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Capítulo 1


14 de mayo de 2012. Diecisiete años después.


— ¡Buenos días ciudad de Ástrapi! El pronóstico del clima anuncia un fascinante día para actividades al aire libre. Alegremos aún más esta mañana con It's time de...

La radio se encendió automáticamente a las siete de la mañana como todos los días. Y como todos los días, Lucía ya estaba despierta desde antes. Estaba tendida sobre la cama, una rodilla flexionada, su brazo izquierdo descansando en su frente y la vista clavada en lo arrugado del techo.

Desde los nueve años padecía fuertes migrañas que, en los últimos tiempos, habían empeorado hasta el punto de arrebatarle el sueño. Los médicos estaban desconcertados con su diagnóstico. No entendían cómo una joven de dieciséis años, sin antecedentes familiares, ni anomalías genéticas o tumores, sufriera de esa manera.

Las pastillas eran lo único que le permitían conciliar el sueño y lucir como una persona decente a la mañana siguiente. Eso si las pesadillas no la despertaban en medio de la noche. Ocasionalmente solía tener sueños que no recordaba al abrir los ojos, pero que le dejaban una sensación de escalofrío en el cuerpo.

A veces recordaba pequeños fragmentos, como piezas de un rompecabezas, que dibujaba con la esperanza de identificar aquello que la perturbaba. Sin embargo, nada de lo que plasmaba en la hoja tenía sentido para ella.

Así que sí, también empezó a tomar pastillas para dormir. Aunque por alguna razón desconocida, siempre despertaba media hora antes de las siete.

Se levantó con la pereza característica de los últimos días de clase. Tomó dos pastillas para la migraña e inició su ritual de aseo.

Tomó una ducha rápida para quitarse la pesadez que las sábanas dejaron en su cuerpo.

Se vistió con unos jeans oscuros, zapatillas de cuello alto y una blusa holgada.

Tomó el secador y un cepillo para darle vida y movimiento a sus ondas naturales cuando, de pronto, percibió una fuerte puntada en la base del cráneo. Manchas blancas como flashes de cámara salpicaron su visión en razón de segundos. El susto la llevó a golpearse la espalda contra algo, sus manos liberan el peso muerto que cargan.

El cepillo cayó en el lavabo con un ruido sordo y el secador dentro de la tina vacía.

Estaba agitada, asustada. Encontró a tientas la pared y se deslizó contra ésta hasta tocar el piso. Se llevó las manos a la cabeza; el pánico la consumió cual serillo encendido. 

Respirar se convirtió en una acción imposible. ¿Estaba teniendo un ataque de pánico?

La visión se le nubló por un vertiginoso instante, volteando su mundo hacia un costado. Los colores incrementaron su intensidad hasta el punto en que se volvieron condenadamente insoportables para sus córneas. 

Apretó los párpados con fuerza. El fulgor monocromático se vertió cálido contra la piel de su rostro, convergiendo alrededor de su cuello. Penetró directo en las cuerdas vocales hasta corroerlas por completo.

Su mente se desconectó en un latido. Un largo y prolongado latido que la llevó a contener el aliento. Y así como si nada se detuvo. 

La comprensión en su garganta desapareció, sus pulmones encontraron el camino por donde ingresar aire, y su cabeza —los tornillos que intentaban perforarle el cráneo a razón de fuerza bruta— se distendió, convirtiendo el dolor en un amargo recuerdo del pasado.

Intentó regular la respiración. Nunca había experimentado nada parecido y la experiencia no había sido en lo absoluto reconfortante. Temerosa de volver a transitar por lo mismo decidió no correr riesgos y bebió dos pastillas más.

Tomó el secador de dentro de la bañera y lo apagó. Con una toalla secó las gotitas que cubrían la carcasa de plástico y lo dejó en su lugar.

Se miró al espejo, una mejilla le temblaba y sus ojos escondían terror. 

Está bien. Está bien —repitió entre susurros, buscando la manera de olvidarse de lo ocurrido. Tomó el neceser y desparramó el maquillaje sobre el lavabo—. Todo está bien...

Aplicó un poco de sombra color durazno en los párpados y luego prosiguió con la máscara de pestañas. Por último, un poco de brillo labial.

