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Capítulo 3



«Dijeron que no debías vivir».

El oscuro significado detrás de aquellas palabras acompañaron a Lucía en todo el camino.

¿Por qué? ¿Qué pasó para que tuvieran que condenarla de esa forma?

Se suponía que ayudaría en la guerra contra los Titanes. ¿Qué eso no bastaba para perdonarle la vida? No, tal vez no. Porque no la querían. Átropos la protegió para que cumpliera con su destino... Y nada tenía sentido.

Estaba viva cuando debería estar muerta.

La necesitaban pero a la vez la odiaban.

Miró el reflejo de Sarah en el espejo retrovisor. Quedaba historia por contar, y en eso hallaría la respuesta. Una respuesta que no estaba segura de querer conocer.

«Tus poderes te ayudarán a salvarlos».

Las dudas la asaltaron de pronto. Se restregó el rostro y enterró las manos en su cabello. Las lágrimas pujaron contra sus cuencas. Soportó el ardor y guardó lo que sentía para sí.

Quedó sumida en sus pensamientos, en el «que tal si...», que nunca escuchó a Sarah decirle que habían llegado. Cuando la sacudieron por el hombro, despertó de su ensoñación y cayó en la dolorosa realidad.

Descendieron del auto. Atticus ya estaba en el maletero buscando el equipaje. Matt se apartó del resto y escribió en su teléfono.

Lucía caminó hasta el borde del acantilado. Estaban en una península. El océano se desplegaba ante sus ojos, vivo y majestuoso.

De soslayo descubrió a Logan acercándose con rostro embelesado. Por un instante la idea de él saltando pasó por su mente. Sus manos estaban listas para atraparlo en cuanto lo viera dar un paso al frente.

Se preguntó si en los hijos de Poseidón habría una conexión directa con el mar, así como una voz silenciosa que solo ellos pudieran oír, y que solo ellos pudieran sucumbir.

—¿En dónde estamos?

Oyó a Josh haciendo la misma pregunta que ella se hacía.

—Ya lo verán —replicó Matt.

Sarah se acercó por detrás y le pasó a Lucía la maleta que le había traído Sam. La tomó entre sus manos, fuerte, deseando poder sentir a su padre consigo.

—¿Estamos listos? —habló Matt.

Todos asintieron aunque no estuviesen listos en realidad.

Lucía observó el horizonte, naranja y amarillo. El agua y el cielo siendo uno mismo. Intentó no parpadear por las dudas de que algo mágico y sorprendente sucediera. En cambio, lo único sorprendente vino por parte de su amiga cuando la escuchó pronunciar una lengua extraña; Matt y Atticus la acompañaron en el recitado. Solo le faltaba que unieran sus manos y que una bruja descendiera del cielo.

El suelo bajo sus pies pegó una sacudida. Logan bajó la mirada, pequeñas piedras rebotaron sin control entre sus piernas.

Un ruido grave y tosco acompañó el temblor hasta resquebrajar la piedra.

Lucía se aferró a la mano de Sarah y ésta le devolvió el apretón. Si ellos no huían significaba que todo estaba bien.

Ante sus ojos, una nervadura iridiscente rasgó al sol por la mitad. Una línea fina y delgada cuya luz, blanca con destellos púrpura, se intensificó conforme la grieta se fragmentaba.

Explotó en silencio. Se abrió paso en el horizonte como agua derramada, ocultando el vasto océano para darle paso a un tupido bosque de coníferas.

Quedaron inmóviles, conmocionados.

—¿Qué diablos es esto? —Josh miró al resto, esperando que alguien se dignara a explicarle qué acababa de pasar.

Logan retrocedió, sus ojos puestos en el bosque.

—Yo no entraré a ese lugar.

—Claro que no lo harás —refunfuñó Atticus.

Tablones de madera emergieron de la tierra como fantasmas, encastrando uno al lado del otro hasta formar una pasarela.

—Ahora sí lo harás.

Se negaron y sus amigos se vieron en la obligación de internarlos en el bosque a regañadientes.

Llevaban caminando treinta minutos y todo lo que veían eran árboles, árboles y más árboles. Estaban cansados, deshidratados —la humedad les exprimía el agua dentro de sus cuerpos— y Josh no paraba de quejarse de una ampolla en la planta del pie.

—¿Alguien trajo repelente? Estos mosquitos están matándome. —Logan se abofeteó el cuello y luego la muñeca. Sentía los piquetes pero la muerte de un mosquito implicaba la aparición de dos más.

