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Adiós, mi verdadero amor.

Se veía tan tranquila, tan dulce al estar durmiendo boca abajo. Me tomaba el tiempo para verla descansar. Necesitaba grabar en mi mente ese rostro tan angelical. Este era el último día que pasaríamos juntos y mi corazón no dejaba de doler. ¿Cómo te despides de lo mejor que te ha pasado en la vida?

Aparté con cuidado un mechón de su rostro y acaricie su mejilla dulcemente. No quería despertarla, no aun. En sus sueños aun teníamos tiempo para estar juntos. En sus sueños no había reglas. No había obstáculos que nos separaran. Era hermoso pensar en eso, aunque solo se trata de un sueño.

Sabía que un día lo nuestro llegaría a su fin, pero esperaba que durara un poco más. A veces el amor tiene la descortesía de llegar tarde. ¿O somos nosotros los culpables por perder la esperanza y no esperar paciente por él?

Aún recuerdo cómo fue que la conocí. Tenía tan solo un mes de casado con Keira y mi vida ya era un infierno. Un mes de casado y todo se había desmoronado. Ella no me amaba, solo quería mi dinero y eso me destrozó. Todo iba de mal en peor, hasta que una luz atravesó mi oscuridad. Mi dulce Sophie. Ella es la mujer que cualquier hombre querría. Yo la quiero, pero no puedo tenerla.

Nos habíamos hecho amigos en un rodaje de una película. Ella era asistente de producción. Era una chica muy dulce con todos y muy amable. Mi día era un infierno hasta que ella me sonreía. Ambos forjamos una linda amistad, pero con el paso de los días aquella amistad se convirtió algo más. Cuando nos dimos cuenta de ello, no nos detuvimos, seguimos cayendo en las redes de este amor clandestino.

Tenía un año de casado con Keira y lo que sentía por ella no era ni sombra de lo que sentía por Sophie. Sabía lo que tenía que hacer. Había planeado todo lo que le diría a Keira y la dejaría. Aquel día ella llegó con una enorme sonrisa. En la mañana había ido con el médico y le había confirmado que estaba embarazada.

Mis planes con Sophia se desmoronaron. Podía ver mi futuro con ella resbalándose de mis manos. No amaba a Keira, pero no iba a dejar a ese bebé solo. Así que por más que doliera tenía que decirle adiós al amor de mi vida.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por la vibración de mi celular. Con pereza estiré mi mano para ver el mensaje y suspiré con pesadez. Las horas estaban contadas.

Dejé el celular de nuevo sobre la mesa de noche y me giré para ver a mi dulce Sophia y me sorprendió verla despierta.

— ¿Ya tienes que irte? —preguntó con voz adormilada, me incliné y dejé un suave beso en sus labios.

—No, aun no.

— ¿Cuánto nos queda?

—Cuatro horas.

—Creo que ni con todo el tiempo del mundo me bastaría para decirte todo lo que siento y no quiero que olvides.

—Debí dejarla cuando te conocí.

—Tenían solo un mes de casados. Además la amas.

—Amaba... Pero ese sentimiento nunca se va a comprar con lo que tú me haces sentir—junté mi frente con la suya y ella cerró los ojos—. Tú me conoces mejor que nadie, conoces mis miedos, conoces mis sueños. Me duele no poder ser tu esposo, ni el padre de tus hijos.

Sentí un nudo en la garganta el cuál hice el esfuerzo por tragar.

—No hay duda que hay amores que llegan tarde. Nunca podrá amar a alguien como te amo a ti. Quiero decir...—llevé un dedo a sus labios para hacerla callar.

—No tienes que decir nada, Sophie, lo sé, también lo siento.

—Te amo, Tom.

—Te amo, Sophie.

Ella se aceró a mí y unió nuestros labios en un dulce beso. La abracé por la cintura y giré para quedar sobre de ella queriendo volver a entregarme en cuerpo y alma.

Sophia había tocado mi corazón. Había tocado mi alma. ¿De verdad el amor podía llegar tan tarde o solo era mi culpa?

Apreté los parpados conteniendo las ganas de llorar. Mis sueños se estaban yendo con ella.

—Recuérdame—murmuró entre besos y suspiros de placer—-Recuérdanos.

Maldición. Todo dentro de mí se rompía, estaba tan destrozado.

Tal vez la había decepcionado, tal vez sienta que la abandoné, todo por no haber sido lo suficientemente valiente, aunque ya veía el final.

