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Capítulo 2

Cuando finalmente entendió la manera de conseguir un impacto que los liberase de la prisión onírica, no le importó el hecho de que estuviera soñando. Saltar del techo de la secundaria no era, ni sería —jamás— una opción a considerar en la vida real.

—¿Seguro que debemos hacer esto?

No era una chica que sufriera de vértigo pero en ese momento sí lo padeció. El estómago se le revolvió de solo pensar que tendrían que saltar.

—¿Y si morimos? ¿Y si siento cómo se rompen mis huesos? ¿Y si...?

—¿Y si mejor salimos de aquí? —le interrumpió Atticus con sorna. Chasquea la lengua—. No sentirás nada, lo prometo. Es un sueño.

Confiaba en ellos, siempre lo había hecho, pero ahora dudaba enormemente. ¿Y si estaban equivocados? ¿Y si esto era lo que pretendían los Oniros; morir en sueños para provocar que su corazón se detuviera de súbito?

Fue cuando Matt tomó su mano y le sonrió, esperando que eso fuese suficiente como para darle el valor que necesitaba. Y lo fue. Sentir su seguridad, su apoyo, fue lo justo y necesario para que Sarah perdiera el miedo y decidiera saltar.

—¿Listos? —Atticus tomó distancia; su postura como la de un atleta esperando a que dieran la señal—. ¡AHORA!

Corrieron por la azotea hasta que sus pies dejaron de percibir el sólido concreto y se encontraron flotando en el vacío. El suelo estaba cada vez más próximo y cuando sus pies impactaron contra el césped, percibió una descarga eléctrica atravesar su cuerpo. Una sacudida violenta y vigorosa que la obligó a despertar de un salto.

Los tres estaban tirados en el suelo del corredor como en su sueño.

Ni torpe ni perezosa Sarah se cubrió la boca y entró al salón en busca de las hojas de néctar. Todos los presentes dormían profundamente sobre los pupitres, menos la Señorita Fancy quien yacía a los pies del pizarrón con una tiza entre los dedos.

Tomó su mochila y corrió de regreso con los suyos. A cada uno le entregó una hoja ambarina cuya textura era similar a la de un caramelo, y su dulzor se asemejaba al de la miel. Aunque en el fondo tenía un leve sabor a eucalipto y salvia.

Mientras corrían por los pasillos se percataron que todo el instituto cayó presa de los Oniros. No había una sola persona que estuviese despierta por lo que dedujeron que el perfume de las amapolas debía viajar por los ductos de ventilación. Sólo así llegaría a todas partes por igual.

—¡Sabía que había algo raro con ese sujeto de la entrada! —bramó Matt con la furia a flor de piel.

—¡Es muy tarde para lamentarlo ahora! Hay que encontrar a los demás.

En su trayecto, Atticus encontró la habitación del conserje. Abrió la puerta y descubrió que sus sospechas eran ciertas. Una cápsula de cristal cubría una jardinera de brillantes amapolas de todos los colores. En la cúspide una manguera ascendía hasta la rejilla de ventilación. El aroma a las amapolas era tan concentrado que podía verse su fragancia recorrer las paredes del tubo.

Desbarajustaron el invento de los Oniros y se aseguraron el despertar voluntario de todos en el instituto. Aunque sus "buenos días" no serían inmediatos. Y dados los hechos, ni Logan, Josh o Lucía podrían escapar de sus prisiones por voluntad propia. Eso les concernía a los guardianes.

Decidieron dividirse. Sarah iría por Lucía mientras que los chicos irían por Logan y Josh.

—Ten cuidado.

Sarah extrajo de su mochila un cuchillo de brillante hoja y empuñadura; tan dorada como el mismísimo sol y tan reluciente como un espejo.

—No te preocupes. Tengo a Estigia —le guiñó un ojo y echó a correr en dirección opuesta a la de ellos.

Ya a un par de metros de distancia del salón del Señor Smith pudo captar los gritos desgarradores por parte de Lucía. Si podía oírla, si ella podía gritar significaba que estaba despierta.

«¿Cómo? ¿Cómo logró encontrar un impacto?»

El alma se le vino al piso al recordar el principal motivo por el cual su amiga sería capaz de romper con la prisión onírica.

Aceleró la marcha y empujó la puerta del salón con ímpetu. Lucía yacía en el suelo retorciéndose de dolor, mientras el resto de sus compañeros dormía plácidamente en sus asientos.

—¡Lucía!

Se arrodilló a su lado y sólo entonces comprendió lo grave de la situación. Le tomó la mano y reprimió el deseo de llorar.

