2. Crisantemos.
[ 1950 ]
—¡There's a saying old, says that love is blind!~
Canada se dio un salto en la cama al escuchar el grito desafinado.
—¡Still we're often told, seek and ye shall find! ¡So I'm going to seek a certain lad I've had in mind!~ —Al concentrarse más, se dio cuenta de que era su hermana cantando, aunque parecía más un aullido angustioso que una melodía.
Con pesar, se levantó de la cama, resignado a la perturbadora serenata. Descendió las escaleras, caminó por los pasillos y finalmente llegó a la cocina.
—¡Although he may not be! ¡The man some girls think of as handsome!~
—Suficiente —murmuró Canada, alzando la aguja del tocadiscos para detener la música.
—¡To my heart, he carri-... —USA, al notar el silencio repentino, giró con intención de reclamar al intruso que había interrumpido su canción, mirando a Canadá con desaprobación—. La estaba escuchando, ¿sabes?
—Sí, pero tus aullidos de perro atropellado no me dejaban dormir.
—Uy, perdóname, su alteza real, por no tener la voz de una sirena.
Canada, confundido, observó a USA; aunque su hermana solía enojarse, nunca había hablado con él de esa manera.
—¿Sucedió algo?
—Nada que te importe.
—Para tenerte así de alterada, debió ser algo feo. Cuéntame —Canada se acercó amistosamente, tomando algunos chocolates pequeños de la encimera y sentándose en una de las sillas de la cocina, donde USA estaba preparando la masa de las galletas—. ¿Y bien, me vas a contar?
—.... Me confesé con México.
Canada casi se ahoga con el chocolate al escuchar eso.
—¿Y...? ¿Qué dijo?
—Nada... Solo se quedó en silencio mirándome.
—.....
—Fue... en un mal momento. Antes, él me estaba hablando de Reich.
Canada suspiró. —Y si era así, ¿por qué le dijiste entonces?
—...... No lo sé, la verdad. Tal vez al verlo vulnerable pensé que aceptaría mi consuelo, o tal vez solo fue el momento lleno de tristeza y confesiones. La verdad ni yo sé por qué lo hice.
—¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Vas a cocinar hasta sentirte mejor y escuchar música? —Miro a USA negar con la cabeza—. Entonces, ¿qué harás?
—Pensaba ir a verlo. Estas galletas son para él.
—¿Y qué le dirías?
—No lo sé. Espero que haya estado lo suficientemente borracho como para olvidarlo, así podré acercarme sin problemas. Si no, no sé qué haré.
—Hermanita —Canada se levantó para abrazarla y darle palmaditas en la espalda—. ¿Estás segura de esto? ¿Hace cuánto fue?
—En la fiesta de URSS.
—Eso fue hace dos meses. ¿No lo has visto desde entonces?
—Exactamente. Sé que vino a Estados Unidos por unos asuntos de comercio, así que voy a ir a verlo.
—Buena suerte —Canada se separó, chocando sus manos y luego su puño con el de ella.
—Si puedo.
En ese momento, el sonido del horno sonó, y USA tuvo que ir a sacar las galletas para guardarlas.
USA llegó al hotel con una mezcla de nerviosismo y esperanza, sabiendo que este era el primer paso para un encuentro con México que había estado esperando.
Después de un emotivo chantaje emocional, logró que México le dijera en qué hotel se estaba hospedando. Todo parecía ir a su favor para pasar una tarde juntos, un tiempo que ella ansiaba con todo su corazón. Sus sentimientos, que solían manifestarse en la forma de crisantemos en sus pulmones, estaban inusualmente tranquilos esa tarde, por lo que esperaba que esta vez no hubiera momentos dolorosos como en ocasiones anteriores.
Subió hasta el quinto piso y se dirigió a la habitación que le habían indicado. Tocó la puerta suavemente, esperando una respuesta. Pero el silencio que siguió fue inquietante.
—¿México? —repitió, esta vez con más firmeza en su voz.
Esta vez, escuchó un débil tosido desde dentro, un sonido que claramente denotaba dificultad para respirar.
—¡MÉXICO! ¡¿Estás bien?! —su voz estaba cargada de preocupación mientras golpeaba la puerta con más fuerza.
—¡Vete! —se escuchó la voz de México, débil y entrecortada.
—¡No, México! ¿Qué pasa? ¡¿Estás teniendo un ataque?! ¡Déjame entrar! —USA estaba desesperada. Empezó a forcejear con la manija de la puerta, empujándola con todas sus fuerzas.
Los sonidos de la tos y la respiración dificultosa de México se intensificaban. El pánico de USA crecía al ver que no podía abrir la puerta. Miró alrededor buscando algo que pudiera ayudar. Su mirada se posó en un extintor de incendios. Sin pensarlo dos veces, lo agarró y comenzó a golpear la manija de la puerta con desesperación. Golpeó con todas sus fuerzas, esperando que al menos la cerradura cediera.