Sostuve su cabeza con cuidado y le beso, sabiendo que es la última vez que lo haré.

Ella y yo no solo habíamos compartido la cama como dos amantes sedientos de sexo, no. Había sido algo más, ambos habíamos compartido nuestros sueños y nuestras metas.

Entierro mi nariz en su cabello y aspiro con fuerza para intentar grabar en mi memoria el dulce aroma que ella desprende.

La miré a los ojos por última vez. Ella fue la mujer que cambió mi vida, incluso cambio todos mis places.

—Te amo, te juro que es verdad.

Me perdí en sus besos y en sus caricias despidiéndome así del amor de mi vida.


Un año después

—Tom, cuida al bebé. Saldré de comprar con Ella—exclamó Keira antes de salir y cerrar la puerta.

Suspiré pesadamente. Estaba acostumbrado a esto. Desde que nació Michael ella lo dejó completamente a mi cargo y lo olvido, como si no fuera su hijo. Me dolía en gran manera, no porque la amara a ella, pero amaba a mi hijo y me dolía ver como su madre lo despreciaba.

Como si el pequeño supiera de la ausencia de su madre, comenzó a llorar. Subí las escaleras y con cuidado lo cargué. Lo atraje a mi pecho y dejó de llorar. Dejé un suave beso en su cabecita y sonreí. Era sorprendente lo mucho que estaba creciendo. Ojalá Keira pasara más tiempo con él. ¿Cómo hubiera sido Sophie de madre? Fruncí el ceño y negué con la cabeza. No vayas por ahí Tom. El timbre me ayudó a salir de mi ensoñación.

— ¡Voy! —grité

Bajé con Michael en brazo y tuve que maniobrar un poco para abrir la puerta. Me llevé una sorpresa al no ver a nadie en la puerta. Lo único que note es que había un sobre en el tapete de la entrada. El sobre tenía mi nombre con una hermosa caligrafía que se me hizo familiar. La sangre se me fue hasta los pies cuando reconocí la letra de Sophie. Entré rápido a la casa y dejé a Michael en su corral un momento. Me senté y tomé una respiración antes de abrir la carta. Con cuidado de dañar el contenido rompí el sobre y desdoblé la hoja. Miré la carta y confirmé que si era de Sophia, aspiré con fuerza y comencé a leer:

Querido Tom:

No quiero entrometerme en tu vida. Lo único que siempre he querido es que seas feliz, no importaba si era conmigo o con alguien más. Solo quería que esa dulce sonrisa que tienes fuera eterna. Es una sonrisa que merece permanecer y ser admirada por todos.

Te envío esta carta por ese mismo motivo, no quiero entrometerme en tu vida y en la felicidad que estas teniendo con tu hijo.

No te he olvidado, Tom. Te sigo amando con la misma intensidad que hace un año. Un año. Vaya, como pasa el tiempo. Sin embargo este sentimiento no ha muerto y creo que no morirá. A veces hay noches en las que recuerdo esa última vez que ambos tuvimos. Aquella última vez en que nos amamos. Recuerdo las cosas que te dije, que me dijiste. Recuerdo tu mirada bañada de amor. Sé que nadie me volverá a mirar así, eso solo pasa una vez en la vida.

Siempre fuimos precavidos en cada encuentro, pero esta vez el amor y el deseo nos cegó y nada importó. Solo nos queríamos amar hasta que no pudiéramos más.

¿Recuerdas que dijiste que te dolía no ser mi esposo, el padre de mis hijos? Puedes dejar de preocuparte de al menos una de esas dos.

Sí, Tom. Dos meses después de que te fuiste descubrí que estaba embarazada. No te lo oculté por maldad, por herirte o cualquier cosa. Simplemente no quería darte más problemas.

Es una niña hermosa, Tom, tiene tus ojos y tu sonrisa.

He decidido decírtelo por si quieres conocerla, tienes derecho a saberlo y a conocerla si quieres. No quiero pedirte nada, no tienes que darnos nada, ni siquiera el apellido. Solo te lo digo por si quieres conocerla. A la vuelta de la carta hay una dirección, ahí puedes ir y conocer a nuestra pequeña Hope.

Tom, creo que nunca lo dije pero... gracias, gracias por todo lo que me diste, incluso a la hermosa Hope.

Siempre te amaré, aunque no deba.

Adiós, mi amor verdadero.

Con amor:

Sophie. 

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