Un encanto
¿Puedes escucharme decir tu nombre por siempre?
¿Puedes verme anhelándote por siempre?
Hace años, cientos de años atrás, cuando la magia era tan temida como anhelada y cuando la desesperación tomaba forma de tratos, que esta historia comenzó.
Fue en el pueblo de Todai que Ryusei Satō, un solitario joven de gran astucia y valía, conocido como uno de los mejores bribones entre los suyos. Siempre dispuesto a hacer los trabajos sucios sin importar cuánto se manchara las manos.
Era bueno liquidando, así que, ¿por qué no aprovecharlo?
Fue en uno de sus trabajos bajo la petición de Kisaki Tetta, un acaudalado señor, que quería deshacerse de un chico que se cruzaba continuamente en su camino. Para el Satō, fue irresistible no aceptar el trabajo, era demasiado dinero de por medio para un trabajo tan sencillo.
Durante varios días, Ryusei siguió de cerca al que sería su víctima: un chico de cabello azabache y ojos zarcos brillantes, conocido como Michitake. De más estaba decir que, aunque le pareció alguien amable y cortés, después de cruzarse con él “accidentalmente”, no sintió una especial empatía por él. Lo había observado lo suficiente para juzgarlo como alguien simple y demasiado ingenuo.
No obstante, debía admitir que para ser alguien odiado al punto de querer ser asesinado, Michitake tenía muchas personas que lo querían, entre los que resaltaba un chico rubio muy cariñoso que se la pasaba detrás de él y, que a escondidas, era más que su amigo;, además de un particular chico que era el mejor amigo del azabache. Para su desgracia, fue este último quien capturó su atención, incluso superando la absurda misión que le encomendó Kisaki.
De brillante cabello ébano, piel delicada, mirada astuta y unos bellos ojos jades, su nombre era Mafuyu, la persona que cambiaría el resto de su existencia.
Pero como el trabajo era trabajo, Ryusei intentó apartar tanto como pudo la mirada del ojiverde y continuó su misión, siendo una noche de verano, con un puñal en mano, la luna en lo más alto y la oscuridad como su único cómplice, que siguió de cerca a Michitake con un único fin:; era hora de cumplir su mandato.
Para suerte del Satō, el ojizarco pareció no darse cuenta de que era acechado, y cuando estuvo a un par de metros de él, no pudo más que sentirse aliviado.
Y todo hubiera salido de acuerdo a su plan de no ser porque en cuestión de segundos fue derribado por un golpe sorpresa.
El cazador había sido cazado.
Ryusei forcejeó con el “extraño”, pero por más que intentó no logró sacárselo de encima, por lo que sólo le quedó mirar desde el suelo al chico que tenía sobre él y que, además le arrebató su arma de un tirón.
—¿Buscas a alguien? —La melodiosa voz de Mafuyu se quedó grabada en su memoria como si de la melodía más dulce se tratara, ignorando el tono de reclamo con el que le hablaba.
Bastó con mirar aquellos jades para saber que no había otro lugar en el que quisiera estar.
Por su parte, Mafuyu quedó atónito cuando el moreno dejó de pelear y lo miró con descaro, antes de sonreírle coqueto, haciéndole teñir las mejillas.
¿Quién demonios se creía?
—Ya no.
Tras el ataque, Ryusei no tuvo de otra que confesar cuáles eran sus intenciones y quién era el que estaba detrás de todo; lo que tomó por sorpresa y rompió el corazón de Michitake, después de todo creía que Kisaki era su amigo, cosa que era unilateral.
Claro que el intento de asesinato causó revuelo entre los conocidos del azabache, sobre todo en el rubio que se la pasaba con él y que quería venganza, al que Ryusei, más tarde, conoció como Manjiro.
Gracias a que el Satō estuvo dispuesto a ayudar a Michitake a atrapar a Kisaki y hacerlo pagar, el ojizarco lo perdonó y le ofreció una recompensa.
Era demasiado amable aun con alguien que intentó matarlo.
Entre los conocidos de Michitake todos lo respetaban y no le guardaban rencor, era como si el atentado no hubiera pasado. Con excepción de cierto ojiverde que se mostraba escéptico al cambio del moreno. ¿Qué tan fácil había sido convencerlo de estar de su lado? No, simplemente era imposible de creerle.
Aquella renuencia divirtió a Ryusei porque era irónico, pues de entre todos ellos, era al lindo azabache de ojos esmeraldas a quien quería acercarse, sentía una enorme curiosidad por él. Fue así que aprovechó la confianza de Michitake para acercarse a Mafuyu más de lo que el ojiverde quería.
Y aunque al principio Mafuyu se mostró renuente a querer conocerlo o siquiera estar cerca de él, los encantos del moreno terminaron por ablandar su corazón y, antes de darse cuenta, Ryusei ya era indispensable en su vida.
Era molesto, bromista, descarado y un total idiota cuando se lo proponía, pero también una persona que le provocaba sensaciones que no podía —o quería— entender, como la inevitable sonrisa que se dibujaba en su rostro al estar a su lado, la calidez en su pecho cuando le decía “lindo” o la ansiedad de querer saber de él y tenerlo cerca. ¿Acaso estaba bien?
