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𝓛𝓪𝓽𝓻𝓲𝓷𝓮𝓼











Todos estaban en pleno castigo, limpiando las letrinas del campamento bajo el ojo atento de los superiores.

El grupo trabajaba a regañadientes, con la excepción de Rachel, quien, gracias al caballeroso John, había escapado del castigo.

Sin embargo, esto no pasó desapercibido para Lafayette y Hércules, que no dejaron pasar la oportunidad para burlarse de él.

"John, eres un caballero en todo el sentido de la palabra," comenzó Lafayette con un tono teatral mientras empuñaba su escoba como si fuera una espada.

"Pero, ¿realmente crees que limpiar las letrinas por Rachel te hará ganar más puntos con ella?"

Hércules se unió, riendo mientras removía la suciedad con una pala.

"Exacto, John. Aunque, si te soy sincero, creo que le ganarías más si la dejaras limpiar por sí misma. ¿Qué clase de mujer no quiere ensuciarse las manos por amor?"

"Claro, claro, sigan hablando ustedes dos," respondió John, rodando los ojos.

"Mientras tanto, yo haré el trabajo. Al menos no tendré que escuchar sus tonterías todo el día."

"¿Tonterías? ¡No decimos tonterías!" exclamó Alexander desde el otro lado de la zona, asomándose por encima de un barril que estaba usando como excusa para no hacer mucho.

"De hecho, discutíamos un tema muy importante antes de que llegaras."

Lafayette lo secundó con entusiasmo.

"Exacto, estábamos debatiendo: ¿crees que las cabras podrían aprender a pelear si les damos espadas?"

Hércules se detuvo, mirando a Lafayette con incredulidad.

"Eso es ridículo. Las cabras no tienen pulgares, ¿cómo van a sujetar una espada?"

"¡Pero tienen cuernos!" insistió Lafayette.

"Podríamos atar las espadas a sus cuernos. Imagínalo: un ejército de cabras espadachinas cargando contra los británicos."

Alexander, que había estado escuchando atentamente, intervino.

"¿Y si en lugar de espadas les damos lanzas? Podrían usarlas como arietes."

"¡Exacto!" gritó Hércules, completamente comprometido con la idea ahora.

"Y podríamos entrenarlas para que ataquen en formación. Imagínate: ¡el batallón cabrío de los Estados Unidos de América!"

John, que había estado tratando de ignorarlos, finalmente no pudo contenerse y se unió al debate.

"Esto es lo más estúpido que he escuchado en mi vida. ¿Por qué demonios entrenaríamos cabras para pelear? ¿No sería más fácil usar caballos?"

"¡Los caballos ya los usan todos! ¡Seríamos originales!" replicó Lafayette, cruzándose de brazos con indignación.

Antes de que la discusión pudiera llegar más lejos, Alexander, con una sonrisa maliciosa, señaló a Lafayette.

"Hablando de caballos, creo que tú podrías ser el primero en probar cómo sería caer en una letrina."

Sin previo aviso, Hércules y Alexander empujaron a Lafayette, quien, con un grito teatral, tropezó y casi cayó en una de las letrinas abiertas.

Por suerte, logró sostenerse en el último momento, pero no sin terminar con el trasero cubierto de lodo.

"¡Mon Dieu!" exclamó Lafayette mientras intentaba limpiarse.

"¡Esto es un ultraje! ¡Una traición! ¡Nunca confiaré en ustedes otra vez!"

El resto del grupo no pudo contener la risa, y la carcajada de Rachel, que observaba desde lejos con un balde en mano, fue la más fuerte de todas.

"Bueno, Lafayette," dijo John mientras ayudaba al francés a levantarse.

"Al menos ahora sabes lo que se siente ser una cabra en el frente de batalla."

La risa continuó durante varios minutos, incluso cuando los superiores se acercaron para ver cuál era el alboroto.

Aunque todavía estaban castigados, el grupo no pudo evitar disfrutar el momento, como siempre, con su particular sentido del humor.










Tras terminar la desagradable tarea de limpiar las letrinas, el grupo comenzó el camino de regreso al campamento, cansados y deseando darse un buen baño.

A pesar del cansancio, el ambiente seguía siendo animado, con Alexander tarareando una melodía improvisada, Lafayette fingiendo dar órdenes como si fuera un general, y Hércules lanzando comentarios sarcásticos sobre su experiencia "inolvidable" en las letrinas.

John, sin embargo, tenía otros planes. Caminando un poco más rápido, se acercó a Rachel con una sonrisa en el rostro.

"¿Entonces? ¿No crees que me merezco al menos un 'gracias' por haber hecho tu trabajo?"

Rachel lo miró de reojo, con una expresión divertida.

