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𝓕𝓻𝓲𝓮𝓷𝓭𝓼












Rachel estaba sola esa mañana, lo cual era bastante inusual. George, harto del caos que ella y sus amigos provocaban constantemente, había encontrado una forma de mantenerlos ocupados.

Incluso Lafayette y Hércules estaban cumpliendo con las tareas asignadas, y de John ni rastro; no lo había visto en toda la mañana, lo que, para su sorpresa, le ponía de mal humor.

Sin nada mejor que hacer, decidió dirigirse a la carpa del general.

Para su sorpresa, George no estaba allí, pero en su lugar encontró a Alexander, quien parecía enterrado en una pila interminable de documentos.

“Buenos días, Alexander,” lo saludó con una sonrisa.

Alexander levantó la mirada por un breve momento antes de volver a concentrarse en su trabajo.

“Buenos días,” respondió con un tono distraído, como si estuviera más ocupado en mantener su concentración que en conversar.

Rachel, notando su evidente agotamiento, se acercó.

“¿Quieres ayuda con eso?”

Alexander dudó un momento, observándola como si evaluara si realmente podría serle útil. Finalmente suspiró y asintió.

“No creo que puedas empeorarlo.”

Rachel se sentó junto a él y comenzó a ayudarle con los documentos.

Para sorpresa de Alexander, no solo trabajaba rápido, sino que también entendía los temas con facilidad.

No era solo una cara bonita, pensó para sí mismo, impresionado por su eficiencia.

En menos tiempo del que esperaba, la montaña de documentos había desaparecido. Alexander soltó un suspiro de alivio y la miró con gratitud.

“Gracias, Rachel. Me has salvado.”

Rachel sonrió ampliamente.

“Es lo menos que podía hacer. Además, no tenía nada mejor que hacer.”

Con la carga de trabajo ya resuelta, Alexander sugirió salir a dar una pequeña caminata para despejar la mente.

Rachel aceptó de inmediato; le hacía falta algo de aire fresco y compañía.

Mientras caminaban por el campamento, Alexander, curioso, le lanzó una pregunta.

“Pensé que tú te ibas a ir hace un par de días. ¿Qué pasó?”

Rachel le dirigió una mirada cómplice y se llevó un dedo a los labios, haciendo una señal para que guardara silencio.

“Me gusta estar aquí. Pero no digas nada, porque si George se entera, me va a recordar que tengo que irme.”

Ambos rieron, compartiendo un momento de complicidad.

La conversación continuó ligera, con Alexander comenzando a verla bajo una nueva luz.

No era simplemente la joven que traía caos a donde fuera, sino alguien con inteligencia, encanto y un espíritu libre que, sin duda, no pasaba desapercibido.

Rachel caminaba al ritmo de Alexander, sintiendo cómo el sol de la mañana comenzaba a calentarse.

La compañía de Alexander no era precisamente bulliciosa, pero la tranquilidad le resultaba refrescante después de tantos días llenos de caos.

"Así que," comenzó Alexander, metiendo las manos en los bolsillos mientras la miraba de reojo,

"¿Qué fue lo que realmente te trajo aquí? Porque no creo que sea solo el deseo de causarle más dolores de cabeza a George."

Rachel soltó una risa ligera, sacudiendo la cabeza.

"¿Por qué todos piensan que soy un desastre ambulante? Admito que las cosas se me dan... interesantes, pero no fue planeado."

"Interesantes," repitió Alexander con una sonrisa incrédula.

"Bueno, digamos que tienes un don para que las cosas se tornen caóticas. Pero en serio, ¿qué haces aquí? No pareces alguien que pertenezca a un campamento militar."

Rachel se encogió de hombros, fingiendo despreocupación.

"Quizás buscaba algo diferente. Tal vez estaba cansada de los mismos paisajes, las mismas personas, las mismas normas. Aquí... todo es impredecible, y me gusta."

Alexander se detuvo un momento, observándola con curiosidad.

"Es interesante... Tú eliges el caos porque te resulta emocionante, y sin embargo, no te dejas consumir por él. Es como si supieras exactamente hasta dónde llegar sin perder el control."

Rachel arqueó una ceja, sorprendida por el comentario.

"¿Eso fue un cumplido, Hamilton? ¿O intentas analizarme como si fuera un problema matemático?"

"Tal vez ambas cosas," admitió Alexander con una sonrisa de lado.

