Capítulo 5. Una chica y un secreto
—Laylah.
Qué bonito es el cielo.
—Laylah.
Y el fuego.
—¡Laylah!
Laylah abrió los ojos. Estaba en el jardín de su casa y su marido la aferraba como si quisiera retener entre sus manos tanto su cuerpo como su alma. Sus manos nudosas y llenas de heridas tras treinta y cinco años de vivencias traumáticas y malas decisiones que ahora comprimían sus brazos.
—Me haces daño —dijo la chica.
—Perdona. —La soltó de inmediato, con delicadeza—. Vamos dentro. Tengo una sorpresa para ti.
<<Un mortero nuevo del mercado, quizá>>, pensó mientras avanzaba de su mano. <<O una paliza.>>
Laylah estaba viviendo el sueño. Un gran caserón en el campo. Ese era el sueño. Un marido pudiente que de cuando en cuando le traía vestidos de las nuevas colecciones más codiciadas de París. Ese era el sueño. Un niño sano y fuerte. Ese era el sueño.
El sueño de su padre.
La vida que había planeado para ella.
Laylah estaba viviendo la realidad. Un gran caserón en el campo sin el suficiente material aislante para resguardarlos del frío en invierno. Esa era la realidad. Un marido que le consentía con vestidos que no la dejaban respirar y que arremetía contra ella cada vez que profería el más mínimo quejido.
—¿Así me agradeces todo lo que hago por ti? Serías una muerta de hambre si tu padre no te hubiera vendido a mi familia.
Esa era la realidad. Un niño sano y fuerte pero que había muerto a manos del mismo hombre que la asesinaba a ella cada día, porque era un niño al fin y al cabo. Esa era la realidad.
La pesadilla de su madre.
La vida que había temido para ella.
Pero Laylah tenía un secreto.
Pedro abrió la puerta. Olía a canela. Sobre la mesa de la cocina había una tarta.
—Feliz dieciocho cumpleaños, querida.
Y la besó en los labios. Un beso agrio, entre formal y lujurioso. No separaron sus manos hasta que llegó el momento de acomodarse para degustar el postre.
—Es de esa pastelería que tanto te gusta —añadió, forzando una sonrisa amable.
—Gracias —respondió Laylah—. Es todo un detalle.
Como acostumbraba a hacer con todo lo que su esposo le proveía, examinó con detenimiento el trozo que aguardaba en su plato. Como toque especial, su penetrante mirada. Conocía esa mirada. Era la que utilizaba en determinados momentos que consideraba de suma importancia para forzarla a hacer lo que él quería.
Esa mirada decía cómete el pastel.
La voz interior de Laylah le susurraba justo lo contrario.
Acercó su nariz. Distinguió el olor a canela, a bizcocho, a nata montada y a veneno. Ella forzó también un esbozo de sonrisa. Ya la había drogado antes para que su oposición a su forma de querer se le hiciera más llevadera. Laylah sabía en todas aquellas ocasiones que estaba a punto de ingerir sustancias dañinas, que estaba a punto de condenarse, y lo hacía de todos modos para evitar problemas.
Pero cómo evitar lo inevitable.
Esa vez era distinta, no era droga, sino veneno. Uno muy potente, lento y doloroso.
—¿Ocurre algo, querida?
Su mujer alejó el plato con una mano, la otra sobre su regazo.
—Me encuentro un tanto indispuesta ahora mismo, discúlpame.
Ambos se pusieron en pie en el mismo instante. Y Pedro no se anduvo con rodeos. Cogió un cuchillo.
—He llamado a las autoridades. Están al caer. Sé quién eres. Sé qué eres. Intenta cualquier cosa y te cortaré en pedazos.
Laylah se mantuvo serena, impasible, con ambas manos sobre su vientre. Su voz sonaba como la de una madre cariñosa, o como la melodía tocada en un réquiem.
—Has cometido un grave error, querido.
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