Y como el corazón quiere lo que quiere, fue cuestión de tiempo para que el Satō terminara perdido en los encantos de Fuyu, deseando algo más allá de su mera compañía o esa amistad que los unía.
Durante semanas, ninguno fue capaz de enfrentar lo que sentía, quizá por miedo o tal vez por cobardía, sólo siendo capaces de disfrazar lo que sentían en encuentros y palabras más cariñosas que amistosas. Tan cerca y tan lejos a la vez.
Más temprano que tarde esta situación hastió al moreno. Quería más, mucho más, era ambicioso y esa era culpa del ojiverde. Además, el que no arriesga no gana, ¿verdad?
Fue al atardecer del primer día de invierno, en medio del frondoso y nevado bosque, con la brisa removiendo sus cabellos, la ansiedad revolviendo su estómago y con la confianza que Michitake despertó en él y que aceleraba su corazón que finalmente las palabras escaparon de su garganta.
—Me gustas, Fuyu.
Tal vez era el gélido viento que tocaba sus mejillas o quizá el impacto de sus palabras, lo que provocaron un tierno sonrojo en el rostro del ojiverde. Sin embargo, Ryusei no tuvo tiempo para preguntar porque pronto sintió los suaves y cálidos labios de Mafuyu sobre los suyos.
Esa era su respuesta y eso lo hizo feliz.
Cuando confesó sus sentimientos esperó todo menos ser correspondido. Ryusei, un chico que vivió solo toda su vida y que no tenía nada que ofrecer, pero sí muchos sueños que deseaba cumplir, había conseguido su anhelo más grande: el amor de su lindo Mafuyu.
Durante mucho tiempo a Ryusei le pareció que todo era demasiado bueno para ser verdad. Ya no estaba solo, no se dedicaba más a asesinar y tenía a su lado a alguien especial que cuidaba de él sin importarle su pasado o quién era. ¿Qué más podía pedir?
Sin embargo, su unión, tan tierna como destinada, era cercana a un pecado para quienes le vieran y ambos lo sabían.
No los dejarían estar juntos.
Por supuesto que esto no fue suficiente para desgastar o cambiar sus sentimientos, pues aunque vinieran de lo que muchos juzgaban como mundos diferentes, la realidad era que Mafuyu estaba dispuesto a dejar todo atrás y huir a un lugar donde pudieran ser felices. Mientras que Ryusei era ambicioso y soñador, y en cada uno de sus pensamientos lo único que quería era darle el mundo entero a su amado Fuyu, y por su vida que lo haría.
Fue así, que tomando el camino más “sencillo”, el Satō recurrió a Hishi Kojiro, una persona tan mística como maliciosa, que tiempo atrás le buscó para ser su aliado y “conquistar” el mundo, y que por razones obvias —como el aura escalofriante que daba— rechazó.
Bajo la bella promesa de hacer realidad todos sus deseos a cambio de trabajar para él Ryusei aceptó sin chistar su trato.
Lo que Ryusei no sabía era que Mafuyu, temeroso de que Kojiro quisiera aprovecharse de su desesperación, fue tras él.
La noche era fría y erizaba su piel, pero no fue suficiente para detener su andar a la tenebrosa casa de Kojiro a las afueras del pueblo.
Su mirada se tornó horrorizada y su cuerpo tembló de miedo al observar que Ryusei, el chico que tanto amaba y por el que estaba dispuesto a dejar todo, se transformaba en serpiente.
El sonido de los huesos crujir y los alaridos de dolor llenaron el ambiente lúgubre de esa noche.
A los ojos de Mafuyu todo era tan irreal como aterrador que hacía sus piernas temblar y querer escapar. Sin embargo, no huyó, muy por el contrario, corrió hasta Ryusei, no dispuesto a perderlo, porque podría ser fuerte, pero aun así cuidaría de él.
Cuando la escena romántica apareció ante la mirada del brujo, este no pudo más que sonreír complacido.
—No necesito más de ti —declaró y señaló al ojiverde, sólo para después disfrutar de ver cómo la serpiente se lanzaba sobre el chico.
Los filosos colmillos clavándose en su cuerpo y la sensación del veneno arder en su interior hizo a Mafuyu lagrimear de dolor y caer de rodillas al suelo.
Pronto su respiración se volvió pesada y cada vez más difícil de sostener. El ofidio dejó de atacar y se mantuvo perplejo, observando aun cuando el ojiverde estiró su mano para querer alcanzarlo.
Los párpados de Mafuyu pesaron y algunas lágrimas rodaron por sus mejillas hasta que finalmente perdió la consciencia y sucumbió ante el sueño eterno.
Tras unos minutos, Ryusei volvió a la normalidad. Su cuerpo dolía y en su piel se marcaban aún los rasgos de la piel de serpiente, además de una marca que se alzaba en su cuello con la figura en lo que se había convertido.
Su cabeza dolía como si quisiera partirse a la mitad, no entendía qué y cómo había pasado, pero todas sus preguntas se esfumaron y quedó helado al mirar el cuerpo que yacía a su lado.