—Está bien. Todo estará bien —repitió una y otra vez hasta que ella misma se lo creyó.

—¡S-Sarah! —jadeó. Sus ojos se iluminaron al ver una cara conocida—. Mi...Mi cabeza. Duele... mucho... Siento... Siento que va a explotar —aulló de dolor. Apretó la mano de su amiga con tanto esmero que percibió cada uno de los huesos que la componían.

—No pasará nada malo, lo prometo. Todo irá bien.

Todo irá bien.

Todo... irá... bien.

Su voz se volvió un susurro distante cuyo eco se perdió en el vacío de su conciencia.

Sombras negras como las alas de un cuervo se cernieron sobre sus ojos. Primero todo fue oscuridad, luego penumbra y al final el negro se escuece de su mirada y permite ver el brillo de una enorme esfera en lo alto del cielo. La luna llena resplandece majestuosa en el vasto lienzo de la noche.

Sus dedos se movían con suavidad sobre la superficie en la que estaba recostada. La textura no se parecía en nada al frío suelo de baldosas del instituto. Enterró las uñas percibiendo como estas se deslizaban con facilidad por entre la tierra.

Tierra.

Se sentó de un tirón. El corazón le retumbó en los oídos y el efecto látigo le sacudió la cabeza con violencia. La desorientó por un temible instante; el vómito queriendo ascender por su esófago.

Observó con desconcierto su alrededor. Un aliento contenido en su pecho.

Inmensos árboles de al menos unos quince metros se alzaban por encima de ella hasta rodearla.

Estaba en un bosque pero, ¿cómo había llegado allí? No podía recordar absolutamente nada y lo peor de todo: estaba sola.

Recordó el eco de la voz de Sarah retumbando en las paredes de su cráneo. Su cálido tacto, su apacible voz intentando transmitirle calma...

¿Adónde había ido? ¿Por qué la dejó sola? Y sobre todo ¿Cómo fue a parar a un bosque... de noche?

Se colocó de pie. El frío nocturno sopló hasta calarle los huesos. Se abrazó a sí misma para transmitirse calor pero más que nada para mantenerse erguida.

El miedo le destrozó el estómago. Se escurría en su sangre como veneno y temía que dentro de poco le atrofiara la mente. Necesitaba con urgencia buscar una salida. Tenía que alejarse del bosque y encontrar una carretera donde hubiese alguien que la ayudara a volver a casa.

Anduvo por entre los árboles prestando atención a su entorno. No había hojas en el suelo, solo ramas y raíces. El verde del follaje resplandecía bajo la luz plateada de la luna. Aquella escena le recordó a los días de verano. Cuando salía de campamento con su padre y acostumbraban a recostarse en el suelo a ver las estrellas.

Llamó a Sarah por su nombre. Luego intentó con Atticus y Matt. Solo quería encontrar a alguien que le explicara cómo y en dónde estaba.

De pronto, el grito desgarrador de una persona le arañó los oídos. Soltó un respingo y el frío hielo del miedo le recorrió la columna vertebral hasta paralizarle las piernas.

Su cabeza se movió en todas direcciones buscando la fuente del grito, pero por más que intentara hacerse la valiente, dentro suyo sabía que no le interesaba saber qué o quién había gritado de ese modo.

Las rodillas le chirriaron corroídas por el óxido del pánico. Un latido le bastó para que sus piernas reaccionaran. El movimiento fue lento, casi que doloroso, pero una vez agarró el impulso necesario no se permitió mirar atrás. Quería huir lo más pronto posible.

Otro grito de dolor apareció de la nada haciéndola chillar del susto. Corrió en dirección opuesta con la esperanza de alejarse de lo que sea que estuviese allí, sin embargo a medida que seguía corriendo, más gritos seguían apareciendo.

Gritos de dolor, de sufrimiento, de agonía. Otros parecían gritos de guerra, de violencia, de odio, de rabia.

Las risas desentonaban con el escenario. Risas de diversión, oscuras, siniestras. Risas que le causaron escalofrío.

El bosque rápidamente se llenó de gritos, risas y voces. Parecía un bosque encantado sacado de alguna retorcida película de Hollywood. Los árboles habían tomado un tinte macabro. Las ramas se transformaron en feroces garras y las cortezas escondían caras malvadas que aguardaban el momento oportuno para engullirla.

El follaje de los árboles se cierne sobre ella. Pareció crecer; expenderse hasta bloquearle el paso. Hasta que tuvo que emplear sus manos para alejar las puntiagudas hojas de los pinos.