Salió del baño y tomó la mochila. Apenas salió de la habitación pudo oler el magnífico aroma a comida recién horneada. Aceleró el descenso por la escalera al experimentar una sensación de vacío en la boca del estómago. Moría de hambre, y el olor a donas solo hacía que la saliva se le acumulara en la boca.

Arrojó la mochila en el sofá del living y se adentró en la cocina como un lobo hambriento.

Sorprendió a su padre espolvoreando las donas con toneladas de azúcar impalpable. Saltó sobre su espalda, gritando cerca de su oído para asustarlo. Partículas blancas como talco volaron por todas partes.

—¡Lucía! —Le regañó su padre, riendo al final junto con su hija—. Solo por esto no tendrás donas.

Lucía escondió las manos detrás de la espalda y agachó la cabeza apenada. Aguardó a que su padre mordiera el anzuelo y cuando bajó la guardia se lanzó a la casa de una rosquilla.

—¡No!

Sus manos se enzarzaron en una batalla que terminó por llenar sus dedos de azúcar y una dona en manos de Lucía.

—¡Ja! —Se llevó la rosquilla a la boca y le sonrió con picardía. Su padre rodó los ojos y la mandó a volar lejos.

Lucía tomó asiento y con el dedo limpió el enchastre de azúcar de los labios. Se sirvió un poco de café y rellenó el resto de la taza con leche descremada. De fondo podía escuchar el canal de las noticias que su padre siempre veía por la mañana.

Los geólogos están desconcertados por la inusual actividad volcánica que se presenta a esta hora en la Cadena de Montes Submarinos Hawái-Emperador. —Comentó el periodista—. En las últimas semanas se han registrado lecturas poco usuales para esta parte del Cinturón de Fuego.

»Cabe destacar que desde hace meses se han producido fenómenos inusuales a lo largo de toda la Placa del Pacífico. Los geólogos...

Lucía alzó la vista al pequeño televisor que había sobre la mesada de la cocina. Las imágenes eran más que fascinantes. Se podía ver lava emergiendo bajo el agua, de un rojo-anaranjado fosforescente cayendo por la ladera. Las explosiones que se producían en la superficie le quitaban el aliento. Nunca había visto algo igual.

Se estima que uno de los volcanes emergerá a la superficie en aproximadamente dos meses, cuando debería haber tomado unos cientos de años.

—¿No te parece espectacular?—dijo sin apartar la vista de las imágenes.

—Sí, algo.

Como era de esperar su padre no hallaría nada fascinante o que requiriera de mucho esfuerzo mental hasta su segunda taza de café.

Lucía apoyó el puño bajo la barbilla y se permitió contemplar a su padre. Él se reclinó en la mesada, sus ojos castaños veían las noticias en el televisor mientras bebía una buena taza de café instantáneo.

Su piel trigueña brillaba como oro bajo la luz que se colaba por la ventana. Era guapo, mucho. Con un poco de ejercicio lograría que sus músculos se vieran tonificados. Eso sumado a su inteligencia, carisma y excelentes dotes culinarios lo convertían en el hombre perfecto.

Hacía tiempo que no salía en una cita. Mejor dicho, hacía tiempo que no buscaba una cita. Tal vez era hora de que volviera a intentarlo. Dentro de un año entraría a la Universidad y no quería dejarlo solo en una casa tan grande como esa. Merecía ser feliz con alguien a su lado luego de que su madre eligiera su profesión por encima de su familia.  

Sam solía contarle a su hija que el trabajo de su madre Aisha era sumamente demandante y arriesgado. Por ello debió alejarse de su familia para no ponerlos en peligro. Una explicación un tanto vaga que con el paso de los años fue tomando forma, sin embargo no era suficiente para Lucía. Eran confusas y no satisfacían su comprensión, en especial cuando veía cuán enamorado seguía su padre. Cuando hablaba de su madre lo hacía con un cariño extremo, el anhelo de volver a verla en cada suspiro. Y la opacidad de su aura emergía para succionarle la energía.

Optó por dejar de preguntar aunque en el fondo deseaba tener una respuesta concisa. Algo que le hiciera sentir afecto u desprecio por la persona que los abandonó.

Tal parecía que aquella mañana Sam se había despertado pensando en su amada esposa, porque la chispa que se albergaba en sus ojos se había extinguido, llevándose consigo lo mejor de él.

—¿Estás bien, pá?