Sus ojos se abrieron tanto como fue posible y un nudo le impidió respirar. ¡Tenía que ser mentira!
Como pudo, Ryusei arrastró su adolorido cuerpo al lado de Fuyu y sostuvo el cadáver del azabache en su regazo.
Bastó con mirar las marcas de colmillos en el cuerpo del ojiverde para saber qué había pasado.
Había asesinado a su amado Fuyu.
El rostro del ojiverde comenzó a mojarse por las lágrimas del Satō.
¿Acaso era justo perderlo después de sacrificar su humanidad por él? ¿Qué es lo que había hecho mal para recibir un castigo así?
De poco le servía haber conocido la felicidad si iba a ser tan efímera como un pestañeo. ¿Dónde estaba la justicia de la vida?
—No me dejes, Fuyu…
Dentro de si, Ryusei esperaba que Mafuyu abriera los ojos en cualquier momento, que lo regañara por ser un idiota, entonces y sólo entonces dejaría de sentir la punzada que atravesaba su pecho como lanza. Mas no hubo nada, sólo la piel fría de Fuyu.
—Dije que te ayudaría, no que te dejaría ser feliz.
La molesta voz de Kojiro hizo el interior de Ryusei arder de rabia.
—¡Eres un miserable!
—Y tú un asesino —clamó triunfante—. Yo cumplí mi parte del trato y es momento de que tú cumplas el tuyo.
Ryusei no pudo oponer resistencia cuando Kojiro lo capturó. Si ya había perdido todo, ¿qué más le quedaba? ¿Acaso tenía sentido seguir peleando contra el destino que parecía no querer dejarlo ser feliz?
Porque cuando se pierde la esperanza, se pierde todo.
Kojiro, más que complacido, se sentía extasiado de tener un ejemplar tan único como lo era el Satō. Estaba orgulloso de la bestia que había creado, tan letal como una serpiente y tan impredecible y peligrosa como un humano.
El rubio se dedicó a poner a prueba la resistencia ante el dolor del Satō, golpeando o arrancándole la piel tanto en su forma humana como animal, y para su fortuna resultaba ser que, el cuerpo de Ryusei se regeneraba.
Pasaron meses y años en aquel infierno, tanto que Ryusei hasta perdió la cuenta. En ese lapso de tiempo logró aprender a controlar su parte serpiente y volverse más resistente a cada uno de los golpes.
Algo bueno tenía que sacar de todo, ¿no?
Cuando el moreno decidió que era suficiente de ese castigo, escapó sin mucha dificultad, y lo hubiera hecho desde mucho tiempo atrás, pero vivir el infierno que Kojiro le imponía era parte del castigo autoimpuesto por perder a Mafuyu.
Aunque nada resultaba más tortuosa que la amarga soledad.
Y así fue, errando por el mundo durante más de 200 años, respirando por necesidad, y sobreviviendo por instinto.
Al final, la inmortalidad no era tan dulce como había creído. No cuando no tenía a nadie con quien compartirla.
Rogaba al cielo, porque en el más allá, su lindo Fuyu no le guardara rencor y pudiera descansar en paz. Le bastaba con ser él quién cargara con su condena.
Era como decían por ahí: ¿cómo pueden los muertos estar realmente muertos, si siguen viviendo en el alma de aquellos que dejaron detrás?
Sin embargo, como si el destino se apiadara o quisiera castigarlo, el alma de Mafuyu reencarnó bajo el nombre de Chifuyu Matsuno.
De la forma más dulce y amarga posible, Chifuyu era una copia exacta del mismo Mafuyu del pasado.
Conservaba su carácter lleno de coraje que lo hacía retarlo sin chistar, la bondad que tanto admiraba y la afable belleza que tanto adoraba. Además, que el lindo ojiverde lo viera como su némesis y quisiera superarlo en todo le divertía, porque no importaba que tanto se esforzara Chifuyu, Ryusei ya conocía todos sus puntos fuertes y débiles.
Todo se repetía como si el destino lo hubiese escrito, que más que poético era trágico.
Él ya conocía el final.
Su existencia era cruel porque si quería proteger a Chifuyu debía alejarse de él. No soportaba la idea de ser el causante de su muerte una vez más.
Ryusei era un egoísta de primera que tomaba lo que quería por sobre todas las cosas, pero que con tal de mantener a salvo a Chifuyu estaba dispuesto a renunciar a él.
O al menos lo intentaría, porque Chifuyu tampoco se la dejaba fácil. Era terco y de una manera u otra siempre terminaba detrás de él.
Empero, un golpe de la realidad le hizo abrir los ojos al Satō, porque no era sólo con el alma de Fuyu con la que se había reencontrado, sino también Kojiro. La vida no podía ser tan buena.
Aún existía una deuda que cumplir.
Cuando la actitud de Ryusei cambió con él, Chifuyu se sintió confundido y más que eso dolido. Sí, no le agradaba del todo y le parecía alguien que ocultaba más de lo que parecía, su instinto se lo decía, pero aun con toda esa actitud presumida, insoportable, bromista y de mal gusto —según él— que se cargaba, había algo en el Satō que lo hacía no querer alejarse de él.