La luna desapareció entre las garras de la oscuridad. Un sollozo escapó de sus labios. La angustia consumiéndola por dentro hasta quebrarla. Entonces, un brillo peculiar, como los ojos de un gato, la tomó por sorpresa. A medida que se iba acercando más sentido le encontraba. Era fuego. Una llama en medio del bosque.

Una antorcha. Dos para ser exacta. Ambas enmarcan una gran entrada de piedra.

La abundante luz de sus llamas hizo que la esperanza creciera dentro de ella. Cabía la posibilidad de que hubiese llegado a una ciudad o a un pueblo. No se detuvo a pensar por qué en medio de Ástrapi alguien construiría una muralla y colocaría antorchas para delimitar la entrada principal. Solo pensó que podría encontrar gente. Alguien que le explicara en dónde estaba y, quizás, deducir cómo había llegado allí.

Apenas escapó del bosque la entrada se disolvió frente a sus ojos. Sus pies saltaron de la tierra y aterrizaron sobre piedra.

Un círculo de columnas rodeaba la plataforma en la cual estaba parada. Braceros de llama azul brillaban para iluminar el claro. A sus pies la piedra desvelaba marcas circulares que rodeaban en su totalidad la superficie. Doce círculos que flameaban en la noche escondían en su interior diversas figuras.

Como si unas manos envolvieran sus ojos, Lucía es arrancada de la escena y arrastrada consigo a un carrusel de imágenes fugases. Criaturas horrendas, rostros desenfocados, atuendos anticuados y exagerados. Agua, fuego, aire, tierra. Todos los elementos luchando contra sí. Espadas rozando entre sí; flechas y lanzas que vuelan por doquier como lluvia de verano.

El agua lo consume todo. Olas gigantes se adentran en el bosque hasta ahogar las chispas. Unos penetrantes ojos azules reflejan la furia contenida del océano. La venganza aúlla de éxtasis y brilla en sus pupilas.

Hay un grito. El filo de una espada desgarrando la piel. El último aliento perdiéndose en la soledad de la noche.

Y alguien llora.

Una mano se alza en el aire y la luz blanca baña su piel beige dándole un aspecto tétrico.

Sus oídos logran captar una voz. Demasiado lejana, demasiado distorsionada como para comprenderla. Entonces, con el sonido de un rayo, la escena cambia. Está en un templo, mejor dicho, las ruinas de un viejo templo. Hay columnas derruidas y algunas que todavía soportan la fachada de lo que alguna vez fue un techo. El suelo es de bloques de arenisca y en el centro hay un pedestal de roca. De este parecía querer emerger algo, pero antes de que pudiera ver qué era una mano invisible la arrebató del lugar. Los campos verdes sustituyen al bosque, la luna da paso al sol. Y hay risas y vida. Gente joven yendo y viniendo; peleando, comiendo, nadando.

Todo gira de forma abrupta y hay sangre en el suelo. La desgracia navegando en el aire, arrastrando consigo el perfume de la muerte.

Hay personas luchando, criaturas extrañas rugiendo. Hombres con armadura y togas y mujeres con impresionantes vestidos y armaduras que apenas cubren las áreas críticas.

Y se lee la rabia en sus rostros, el agotamiento en sus cuerpos. Una batalla infinita cuyo desenlace parece estar llegando. La esperanza creciendo en sus pechos, las últimas fuerzas emergiendo de su voluntad.

Se alza una pared gigante. Una caligrafía envidiable escrita en la roca. Sus letras brillando con el color del amanecer.

Percibe el egoísmo, el odio, el recelo, la ingenuidad, la traición.

Su cuerpo se vuelve un receptor de sentimientos. Su mente un visor de imágenes. Y todo ocurre tan rápido, todo es tan vertiginoso que se siente abrumada. Tiembla, no, se sacude como si estuviese sufriendo un ataque. Ya no sabe qué emociones son de ellas ni qué imágenes pertenecen a su memoria. Su mente se vuelve un caos, un huracán de sentimientos y sensaciones.

La desesperación comprimió sus entrañas hasta encontrar una salida por medio de su garganta. Explotó por medio de un grito. Gritó con todas sus fuerzas deseando que aquella pesadilla terminara de una vez.

Entre sus gritos y las voces continuas logró captar la voz de otra persona.

Sarah.

Lucía comenzó a llamarla por su nombre, cada grito más fuerte que el anterior hasta casi perder la voz. Pero tal parecía que Sarah no podía oírla.