—¿Por qué no habría de estarlo? —Forzó una sonrisa y se sentó a desayunar con su hija.

No, definitivamente no lo estaba. O tal vez era solo su imaginación. Ambos eran buenos para ocultar sus emociones cuando se lo proponían, y este no parecía ser el caso...

¿Qué tal si la escuchó en el baño y estaba esperando a que ella dijese algo? Sabía cuánto él sufría cada vez que ella padecía migrañas. Y la de hoy, esta había sido particularmente distinta. No. Extraña. Jamás en todos estos años había experimentado cosa semejante y no tenía intención de volver a repetirla.

Sería mejor guardar silencio y fingir que nada había ocurrido. De esa forma su padre se tragaría el cuento y ya no se sentiría tan abrumado.

—¿Te levantaste con hambre hoy?—expresó su padre con ojos asombrados. La taza de café humeaba en su mano—. Pareces aspiradora.

Lucía se detuvo, la dona a medio camino de sus labios. Sus mejillas estaban inflamadas por la cantidad de comida almacenada en su boca. Si le tomaran una foto se vería igual a una ardilla.

Cuando estaba estresada comía de más. La ansiedad picaba en su estómago y la obligaba a comer más de la cuenta. Todo lo contrario a cuando estaba nerviosa, donde su garganta se cerraba hasta formar un orificio de dos centímetros. Cualquier cosa que intentara comer no pasaría por allí.

Contempló la rosquilla en su mano. Apenas quedaba un cuarto de ella. Soltó una risilla y con ayuda del jugo empujó la bola de masa frita directo al estómago.

—Lo siento. Estoy ansiosa por el examen de hoy—mintió. Ni siquiera ella misma entendía qué le pasaba.

—Tranquila, te irá bien. Estudiaste todo el mes.

—¡Por eso! Necesito sacar esta información de mi mente antes de que explote.

Diez minutos exactos después de las siete y media, la bocina de un auto se escucha desde la calle. Su padre frunce el ceño, formando una arruga profunda en su frente. Camina hasta la ventana y al correr la cortina descubre un auto plateado esperando en su entrada con el motor encendido.

—Parece que alguien se cayó de la cama hoy—bromeó.

Lucía tiró el plato y el vaso al fregadero, abrió la canilla para lavarlos pero su padre la detuvo antes de que pusiera jabón a la esponja.

—Yo lo hago— se ofrece amablemente—. El que Sarah llegue temprano es un acontecimiento importante. No la hagas esperar.

Lucía ríe por lo bajo. En general Sarah no se jactaba por ser puntual en la vida. Siempre llegaba tarde a recogerla, lo que enloquecía a Lucía. Llegaban a tiempo, sí, pero sobre la hora. Una pinchadura, un embotellamiento y se ganarían una amonestación por llegar tarde.

Por eso adoraba los períodos de prueba. Los nervios de Sarah la volvían más que puntual, la última vez llegó quince minutos antes a recogerla.

Lucía se despidió de su padre en la puerta de entrada.

Sarah no dejaba de tocar la bocina. Cada paso de su amiga era un bocinazo.

—¡Ya para!

—¡Necesito repasar antes de entrar a clase! ¡Sube rápido!

Lucía abrió la puerta del auto y le sonrío con sorna a su amiga.

—Pues debiste estudiar antes.

⚡⚡⚡

Ambas jóvenes vivían en la tranquila ciudad de Ástrapi, muy cerca de San Francisco, California. Las casas suburbanas descansaban a los pies de las colinas, rodeadas por la fauna y flora silvestre. Los suburbios se jactaban de ser un ambiente tranquilo y familiar donde la contaminación sonora era un mito y los problemas parecían no tener cabida. Eran un mundo aparte, donde las preocupaciones eran cosa de la ciudad.

De camino a la secundaria, Lucía analizó el auto de su amiga. El asiento trasero estaba plagado de fotocopias y cuadernos con un arcoíris de subrayado. También encontró vestigios de una caja de jugo de naranja a medio beber y migas a los pies del asiento del copiloto. Debió haber desayuno en el auto de camino a recogerla.

Contempló a su amiga, la cual conocía desde los cuatro años y para entonces la interpretaba como a un libro abierto. Ninguna de las dos podía esconderle nada a la otra porque de inmediato olían la mentira.

