El Aeropuerto
—Hace un mes que Marco no me llama, además no me gustan sus publicaciones actuales en Facebook. Una tal Helga le comenta demasiado y... ¡le coquetea descaradamente!
Suspiré con pesadez y me dejé caer en la cama.
—María—murmuró mi mejor amiga—, sabes que él nunca me caído bien.
—Lo sé—puse los ojos en blanco—, pero mi punto es. Antes de irse a Londres él me prometió que no perderíamos e contacto y...
—María—ella se dejó caer a mi lado e hizo una mueca—, las relaciones a larga distancia nunca funcionan. Si viéndolos cara a cara son un maldito problema y te ponen los cuernos. ¡Imagina a larga distancia! —Recargué mi cabeza en su hombro—. Sabes que también me dio muy mala espina que se fuera a Londres sin ti. Era el sueño de ambos y una oportunidad de trabajar juntos.
—No iba a impedirle su sueño solo por mi culpa.
—Tu madre se enfermó de cáncer, creo que debió quedarse y apoyarte. Lo sueños esperan, el cáncer es una perra.
Me quedé en silencio sin saber que decirle. Un vocecilla dentro de mí no paraba de insistir en que mi mejor amiga tenía razón, pero yo seguía buscando justificaciones del por qué Marco me dejó aquí sola y él se fue a Londres persiguiendo un sueño que los dos habíamos prometido lograr juntos.
Me pasé las manos por el rostro en un intento de desaparecer las ganas de llorar. Los últimos meses habían sido peor que una patada en el trasero. Mi madre se había enfermado de cáncer y mi novio se había ido a otro continente cuando más lo necesitaba.
Mi celular comenzó a sonar. Leí el nombre que se iluminaba en la pantalla y mi corazón se aceleró al darme cuenta de que era Marco. Deslice el dedo y contesté.
—Amor.
—Hola, María—hace tanto tiempo que no escuchaba su voz y me emocioné demasiado—. Te tengo una buena noticia.
—Dime.
—Estoy por abordar un avión. Voy a verte.
Me quedé con la boca abierta y me paré como un resorte de la cama al entender lo que me estaba diciendo. Maldición. Iba a ver a Marco al fin.
— ¿Es en serio?
— ¡Por supuesto que sí!
Después de que calculáramos la hora de su llegada y sincronizamos los relojes me despedí de él.
—Te amo.
—Sí, yo igual.
Miré el reloj y no paré de caminar ansiosa por toda mi habitación. Mi mejor amiga no paraba de pedirme explicaciones de lo que había pasado y le conté todo. Ella no parecía tan entusiasmada por la llegada de Marco. No sabía que pasaba entre ellos, pero nunca se habían caído bien. De momento no iba a preocuparme por ello. Marco estaba por llegar.
Me sentía demasiado impaciente por ver a Marco que me fui una hora antes al aeropuerto. Al llegar me di cuenta de que estaba repleto de personas que iban, venían y esperaban a algún familiar. En el lugar también había una horda de fotógrafos que revoloteaban como buitres en busca de carne fresca.
Decidí sentarme a esperar en una banca y de mi bolso saque un libro para matar el tiempo. Para cuando volví a mirar el reloj faltaban un par de minutos para que Marco llegara. Guardé mi libro de nuevo y me caminé hacia la aérea de llegada. Busqué en la tabla de aterrizaje y despegue el vuelo que venía de Londres. Mi corazón dio un vuelco cuando me di cuenta que avisaba que estaba aterrizando. Me apresuré a llegar y la gente ya estaba saliendo del túnel. Me ponía de puntillas para intentar ver más allá de todas esas personas, pero no alcanzaba a ver a Marco.
De la nada sentí a mis espaldas demasiados flashes y los fotógrafos pasaron golpeándome y empujándome. Ellos comenzaron a atosigar a uno de los pasajeros que había venido en aquel vuelo. Mi celular sonó y en la pantalla apareció el nombre de Marco. Estaba por contestar, cuando de nuevo me empujaron y caí de sentón en el suelo.