Claro que a esto no le ayudó cuando sueños del moreno y él comenzaron a perseguirlo todas las noches. Eran extraños porque muy a su pesar parecían tener sentido y secuencia. A veces eran tiernos y dulces, otras veces pasionales y demasiado intensos y pocas veces dolorosos hasta el punto de hacerlo despertar con la respiración acelerada y el corazón errático. ¿Qué clase de sueños eran esos?
Un loco, eso era lo que estaba haciendo Ryusei de él.
Cansado de la incertidumbre y cómo si pudiera tener las respuestas, una noche Chifuyu fue en búsqueda del moreno. Tal vez estaba actuando como un lunático yendo a buscarlo por algo tan peculiar, pero poco le importaba. Más que respuestas, necesitaba ver a Ryusei para aliviar la opresión que existía en su pecho desde el último sueño, dónde pudo escuchar los lamentos del Satō pidiéndole a Fuyu que no lo dejara solo.
Sin embargo, cuando estuvo a punto de llegar a casa del chico, lo que encontró menos que gustarle le provocó un mal sabor de boca, porque mientras hacía lo posible por evitarlo paseaba como si nada con un rubio de cara siniestra que le provocaba escalofríos.
Aun en su molestia y decepción, Chifuyu fue capaz de ver en la mirada del Satō como parecía fastidiado por la compañía de aquel extraño. Si tanto le molestaba, ¿por qué no lo dejaba así como lo había dejado a él?
La presencia del rubio pasó desapercibida para el brujo, quién estaba más concentrado en terminar su plan esa misma noche.
Bajo engaños, Kojiro arrastró a Ryusei hasta una bodega, dispuesto a no dejarlo escapar de nuevo. Era su creación y como tal debía estar a su lado hasta que se cansara.
Golpeó a Ryusei hasta que se cansó y lo obligó a transformarse en serpiente sólo para continuar su “castigo”.
Aunque intentó no oponer resistencia, el Satō no pudo soportar más y atacó al rubio, logrando clavar un par de veces sus colmillos e inyectar su veneno.
Había cedido por cuenta propia a las demandas de Kojiro con tal de proteger a Chifuyu, pero no podía soportarlo, prefería volver a mancharse las manos, además de que tampoco confiaba en su palabra. Si lo había traicionado una vez, nada garantizaba que las cosas fueran diferentes.
Las palabras de Kojiro valían menos que la basura.
Después de su ataque, Ryusei se arrastró por el suelo y escapó hasta resguardarse en una solitaria iglesia.
El estridente ruido de las campanas funcionó para disfrazar sus jadeos y el crujir de los huesos cuando su cuerpo volvió a la normalidad.
Era pasada la media noche, por lo que fue natural que el lugar estuviera en la soledad de las penumbras, sólo con la gélida brisa erizando su piel desnuda y el manto pardo de la luna iluminando su plateada cabellera.
El aire frío raspaba su garganta y era por su respiración acelerada que su pecho subía y bajaba con rapidez.
Sus músculos pesaban como plomo y sus huesos dolían tras haber sido golpeado hasta el cansancio. Y como si eso no fuera suficiente, el colmo era la piel resbalosa y las escamas verde oliva que resaltaban de la piel de su espalda y su brazo derecho, la piel que el malnacido de Kojiro le había arrancado por mero gusto.
Estaba cansado, fastidiado, y no podía evitar maldecirse internamente, pues lejos de conseguir su meta de deshacerse de una vez y para siempre de ese rubio, cayó en su trampa por mero gusto al ser descuidado e impulsivo.
¿Dónde quedó la promesa de no dejarse atrapar por Kojiro? En el caño seguramente.
Seguía siendo el mismo idiota de siempre que bajaba la guardia por un par de ojos bonitos, esos mismos por los que haría cualquier cosa.
Estaba jodido.
Pero, ¿cómo podía evitarlo? Después de 2 siglos y una trágica despedida, sus almas volvían a encontrarse.
¿Qué eso no era una señal de aquello a lo que llamaban destino?
El suave sonido de pasos acercándose en su dirección puso al moreno en alerta, quién no dudó en lanzarse a atacar de ser necesario.
—Ryusei.
Con temor, la mirada del Satō encontró la figura del rubio a un par de metros de él. ¿Cómo lo había encontrado? ¿Acaso había perdido su talento para ocultarse o es que Chifuyu estaba destinado a encontrarlo dónde quiera que fuera?
Cientos de preguntas se formaron en su cabeza, pero ninguna fue pronunciada. La mirada de Chifuyu clavada en lo que restaba de su piel de serpiente le causaba aún más miedo que encontrarse desnudo en medio de una iglesia. Ninguna explicación tendría sentido, aun si era la verdad.
¿Lo odiaría por ser un monstruo? No podía culparlo, él también odiaba parte de su existencia.
—Tú estás…—Balbuceó, sin saber qué pensar. Aunque no lo necesitaba, había visto suficiente—. Quiero decir, olvídalo. Vamos, voy a ayudarte, así que…
—¡No mires y márchate! —Un gruñido ronco salió del fondo de su garganta, tan amenazante como temeroso—. No necesito tu ayuda.