Su menudo cuerpo estaba más flaco de lo que recordaba. Juraría que su clavícula no sobresalía de aquella forma una semana atrás.

Los exámenes ponían a Sarah de cabeza pero en su vida le vio tan mala pinta como ahora. Su piel morena parecía más clara, tal vez el tono enfermizo se debía a la falta de nutrientes y de sueño. Los enormes arcos oscuros que enmarcaban sus ojos no solían estar allí con frecuencia. Quizás porque las ocultaba con maquillaje y hoy, dado su apremio, olvidó hacerlo.

Desde los once años que Sarah venía experimentando trastornos del sueño. Apenas dormía por las noches, lo que provocaba un agotamiento severo en las mañanas y su bajo rendimiento en clases. Lucía intentaba ayudarla en todo lo que podía para aligerar la presión en sus huesudos hombros.

Por alguna razón, desde hacía mucho tiempo, sentía que Sarah cargaba con un secreto a cuestas. Algo que la perturbaba demasiado y por ello no dormía en las noches. Pero su regla era no preguntar si la otra persona no estaba dispuesta a contar. A decir verdad, esto era solo una teoría de su parte. Sarah nunca le dio el pie para creer eso. Lucía solo buscaba una respuesta para entender el estado catastrófico de su amiga.

Era tan bella, tan amable y simpática que no merecía verse de esa forma.

Le quitó una miga del cabello, enredada en sus bucles castaños. Por inercia Sarah se sacudió el pelo y luego lo estiró con los dedos para dejarlo con apariencia decente.

—Apenas tuve tiempo para peinarme—se lamentó por lo bajo.

—Ya te dije que no hace falta que lo hagas. Tu cabello luce espectacular siempre.

—Y también funciona como despensa de alimentos.

Ríen con sentimiento, llenando la cabina del auto con su buena vibra.

Aparcan en el estacionamiento delantero, el motor se apaga, el auto deja de temblar y la realidad llega a ellas de manera abrupta. La chispa de diversión en los ojos de Sarah se extingue y le da la bienvenida al nerviosismo nuevamente.

No era la única en estado catastrófico. La secundaria se había vuelto algo caótica desde el inicio del período de exámenes. Los estudiantes literalmente se movilizaban por todas partes acaparando los libros de la biblioteca.

Las gradas, las mesas de la cafetería, los laboratorios, cualquier cosa que tuviera asientos servía para aprender lo que debieron haber estudiado desde el primer semestre.

El mayor caos provenía de los estudiantes de último grado. Su futuro literalmente dependía de que les fuera bien en las pruebas si querían asistir a la universidad el año entrante.

El timbre aún no había sonado y todo mundo se movía de arriba a abajo, como si estuvieran en una feria.

El lugar estaba atestado de personas, considerando que la secundaria West Olympic se caracterizaba por ser una de la más grande en la región. Poseía un estilo muy similar a la Universidad de Yale, característica que los estudiantes adoraban por imaginarse que asistían a una de las mejores instituciones del país —aunque esta no fuese un campus.

En la entrada principal se podían ver a los diferentes grupos ensimismados en sus tareas diarias.

El aire que se respiraba ahí fuera era mucho más puro que el que debía de haber adentro, y eso era algo que Lucía conocía demasiado bien. Lo enrarecido del aire le provocaba migrañas atroces, obligándola a empastillarse para reducir el dolor.

Sarah caminaba a la par de su amiga con la mirada puesta en sus notas de biología. Cargaba con un cuaderno lleno de apuntes más varios manojos de hojas engrapadas. Se notaba a leguas el exceso de resaltador verde y amarillo. Parecía como si estuviera preparándose para dar un examen de ingreso.

—Lo harás bien. — Le animó Lucía.

El ruido que Sarah hacía con los papeles era irritante para sus oídos. Nunca la había visto tan nerviosa.

—Lo dice la persona que saca diez en todo—contraatacó, resaltando un par de notas más.

—Te resultaría más fácil si te organizaras.

—O tal vez me serviría una memoria fotográfica como la tuya.

Lucía suelta un resoplido y menea la cabeza.

—¿Qué tal asistir a clases, eh? Este año estuviste más ausente de lo que recuerdo. Creo que juntaste todas tus faltas de los años anteriores y las uniste en uno solo.

