Día 7: Angst
Cuando la noticia de que unos cazadores pudieron vencer a una luna superior después de más de un siglo sin haber conseguido una victoria de tal magnitud, fueron muchos los sentimientos que salieron a la luz. Brilló la esperanza y alegría para los cazadores, la rabia y el hambre de los demonios creció y finalmente la tristeza y el dolor por la muerte de uno de esos seres hundió la vida de una persona.
Yumei era una de las supervivientes que fue rescatada por un chico con cabeza de jabalí y su grupo. Se trataba de una chica joven, de mirada apagada y de pocas palabras.
Para las personas que apoyaban a los rescatados y que les brindaban un hogar mientras se recuperaban de tan terrible experiencia, les pareció normal su comportamiento. Sólo era una consecuencia de haber sido capturada por los demonios, y terminaría por volver a la normalidad con el paso del tiempo. Les parecía de mínima importancia que permaneciera horas encerrada a solas en una habitación, que hablara con monosílabos o que llorara gran parte del día.
“Es parte del trauma”, repetían entre sí antes de dejarla a solas, lo cual no era del todo mentira, con excepción de que no era tal como imaginaban.
Yumei se refugiaba en su propia tristeza ante la pérdida y porque era tal como lo decían: había perdido todo.
No quedaba nada de él, los cazadores habían acabado con su existencia.
Gyutaro había desaparecido.
No habría una tumba la cual visitar o a la que pudiera llevarle flores.
No quedaba nada que pudiera darle alivio a su tristeza o que pudiera hacer menos dolorosa su perdida, y lo entendía, después de todo el daño que él había causado, pero aun así…
¿No existía la redención y la misericordia del perdón para alguien como él?
Su existencia estaba manchada por la crueldad de sus crímenes y lo imperdonable de sus decisiones.
Durante años Gyutaro y su hermana se encargaron de sembrar el terror en el distrito rojo, tomando vidas de inocentes, silenciando testigos y volviéndose los verdugos de aquellos que tenían la mala suerte de convertirse en sus víctimas.
Yumei lo sabía. No importaba cuanto rezará o a que Dios se encomendará, no habría justificación ni perdón para dos seres responsables de sembrar tanto miedo y sufrimiento.
Ella misma había sido víctima de los terribles hermanos cuando una noche Daki acorraló a su hermana menor, pero antes de que pudiera alimentarse o llevársela lejos, Yumei se ofreció a sí misma con tal de salvar a la pequeña.
Si bien esto sacó de quicio a la mujer demonio, pues miraba a la chica como alguien inferior que no merecía ser su alimento, aquello logró divertir a Gyutaro, quien al contrario de otras ocasiones, se mostró frente a la chica y aceptó su trato. No podía definir si se trataba de un acto patético o divertido, pero lo que sí era cierto es que de alguna forma muy retorcida él podía entender a la chica y su necesidad por cuidar de su hermana pequeña, y aun si no la mantendría con vida cumpliría esa última petición aunque fuera por un tiempo.
Yumei no tardó mucho para descubrir que Gyutaro y Daki además de ser demonios eran unos monstruos despiadados que tomaban la vida de quien fuera sin contemplaciones o miramientos. Entonces, ¿cómo debía sentirse ella por seguir viva?
No obstante, en aquella maldad y sed de sangre podía vislumbrar un toque de humanidad que le hizo, inevitablemente, mantener la fe, pues el cariño y cuidado genuino y sincero que los hermanos se mostraban uno al otro —sobre todo por parte de él— eran tan parecidos a los humanos que de alguna forma le hizo sentir nostalgia. Pero no siempre fue así
Daki no se molestaba en tener consideración por la chica. No planeaba alimentarse de ella por considerarla fea, pero eso no impedía que la usará como su sirvienta personal, obligándole a hacer lo que quisiera o desquitando su frustración en ella, y claro que Yumei no tenía otra opción más que aceptar.
Fue la manera en que soportaba los tratos de su hermana o la manera tan desesperada con la que Yumei se aferraba a la vida que Gyutaro sintió, después de mucho tiempo, curiosidad por un ser humano.
Era frágil, débil y demasiado sensible para su gusto. No había nada que resaltará de esa chica, no tenía una belleza tan espléndida como la que buscaba su hermana a la hora de comer y tampoco pertenecía a una familia de renombre o fortuna y mucho menos era cazadora. Lo único que le parecía admirable era esa determinación suya por salvar a su hermana pequeña de la muerte. Algo similar a lo que él habría hecho una y mil veces por Ume, con la diferencia de que él no era un inútil humano ya.
La resignación y la sumisión con la que Yumei obedeció a Daki al principio fue un medio de entretenimiento para Gyutaro, claro que eso fue antes de que terminara por aburrirse de ello y exigirle tener más valor. Lo que no esperaba de eso fue que ella tomara sus gestos como un acto de amabilidad y decidiera acercarse más a él. ¿Acaso había perdido la noción del miedo que no se daba cuenta con quién trataba?
Yumei tenía bien claro que Gyutaro era un demonio, pero después de tanto tiempo al lado de estos y sin el miedo de perder nada su temor iba desapareciendo y su curiosidad incrementando.