Chifuyu, cuál polilla a la luz, caminó a pasos firmes hasta quedar de cuclillas frente a él. ¿Tenía miedo? La verdad estaba aterrado. No era normal o siquiera imaginable lo que sus ojos estaban viendo.
Y aun así, ahí estaba frente a él.
Ryusei parecía una serpiente a punto de atacar, pero su convicción era mayor a su temor. No escaparía, no lo dejaría solo.
Ya no.
Aun con su cuerpo temblando de miedo o ansiedad, Chifuyu respiró hondo y estiró su mano hasta tocar la fría mano de Ryusei.
El tacto cálido del Matsuno tranquilizó el errático corazón del Satō. ¿Cuánto tiempo no había deseado volver a sentir su piel o tenerle cerca?
—Escúchame, Ryusei. —Aun en medio del caos que era su mente, la voz suave de Chifuyu logró relajar el ambiente—. Ese tipo puede volver a buscarte. Vámonos de aquí, por favor.
¿Por qué era bueno con él? ¿No debía odiarlo por lo que era o por lo que había hecho?
—El que debería marcharse eres tú.
—¿Qué no me escuchaste? —La preocupación y molestia estaban teñidos en la voz del Matsuno. Era como si de verdad le importara—. No podemos quedarnos aquí. Entiende que si él te encuentra entonces…
—El que no entiende eres tú —siseó y se soltó del agarre del menor—. Ves lo que soy y aun así prefieres arriesgar tu vida. Qué tonto.
Chifuyu apretó con fuerza sus puños. No había forma de que lo dejara ir.
—Tal vez sea un tonto por tratar de ayudarte, pero eso no quiere decir que no lo vaya a hacer. Tú eres más tonto por quedarte sin hacer nada. ¿No piensas luchar?
¿Pelear? ¿Acaso tenía sentido? Después de una vida tan larga, ¿qué sentido tenía si no podía tener lo que realmente quería?
—Tú no entiendes nada.
No, no lo hacía.
—Eres un idiota, Ryusei. Siempre haciendo lo que te da la gana y preocupando a los demás. Me da igual lo que sea que eres, yo no te tengo miedo.
Las palabras y la determinación del rubio fueron el antídoto al veneno que era la inseguridad calando en su pecho. ¿De verdad podía creer en esas palabras?
—Deberías tenerlo —pronunció burlón y complacido de la valentía del rubio—. Puedo lastimarte de maneras que ni te imaginas.
—Puedes intentarlo, no me importa. Voy a quedarme contigo. —El brillo lleno de seguridad en las esmeraldas aceleraron el corazón de Ryusei—. Aun si me amenazas y me lastimas con tu veneno, de nuevo yo volveré a ti.
Los orbes oscuros se abrieron ante la sorpresa y un escalofrío recorrió su columna. ¿Acaso Chifuyu lo recordaba?
En un rápido movimiento, Ryusei derribó a Chifuyu al suelo, lo acorraló con su propio cuerpo y sujeto sus manos por encima de su cabeza.
La respiración del moreno se detuvo por unos instantes cuando se permitió perderse en los jades de su amado Fuyu.
¡Joder! Lo amaba y deseaba tanto como quería protegerlo.
¿Por qué el destino tenía que ser así? ¿Por qué no podía estar a su lado si era lo que más deseaba?
Chifuyu se sintió observado como si de una presa se tratara, lo cual no era muy lejano a la realidad, porque para su desgracia —o fortuna—, la serpiente quería devorarlo.
—Entonces si lo sabes debes alejarte de mí o te arrepentirás, chico lindo —advirtió por última vez, Ryusei, y clavó su mirada en los rosados labios que parecían suplicar por su atención.
Pese a su insistencia, quería que se quedara a su lado. Deseaba no ser el único que anhelara el pasado.
El rubio esbozó una pequeña sonrisa.
—Hablas demasiado para lo poco que haces, Ryusei.
El Satō sonrió de medio lado ante la osadía y sin pensarlo más, atacó los labios de Chifuyu con desesperación, sediento del sabor de su lindo rubio.
Después de una vida vagando en una soledad tortuosa de nuevo tenía la razón que lo hacía querer vivir.
El beso tomó por sorpresa a Chifuyu, pues lo que menos esperaba era que sus extraños sueños tuvieran sentido o fueran parte de alguna realidad, al encontrar a su “némesis” desnudo en una iglesia con parte del cuerpo con piel de serpiente, aunque la verdad es que no le importó demasiado. Era un secreto indiscreto la atracción que sentía por el moreno, y como esta le hacía no poder alejarse de él por más que quisiera.
Porque así es, lo que está destinado a ser siempre será.
Chifuyu respondió gustoso el beso y abrió su boca, dándole permiso a la lengua del Satō para que degustara tanto de él como quisiera.
Curioso fue que, esa era la primera vez que Chifuyu besó a Satō en su segunda vida y aun así sus labios se movían en una sincronía perfecta, con sus lenguas danzaron en un vaivén obsceno que sólo se detuvo cuando a ambos les faltó aire.
Había huellas que ni el tiempo podía borrar.
