8. Epilogo: Clavel Blanco
[ 1960 ]
El sol brillaba con fuerza sobre el cementerio, donde las hojas caídas cubrían la tierra fresca. Una brisa suave movía las flores que adornaban las tumbas de México y USA.
Canadá, de pie junto a la tumba, contemplaba el lugar con tristeza. Había perdido a dos amigos en un corto período de tiempo, y la sensación de vacío lo abrumaba. Miró el horizonte, sintiendo el peso de los recuerdos que llevaban en sus corazones.
Había tantas historias no contadas, tantas risas y lágrimas que nunca se compartirían.
En un rincón del cementerio, una pequeña ceremonia con amigos y familiares se llevaba a cabo. Se recordaron las cualidades de los dos amigos fallecidos, sus risas contagiosas, su amor por la vida y su pasión inquebrantable. Todos estaban allí para rendir homenaje, pero en el fondo sabían que la partida dejaba un espacio imposible de llenar.
USA había partido poco después de México, y su ausencia también resonaba en el aire.
Era como si el hanahaki, en su forma más trágica, hubiera tejido un lazo entre ellos que los unía incluso en la muerte. Los que quedaron atrás entendían que su amor, aunque complicado, era real y profundo. Y aunque este amor no llegaba a ser uno romantico, incluso el amor de amigos era igual de fuerte y valioso.
En un último gesto de amor, Canadá colocó una carta en la tumba de México. Era una carta que USA nunca se había atrevido a enviar, llena de palabras que capturaban el dolor, y el deseo de que las cosas hubieran sido diferentes.
Mientras el sol se ponía, bañando el cementerio en tonos dorados, los amigos y familiares se despidieron con la esperanza de que, en algún lugar más allá, México y USA se habían reunido, libres del dolor que los había marcado.
Su amor, aunque simplemente amistoso, perduraría en los corazones de quienes los conocieron, recordándoles que la vida es frágil, pero el amor es eterno.
— Fin —
[ Carta a México ]
Querido México,
Hoy me encuentro aquí, en la casa de mis padres; en este lugar que solía ser un refugio de risas y recuerdos compartidos. Quiero que sepas cuánto te extraño, y cómo el eco de tus palabras aún resuena en mi corazón.
La vida nos llevó por caminos tortuosos, y aunque intentamos encontrar una solución, siento que nunca logramos escapar de la sombra de nuestro dolor. Me duele saber que te vi sufrir y no pude salvarte. Que te presioné, aun sabiendo que esto sería imposible… Reich sigue aquí, esperándote, supongo. Seguro te extraña mucho.
Recuerdo los momentos en que reías, cuando me contabas historias de tu vida, y cómo, en esos instantes, sentía que todo el mundo se desvanecía. Me gustaría haber tenido el valor de decirte lo mucho que significabas para mí, de haberte mostrado que tu dolor también era mío.
El tiempo que pasamos juntos fue un regalo, pero también una carga. Siempre pensé que podríamos sanar juntos, pero la realidad fue más dura de lo que imaginamos. Ahora, el vacío es inmenso y el hanahaki se ha apoderado de mí, llenando mi pecho con una tristeza que parece interminable. Supongo que es por sentirte tan lejos de mí... Ya estoy empezando a pensar que la que necesita una operación de hanahaki soy yo
A medida que me despido, quiero que sepas que tu esencia vive en mí. Te llevo en cada rincón de mi corazón, en cada suspiro que compartimos y en cada promesa que quedó sin cumplir. Espero que encuentres la paz.
Si existe un lugar donde podamos encontrarnos de nuevo, donde el dolor no nos alcance, espero que me esperes. Te prometo que, en esa vida, seré la amiga que necesitabas, sin sombras que nos separen.
Hasta siempre, querido amigo.
Con amor, USA
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