Una Tragedia
Presionaba sin control el botón del elevador, como si eso de alguna manera pudiera hacer que subiera más rápido. Pegué mi frente contra el frío metal. Sentía que el alcohol había comenzado a abandonar mi cuerpo casi por completo.
El corazón me latía en los oídos con tal fuerza que creía que me dejaría sordo. Golpeé la pared descargando mi furia contra ella. Esta caja del demonio no subía con la rapidez suficiente.
Las puertas finalmente se abrieron y salí como alma que lleva el diablo hasta llegar al puesto de información. Palmeé la barra con fuerza para llamar la atención de la enfermera.
—Emergencias—todos me miraron espantados, pero nadie me contesto. La desesperación burbujeo en mi interior—. ¿Dónde está la sala de emergencias? —Todos me miraban espantados o como si hablara chino—. ¿Dónde está la maldita sala de emergencias?
Sentía las venas de mi cuello saltarse de lo exaltado que estaba. La enfermera parpadeo varias veces y comenzó tartamudeando.
— ¡Está por allá!
Me había respondido tan exaltada como yo a la vez que me señalaba un pasillo. Caminé con zancadas rápidas por el hospital buscando con desesperación a Clara. Busqué en todas las camillas y habitaciones el rostro de ella. Mi cuerpo entero estaba temblando de la desesperación. No podía encontrarla. Maldición.
Me pasé los dedos por el cabello con desesperación mientras caminaba entre las enfermeras, los médicos y los pacientes. Busqué en cada maldito rincón del pasillo que llevaba a urgencias y de la sala.
Finalmente llegué a una habitación abarrotada del personal de urgencias. Mi corazón se detuvo ante el ensangrentado rostro de la mujer que estaba recostada en la camilla.
—Señor, usted no puede estar aquí—aquella voz sonó como un evo. Solo tenía ojos para mujer que luchaba por su vida. Miré la máquina que registraba los latidos de su corazón y mis piernas temblaron al notar que no había ningún latido registrado. Parecía que todos se movían con rapidez, pero yo estaba registrando todo en cámara lenta—. Señor—un enfermero me tomó por el hombro, pero no aparté la vista de la escena—, tiene que salir de aquí.
— ¿Qué le están haciendo?
Unos enfermeros habían acercado una maquina a la camilla. No sabía lo que era hasta que el medico tomó las paletas.
Desfibrilador.
—Señor—el enfermero tiró con gentileza de mi brazo—, por favor, le pido que salga.
Me solté de manera brusca de su agarre.
—No.
Intenté acercarme a la camilla, pero otro enfermero se metió en mi camino.
—Ya le dijeron que no puede estar aquí.
—Pero, ¿qué le hacen? —intenté acercarme. Solo quería estar con Clara y tocar su suave piel una vez más.
— ¡Despejen!
El sonido de la descarga eléctrica contra su pecho me enloqueció.
— ¡No, por favor! ¿Qué le están haciendo? ¡Clara!
Me quise abalanzar sobre ella, pero los dos enfermeros me detuvieron.
— ¡No puede estar aquí!
— ¡Déjenme! ¡Suéltenme! ¡Ella tiene que saber cuánto lo siento! ¡Clara! ¡Mi amor!
— ¡Despejen!
Gritaba e intentaba quitarme de encima a ese par de idiotas, pero ellos no paraban de empujarme fuera de la habitación.
— ¡Salga de aquí! ¡Ahora!
El pitido de aquella infernal maquina me llenó los oídos y me daba a entender que la estaba perdiendo. Aunque pensándolo bien, la había perdido un par de horas atrás. En aquella fiesta.
Lo pude ver en su mirada. Lo sentí en la culpabilidad de no haber salido corriendo detrás de ella. Esos pocos minutos hubieran hecho la diferencia. Pero, ¿cómo iba yo a saberlo? Estaba tan ebrio como una cuba.
Apreté mis puños con fuerza. Yo debería estar ahí y no ella.
Había conducido borracho, a toda velocidad y saltándome semáforos. Ahora estaba aquí, sin un rasguño y ella... Tragué saliva. Clara estaba muriendo por mi culpa.
Golpeé con fuerza la pared del hospital. ¿Por qué? Maldición. ¿Por qué? Ella no se merecía esto. Las lágrimas ardieron en mis ojos al recordar el día de hoy. Me había portado como un estúpido con la chica que amaba.
— ¿Será una fiesta elegante o casual? —preguntó Clara alzando un poco la voz para que pudiera oírla desde nuestra habitación.
— ¿Eso importa?