Después de varios minutos de angustia, la puerta cedió bajo los golpes, y USA la pateó, abriendola. La visión que encontró la paralizó momentáneamente: la habitación estaba llena de pétalos de hibisco rosados, que disimulaban la sangre que se escurría por los mismo hasta el suelo. También había algunos pétalos de belladona. El contraste entre la belleza y la tragedia en la habitación era desgarrador.
Recobró la compostura al escuchar nuevamente la tos de México. Corrió al baño, donde la escena era aún más aterradora. El baño estaba en caos, con sangre y flores esparcidas por todos lados, al igual que la habitación. México estaba frente al lavabo, su cuerpo temblaba visiblemente.
—¡Por Dios! ¡Déjame ayudarte! —USA exclamó mientras se acercaba, su corazón palpitando con una mezcla de terror y desesperación.
La situación era crítica. Mexico estaba visiblemente debilitado, con la respiración cada vez más dificultosa. La desesperación de USA creció al ver la magnitud del sufrimiento de México. Sabía que debía actuar rápidamente, pero en medio del pánico, su mente buscaba desesperadamente una solución.
El tiempo parecía detenerse mientras trataba de calmar a México y buscar ayuda. La angustia en su rostro reflejaba la intensidad de sus sentimientos, temiendo que esta fuera la última oportunidad que tendría para estar cerca de él. Cada segundo era crucial, y ella se comprometió a hacer todo lo posible para salvarlo, enfrentando sus propios miedos y la cruda realidad de la situación.
[ . . . ]
La ambulancia había llevado a México al hospital. Los demás huéspedes del hotel, alarmados por el ruido causado por el extintor y la puerta rota, alertaron a las autoridades. Afortunadamente, esta intervención rápida permitió a México ser atendido por los médicos a tiempo, estabilizando su ataque de hanahaki.
Ahora, México se encontraba en una habitación privada del hospital, que USA había pagado para asegurarse de que recibiera la mejor atención posible. Y aunque le costaba admitirlo, ver a México en ese estado crítico la obligó a pedir a los médicos que le administraran medicación. Las flores en su garganta, que hasta ese momento estaban tranquilas, se habían descontrolado al ver a México en ese estado tan grave, causando rasgaduras y dificultades para respirar.
USA ya se encontraba en la habitación, sentada en una silla al lado de la cama de México, con un café en mano. El silencio era pesado, y la tensión palpable.
—¿En serio no vas a hablarme? —rompió el incómodo silencio, tratando de mantener la calma mientras observaba a México sentado, mirando al vacío.
—....
—¿Así vas a estar toda la semana? —se acercó más. —Al menos trátame como a tu salvadora, cabrón —dijo mientras le daba un golpe amistoso en el hombro, esperando una respuesta juguetona. Sin embargo, él solo cerró los ojos un instante, antes de regresar su mirada al abismo que lo envolvía.
Incomoda y con el corazón desgarrado, USA apartó la mirada para ocultar las lágrimas que amenazaban con desbordarse. La tristeza se reflejaba en su sonrisa temblorosa mientras secaba las lágrimas con discreción.
Al recuperar un poco de compostura, volvió a intentar conectar con él.
—Mira, México, te hice unas galletas de chocolate. Espero que te gusten...
Su corazón se rompió al ver cómo las galletas se esparcieron por el suelo, destruidas. México le habia golpeado la mano con la bolsa de galletas y esta salieron volando al suelo.
Los crisantemos comenzaron a florecer nuevamente en su garganta, dificultando su respiración.
—Déjame solo —la voz de México era fría, mientras sus ojos reflejaban una furia contenida. Los suyos, por el contrario, estaban llenos de lágrimas no derramadas.
—¿Tú... no te cansas de ser idiota, verdad? —dijo USA, con la voz quebrada.
—Es que a mí ya me vale madres —contestó México con su voz cargada de desdén.
—¿Ah, sí? ¿Te vale madres?
—¡Sí! ¡Dime! ¿Te importa? ¿Te interesa? ¿Cuál es tu puto problema, por qué te metes en la vida de los demás?
—¿De qué mierda hablas, México?
—¡Te dije que te fueras!
—¿Y dejarte morir? ¡¿Eso querías?!
—¡Sí!
—....
—Sí... Eso es lo que quería. Quería pudrirme porque ya no soporto este pinche dolor. ¡Ya no!
—¿Querías irte con... ella?
—... —México se rompió en llanto, su cuerpo temblando mientras se recostaba en la cama, cubriéndose el rostro con las manos. Su llanto era un grito silencioso de dolor y pérdida.
—¿Me ibas a dejar? —USA también empezó a llorar en silencio, las lágrimas cayendo sin control.