Lágrimas de impotencia rodaron por sus mejillas. Ya no sabía qué hacer para salir de aquella pesadilla cuando algo en su mente reventó; como dos piedras chocando entre sí.

Crack.

Contuvo el aliento. Su cuerpo se paralizó de pies a cabezas. Un sudor frío se deslizó por sobre su piel trigueña.

Algo en lo más recóndito de su ser se desbloquea. Una sensación extraña embargó su cuerpo con extremo vigor, valiéndose de su sangre para llegar a cada rincón.

Fue como un antes y un después. Una puerta que se abría para ella; una puerta que nunca había notado pero presentía que siempre estuvo allí.

La sensación era cálida, acogedora, bien recibida por su cuerpo. Y era poderosa, avasallante. Avanzaba prepotente llevándose consigo cualquier dolor y tensión.

Y así como así despertó.

—¡Lucía!

El rostro inconfundible de Sarah apareció de la nada. Sus ojos estaban bien abiertos y podía verse la preocupación en ellos.

—¡Por Zeus! ¿Te encuentras bien? ¿Qué sucedió?

Sarah se quedó esperando por una respuesta. Lucía quería explicarle su experiencia, lo raro de su viaje mental, pero todo había sido tan confuso y repentino que ni siquiera podía poner lo ocurrido en palabras. A duras penas podía ordenar los hechos.

—Yo no... Sarah... —Su respiración comenzó a hacerse más lenta al igual que su pulso. La vista se le nubló y la cabeza le dio vueltas. En menos de un segundo su mundo se volvió completamente oscuro.

—¿Lucía? ¡Lucía! —La tomó por los hombros y comenzó a sacudirla para reanimarla. Esto no podía estar pasando. Ella no podía desmayarse—. ¡No, Dioses! ¡Por favor despierta! ¡Despierta! 



El cuerpo de Epiales, aquella mezcla de belleza masculina y femenina, mutó y se transformó en un ser horrible y macabro producto de alguna pesadilla.

La piel le escurrió como si se le estuviese pudriendo, descascarándose cual cáscaras de huevo. Y olía a muerto. A cadáver viviente.

Su cabeza se alargó y ensanchó hasta adquirir la apariencia de un lobo. Dos cuernos enormes emergieron de entre lo rapado de su cabello hasta terminar en afiladas puntas. Las pupilas se le dilataron y se expandieron hasta cubrirle todo el ojo. Perdió los párpados y adquirió dos bochones negros que les miraban con deseo.

Músculos aparecieron a lo largo y ancho de su cuerpo hasta darle la apariencia de un físico culturista metamorfoseado en macho cabrío.

Su piel se convirtió en una obsidiana recubierta por pelos que chorreaban un líquido amarillo y espeso.

Los dedos se le volvieron huesudos y largos terminando en afiladas garras que con un solo toque podían cortar una cabeza humana. De su boca emergen colmillos igual de peligrosos y salvajes, relucientes por la baba que le escurría. Y una lengua larga y bípeda como la de una serpiente.

Su cola se agitó por detrás. La apariencia les recordó a la de una cascabel, pero en lugar de un cascabel era un mazo con púas que destilaba una peste insoportable.

Aquella criatura los miró con hambre, anhelo desmedido. En sus pupilas se leía su salvajismo, su deseo de aniquilar. Espuma emergió de su boca y les recordó a un perro rabioso.

Soltó un rugido mucho peor que el de un león o el aullido de un lobo. No era un sonido animal. Era peor.

—¡CORRE!

Corrieron tan rápido que de haber estado en una calle de tierra habrían levantado una polvareda. Sin embargo, aquella criatura ni se inmutó. Permaneció inmóvil en su lugar, concediéndoles unos segundos de ventaja antes de comenzar la cacería.

Atravesaron cuanto pasillo encontraron. Su meta era encontrar una salida.

Entraron a un salón de clases. Josh intentó mover el escritorio para bloquear la entrada cuando Logan le hizo notar las ventanas. No había rejas y eran amplias, lo suficiente como para que escaparan por allí. Pero por más que lo intentaron la perilla no cedió.

—No abre —gruñó Josh, aplicando una fuerza descomunal sobre la perilla.

—Te lastimarás. ¡Ya Déjalo! —demandó y Josh se alejó de la ventana exhausto. Su pecho subía y bajaba acompasando sus jadeos.

—No lo entiendo.

—Esta cosa no es normal. ¡Nada para nosotros es normal!

—¡Lo era hasta ayer!

Un rugido mezclado con el aullido de un lobo reverbera en los pasillos vacíos.

