El día siguiente había sido casi parecido al anterior, Sinclair se presentó después del mediodía y la actitud de Esperanza había sido igual o peor que ayer. Margarita revoleó los ojos cuando la escuchaba hablar.
Él como todo un caballero le preguntó si quería ir a dar una vuelta sin bajar del coche por si ella no se sentía cómoda, sobre todo para que se distrajera un poco.
—Prefiero quedarme descansando, gracias igual —le dijo—, vayan ustedes.
—Me parece que no estás entendiendo, Esperanza —respondió su amiga—, te lo está preguntando a vos, no a mí. Yo tengo que adelantar trabajo, anda a pasear con él, te va a hacer bien.
La joven quedó cortada y no tuvo más remedio que aceptarlo.
—Voy a buscar un saquito y la cartera.
Mientras se quedaron a esperarla, Sinclair le preguntó a Margarita sobre ese compañero de trabajo que tenía la chica.
—Conocí a ese compañero de trabajo que tenía.
—Puf, no te perdiste de nada, César es una escoria, peor que su padre.
—Me he dado cuenta —asintió con la cabeza.
—Solo sé que vive cerca de la panadería.
—Gracias por el dato.
—¿Qué pensás hacer?
—Nada, fue simple curiosidad.
Esperanza apareció y él la miró.
—¿Ya tienes todo? —le preguntó y asintió con la cabeza.
—Pásenla lindo, vení a la hora que quieras —casi se carcajea—. Hasta pronto.
Los dos salieron del chalé y el americano le abrió la puerta del copiloto, ella se sorprendió y se lo agradeció.
Dentro del auto el silencio se instaló de tal manera que fue incómodo. Esperanza se sentía cohibida, rara, porque a pesar de que no era la primera vez que compartía el coche con él, era diferente aquel momento, porque todo le indicaba que estaban intentando tener una especie de cita.
Una vez que subieron a la Gral. Paz, para ir por la autopista hacia el centro, les agarró el tráfico.
—Parece que tardaremos en llegar.
—¿Adónde vamos?
—Al centro.
—¿A pleno centro y en este horario? —Quedó perpleja.
—Sí, lo sé —rio un poco—, es un horario demasiado complicado, ¿verdad?
—Sí, la mayoría sale del trabajo —acotó ella.
—En Estados Unidos es igual, así que, estoy acostumbrado —le sonrió.
—Bueno, vos sos el que maneja.
Esperanza no quería quedarse por más de veinte minutos en un lugar tan cerrado como el interior de un auto con él, pero tuvo que tranquilizarse y tratar de hablar porque de lo contrario se pondría más nerviosa de lo que ya estaba.
—¿Cómo aprendiste español?
—Mis padres me enviaron a clases particulares de español.
—Entiendo, hablás bastante fluido.
—Gracias.
—¿Y qué se te dio para inaugurar un boliche acá? —la pregunta no la entendió del todo bien Sinclair y la miró con el ceño fruncido.
—No tengo en mi vocabulario palabras de tu país, perdón, no sé lo que es esa palabra.
—Club nocturno, boliche acá se le dice al club nocturno.
—Ya, ahora que me has explicado, te puedo decir que la ciudad me encanta y tiene un aire bastante europeo, sin contar con que tengo un club en España y me vino muy bien aprender el idioma.
—Por lo menos te defendés cuando alguien de nuestro país o de España te habla en su propio idioma.
—Exacto, aparte, tengo un amigo en común con Margarita y él me dijo sobre la ciudad.
—Con más razón.
La argentina no sabía el porqué, pero quiso comentarle una pequeña confidencia.
—Sé que te diste cuenta apenas entré a tu boliche, pero era la primera vez que entraba a uno, mis amigas siempre quisieron que las acompañara, pero nunca quise.
—¿Por qué no? ¿Por tu padre?
—Por él y porque no me despiertan mucha confianza.
—Mis clubes son seguros, si alguien comienza a generar un lío, los de seguridad tienen vía libre para sacarlos.
—Como lo que pasó cuando ese chico se me acercó.
—Así es, no me gustan cuando intentan obtener algo a la fuerza, sea hombre o mujer, entras al club para pasar un buen rato, nada más.
—Muy entendible, pero no todos piensan lo mismo, la cuestión es cuando toman de más y ahí la cosa se empieza a distorsionar.
—Sí, pero hay cámaras y buena seguridad como para que se eviten esas situaciones, por lo menos en mis clubes son así las reglas. Yo quiero que la gente que entra la pase bien y que se sientan seguros, lo que hagan el resto de los clubes no me interesa.
—Y sí, se debe mirar solo el que uno tiene, ¿no?
—Sí —afirmó.
Esperanza vio cómo el auto avanzaba y se ubicaba hacia la derecha para bajar en la siguiente salida que iba hacia Puerto Madero.
—¿Vamos a alguna zona de Puerto Madero? —cuestionó algo nerviosa.
—Sí, pero no al hotel si eso te preocupa, sé que no estás tranquila, lo puedo percibir en tu voz, iremos a ver un departamento en Puerto Madero.
—Prefiero un lugar al aire libre, aunque se suponía que no íbamos a bajar del auto.
—Caramelo —le habló con bastante claridad—, si hubiera tenido intenciones de acostarme contigo, lo habría hecho la noche en que te llevé al hotel cuando estabas mareada. Hay hombres que aprovechan la borrachera de ella para tener sexo, yo no soy esa clase de hombres que prefieren un revolcón así. —La miró a los ojos cuando frenó en un semáforo en rojo—. Conmigo no tienes que ponerte nerviosa.
—¿Cómo podés decirme eso si ni siquiera te conozco bien?
—Que sea un hombre de la noche no me califica de ser aprovechado con las mujeres, en el ambiente nocturno hay muchas personas que son aprovechadas y eso se ve en ambos sexos, yo hablo por mí y no soy así, los demás pueden hacer lo que quieran, pero a mí no me gustan esas cosas.
—¿Por qué me contas estas cosas?
—Porque quiero que te estés tranquila.
—Me parece un poco raro que teniendo un boliche seas así, normal como quien dice.
—¿Y cómo creíste que era? —rio un poco ante su comentario.
—Arrogante, fanfarrón, esa clase de hombres que ni por casualidad se arriman a chicas como yo.
La chica quedó roja como un tomate cuando se dio cuenta que había dicho lo que estaba pensando en esos momentos y no supo cómo enmendar la metida de pata.
—Bueno, chicas normales en general —intentó arreglarlo un poco.
—No tienes que explicar más de lo que sé que me has querido decir —declaró y ella más roja se puso ante la vergüenza que estaba sintiendo—. Estaría necesitando saber la palabra luego de arrogante.
—Presumir lo que no sos o vanidoso.
—Voy a tener que escribir en una agenda las palabras que me estás diciendo en tu idioma.
—No es algo que te entiendan en otro país, solo acá.
—No importa, me gusta aprender cosas o palabras de los demás.
Esperanza solo le asintió con la cabeza y quedaron en silencio hasta llegar al lugar que debía ir Sinclair.
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