Me acomodé en el sofá mientras veía la televisión. Había sido un mes muy duro lleno de trabajo y apenas estaba teniendo mi primer fin de semana libre. Unos antiguos compañeros de la preparatoria habían organizado una pequeña reunión e íbamos a ir.
—Para una mujer es demasiado importante.
Puse los ojos en blanco al escucharla revolotear en el armario.
—Clara, amor, con lo que sea te ves preciosa. En mi opinión desnuda luces mejor, pero no vayas así a la fiesta—lo púnico que recibí como respuesta fue un zapato golpeándome en la cabeza—. ¡En la cara no que soy actor!
— ¡Eres un idiota! —Ella salió de la habitación con un vestido digno de una gala—. ¿Qué opinas?
Arrugué la nariz.
—Amor, es solo una reunión con viejos amigos.
— ¡Por eso te pregunté!
Se alejó dando zancadas y hablando entre dientes. Era tan adorable cuando se ponía malhumorada.
— ¡Ponte lo que sea!
— ¡Para ti es fácil! ¡Eres hombre! —reí mientras negaba con la cabeza. Ella volvió co un vestido y tenis—. ¿Y esto?
—Cariño, creo que esa moda es del 2009.
— ¿Ahora eres un experto en moda? —preguntó alzando una ceja.
—Al menos no paso vergüenzas en las alfombras.
— ¡Eres un odioso! —me golpeo el brazo y reí a carcajadas—. No me ayudas en nada.
—Deja de preocuparte por eso—la tomé de y tiré con suavidad de ella para que se sentara conmigo. Dejé un beso en sien—. Eres hermosa.
—Te amo.
—Igual.
Logré convencerla de que llevara un vestido sencillo y de tirantes que combinó con una chamarra de mezclilla. Se veía natural y hermosa.
Al instante en que entramos a la casa, mis viejos amigos me pusieron un vaso de licor en la mano y no dudé en aceptarlo y beberlo hasta el fondo. Todo pintaba con que iba a ser una grandiosa noche. Viejos amigos, música y alcohol, ¿qué más se podría necesitar en ese momento? Me divertía y Clara también lo hacía, pero mi primer error fue dejar de contar cuantos vasos de licor me había bebido.
Matt, mi compañero de aventuras en la prepa, me estaba sirviendo otro trago en la cocina. Ambos reíamos de antiguas travesuras que habíamos hecho.
— ¿Thomas?
Me giré con rapidez al escuchar aquella voz que tenía años de no oír. Recorrí a la mujer que tenía frente a mí de arriba abajo. Maldición. Estaba tan hermosa.
— ¡Dallas!
Mi antigua mejor amiga se lanzó a mis brazos y yo le rodeé la cintura con ellos mientras reíamos por nuestro reencuentro.
Entre trago y trago nos comenzamos a poner al corriente.
Me recargué contra el refrigerador y ella se pegó a mi pecho mientras me sonreía de manera coqueta.
—Te has puesto muy guapo.
Dallas acarició mi mejilla y sentí su rostro cerca del mío. Sus dedos se deslizaron para ir a mi nuca y jugar con el nacimiento de mi cabello.
—Pues veo que a ti te han crecido los pechos.
— ¿Ah sí? —Preguntó divertida mientras alzaba una ceja—. Ahora sé por qué no has apartado la mirada de ellos.
Me encogí de hombros y la sostuve por las caderas.
—Culpable.
Ambos reímos y cuando menos lo esperé ella me besó. Sabía tan malditamente bien y no pude evitar besarla también, pero se sentía mal. Me aparté mirando hacia otro lado, pero no me alejé de ella.
—No, Dallas. Esto es raro.
—Solo déjate llevar.
Susurró en mi boca y volvió a besarme. Volví a corresponder el beso sintiéndome hambriento de su boca.
— ¿Tom?
La rota voz de Clara traspasó la bruma del alcohol. Aparté a Dallas y mi corazón se encogió ante la mirada dolida de mi dulce Clara.
Maldición.
—Clara, amor.
Me intenté acercar a ella, pero me evadió y se alejó de mí. Intenté ir detrás de ella pero Matt me detuvo abrazándome por los hombros.
—Viejo, déjala. Dale un minuto. Sabes cómo son las mujeres de dramáticas. Ella se calmará y podrás hablar tranquilamente con ella.
Asentí con la cabeza mientras me quedaba ahí.
Cuando estuve por salir a buscar a Clara había recibido una llamada del hospital avisándome que ella había sido atropellada. Si no lo hubiera arruinado todo.
Miré por la ventanilla de la puerta y aun podía escuchar el pitido de aquella máquina. No había latidos. Ni uno solo.
Las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos al ver que el doctor negaba con la cabeza.
— ¿Hora?
—Las 22:45.
Clara había muerto.
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