—No es mi culpa que mi organismo sea una máquina receptora de alergias— suelta, exasperada y se rasca la nariz por inercia.

—Creo que eres la única persona en el mundo alérgica a tantas cosas. Ya ni siquiera recuerdo las últimas veinte.

Una fuerte ventisca se despertó sorpresivamente, desprendiendo varias hojas de los árboles y los apuntes de las manos de Sarah.

— ¡Oh, vamos! —refunfuñó. Corrió en busca de sus anotaciones antes de que otra ventisca las arrastrara lejos de allí. Las tomó del piso con cierto malestar, arrugando el papel en forma significante. Demasiadas cosas sucedían ese día y el más mínimo de los contratiempos la sacaba de sus casillas.

Maldecía en voz baja a medida que recogía sus cosas cuando una mano, grácil y blanca como la nieve, toma del suelo el último manojo de hojas y se las extiende. Sus ojos café quedaron fijos en aquellas manos. La conocía perfectamente.

El vuelo de una mariposa comenzó a reproducirse en su estómago cuando se encontró con el rostro de Matt.

—Creo que se te cayó esto.

—Gracias. —Temía que el calor en sus mejillas fuese notorio. Tomó rápidamente sus apuntes y los acomodó de forma desprolija antes de esconderlos contra su pecho.

Sorpresivamente algo apretó su hombro y la arrastró hasta que su cabeza se unió contra el cuello de alguien. La misma situación ocurrió con Matt, quedando al final una bella imagen de tres mejores amigos.

—¡Ay, el amor!—canturrearon con anhelo—. ¿No es acaso la mejor cosa en el mundo?

—¡Ya basta, Atticus! —gruñó Matt, escapándose por debajo del brazo de su amigo.

—¡Como quieras! Aquí si hay alguien que me aprecia. —Se abrazó a Sarah de forma exagerada, subiendo la pierna hasta rozarla con la cadera de la muchacha.

Sarah se echó a reír y en el afán por querer levantar a su amigo ambos estuvieron a punto de caer al suelo. El menudo cuerpo de la joven no soportaba el metro ochenta de Atticus.

—¡Se van a matar ustedes dos! —dijo Lucía acercándose a la escena.

—¡Ahí está mi otra querida!—Atticus se acercó a la joven y la abrazó con la misma energía de siempre. Para Lucía era fascinante ver cómo una persona podía contener tanto humor, buena vibra, y todo el combo de cosas buenas.

Recordaba el día en que conocieron a ese par de sujetos que, si bien eran polos opuestos, se complementan hasta decir basta. Sarah era amiga de ellos, según dijo los conocía de sus clases de teatro. Hacía tiempo que ninguno de los tres asistía pero no perdían la oportunidad de incorporarse al grupo de la escuela.

Matt Aetós era el más centrado de los tres. Para tener dieciséis años lucía bastante maduro, comportándose como alguien de treinta. Compartía el mismo gusto que Lucía por la lectura. Cuanto más tiempo pasara aprendiendo cosas nuevas más completo se sentía. No obstante, tenía un humor bastante particular, inclinándose por el sarcasmo, el cual empleaba bastante seguido con Atticus.

Por su parte, Atticus Delfíni era el más infantil de todos, el bufón de la corte. Con diecisiete años cumplidos actuaba como de cinco. Bromeaba todo el tiempo pero a pesar de ello, cuando las cosas se tornaban serias, él también lo hacía. Aunque para lástima de Matt eso no ocurría muy seguido.

Atticus tenía la facilidad de ver el vaso medio lleno siempre. Alegraba a todos con sus ocurrencias pero su pasatiempo favorito era sacar a Matt de sus casillas.

—¿Y bien? ¿Qué aburrida materia condenará nuestro verano hoy?—habló Atticus al contemplar el abanico de papeles que Sarah apretaba contra el pecho.

—Biología—soltó Sarah con ojos de cachorro asustadizo.

—¿Qué esa no la tuviste la vez pasada?—preguntó Matt y Sarah meneó sus ondas castañas.

—Falté. La Señorita Fancy permitió que lo diera hoy.

—¡Estupendo!—vitoreó Atticus con emoción fingida—. ¡Los tres directo a la hoguera!

Matt le regaló una mirada de soslayo.