—Yo... la quiero a ella. La quiero de vuelta. ¿¡POR QUÉ NADIE LO ENTIENDE!?
Las palabras de México fueron una puñalada directa en el corazón de USA, dejándola desolada. La belladona, que había estado acechando entre ellos, parecía tener un poder aún más devastador del que USA se imagino.
Sintiendo que su propio mundo se desmoronaba, salió corriendo de la habitación sin una palabra de despedida, atravesando los pasillos del hospital y saliendo a la calle con una desesperación visible. Corrió sin rumbo fijo, hasta llegar a una calle desconocida. Allí, su mirada se detuvo en un cartel publicitario de una película sobre la Segunda Guerra Mundial, con una actriz en la portada que interpretaría a Dritte Reich. Ver ese rostro en la publicidad fue como una bofetada cruel, como si la maldita sonrisa de Reich estuviera frente a ella de nuevo, recordándole su frustración y dolor.
—¡TE ODIO! —gritó alzando el puño, mientras destrozaba el cartel. Pateó y golpeó la pared con fuerza, hasta que el cansancio la venció. Se desplomó en el suelo, respirando con dificultad.
Sus manos estaban ensangrentadas por los rasguños, y la tos comenzó a apoderarse de ella mientras los crisantemos caían al suelo. Se acurrucó en el suelo, envolviéndose en una bolita, sintiendo cómo empezaba a llover. No se movió, el dolor en su corazón se intensificó, recordándole el pasado con México, un tiempo antes de que la belladona apareciera en sus vidas.
[ 1629 ]
Fuera de la biblioteca, en esa noche lluviosa, la descendiente de Inglaterra se abrazaba las piernas, ocultando su rostro entre las mismas mientras las lágrimas se mezclaban con la lluvia que la empapaba. Su llanto, ahogado por el ruido constante de la tormenta, parecía perderse en la oscuridad de la noche.
De repente, USA dejó de sentir las gotas de agua golpeando su piel. Alzó la vista, luchando por enfocar a través de sus lágrimas. Fue entonces cuando sus ojos finalmente reconocieron una figura conocida bajo el tenue resplandor de una farola. Era México, con sus lentes empañados por el frío y la lluvia.
—.... ¿Nueva España? —su voz era un susurro tembloroso, entrecortado por el llanto.
—¿Estás bien, Trece Colonias? —La voz de Nueva España estaba cargada de preocupación, que se mezclaba con la tormenta. Estaba agachado frente a ella, cubriéndola con su gabardina color café, tratando de protegerla de la lluvia. Su respiración se mostraba agitada, como si hubiera corrido para llegar hasta allí.
—Sí... ¿qué haces aquí? —su voz temblaba, la sorpresa y la confusión inundando sus palabras.
—Tu padre está muy preocupado porque no llegaste. —La mirada de México era una mezcla de preocupación y alivio al encontrarla.
—Yo... me terminó. —Las palabras salieron entre sollozos mientras Trece Colonias se aferraba a Nueva España, abrazándolo con fuerza. Él suspiró, acomodando la gabardina sobre ella y dándole suaves palmadas en la espalda, intentando consolarla.
—Me dijo que yo no era suficiente —dijo Trece Colonias, su voz rota y quebrada, las lágrimas manchando su rostro mientras el dolor salía a borbotones.
—No le hagas caso a ese pendejo, Trece Colonias. —Nueva España la tomó de los hombros, separándola para mirarla a los ojos con una intensidad protectora. —Ese cabrón no merece decirte que no eres suficiente.
—¿Pe-pero si tiene razón? —la duda se reflejaba en su voz, su inseguridad apoderándose de ella.
—¡No, nunca! ¡Tú eres una chingona, Trece Colonias! Eres revolucionaria, innovadora, fuerte... ¡Él es el que no es suficiente para ti! Dejarte a ti es un error garrafal.
Trece Colonias lo miró con asombro y confusión. Nunca antes alguien le había dicho cosas tan halagadoras, y la sinceridad en las palabras de Nueva España la sorprendía profundamente. La calidez en su voz y el brillo en sus ojos ofrecían una luz en medio de su tormento emocional.
—Estoy seguro de que harás cosas muy grandes en el futuro, Trece Colonias. No lo olvides, eres una mujer más que chingona. —La sonrisa amable y segura de Nueva España comenzó a calar hondo en el corazón de Trece Colonias, haciéndola sentir una chispa de esperanza en medio de su dolor.
Gradualmente, la sonrisa de Nueva España contagió a Trece Colonias, quien comenzó a sonreír también. A pesar de su tristeza, gritó con renovada energía que era una mujer chingona, intentando recitar las palabras con la misma intensidad que su compañero. Aunque su español no era perfecto, el sentimiento era claro: el consuelo de Nueva España le daba fuerzas para levantarse, incluso en la noche más oscura.
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