Ryusei se sintió complacido por la osadía del rubio y como en lugar de escapar avergonzado muy por el contrario, alzaba el rostro para continuar besándolo. Pero su felicidad duró poco cuando una punzada de celos atravesó su pecho. ¿Quién le había enseñado eso? ¿Quién había tenido tan poco amor propio para querer arrebatarle a su lindo Chifuyu?
Un gruñido escapó de su garganta ante la furia que le revolvía el estómago.
Sabía que no era el momento para pensar en ello, pero su instinto territorial y poco racional le pedía, no, le exigía reclamar al Matsuno y hacerlo suyo una vez más.
Quería ser él y sólo él quien disfrutará de Chifuyu.
El Satō liberó las muñecas del rubio y comenzó a recorrer el cuerpo del chico con sus grandes y frías manos, disfrutando del calor y suavidad de la nívea piel, pero Ryusei no era el tipo de chico paciente que se conformara con sólo tocar, mucho menos cuando después de cientos de años volvía a tener a Chifuyu en sus manos.
Tal era su desesperación y deseo que terminó por arrancar las prendas del Matsuno, haciéndolas añicos y dejando su torso al desnudo y totalmente expuesto para él.
En contraste con la gelidez que emanaba su cuerpo, la piel de Chifuyu quemaba de una manera ardiente y deliciosa que sólo lo invitaba a probar más y más hasta poder saciarse, aunque conociera el final; nunca sería suficiente de su querido Fuyu.
Las caricias frías del Satō recorriendo sin recato su cuerpo comenzaron a nublar los pensamientos de Chifuyu. Sabía que ese no era el lugar ni el momento para dejarse llevar, pero el efecto adictivo que tenía Ryusei sobre él le hacía perder el juicio. ¿A dónde se había ido el plan de huir?
—D-detente… Ryusei…—Formuló con dificultad, aferrándose al hilo de razón que le quedaba—. Este… Este no es un buen lugar.
Chifuyu sintió su cuerpo estremecer y su piel erizarse cuando la lengua de serpiente de Ryusei dibujó un camino de saliva desde su cuello hasta sus clavículas.
Los besos húmedos del Satō sobre su torso y la manera desesperada en que mordía y jugaba con sus pezones aceleró su respiración y despertó su lujuria.
—Yo estoy bien aquí. —La mirada traviesa y el tono descarado del Satō le hizo suspirar. Ryusei no se detendría, y él, bueno, él ya no diría más.
El cuerpo desnudo del moreno sobre él, los músculos perfectamente delineados y decorados con el mosaico de piel de serpiente, provocó un cosquilleo en las manos de Chifuyu. Resultaba tan enigmático como atrayente, así que no pudo contenerse y acarició la piel del peliblanco.
La confianza con la que Chifuyu le tocaba y se acercaba a él, hizo sentir el corazón de Ryusei palpitar emocionado. El rubio había visto la peor y la parte que más odiaba de sí mismo; el cambiaformas.
Conocía parte de su amargo pasado, y en lugar de repudiarlo y huir, se mantenía a su lado, brindándole su propia calidez, entregándole su cuerpo y protegiendo su corazón. ¿Qué más podía pedir?
Ryusei no perdió más el tiempo y tomó con sus manos las caderas del ojiverde, para después simular algunas embestidas, lo cual resultó más una tortura que un juego, sobre todo porque su pene ya estaba completamente erecto.
Lo amaba y quería cuidar de él, pero en ese momento sólo podía pensar en cogerlo tan fuerte y duro que no pudiera ni levantarse.
Más pronto que tarde, lo único que separó su erecto miembro de la entrada del Chifuyu fueron los molestos pantalones del chico que comenzaban a fastidiarlo. Su polla exigía atención y fundirse en el trasero del rubio. Quería ser uno con él.
Chifuyu rió divertido ante la mueca inconforme del Satō, adivinando sus pensamientos. Respiró profundo y tomó valor para quitarse por sí mismo los pantalones, a lo que Ryusei lo miró cautivado. Le encantaba lo atrevido que era Fuyu.
—¿Mejor? —Ronroneó con voz traviesa el ojiverde.
Los profundos abismos devoraron con la mirada las blanquecinas y largas piernas del Matsuno.
—Mucho mejor.
Tan pronto las piernas del Matsuno quedaron expuestas, Ryusei se abrió pasó en medio de ellas y lo tomó de las nalgas, apretando y amasando a su antojo. Le fascinaba lo que hacía, pero no era suficiente, no para él. De un tirón, el peliblanco arrancó la ropa interior del menor, liberando de paso la dolorosa erección del chico.
Ryusei besó y mordió el interior de los muslos de Chifuyu tanto como quiso, plantando besos y suaves mordidas a medida que bajaba hasta llegar a la intimidad del rubio. Una vez ahí, el moreno tomó el miembro de Chifuyu con su mano y lo acarició de arriba abajo, arrancando suaves gemidos del chico.
Ver la cara descompuesta del rubio animó al Satō a continuar, así que bajó su cabeza a la entrada del rubio y comenzó a lamer alrededor sin dejar de atender el pene de su amante.