—No te preocupes —dijo Matt—. Los mosquitos griegos suelen beber dos litros de sangre, así que pronto te dejarán en paz.

—¡¿Qué dices?!

Matt intentó seguir la broma pero al ver los cachetes inflados de Atticus, estalló en una carcajada. La historia de los mosquitos griegos era un clásico entre las familias guardianas. Finalmente tuvieron la oportunidad de contarla.

—¡Idiotas! —gruñó Josh.

Mientras los chicos caminaban adelante, Lucía y Sarah se rezagaron un par de metros. En el trayecto, Lucía aprovechó para acribillar con preguntas a su amiga, algunas más triviales que otras pero todas con el fin de entender su verdadera naturaleza.

—Recuerdo que no tenías dos cruces hasta hace poco —dijo, señalando el tatuaje en la muñeca de Sarah.

Sarah contempló el tatuaje con orgullo. Sus ojos aullaban de felicidad.

—Cada barra representa una prueba que todo guardián debe superar si quiere llegar a completar sus estudios.

—¿Cuántas pruebas son?

—Seis. Si apruebas todas te conviertes en Guardián Maestro.

Lucía la ladeó la cabeza con la frente fruncida.

—¿Odias a los profesores y piensas convertirte en uno?

—¡Claro que no! —Se carcajeó y empujó a su amiga con un sutil manotazo—. Las cosas cambiaron en los últimos siglos, pero ser un Guardián Maestro implica que puedes proteger a cualquier semidiós que lo necesite.

—Creí que eso significaba ser un guardián.

—Es distinto —dijo—. Las Academias ofrecen un refugio además de ser instituciones como cualquier otra. Cuanto más alto el rango más beneficios obtienes. Ser un Guardián Maestro significa que puedes desempeñarte como profesor y/o guardián. En mi caso, estoy interesada en protegerte a ti.

Lucía asintió. Seguía sin entender mucho respecto al mundo Guardián pero ya tendrían tiempo de profundizar en ello.

—¿Y qué significa el nivel cuatro?

Sarah escondió las manos en los bolsillos de su sudadera y exhaló. Hablar de esto le removía sentimientos, recuerdos que intentaba olvidar día tras día. La Comunidad Guardiana podía ser muy despiadada cuando se lo proponía, en especial con aquellos que intentaban abrirse paso en un mundo al que no pertenecían.

Semidioses comunes se enlistaban en las filas de la Comunidad y no todos eran bien recibidos.

Sarah era una recién llegada, fundadora de un clan cuya existencia nunca fue requerida. La pestilencia del odio que emanaba hacia ella era más que evidente; no la querían en sus filas.

La queja más recurrente iba dirigida a Átropos. Si la Diosa deseaba que su hija fuese protegida de cualquier mal, debió haber recurrido a las familias preestablecidas. ¿Qué era eso de andar creando nuevas Familias Guardianas? Esa osadía podía llegar a ser un verdadero dolor de cabeza. El puntapié inicial para que otros dioses decidieran crear sus propios clanes.

Por fortuna, las familias de Matt y Atticus la respaldaban. Tenerlos cerca le recordaba que las cosas eran feas, tristes y grises solo si se dejaba amedrentar por los dichos de viejos tradicionalistas que seguramente vivían amargados por el odio y el rencor.

—Es el paso previo a convertirse en compañero. —La lengua se le trabó de tantas palabras inconexas que su mente le enviaba—. Ni yo misma sé explicarlo, ¡pero dentro de poco daré mi siguiente prueba! Espero salvarla esta vez... —Susurró la última frase. Las mejillas se le pintaron de rojo, avergonzada de no haber completado las seis etapas del entrenamiento Guardián.

La iniciación comienza a los trece años y termina —en general— a los dieciocho. Matt y Atticus tomaron un curso exprés acorde a las circunstancias. Llegaron a obtener el título máximo a los doce.

¡Doce años!

Ella comenzó con ellos, desde bien pequeña. A sus siete años tuvo que aprender a dominar varias armas, formarse en artes marciales, estudiar la historia de una sociedad antigua y compleja, mientras asistía a una escuela mortal con niños mortales y materias mortales.

Y no lo logró.

Seguía intentando y aunque sonriera y dijera que todo estaba bien, no era así. Fracasar implicaba darles la razón a los lobos del Consejo Guardián.