"Pero, en serio, me alegra que estés aquí. Aunque no lo parezca, siempre es bueno tener a alguien que rompa un poco la monotonía. Además, tienes una mente brillante, Rachel. No lo digo a menudo, pero eres de las pocas personas que me han dejado sin palabras con su rapidez para resolver problemas."

Rachel sonrió, agradecida por sus palabras.

"Bueno, alguien tiene que mantenerte humilde, Alexander. No quiero que se te suban los humos."

Ambos rieron mientras continuaban su caminata, disfrutando de la conversación y de un momento de calma antes de que, inevitablemente, el caos regresara al campamento.


Rachel y Alexander encontraron un lugar tranquilo y apartado del ajetreo del campamento militar.

Se sentaron bajo la sombra de un árbol, disfrutando de un breve respiro de las tensiones del día.

Su conversación, ligera al principio, se centró en temas triviales, evitando cuidadosamente cualquier mención de la guerra.

“Entonces, Alex, ¿qué me cuentas de ti? ¿Tienes familia?” preguntó Rachel, inclinándose hacia él con curiosidad.

Alexander asintió, pero su expresión se ensombreció levemente, algo que Rachel notó de inmediato.

“Oh, lo lamento, no quise incomodarte,” dijo rápidamente, arrepentida de su pregunta.

Alexander negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa.

“No, está bien. Puedo hablar de mi familia.”

Con voz serena, Alexander comenzó a relatar su historia.

Le contó cómo había nacido y crecido en un pequeño lugar del Caribe.

Describió la partida de su padre junto con su hermana gemela cuando él tenía solo diez años, y cómo aquello dejó a su madre y a él solos.
Años después, tanto él como su madre enfermaron gravemente; aunque Alexander logró recuperarse, su madre no tuvo la misma suerte.

Perdió a su madre siendo aún muy joven y, desde entonces, tuvo que hacer de todo para salir adelante.

Su determinación lo llevó a Nueva York, donde conoció a John, Lafayette y Hércules, quienes se convirtieron en su familia elegida.

Finalmente, llegó a trabajar junto al general Washington como su mano derecha.

Rachel escuchó con atención, conmovida por la honestidad y el peso de las palabras de Alexander.

Cuando terminó, hubo un momento de silencio respetuoso antes de que Alexander la mirara.

“¿Y tú, Rachel? ¿Qué hay de tu familia?”

Rachel bajó un poco la mirada, recogiendo sus pensamientos.

“Mis padres adoptivos murieron hace unos años,” confesó.

“Pero George y Martha me acogieron como si fuera su hija. No recuerdo mucho de mi familia biológica… supongo que es algo que aprendí a aceptar.”

Alexander asintió comprensivamente.

“Parece que ambos hemos tenido que encontrar nuevas formas de seguir adelante.”

Rachel sonrió con tristeza.

“Sí, aunque a veces siento que parte de mi historia se quedó en el camino.”

Pasaron unos minutos más conversando y disfrutando de la calma del lugar antes de decidir regresar al campamento.

Sin embargo, al acercarse, se encontraron con una escena caótica: John estaba armando todo un drama porque no encontraba a Rachel.

“¡¿Dónde está?! ¡Algo le pudo haber pasado!” exclamaba John, paseándose de un lado a otro con evidente preocupación.

“Deberías calmarte, John,” decía Lafayette, intentando tranquilizarlo aunque sin mucho éxito.

“¡O podríamos abofetearlo para que se calme!” añadió Hércules, alzando una mano como si realmente estuviera considerando la idea.

Rachel no pudo evitar reírse al ver a John tan desesperado.

“¡Estoy aquí!” gritó, levantando una mano mientras se acercaba junto a Alexander.

John corrió hacia ella, con el ceño fruncido pero los ojos llenos de alivio.

“¡¿Dónde estabas?! ¡Me tenías preocupado!”

Rachel rodó los ojos, pero su sonrisa traicionó su diversión.

“Tranquilo, John. Solo estaba con Alexander, disfrutando de un rato de paz.”

Hércules estalló en carcajadas.

“¿Ves? ¡Todo este drama para nada!”

John ignoró los comentarios y fijó su atención en Rachel.

“Bueno, la próxima vez avísame antes de desaparecer.”

“Claro, papá,” bromeó Rachel, dándole una palmadita en el hombro mientras los demás reían.

Aunque el día había comenzado caótico, Rachel no pudo evitar sentir que, en medio de las bromas y el drama, había encontrado un momento de conexión auténtica con Alexander y un recordatorio de lo importante que era para su grupo.

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