—E-espera…—Entre jadeos. Chifuyu le detuvo de los cabellos—. Eso es vergonzoso.
El tono suplicante y el rostro completamente sonrojado del menor divirtió e hizo reír al Satō. Le gustaba que fuera atrevido, pero ver lo avergonzado y débil que se volvía le encantaba, y más si era por él.
—A mí me gusta —respondió antes de introducir su lengua en el interior de Chifuyu.
Movió su lengua de afuera adentro y de un lado a otro dentro de él, golpeando la próstata del rubio, para después meter y sacar dos de sus dedos, simulando embestidas y preparándolo para recibirlo.
Al principio, fue incómodo y un poco doloroso para Chifuyu, pero fue cuestión de tiempo para que la incomodidad y el leve dolor a la intromisión quedará en el olvido, dando paso a una sensación placentera que causaba toques eléctricos en su vientre.
Cuando la entrada del ojiverde estuvo dilatada lo suficiente, Ryusei detuvo sus movimientos y se arrodilló en medio de las piernas de Chifuyu.
El Satō tomó su miembro palpitante y frotó el glande en la entrada del Matsuno, jugando y provocándolo. Instintivamente, Chifuyu levantó sus caderas, queriendo más de esa sensación que lo hacía suspirar y arquear la espalda.
Una sensación de ansias y emoción aceleró el corazón de Chifuyu cuando bajó la mirada al moreno y vio el miembro erecto, grueso y venoso del Satō a punto de abrirse paso en su interior.
—¿Te gusta lo que ves? —Soltó divertido, Ryusei, ante los curiosos ojos, moviendo su pene alrededor de la entrada del rubio—. Disfrútalo que es todo para ti. Siempre lo ha sido, Fuyu.
Alineó su miembro y entró lentamente, disfrutando el calor con el que el interior de Chifuyu abrazaba su pene. Era tan placentero que le daba la sensación de que lo derretiría en cualquier momento.
Las embestidas al principio fueron lentas, dando oportunidad para que el rubio pudiera acostumbrarse al tamaño del moreno.
La imagen de Chifuyu jadeante, con el rostro sonrojado y tragando por completo su pene, le sacó un gruñido por lo bajo. Era excitante y una locura. ¿Cuánto tiempo no había anhelado volver a sentirse dentro de él?
Odiaba la espera y la insoportable soledad que le fue impuesta a vivir, pero todo esto quedaba en el pasado al tenerlo de nuevo a su lado y suyo por completo.
Sin embargo, sabía que si seguía así perdería el control en cualquier momento, y eso no era bueno, porque si lo hacía entonces tendría dos grandes problemas que no estaba seguro si Chifuyu podría soportar.
Cuando las embestidas se volvieron más violentas y profundas, Chifuyu no pudo retener los sonoros gemidos que salieron de su garganta resonando y haciendo eco en aquella solitaria iglesia.
Sentía como si fuera a ser partido en dos, pero esto en lugar de asustarlo lo excitaba más. ¿Un loco? Probablemente, pero ¿cómo culparlo? No había ya ningún pensamiento racional en su mente. Todo lo que podía sentir era un placer embriagante y adictivo que lo hacía gemir por lo alto y mover sus caderas para profundizar las embestidas.
Chifuyu parpadeó confundido un par de veces antes de que sus ojos se abrieran con sorpresa cuando vislumbró que, además del pene que entraba y salía de él con fuerza, había otro más. Erguido, grande e imponente y con la punta brillante de líquido pre seminal como si pidiera su atención. ¿Eso era posible o había perdido la razón?
—¿C-cómo es qué…? —Balbuceó Chifuyu entre jadeos.
—Parece que no sabes mucho de animales, bonito —ronroneó y se inclinó al rostro del Matsuno para pasear su bifurcada lengua por sus mejillas—. Las serpientes tienen dos penes, y tú me gustas tanto que no puedo controlarme y sólo pienso en cogerte con ambos. Me haces perder la razón, Chifuyu.
Ante tal confesión, el interior de Chifuyu se contrajo. De una manera extraña, le parecía una confesión romántica, especial y jodidamente caliente.
—Eres un pervertido, apenas te lo dije y comenzaste a apretarme como si quisieras arrancármelo —soltó con mofa—. ¿Tanto deseas tener ambos dentro de ti?
—¡C-cállate, idiota!
Chifuyu desvió la mirada entre avergonzado y emocionado. ¿Qué si los quería dentro de él? No tenía que preguntar. Lo difícil era decidir si los quería al mismo tiempo o uno a uno.
—Déjame verte —ordenó el Satō y lo tomó del mentón, obligando a encararlo—. Quiero ver tu cara mientras te hago mío de nuevo.
Cuando sus ojos se encontraron, Chifuyu no pudo más que sentirse hipnotizado por el par de abismos del moreno, tan parecidos a los de un reptil que quería devorarlo, y claro que él ese dejaría.
Por su parte, Ryusei estaba tan concentrado en seguir embistiéndolo que no se percató de cuando sus rodillas comenzaron a sangrar tras ser raspadas con fuerza contra el frío piso, algo que no pasó desapercibido para los astutos ojos del Matsuno.