«No eres una de nosotros. ¡Nunca lo serás!»

—Podría ayudarte a estudiar —comentó Lucía, fascinada por saber qué había estado aprendiendo su amiga durante todos estos años—. Se me da bien.

Los ojos de Sarah brillaron como el lucero de la mañana.

—¿De verdad harías eso por mí?

—¡Claro que sí! Quiero que a mi amiga le vaya bien —esbozó la más auténtica de las sonrisas.

Con sólo ver el rostro de Sarah supo que ella tampoco la estaba pasando bien. Ambas eran dos bichos raros que nadie quería sumar a su equipo. No obstante, mientras se tuvieran mutuamente todo estaría bien

»Además, aprenderé un poco más de este mundo divino-griego-antiguo.

—¡Y vaya que tienes por aprender! —soltó con los ojos bien abiertos—. He aprendido que los dioses suelen ser bastante ególatras. Quieren ser los grandes héroes de su época todo el tiempo. —Estiró una comisura en una sonrisa torcida—. Desdibujaron muchas verdades y maquillaron otras. Casi el ochenta y cinco por ciento de la mitología griega que conoces es falsa.

—¿De verdad? —Le fue imposible ocultar su asombro.

¿Qué tan fantásticas o desastrosas podían llegar a ser esas historias?

Sarah le adelantó unos pocos chismes y las risas y buena vibra continuaron por un largo rato.

Hubo una larga pausa y la inminente preguntó llegó.

—¿Conoces al resto de los semidioses?

Sarah agitó sus preciosos rizos caoba en un gesto negativo.

—Los dioses fueron muy celosos con revelar sus identidades. —Pateó una piedra fuera del camino y los helechos se sacudieron—. Creo que solo ellos saben quiénes son.

Lucía no halló raro el secretismo. Doce media sangre que estaban destinados a salvar el mundo debían permanecer bajo el anonimato. Si alardeaban, si llegaban a publicar sus caras, sería como entregarlos en bandeja a los detractores.

Mantener el perfil bajo era su mayor aliado. Después de todo, a Epiales le tomó diecisiete años encontrarlos...

—¡Pero sí puedo decirte el nombre de alguien más! —Miró a su amiga, la picardía jugando en sus ojos almendra—. Miranda Tanner.

Lucía amplió la mirada y casi se atoró con su propia saliva. Conocía a esa chica de la secundaria.

Entró a mitad de primer año de Middle School, y los acompañó hasta finalizar el ciclo. Después de eso, abandonó la secundaria y ya no supo nada de ella.

Recordaba que era una chica independiente, orgullosa, con una voluntad de acero y un tanto temperamental. En ocasiones, se metía en problemas, pero salía airosa de cualquier situación.

Era difícil pensar que también estaba involucrada en todo esto.

—¿Cómo lo sabes?

—Conocí a su protector, Nicolás Cerberus.

Lucía notó el afecto en las palabras de Sarah. Fuera quien fuera ese tal Nicolás, Sarah lo recordaba con mucho cariño.

—Solíamos entrenar los cuatro juntos.

—¿Y qué pasó? ―indagó, quitándose un mechón de cabello de la frente.

Sarah soltó un pesado suspiro y se encogió de hombros.

―Su padre, Hades, se presentó ante ella ―dijo―. Se supone que eso iba en contra de las reglas, así que las Moiras, o sea, tu madre, decidió castigar la insolencia de Hades removiendo a Nico de su cargo. ―Su voz fue suave, casi melancólica―. A partir de entonces Miranda tuvo que aprender a cuidarse sola.

―No puedo creerlo. ―Intentó ocultar el dolor en su voz.

Más cosas que terminarían achacándole a ella por culpa de su madre.

«Sólo espero que Miranda no me odie».

Continuaron avanzando hasta que Sarah logró ver el fulgor inconfundible del fuego griego; un azul tan intenso como las moras y tan celeste como el cielo, salpicado por la espuma del mar.

Las llamas crecían dentro de braceros de oro sólido. Ambos coronaban la entrada de una imponente muralla de ladrillos. Hiedra crecía a lo largo y ancho de la pared, ocultando el tono arcilloso bajo un manto de verde inglés.

Un portón de hierro forjado con decoraciones de aspecto corintio, era lo único que los separaba del sitio que se convertiría en su nuevo hogar. Una especie de limbo que los acogería hasta la hora de su no tan esperada muerte

La verja de hierro se abrió para ellos, dándoles la bienvenida.