—Habla por ti— masculló y entonces su semblante se suavizó—. Oye, ahí viene tu novio. — Observa a Lucía y apunta con la barbilla en dirección a una camioneta Ford negro.

De la misma descienden dos chicos con sus inconfundibles camperas deportivas. Uno era el capitán del equipo de football americano, conocido por su impresionante talento en el campo y su conducta un tanto explosiva. El otro, lucía su casaca de capitán del equipo de natación.

Logan Wesley y Josh Tompson eran conocidos por ser los chicos más populares y deseados de la secundaria West Olympic. Conseguían todo lo que querían con un simple chasquido. Las chicas morían por ellos, incluso varios chicos fantaseaban con ser sus novios.

Si bien Josh era el más pedante de los dos, Logan no se quedaba atrás.

Logan Wesley disfrutaba de la continua atención que todo el mundo le brinda. Gracias a él y a su política de «no está permitido fracasar» el equipo de natación de la secundaria logró hacerse de nuevo con el primer lugar por tercer año consecutivo. Entrenaba día y noche, obligando a su equipo a dar lo mejor de sí, exprimiendo hasta la última de sus fuerzas con tal de llevarlos al límite para comprobar cuán dignos eran de formar parte de los Dolphins.

Su entrenamiento forjó su cuerpo de nadador; hombros y espalda ancha. De cabello castaño, piel blanca y ojos tan profundos como el mar azul.

Por otra parte, Josh Thompson era el típico chico fiestero que adoraba ser el centro de atención. Coqueteaba con toda chica que se le atravesara y siempre conseguía lo que quería. Pero su verdadera pasión era el deporte. El football era su vida, el aire que respiraba todo los días. Necesitaba de la competitividad. El deseo de enorgullecerse a sí mismo... o a alguien. Alguien que ni siquiera conocía.

El football le servía para descargar tensiones y liberarse de las continuas sanciones que Ulma (la subdirectora) le concedía producto de su afán por iniciar peleas en los pasillos.

Era fornido, atlético, de mandíbula cuadrada y pecas sobre la curvatura de la nariz. Le gustaba estar bien vestido, siempre al último grito de la moda. Invertía gran parte de su día cuidando de su imagen.

Lucía era consciente que nunca, en toda su existencia, Josh Thompson se fijaría en ella. Y tampoco es como si quisiera que lo hiciera. Su fama de casanova la intimidaba un poco. Si iba a iniciar una relación con alguien quería que solo tuviera ojos para ella.

No entendía cómo pudo enamorarse de alguien como él. Y entonces lo recordó. El chico popular de la secundaria no se parecía en nada al chico de los suburbios.

Matt era algo así como la persona de Josh—como Sarah lo era para Lucía y Atticus para Logan—, y dada la amistad que ellas tenían con Matt y Atticus, conocían a Josh y Logan desde la intimidad de sus hogares.

Tanto Lucía como Logan y Josh vivían en la misma cuadra. Se veían las caras todos los días y sus padres eran buenos amigos. Literalmente conocía a los verdaderos galanes de la secundaria más de lo que otras personas desearían.

Ninguno se mostraba como en realidad era en West Olympic. Parecían más humanos y no un proyecto de playboy.

Por eso se enamoró de él. De su versión verdadera.

Fulminó a Matt con la mirada por el comentario tan fuera de lugar que hizo, cuando su interior se retorcía de alegría por darle a Josh un beso de buenos días.

Tanto Matt como Atticus cruzaron miradas con Logan y Josh pero ninguno emitió palabra alguna. Ambos deportistas desviaron la mirada y continuaron caminando, haciéndoles viento al pasar junto a ellos.

Sarah y Lucía quedaron a medio centímetro de moverse, aguardando por un saludo que nunca llegó.

—¿Todo en orden?—preguntó Sarah, ocultando su sorpresa.

—Sí, todo bien. —Atticus se encogió de hombros, restándole importancia al tema—. Supongo que se levantaron con el pie izquierdo.

Ambos jóvenes rieron pero tanto Sarah como Lucía sabían que algo ocultaban.

El timbre resonó en el exterior con estridencia. Todo mundo se movilizó al interior como hormigas.

Los pasillos atiborrados de gente lentamente se vaciaban conforme los alumnos entraban a sus respectivas clases. Matt divisó a Josh en su casillero. No había nadie conocido alrededor que impidiera que ambos pudieran hablar.