No temía de él ni le causaba rechazo su apariencia, en definitiva Gyutaro era interesante le viera por dónde le viera. Y fue ese interés lo que hizo que sus sentimientos por ese demonio se convirtiera en amor. Ya no estaba sola y tampoco correría peligro su vida. A su lado, sentía el mundo en sus manos.
Aunque tuvo oportunidad de escapar nunca lo hizo, en su lugar se mantuvo a su lado, fiel y expectante por el momento en que los cazadores dejarán de aparecer y pudieran llevar una vida con tranquilidad. Pronto todas esas ilusiones se destruyeron cuando un grupo de cazadores logró infiltrarse en el distrito rojo.
Yumei quiso ayudar y se ofreció como cebo para atraer la atención y obtener información, mas Gyutaro no lo permitió y en su lugar, con tal de mantenerla lejos de la batalla la retuvo junto con el resto de chicas que Daki tenía atrapadas. Así, si llegaban a ser descubiertos, Yumei no se vería involucrada. Ese sería su último acto de compasión.
El desenlace de la batalla fue el peor para Gyutaro y Daki, quienes encontraron la muerte a manos de un par de novatos y un pilar.
Para cuando Yumei recuperó la consciencia fue demasiado tarde. La batalla había terminado y la victoria de quienes la “rescataron” fue una punzada en su corazón.
Aun si Yumei era capaz de vender su propia alma con tal de traer a Gyutaro de vuelta, él, antes que nada, era un hermano mayor y no sería capaz de abandonar el infierno porque ahí estaba su hermana.
Pero, ¿cómo podía dejarlo ir si su corazón se mantenía aferrado a la esperanza que él alguna vez volvería? No importaba si regresaba como demonio o si ella tenía que entregar su vida como moneda de cambio, lo único que quería era verlo por una última vez y quizá, si su voz tuviera la fuerza para hacerlo, despedirse.
Desde la muerte de Gyutaro el sol ya no tenía la misma calidez, la suave brisa ya no alborotaba su cabello, la comida había perdido su sabor y el pasar del tiempo se convertía en una lenta agonía. Ya no podía llamarlo vida si lo único que quería era que al cerrar los ojos para nunca más volver a abrirlos..
Odiaba un mundo que estaba vacío y que la hacía sentir que no pertenecía en ningún lugar. Había perdido la capacidad de sonreír y de disfrutar cada pequeña cosa de la vida. Un amargo sabor de boca y una sensación de carga estrujando su pecho era lo único que le quedaba.
El paso del tiempo era intransigente y despiadado, robando lo único que le quedaba a Yumei; sus recuerdos.
Al principio de su muerte, Yumei podía recordar con lujo de detalle el rostro de Gyutaro, sus marcas, sus cicatrices y su sonrisa cruel, además de que podía oír resonar en su cabeza la voz áspera y aguda que tanto le gustaba. Sin embargo, aquella imagen poco a poco iba distorsionándose y volviéndose más borrosa, mientras que el tono de su voz parecía apagarse cada vez más en lo profundo de su mente. Y como jodía saber que todo desaparecía. Al final terminaría siendo nada, al igual que Gyutaro. Demasiado poético o una ironía de mal gusto.
Todo se convirtió en una pesadilla para Yumei porque si ella olvidaba a Gyutaro entonces no habría nadie que lo recordara y entonces su existencia no significaría nada. Pero, ¿no era demasiado egoísta atarse a la vida sólo por mantener vivo un recuerdo? La ausencia del chico le dolía hasta el alma. En el fondo sabía que si él no estaba entonces su vida no valía nada.
No quería vivir una vida donde Gyutaro no existiera.
Esa tarde, Yumei tomó una daga que el hombre de la posada donde se hospedaba guardaba con cariño, salió de la casa y corrió hacia el bosque, tan lejos como sus piernas se lo permitieron.
Cuando el cuerpo de la chica no pudo más con el esfuerzo y su respiración se volvió errática no le quedó más opción que detenerse a respirar, dejándose caer de rodillas al suelo.
El cielo por encima de ella lucía en tonos rosados y naranjas mientras el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, anunciando el atardecer. Era una vista hermosa, pero esta, en lugar dibujar una sonrisa en su rostro, llenó de lágrimas sus ojos.
¿Cuánto no había deseado mostrarle un escenario tan hermoso a Gyutaro? Mostrarle que había algo más que vivir sumido en la oscuridad. En su lugar, ¿qué era lo que le quedaba? Ni siquiera el recuerdo intacto de la persona que amaba.
Yumei tomó el puñal con las manos temblorosas y lo sostuvo contra su abdomen. Estaba furiosa y dolida por la manera en que el destino había torcido su vida. No le quedaba nada y la muerte parecía ser su mejor opción, sin embargo…
Un grito desesperado y lleno de dolor que hizo a las aves alzar el vuelo asustadas y que ahuyentó a los otros animales que estaban cerca de ella resonó por todo el lugar.
Su llanto era lastimero y su aspecto decaído hacía que cualquiera que le mirase sintiera un ápice de tristeza y lástima por la miserable chica.
Yumei apretó con fuerza el arma, la lanzó lejos de ella y se recostó en el suelo, clavando sus uñas contra el piso hasta hacerlas sangrar, pero nada de eso le importó porque aun si se hería y moría, nada cambiaría ni aliviaría su dolor. Pues aunque tuviera mil vidas más, en ninguna de ellas se reencontraría con Gyutaro.
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