—Es... increíble —musitó Logan.

—Y aún no has visto nada —le aseguró Sarah.

La Academia se ubicaba al centro de un predio cuyos límites quedaban a la imaginación. El edificio central imitaba la estructura de un templo griego; de paredes color crema y un tejado a dos aguas de vibrante color terracota. En el tímpano, sobre un fondo azul oxford, resplandecía en letras blancas el nombre de la academia: Jóvenes Guerreros.

Una columnata de doce columnas jónicas de fuste estriado sostenía la fachada.

La construcción se erigía sobre una plataforma de tres niveles. En cada nivel, el grabado en piedra evocaba escenas de sangrientas batallas y valerosas hazañas cometidas por los dioses.

A un costado, en el ala este, sobresalía una construcción de techo a dos aguas con tejas azules. El pórtico era sostenido por cuatro figuras masculinas que representaban a Asclepio, dios de la medicina e hijo de Apolo.

Al otro lado, en el ala oeste, había un saliente semicircular que rompía con la uniformidad del edificio. Era más baja que las otras construcciones y en lugar de columnas tenía enormes ventanales que permitían ver la cafetería del interior. Afuera, desperdigadas por todo el patio, había varias mesas de picnic con sombrillas anaranjadas.

El jardín principal estaba distribuido en canteros, delineados por senderos de grava roja y cipreses.

Más allá de donde se encontraban divisaron un bosque frondoso que parecía rodear toda la Academia. Había un área para practicar combate físico, zonas para la práctica de esgrima y tiro con arco, y un muelle con doce botes de remos que se mecían suavemente sobre las cristalinas aguas del río.

Rezagado en un costado del predio sobre una colina con vista a la desembocadura del río, se levantaba un arco de piedra caliza que funcionaba como entrada al área sur. Allí había construidas doce pequeñas edificaciones que servían de dormitorio para los huéspedes.

Enumeradas de mayor a menor, por fuera lucían exactamente iguales: paredes de ladrillo blanco puro y postigos de madera azul turquesa. Pero por dentro, cada una respetaba exactamente las características de los dioses.

El viento acarreó el sonido de un cuerno a la distancia. Matt les hizo una seña para que lo siguieran, directo al edificio central.

Sarah rodeó su brazo con el de Lucía y caminaron un par de metros hasta que vio la oportunidad de escabullirse. La llevó por un sendero alterno y los cipreses sirvieron de pared para ocultarlas.

—¿Adónde vamos?

—Créeme que es mejor así.