Si bien no era el sitio adecuado, no había un momento ni lugar en específico para hablar de lo sucedido. Después de la charla de anoche las cosas entre ambos no habían quedado en buenos términos. Primero una fase de negación y luego ley del hielo. Estaba molesto con él, ambos lo estaban, y no era para menos pero nada de esto había sido su culpa.

Tragó duro y se armó de valor. Se aproximó a su amigo quien, al verlo, tensó los hombros y el verde de sus ojos se oscureció del coraje.

—Josh, en serio lo siento, pero tienes que entender que...

Josh prefirió ignorarlo, volviendo a su tarea de guardar libros en su casillero. No obstante, estaba tan irritado que hasta escucharlo le crispaba los nervios.

—¿Por qué mejor no te largas y me dejas solo? —soltó de mala gana.

Matt apretó los labios, sus hombros caen abatidos.

Sí, estaba más que molesto.

—No puedes enojarte para siempre conmigo. ¿Cuántos "lo siento" serán suficientes para que entiendas cuán culpable me siento? Yo no... Mis labios estaban sellados y...

Josh cerró el casillero con más fuerza de la necesaria. Matt soltó un respingo.

—¡Conozco la historia, Matt! Una vez me bastó para entenderlo todo.

—¿Entonces por qué te enfadas conmigo?

—¿Por qué? ¡Porque todo esto es una completa mierda! —Escupe con rabia. Su tono de voz se elevó una octava, Matt miró al rededor, sonriendo a los que pasaban a su lado para no levantar sospechas—. ¿Sabes cuántos tipos no merecen que yo muera para salvarles el trasero? Preferiría mil veces que esas... ¡cosas!... los mataran. Pero no. Yo soy el que peleará y muy probablemente morirá.

—No sabes eso.

—¡¿Eres idiota o qué, Matt?! Viva o muera a nadie le va a importar. Nadie va a saber el sacrificio que tuve que hacer para que el día de mañana toda esta prole siga viviendo sus patéticas vidas.

Matt se hizo para atrás, asombrado por lo tajante de sus palabras.

—¿Cómo puedes pensar de esa forma tan egoísta?

—¿Egoísta yo? —bufó y soltó una ligera carcajada—. ¡La única razón por la que nací fue para pelear en una batalla que ni siquiera es mi problema! Lo que soy es una maldición no una bendición, Matt.

—Sé que puede sonar mal pero en verdad...

Josh soltó un suspiro de exasperación y se golpeó el muslo para enfatizar su irritación.

—Mejor déjame solo, ¿quieres? Ya bastante tengo contigo y con lo que representas.

Se dio media vuelta y echó a andar por el pasillo con la mochila al hombro.

Matt hizo amago de querer seguirlo, no se escaparía tan fácil de él. Hoy era un día importante, el día que había estado esperando con tanto temor y entusiasmo. No permitiría que Josh se hiciera el dramático. Debía tenerlo bien vigilado, de lo contrario temía que pudiera cometer una locura.

Debía hacerle entender que no solo luchaban por la humanidad, también por su naturaleza. El mundo divino sucumbiría ante los titanes si ellos fallaban.

Estar muerto sería el paraíso.

De pronto, una mano se posó sobre el escuálido hombro del joven, apretando ligeramente. Matt tiembla bajo aquel contacto producto de la impresión. Al voltearse descubre el azul de los ojos de Logan viéndolo con severidad.

—Estoy de acuerdo con Josh. Déjennos en paz.

—Sabes que no fue nuestra culpa. Cumplimos órdenes.

—Órdenes o no se comportaron como basura. ¡Son nuestros amigos! Debieron de habérnoslo dicho. — Soltó un jadeo, consternado por la situación—. ¿Sabes qué? Ni siquiera nuestra amistad es cierta. No fue casualidad encontrarlos, todo fue planeado. ¡Nuestra amistad fue planeada!

Aquello tocó una hebra sensible en Matt que no permitiría que destrozaran.

—¡No confundas los tantos! —Exclamó tajante—. Los guardianes no deben formar lazos de amistad con sus protegidos, y sin embargo Atticus y yo lo hicimos. Rompimos la regla número uno porque ustedes representan más que simples protegidos para nosotros. Son familia.

Logan rodó los ojos y soltó un bufido. Ya no quería escuchar nada más.