—Ryusei, tus piernas…—El rubio señaló preocupados las lastimadas rodillas del chico.
Ryusei se sintió enternecido por como a pesar de estarlo jodiendo, Chifuyu aún se preocupaba por él. Era un ángel que no merecía, pero que tampoco soltaría.
Tan rápido como pudo, el moreno se sentó y atrajo al rubio consigo, haciéndolo quedar a horcajadas sobre él para después tomarlo de la cintura y continuar penetrándolo con fuerza, mientras devoraba su cuello y dejaba un par de marcas rojas.
Chifuyu aprovechó la nueva cercanía al Satō y bajó su mano al segundo pene de Ryusei para comenzar a masturbarlo.
Mirar a su querido Fuyu empalándose en él y jugando con su otro miembro mientras gemía en voz alta, incapaz de pronunciar una palabra coherente, cortó la última línea de racionalidad en el Satō.
Sus pupilas se volvieron más afiladas y la silueta de su piel de serpiente se volvió más clara en la parte de su cuello y torso. Así, la base de su miembro se hinchó en el interior del rubio y un quejido de dolor escapó de los labios de Chifuyu.
—¿Qué es esto? —Interrogó inquieto, Chifuyu, con un par de lágrimas, escapando de sus orbes esmeraldas ante la sorpresiva intromisión.
—Sopórtalo, Fuyu, pronto pasará. —Besó con dulzura sus mejillas y limpió el resto de llanto de las rosadas mejillas.
—Pero duele, Ryusei.
—Lo sé, pero es normal —explicó con voz suave, acariciando la espalda de Chifuyu para consolarlo. No quería lastimarlo, pero le resultaba inevitable controlar su propia naturaleza—, de esa forma se garantiza el apareamiento.
El rubio lo miró extrañado, mas no dijo nada, sólo se dejó consolar. Podía no ser muy listo para saber todos los misterios de la naturaleza, pero sabía que “garantía de apareamiento” no era muy diferente a tener crías. Aunque no es como que él pudiera embarazarse, ¿verdad?
Sin embargo, todas las dudas de Chifuyu se esfumaron cuando un cosquilleo apareció en su vientre bajo, obligándolo a cerrar los ojos con fuerza, arañando la espalda de Ryusei y gimiendo sin pudor.
Ante su inminente orgasmo, las paredes internas de Chifuyu se contrajeron y su esencia salió disparada, manchando su abdomen y el del Satō.
Ryusei dió un par de estocadas duras y profundas más antes de llenar el interior de Chifuyu con su cálido y abundante semen.
Una vez que el nudo de su pene bajo, sacó su flácido miembro del interior del Matsuno, dejando un camino de su propia esencia a través de los muslos del ojiverde.
Mientras intentaba normalizar su respiración, Chifuyu se dedicó a contemplar al moreno frente a él, acariciando su rostro con ternura y delineando las finas escamas que resaltaban en el atractivo rostro.
Ese chico frente al él, presumido, burlón y misterioso, hacía su corazón latir con tanta fuerza que lo hacía pensar que podría matarlo en cualquier momento y aun así no tenía dudas en seguirlo.
De pronto todos los sueños en los que Ryusei era protagonista a su lado parecían todo menos un sueño, si no más bien, otra realidad. Una que aceleraba su corazón y provocaba una sensación cálida en su pecho.
—Esto es tan extraño que no puedo creer que acaba de pasar.
—¿Y eso te asusta?
Chifuyu sonrió y se aferró al cuello del Satō.
—Ya te lo dije. No te tengo miedo Ryusei. —La suavidad en sus palabras alejó cualquier duda del moreno—. Voy a quedarme contigo.
Y no mentía. Estaba decidido a quedarse a su lado no por compromiso o miedo, sino porque algo en su interior le pedía no soltar al moreno.
El corazón de Ryusei latió emocionado y dichoso. ¿Acaso era posible tanta felicidad? Daba lo mismo el futuro incierto que tuvieran frente a ellos, tenía una nueva oportunidad y no la desaprovecharía.
Por tenerlo a su lado, protegería a Chifuyu con su vida.
Una sonrisa pícara se asomó en los labios del Satō, y sin esperar más alzó las caderas de Chifuyu.
—Entonces aprovechamos esta nueva oportunidad. —Tomó su otro miembro erecto y lo restregó en la entrada del rubio, arrancándole un jadeo—. Espero que no estés demasiado cansado. Aún queda algo que debemos resolver y mucho tiempo perdido que recuperar, mi lindo Fuyu.
¡Holi de nuevo, gente linda de Wattpad! Bueno, no queda mucho que decir, como ya se habrán dado cuenta, me encanta el Ryufuyu y no puedo perder la oportunidad para hacer algo de ellos, y en esta ocasión retome la idea que tenía para una historia original, pero adaptándola a ellos.
Es una trama larga, así que me la estoy pensando en mejor adaptarla a longfic, pero quién sabe, jajajaja, sólo el tiempo dirá el curso que vaya a tomar esto.
En fin, espero les haya gustado, si es así no duden en hacérmelo saber.
Les quiero un montón.
Besos ♡
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