Todos estaban un tanto confundidos. No sabían que estaban esperando. Todos se miraban entre sí. No hablaban entre ellos, solo lo hacían con los que conocían.
En un costado estaban Logan, Josh, Atticus y Matt. Los chicos les preguntaban a sus protectores que estaban esperando allí pero estos solo podían decirles que pronto ya iban a saberlo.
A un par de metros detrás de ellos, detrás de los arboles se encontraban Sarah y Lucía. Estaban escondidas, aunque Sarah le repetía miles de veces a Lucía que eso no era verdad pero ¿A quién engaña? Se estaban escondiendo por alguna razón que Lucía desconocía y sabía que Sarah no iba a decírsela.
Por detrás del espeso follaje de los arbustos Lucía pudo distinguir a algunas personas más aparte de Logan y Josh.
Podía ver a Miranda, apartada del resto como siempre solía hacerlo. Si era verdad lo que Sarah le había dicho, Miranda era hija del dios de los muertos, Hades. Aun que Lucía no lo creyó al principio ahora si podía ver cierto parecido, ropas color negro, jeans rotos, tachas por todos lados y su oscuro cabello negro suelto que hacia resaltar la blanca piel de su rostro.
A dos personas de Miranda estaba Belén. La chica que trabajaba en la tienda de música. Lucía la conoce de allí ya que una vez cuando fue a comprar un CD la vio y hablaron acerca de sus gustos musicales. No parecía mala chica, era muy dulce y tierna. Pero además de todo esto, quien diría que esa dulce chica era hija de un dios.
Siguiendo con su mirada Lucía pudo encontrar a Justin. ¡Wow! Era increíble que él estuviera allí. ¿Quién diría que en su clase había tres hijos de dioses? Para Lucía era mucho más fácil identificar a Josh y a Logan como hijos de Zeus y Poseidón, ¿Pero Justin? Jamás se hubiera imaginado que era hijo de un dios.
Antes de que Lucía pudiera seguir buscando a más personas conocidas escucho los cascos de caballos que se acercaban con rapidez. A lo lejos pudo divisar a tres personas que cabalgaban directo a donde estaban todos.
Sarah le dijo a su amiga que era por ellos que estaban todos allí. Grover, el que montaba el caballo negro era el jefe de todo. Los otros dos eran los entrenadores.
Grover inspiraba temor desde el primer momento en que bajo de su caballo. Pero no era así. El era una buena persona pero cuando se trataba de su trabajo veía las cosas de una manera más seria.
Grover: ¡Buenos Días!
Se pudo escuchar un coro de <<Buenos días>> que dejaba en evidencia el temor que tenían todos.
Grover: Tranquilos. No pienso comérmelos. Yo aquí soy el jefe de todos y los que están tras de mí son Cloe y Ashton —los señala a cada uno—. Ellos serán sus entrenadores y así podrán aprender a manejar como verdaderos guerreros sus armas.
Josh: ¿Qué diablos es este lugar? —Dijo interrumpiéndolo. No le interesaba absolutamente nada de lo que aquel hombre tenía para decirles.
Matt: ¡Shh! —lo golpea en el hombro. Jamás hubiera esperado que Josh reaccionara de esa manera.
Grover: tranquilo Matt. Al parecer el joven no sabe que debe guardar silencio cuando uno está hablando.
Josh: ya había terminado.
Grover: Eres igual a tu padre—dijo en una sonrisa—. Siempre encuentra una forma para darle a entender a los demás de que se equivocan.
Josh: tengo que acostumbrarme. Recién me entero de que mi padre es Zeus.
Rápidamente se puede escuchar el murmullo de las personas chismorreando que ese joven era el hijo de Zeus. El dios del rayo. El rey de todos los dioses del Olimpo.
Grover: ¡YA BASTA! ¡YA BASTA! Cada uno podrá presentarse luego. El objetivo de esta reunión es informarles el por qué de que ustedes estén aquí.
Todos estaban muy atentos a lo que Grover tenía para decirles.
Grover: como sabrán, hace mucho tiempo sus padres estuvieron en un lugar muy parecido a este, entrenando para convertirse en lo que son hoy...Dioses. Pero para llegar a serlo debían primero enfrentar a los Titanes. Una vez que lograron vencerlos los encerraron en una prisión submarina. El problema es que el sello que evita que los Titanes escapen puede romperse. Y eso será dentro de muy poco.
Un chico rubio, alto que estaba allí levanta su mano esperando a que Grover le diera la palabra.
Grover: si, dime.
— ¿y que tenemos nosotros que ver en todo esto? Nuestros padres fueron los que lucharon, no nosotros.
Grover: lo sé. Lo sabemos. El problema es que la leyenda está escrita así. Los hijos de los doce dioses del Olimpo, de entre 16 y 18 años lucharan y derrotaran a los Titanes para así proclamar lo que les pertenece.
—Espere... ¿Dijo luchar? ¿Significa que moriremos? —dijo una chica de cabello rubio rojizo y ojos grises.
Grover: ...Si. Pero morirán con honor si es que lo hacen. Todo ese esfuerzo que harán allá y aquí lo harán para no solo salvar al Olimpo, sino que también lo harán para salvar a la humanidad—Se tomo unos minutos para observar al grupo de chicos aterrados—. Pero la primera regla que deben tener en mente cuando estén allí, apunto de luchar será no morir. Si todos mueren estamos perdidos. Por eso los traemos aquí... para hacerlos verdaderos guerreros y así puedan luchar y mantenerse con vida más tiempo.
Lucía se lleva una mano al pecho. Siente una fuerte puntada en medio del corazón. Sarah la ve y pone su mano en el hombro.
Lucía: no puede ser verdad...no, no puede...
Sarah: ahora entiendes porque te digo que si eres especial. Tú con tus poderes puedes ayudarlos a todos.
Lucía: ¿tú crees?... ¿Qué pasa si no lo hago?... no podría soportar que por mi culpa murieron.
Sarah: no, no lo veas de esa manera. Tú los ayudaras hasta un cierto punto, luego ellos deben hacer el resto.
Mientras que Sarah y Lucía estaban hablando, Grover también lo estaba haciendo. Ya había terminado su discurso sobre lo que iba a pasar en el momento que tuvieran que ir a pelear. Ahora era el momento de presentarse. De conocer a los hijos de los dioses.
Grover: muy bien. ¿Quién quiere ser el primero?
Nadie decía nada. Todos estaban en silencio. Por sus mentes solo pasaba la idea de que estaban allí para que luego, cuando llegara el momento iban a morir.
Grover pasea su mirada por todos ellos. Nadie lo miraba.
De repente su mirada se eleva y dice.
Grover: ¿Por qué no traes aquí a tu protegida para presentarse... Sarah?
Sarah gira velozmente su cabeza para mirar a Grover. ¿Cómo se dio cuenta de que estaban allí? No podía permitirse a sí misma dejar salir a Lucía de ese lugar.
Lucía: nos está llamando. Te dije que no debíamos escondernos aquí. Debemos de ir con los demás.
Sarah: ¡No! Aquí estamos bien.
Grover: ¡Anda Sarah! No tenemos todo el día—grito desde lejos.
Ya todo mundo estaba viendo en dirección a los arbustos preguntándose quién estaba detrás de ellos.
Sarah: ¡Bien!... —suspiro profundo—. Vamos
Ambas salen de detrás de los arbustos y varios que las conocían se quedan sorprendidos. ¿Qué hacían ellas allí? Ya todos se habían dado cuenta de que tan solo doce dioses conforman el círculo. ¿Había algún otro dios que ellos no conocieran? Si era así ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su habilidad? Muchas preguntas y todavía no tenían respuestas.
Grover: Con que eres tu...—Refiriéndose a Lucía—. Es un placer conocerte.
Lucía: ¿gracias? —Dijo tímidamente y con un toque de desconfianza.
Grover: ¡Por favor! Preséntate a tus compañeros.
Sarah: no es necesario.
Grover: Claro que sí. Todos se deben de estar preguntando, ¿Quién es ella?
Sarah cierra sus ojos y frunce el ceño. ¿De verdad todo eso era necesario? ¿Por qué era tan malo?

