Advertencias: Ninguna (?).
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Sukuna se quedó, sorprendentemente aceptó que la joven se pavoneara diciéndole que era su invitado.
—Deberías dormir en mi cama —dijo la joven señalando su futón tendido, olía justo como ella, como rosas bañadas en miel.
Sukuna arqueó la ceja—. No seas tonta —sus ojos recorrieron la figura de la mujer frente a él. Era tan frágil como los cuellos que rompió una y otra vez, los huesos que quebró con tanta facilidad—. No suelo dormir.
—¿Nunca? —preguntó casi sorprendida—. D-de verdad está bien si quieres dormir aquí.
—No cuando hay personas cerca —su voz ronca resonó burlona—. Sí me tienes miedo puedo asegurarte que no te mataré, ya lo habría hecho.
—No es por eso…es solo que eres mi invitado, quiero que te sientas cómodo y descanses, dijiste que venías de muy lejos, debes estar cansado —murmuró con miedo a ser regañada, pero no fue así.
Él se quedó callado antes de recargarse en la pared—. Duérmete ya —fue todo lo que dijo antes de que Hina se acomodará en su futón y le diera la espalda.
El de cabellos rosas no acostumbraba a dormir tanto, en realidad casi no lo hacía, y para evitar sentirse aletargado usaba sus rituales inversos, logrando así tener su cerebro activo. Claro, si tenía la oportunidad de dormir en su santuario lo hacía.
Meditó unos minutos “Esta mujer ni siquiera puede usar rituales adecuadamente y tiene el descaro de dormir tan tranquilamente, yo podría violarla y matarla con tanta facilidad” sus pensamientos lo obligaron a acercarse más a ella. Sí bien la había visto antes, ahora era totalmente diferente, se veía tal como lo que pretendía ser; una Santa.
Su piel estaba radiante, sus pestañas largas, sus labios entreabiertos que soltaban suspiros, la forma en la que su pecho subía y bajaba, como sus manos estaban cerca de su barbilla.
Sukuna la observó unos segundos y su mano se estiró lentamente para quitar un mechón que le impedía ver más de su cara. Se detuvo antes de poder tocarla.
“¿Qué mierda estoy haciendo?” Pensó alejándose.
Su mirada carmesí viajó a la forma en la que las sábanas se pegaron a su cadera. Como una de sus piernas estaba ligeramente flexionada. Si él quisiera podría apretar su cuello y someterla, seguramente sus delicadas uñas apenas podrían rasguñar sus brazos tratando de alejarlo.
Se alejó lentamente de ella, y regresó a dónde estaba sentado recargado contra el muro. Todo lo que podía escuchar eran los suspiros de la joven durmiendo a unos pasos de él.
“Debí haberla devorado cuando pude” pensó y apretó sus puños.
La paloma mensajera del clan Katō llegó a la aldea. El jefe la leyó con ansías.
—¡Debemos doblar los turnos de cuidado a la santa! —dijo nervioso—. Nos llegaron noticias de altos mandos del gobierno; hay un demonio que huyó hasta nuestro territorio, si llegará a lastimar a la santa…
Las cabezas de las familias más importantes negaron—. La santa debe cuidarnos, ella debe expulsar al demonio.
—¡No! —exclamó el mayor—. La santa no puede ponerse en riesgo.
Los hombres lo miraron fijamente, ciertamente abrumados por el regaño—. La santa podría vencerlo.
“Ella es demasiado preciosa para hacer eso” pensó el anciano—. Estás amenazas solo nos indican el peligro que corre el don de la santa. Es imperativo que alguno de los líderes la tome como suya esperando dejar descendencia bendita con ella —soltó un quejido—. Sobre la búsqueda y exterminio del demonio, los citadinos vendrán por él, y lo cazarán, eso no nos corresponde.
—¿Entonces quieres tocar a la santa? —preguntó uno de los hombres sentados al fondo de la mesa.
El anciano, Tatsurō asintió—. Es mi deber como líder de la aldea. La santa podría darles sus dones a sus hijos, y así seríamos bendecidos con más ayuda divina.
Reinó el silencio hasta que los demás dieron su aprobación con señas. Claro que el líder haría de esta problemática una oportunidad para tener a Hina en su cama, se corría el rumor que tenía una debilidad por las mujeres jóvenes, especialmente las hermosas. La única razón por la que aún no tomaba a Hina era su posición “especial” ya que al ser una santa no podría tener esposo ni hijos.
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La joven de ojos verdes comía una manzana verde, era jugosa y le gustaba el sabor ácido en sus labios. Los regalos de los aldeanos eran siempre exóticos y dulces.
—Come otra, hay bastantes —señaló la canasta.
Había bendecido un par de herramientas de los hombres para las cosechas, así que su día había terminado ahí.
—¿No harás nada? —preguntó Sukuna—. ¿Te quedarás en este templo para siempre?
La joven tragó avergonzada—. Cuando dije que no me dejan salir es en serio…intenté ir a caminar al pueblo cuando festejaron el solsticio de invierno, yo tenía catorce años, y quería probar la comida del banquete y bailar con las demás mujeres, pero me trajeron de vuelta y sellaron la puerta un par de días.
El de ojos rojos arqueó la ceja—. ¿Por qué no te defiendes?
—No quieren hacerme daño, quieren protegerme del mundo, es peligroso —sonrió y siguió comiendo tan concentrada—. Es fácil para tí decirlo, has viajado tanto.
Ryomen tomó el antebrazo de la mujer y antes de que ésta gritará cubrió su boca con la otra mano—. Está bien, te mostraré algo.
La de ojos verdes pataleo asustada, pero después de unos segundos se quedó quieta. En el fondo sabía que el hombre no la dañaría, puesto que no lo hizo ni se aprovechó de ella incluso cuando ella se quedó dormida cerca de él.
El más alto la tomó como si fuera un saco de patatas, y salió por la puerta trasera del templo.
Hina observó el bosque que hace unas noches le dió pavor, al ser de día pudo notar como todo era casi brillante. El ruido de los animales, pájaros, serpientes, entre otros tantos que nunca imaginó que existían. Sus ojos se abrieron al ver plantas que no conocía. Asombrada solo podía emitir algunos sonidos de sorpresa.
Sukuna se detuvo y la dejó caer sobre algo. Ella asustada chillo, pues el agua mojaba sus pies y pantorrillas.
—Es un riachuelo, viene de la montaña —el hombre señaló la colina—. De ahí.
La de cabellos castaños se quedó fascinada. No era que nunca hubiera visto el agua, pero lo más cercano a la naturaleza salvaje que había visto era el estanque de la aldea, dónde criaban peces.
—Está muy fría —murmuró inclinándose y tocando el agua cristalina—. De haber sabido que sería así, hubiera salido antes del templo…Gracias por mostrarme esto.
Los ojos color vino se detuvieron en la sonrisa de aquella jovencita—. No lo hice por amabilidad, fue porque incluso los humanos más débiles pueden ver esto. Además, debes entrenar tu poder maldito.
La femenina se rió entretenida por como el agua reflejaba su cara—. Vaya…
“Sí ella explota sus técnicas, cuando la devoré tendré la capacidad de usar la técnica inversa a voluntad”.
Hola, actualicé después de unos días, me tomé un descancito merecido (no hago nada, solo soy holgazana).
Vaya, el primer capítulo y parte de la trama fue escritos por mí en estado de ebriedad, así que viendo lo que escribí me sorprende mucho.
-Honey
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