—Caballeros, por favor un poco de espacio—entre el barullo de las voces una con acento marcado sobresalió. No sé porque, tal vez por lo masculina que se escuchaba o que me encantaba el acento inglés—. Por el amor de Dios. Han hecho tropezar a la señorita—lo único que yo veía era pies y piernas. Frente a mí aparecieron un par de piernas masculinas más largas que las del resto. Alcé con lentitud la mirada recorriendo aquel cuerpo—. ¿Se encuentra bien? —Contuve un jadeo al darme cuenta que unos hermosos ojos azules me miraban con preocupación. Oh. Por. ¡Tom Hiddleston! —. ¿Señorita?
Sacudí la cabeza para salir del estupor.
—Estoy bien.
Él extendió su mano y yo la tomé. Madre mía. Sus dedos eran largos, su piel suave y su tacto era tan cálido. Con gentileza me ayudó a ponerme de pie. Me sonrió con aquella amabilidad que lo caracterizaba. Pero maldita sonrisa mojabragas. Se cercioró que yo no tuviera ninguna herida y alzando la mano se despidió de mí. Los fotógrafos se fueron siguiendo aquel delicioso trasero. Por un minuto había olvidado lo que estaba haciendo ahí hasta que sentí mi celular vibrar en la mano.
¡Marco!
Fruncí el ceño mientras lo buscaba en la multitud, pero nada. Miré la pantalla del celular y tenía una llama perdida y un mensaje de él. Abrí el mensaje y lo leí. Fruncí el ceño. Volví a leer el mensaje. El corazón se me detuvo mientras le daba otro repaso al mensaje. Miré de nuevo entre la multitud rogando que fuera una maldita broma. Pero Marco no estaba ahí y leí una última vez el mensaje:
"No podré ir. De hecho, creo que no volveré, al menos no por ti. Lo siento. Se acabó."
¿Marco acababa de cortarme por mensaje de texto? Mi pecho subía y bajaba con rapidez mientras intentaba sofocar las lágrimas.
Marco terminó conmigo.
Las lágrimas ardieron en mis ojos y lo vi todo borroso.
Apreté los labios y las lágrimas comenzaron a caer en silencio. Di media vuelta resignándome a que así había acabado lo nuestro. Caminé a la salida del aeropuerto sintiendo mis pies como plomo. Quería marcharme de ahí, pero con lágrimas en los ojos no tenía muy buena visibilidad. Me senté en una banca a llorar un momento y esperar a que me calmara lo suficiente para poder llegar a casa. Subí las piernas y las abracé a mi pecho intentando calmar el dolor que sentía. Pegué mí frente a las rodillas y me permití llorar con más fuerza.
— ¿Señorita? —de nuevo esa voz. Alcé el rostro asustada de volver a escucharlo por segunda vez en el día. Tom Hiddleston se había sentado a mi lado y le veía preocupado por mí—. Tome.
Me entregó un pañuelo de seda y me sequé las lágrimas mientras él me miraba con una dulce sonrisa.
—Gracias.
Le devolví el pañuelo y él se lo guardó en el saco.
—Disculpe mi atrevimiento, pero, ¿qué le sucede?
Me encogí de hombros y suspiré.
—Mi novio me terminó por mensaje.
Claramente vi como él apretaba su quijada.
—Lo siento—él tomó mi mano y yo lo miré por un largo tiempo. Con suavidad el metió un mechón detrás de mi oreja sin dejar de mirarme con dulzura—. Sé que apenas nos acabamos de conocer, pero... ¿gusta ir a tomar un café?
— ¿No tiene cosas más importantes que hacer?
—Deberían haberme recogido hace media hora, así que no—él se levantó de la banca y me ofreció su mano—. ¿Qué dice?
—Sí, me encantaría.
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