Lucía: A...m-me llamo Lucía. Y soy hija de Átropos.

Grover: Hija... de una Moira.

Al escuchar esa palabra todos retroceden un paso. Nadie quería estar cerca de ellas, sabían muy bien cómo eran las Moiras y no les agradaba tener una hija de ellas aquí.

Lucía se dio cuenta de que lo que decía Sarah era verdad. Todos tenían la idea de que las Moiras eran criaturas arrugadas y feas, llenas de maldad que podían jugar con tu destino.

Grover: Átropos le dejo un don muy útil a su hija —dijo colocando sus manos sobre los hombros de la joven—. Ella puede leer el futuro, algo muy interesante y muy apropiado para la ocasión ya que será quien los ayudara con los entrenamientos.

— ¡NI LO SUEÑE! —se pudo escuchar entre la multitud—. ¡No pienso acercarme a ella!

— ¡Tiene razón! —Grita una joven—. ¡Su madre les quita la vida a las personas! ¿Quién no puede asegurarnos que ella no hará lo mismo con nosotros?

— ¡Su madre era quien cortaba el hilo! ¡Ella puede tener en sus manos el hilo de nuestra vida!

Lucía: ¿Qué? Yo no poseo ningún tipo de hilo ni nada por el estilo.

Grover: ¡Silencio todos! Ella no es mala. Solo porque su madre lo haya sido no significa que ella lo sea.

Lucía: ¿Disculpe? —dijo volteándose para verlo—. Mi madre no era malvada. Admito que hace un minuto atrás pensaba lo mismo pero ahora que veo a estas personas se que me equivoque.

Sarah: será mejor que nos vallamos—Dijo tomando a su amiga por el brazo.

Grover: hay linda no tienes idea de nada. Tu protectora no debió de decirte la verdad.

Lucía: ¿A qué se refiere?

Sarah: No entiendo porque estás haciendo esto Grover.

Grover: yo solo digo la verdad. Si su madre hubiera sido lo suficientemente fuerte ahora no estaríamos aquí.

Lucía: mi madre hizo lo que pudo...y no la culpo por nada.

—Eso lo dice alguien que no tiene que morir.

Para entonces Lucía se estaba sintiendo verdaderamente mal pero culpo a esa sensación rara al hecho de que nadie allí parecía quererle. Todo el mundo la rechazaba. A nadie le gustaba la idea de tener a la hija de una Moira entre ellos.

