Pude entender más tarde que la casilla era obra de algún peón que debió vivir ahí e improvisar esa construcción precaria para una jornada corta de trabajo desmalezando y sembrando el campo, que ese peón habría sido muy pobre, que probablemente él también haya tenido que huir abatido por los ataques del Pomberito y que quizás, de no haber sido por la oración del Lucero, quién sabe cómo estaría hoy, quién sabe si te estaría contándote esta historia. Ella me había salvado la vida otra vez.
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