El corazón se les aceleró de pronto, la adrenalina corriendo a velocidad supersónica en sus cuerpos.

—Hay que salir de aquí.

Corrieron fuera del salón. Una clase no los protegería de aquella bestia pero al salir al pasillo se sintieron más expuestos que antes. Se cuestionaron entonces cómo lo habían logrado Matt y Atticus. Cómo habían logrado enfrentarse a tanto monstruo sin perder la cabeza. Sin sentir que los nervios acabarían con ellos antes de que la criatura lo hiciera.

Encontraron la puerta principal y como era de esperarse la misma tampoco abrió. Josh la pateó del coraje y a pesar de la adrenalina pudo sentir una leve molestia en el pie.

Logan lo tomó del brazo y lo arrastró consigo lejos de la entrada. Corrieron por los pasillos observando en todas direcciones. Buscando una manera de salir del edificio. Entonces algo crujió sobre sus cabezas. Las placas de yeso se hundieron como si algo demasiado pesado intentara caminar por encima de ellas. Las vigas se doblaron cual plástico hasta ceder. Yeso cayó hasta hacerse añicos en el suelo y entre medio de la polvareda emergió el híbrido de Epiales.

Ahogaron un grito en sus gargantas. Sus miembros no parecían obedecer la orden de sus cerebros. Con un leve retardo echaron a correr. Esta vez el monstruo los siguió por los pasillos. Su respiración parecía un gorgoteo, un sonido gutural, anormal.

Estiró uno de sus brazos y éste se convirtió en un tentáculo gigante que atrapó a Logan por el tobillo. Jaló hacia atrás y Logan se estampó de bruces contra el piso. Todo su esqueleto se sacudió y por un instante perdió la conciencia. Fue un segundo pero lo vivió como una eternidad.

—¡Suéltame! —se retorció e inútilmente intentó aferrarse a las baldosas. Sus uñas se deslizaban como si nada por la superficie lisa. La desesperación se albergó en su pecho y le revolvió el estómago—. ¡Josh, ayúdame!

Las zapatillas de Josh chirriaron en el suelo pulido. Perdió el aliento al ver como Logan era arrastrado directo a las fauces rabiosas de aquella criatura espantosa. Su lengua bípeda danzaba en el aire casi que cantando una alegre melodía, deleitándose con el aroma de una presa fresca.

Nunca había sido bueno para mantener la calma y pensar antes de actuar. Era impulsivo y tosco y en general siempre era un desastre, pero un desastre con suerte.

—¡Hoy no habrá almuerzo!

Tomó a Logan por los brazos y lo jaló hacia sí. No importaba cuánta fuerza aplicara, el híbrido de Epiales lo superaba con creces. Sus pies se deslizaban como si estuviese montado en una patineta.

A pesar de todo Logan no dejaba de luchar. Sacudía su pierna con tal violencia que temió dislocarse el tobillo. Pero si eso lo ayudaba a liberarse seguiría intentándolo. De pronto, las ventosas que se adherían al dobladillo de su pantalón se transformaron en dientes. La tela de sus jeans se rasgó y la rueda dentada se clavó en su piel con ferocidad. El dolor vino en oleadas intermitentes que viajaban por su pierna y le sacudían la médula. Su cuerpo sucumbió ante el dolor infernal y por un instante dejó de luchar.

Conforme gritaba, los dientes se hundían más en su carne hasta llegar al hueso.

La sangre comenzó a emanar como una canilla abierta. A su paso una mancha de sangre empezaba a formarse en el suelo.

El pensar que podía perder a Logan como lo hizo con Matt le desgarró el alma a Josh. No quería perderlo. No lo dejaría morir.

Soltó las manos de su amigo y comenzó a mirar a su alrededor en busca de alguna cosa que pudiese ayudarlo.

Los gritos de desesperación de Logan lo alteraron un poco. No había sido su intención soltarlo pero necesitaba encontrar algo con que ayudarlo a escapar.

Encontró lo que buscaba en un set de emergencia. Rompió el cristal con el codo. Una alarma de emergencia sonó en el recinto. Josh tomó el hacha y corrió hacia el monstruo. De un solo movimiento logró cortar el tentáculo y liberó a Logan de su prisión.

Epiales soltó un alarido y el fuego se encendió en su mirada. El tentáculo se retrotrae hasta transformar de nuevo en un brazo. Un brazo incompleto que chorreaba sangre espesa y negra.

Esta vez Epiales se aseguraría de que ninguno de los dos viviera.

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