Posiblemente ella haya pensado lo mismo que ellos hace un par de minutos atrás pero por alguna razón que la joven desconoce, ni bien escucho esos comentarios ofensivos hacia su madre, el interés de protegerla y de estar orgullosa de lo que era se apodero de su mente.

Para entonces Sarah ya estaba tomando a Lucía de la mano con la intención de sacarla de allí pero algo la detiene repentinamente.

Todo alrededor de Lucía se va desvaneciendo. Todas las personas que estaban mirándolas desaparecen y luego vuelven a aparecer pero estaba vez estaban luchando. Estaban en el campamento practicando y riendo.

<< ¿Qué es esto? ¿Por qué estoy aquí?>> Pensó.

En eso Lucía puede escuchar de nuevo esa voz. Aun no puede entenderla pero esta vez algo increíble sucede. La voz que escucha tiene cuerpo, y ese cuerpo humano aparece frente a ella pero no puede verlo bien, se ve borroso. Puede ver a todos con claridad menos a él.

Lucía: no puedo entenderé —dijo con la esperanza de que éste la comprendiera—. Lo lamento, no sé qué quieres.

La persona se detiene y continúa hablándole. Lucía le sigue repitiendo que no puede entenderle hasta que él se calla. Ahora solo se puede escuchar el ruido distorsionado de espadas y risas de los demás.

Por más que Lucía lo intentara no podía ver los ojos de esta persona, ella sabía que la estaba mirando fijamente. Sentía una sensación de escalofríos en su cuerpo.

Lentamente todo el mundo que ella veía se va borrando. La visión estaba terminando y poco a poco Lucía puede volver a ver el mundo normal.

Sarah estaba mirándola fijamente. El resto de las personas estaba murmurando cosas que Lucía no podía entender a que se referían.

<< ¿Le viste su mirada?>>

<<Sus ojos cambiaron de color>>

<<Parecía una estatua>>

<< ¿Qué diablos le habrá sucedido?>>

Sarah toma del brazo a Lucía y la saca de allí lo más rápido posible llevándola de regreso a la cabaña antes de que ocurriera alguna otra cosa. Una vez que estuvieron allí dentro, Lucía apoya sus manos sobre la mesa de caoba mientras que Sarah murmuraba como si se tratase de una demente psiquiatra.

Lucía: ¿De qué diablos hablaban esas personas? ¿Cómo que mis ojos cambiaron? Lo de estar como estatua lo entiendo pero lo otro no.

Sarah: Al mirar una visión tú entras en otro mundo. Un mundo en el que nosotros no podemos ver pero tú sí, y eso es solo posible porque tus ojos se adaptan a ese entorno. El problema que para nosotros en vez de ver el color de tus ojos natural que es verde, lo vemos de un color gris perla.

Lucía: ¿mis ojos se ponen grises cada vez que tengo una visión?

Sarah: Si... pero solo porque tus ojos se tienen que adaptar. Pero ya basta de hablar de esto, dime qué fue lo que viste — Le ordeno sentándose a la mesa.

Lucía: ¿No tendrías que también hablarme de la horrible experiencia que tuve allí?

Sarah: Mira. Como ya te había dicho todo mundo piensa que las Moiras son criaturas malévolas con apariencia extraña que lo único que hacen es jugar con la vida de las personas. Pero tú y yo sabemos que eso no es así... ¡Lo acabas de admitir! Y eso me deja muy contenta pero el problema es que no puedes ir y decírselos así nada más porque nadie va a creerte. Es por eso que te escondí detrás de los arbustos. No te lo dije antes porque no quería hacerlo.

Lucía: No importa... porque no pienso salir de aquí.

Sarah: ¿De qué hablas?

Lucía: ¡Me quedare aquí dentro! No pienso encontrarme nuevamente con esas personas.

Sarah: ¿Es una broma cierto?

Lucía: ¿Crees que bromeo? —señalo su rostro serio—. Yo no lo creo —finalizo y se marcho a su habitación.

Sarah ya estaba abriendo la boca para contestarle a su amiga pero ella ya había cerrado de un portazo la puerta de la habitación.

Sarah: ¡Ah! —Grito de rabia—...malditas personas... —Suspira profundo, apoya sus manos en el respaldo de una silla y levanta la mirada hacia el techo—. Lo lamento, Átropos. Te prometí que haría lo posible para solucionar todo esto...no te fallaré, haré de Lucía una gran heroína.

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