"Oh, claro que sí. Pero primero, ¿podrías mantener un poco de distancia? Hueles como si te hubieras bañado en las letrinas."

John se detuvo, ofendido.

"¿En serio? ¿Así me tratas después de sacrificarme por ti?"

Antes de que Rachel pudiera responder, las carcajadas de Alexander, Lafayette y Hércules estallaron detrás de ellos.

"¡Eso fue brutal, Rachel!" dijo Alexander, sujetándose el costado.

"John, creo que deberías reconsiderar tus elecciones románticas."

John rodó los ojos, irritado.

"¿Por qué no se preocupan por ustedes mismos por una vez?"

Lafayette, siempre dispuesto a avivar el fuego, se adelantó y se dirigió a Rachel con una teatral reverencia.

"Mi querida Rachel, quizás mi amigo John debería buscarse otra mujer. Una que no tenga un olfato tan delicado para las nobles tareas de guerra."

Rachel se detuvo en seco, girándose lentamente hacia Lafayette con una mirada que podría haber hecho temblar a cualquier soldado.

"¿Qué dijiste, Gilbert?"

El francés, dándose cuenta de su error, levantó las manos en señal de rendición y comenzó a retroceder solo para comenzar a correr.

Rachel no podía dejar pasar el comentario de Lafayette, así que en cuanto este empezó a correr, ella lo siguió sin pensarlo dos veces.

"¡Ven aquí, Lafayette!" gritó con determinación mientras recogía ligeramente su falda para no tropezarse.

John, encantado de ver la escena, la alentó con una sonrisa amplia.

"¡Atrápalo, Rachel! ¡No dejes que ese francés se salga con la suya!"

Lafayette, mirando por encima del hombro, vio cómo Rachel lo alcanzaba rápidamente y aceleró su paso.

"¡Espera, espera! ¡No era en serio, lo juro!"

Sin embargo, Rachel no estaba dispuesta a escuchar excusas.

Con cada zancada, parecía acortar la distancia entre ellos.

Pero, justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, su pie resbaló en un charco de lodo oculto por el césped, y cayó de lleno con un sonido húmedo y un grito corto.

Lafayette se detuvo al escuchar el ruido y, al girarse, vio a Rachel completamente cubierta de barro.

En lugar de ayudarla, estalló en carcajadas, sujetándose las rodillas para no caer al suelo.

"¡Oh, esto es demasiado bueno! ¡La gran Rachel, atrapada en el lodo!"

Rachel levantó la vista, con una mirada asesina que habría hecho temblar a cualquiera, pero antes de que pudiera responder, una voz grave se escuchó detrás de ellos.

"¿Qué está pasando aquí?"

Los cinco se giraron lentamente y encontraron al general George Washington con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

Su mirada iba de Rachel, cubierta de lodo, a Lafayette, que seguía riéndose, y luego al resto del grupo, que apenas contenía las risas.

"¡Fue Lafayette!" exclamaron al unísono Alexander, Hércules y John, señalando al francés sin dudarlo.

Lafayette, indignado, extendió los brazos con incredulidad.

"¿¡Qué!? ¿Yo? ¡Yo no la empujé! ¡Ella me estaba persiguiendo!"

"Claro, Lafayette," dijo John con fingida seriedad, dándole una palmada en el hombro.

"Dinos más sobre cómo provocaste su caída con tus comentarios inapropiados."

"¡No fue así!" protestó Lafayette, apuntando a Rachel.

"¡Ella empezó porque no puede aceptar una broma!"

Rachel, todavía en el suelo y cubierta de barro, levantó la mano para interrumpirlos.

"General, si me da permiso, prometo que puedo resolver esto con Lafayette de manera pacífica."

El general, suspirando profundamente, negó con la cabeza.

"No quiero saber los detalles. Todos ustedes, al campamento. Ahora. Y Lafayette, ayúdala a levantarse."

Lafayette tragó saliva y, a regañadientes, se acercó a Rachel para ofrecerle la mano.

Pero antes de que pudiera ayudarla, Rachel tiró de su brazo con todas sus fuerzas, haciéndolo caer al lodo junto a ella.

"¡Oh, por el amor de Dios!" exclamó Lafayette, mientras los demás estallaban en risas y el general se llevaba una mano al rostro, murmurando algo sobre su paciencia con los jóvenes.

"Eso es lo que pasa cuando subestimas a una dama," dijo Rachel mientras se levantaba por su cuenta, sonriendo triunfalmente.

El grupo volvió al campamento, con Lafayette cubierto de barro y murmurando en francés sobre la traición de sus amigos, mientras Rachel caminaba orgullosa, incluso si seguía un poco embarrada.

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