—¡Lo único que quisiera ahora sería escapar de todo esto, y no puedo! No podemos huir. Así que sean tan amables de dejarnos solos al menos por el resto de la mañana, ¿De acuerdo?

Matt asintió benevolente. No era lo que quería pero entendía que no podía apresurar las cosas. Sus cerebros estaban saturados con una información tan histriónica que hasta él mismo dudaría de su veracidad.

—Está bien. Nos vemos después de clases.

—Bien—respondió Logan casi que a regañadientes. La carga que se asentaba en sus hombros lo estaba encorvando.

A medio camino, Logan se dio la vuelta para verlo.

—Por cierto, necesito que me hagas un favor. Cuando vuelvas con Atticus, dale una patada en el trasero de mi parte, ayer no pude hacerlo. —Le guiñó un ojo y desapareció entre los pasillos.

— ¡¿En serio?! —No podía creer lo que estaba sucediendo. Nada había salido como lo planeó. Y para peor la amistad que habían forjado ellos cuatro lo hacía mucho más difícil.

— ¿Qué está sucediendo?

Aquella voz apareció de la nada. Matt se dio de espaldas contra los casilleros, reproduciendo un irritante sonido a lata.

— ¿De dónde saliste? — Preguntó cuándo sus ojos se encontraron con los de Sarah.

—Tenemos la misma clase, ¿Recuerdas?—Guardó ambas manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros—. Así que... ¿Vas a decirme que es lo que pasa?

Matt copió el gesto de Sarah y escondió las manos en los bolsillos de su pantalón. No quería decirle la verdad, pero sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo. Se enteraría de todas formas.

—Le contamos la verdad a los chicos. — Soltó en un suspiro.

Los ojos de Sarah parecieron abrirse el doble de su tamaño.

—¿Estás bromeando, cierto? —un proyecto de sonrisa tiró de sus comisuras—. No hablas en serio.

La no respuesta por parte de Matt. Sus hombros caídos, la mirada evasiva, la culpa en su semblante, le dieron la pauta de que sí hablaba en serio.

— Creí que lo haríamos todos juntos. ¡HOY! —Hizo énfasis en la última palabra. Estaba irritada.

—Hum, no. Tú decidiste esperar hasta último momento para decírselo a Lucía. Nosotros debíamos decirle a Logan y a Josh con anticipación, para que lo asimilaran.

Sarah ladeó la cadera y se cruzó de brazos, frunciendo los labios en una mueca.

—¿Y por anticipación te refieres a ayer?

—Sabes que tienen una personalidad difícil. Si les decíamos antes probablemente huirían. ¿Y si se escondían? ¿Y si llegaban tarde al entrenamiento? Eran demasiadas variables qué considerar.

Sarah puso los ojos en blanco, soltando un leve suspiro. Admitía que se estresaba con facilidad, mejor dicho, los nervios hacían estragos con ella cada vez que sentía la presión de su trabajo. Sin embargo, Matt le ganaba por lejos. Siempre, todo el tiempo estaba preocupándose de lo que podría pasar. Pensando con minuciosidad el pro y los contras de cada situación. Moviéndose y actuando como un cirujano en plena operación. Y eso la terminaba abrumado.

Tenía bastantes cosas de qué preocuparse como para seguir discutiendo con Matt.

—Ya cállate —demandó—. Anda, vámonos.

Lo tomó del brazo y lo arrastró consigo al aula. Avanzaron dos pasos y retrocedieron de inmediato. Matt sintió como su hombro impacta contra un objeto duro y firme. Se detuvo en seco y al mirar se encontró con una pesada caja. El hombre que la cargaba suelta un sonido gutural. Le mira con inquietantes ojos negros, ordenándole que se alejara.

Matt retrocede, el miedo inundando su rostro. Sarah le presiona el brazo igual de asustada que él. Aquel hombre de aspecto gótico no le dio buena espina.

Mientras lo veían avanzar Matt logró captar un aroma peculiar. Inspiró profundo y en sus fosas nasales quedó impregnado un olor asqueroso. Tanto que le dio vuelta el estómago.

—¿Quién se murió? —Atticus se aproximó a sus amigos con dos de sus dedos presionando su nariz.

—Es ese sujeto —le indicó Sarah con la mano.

—¿Será para nuestro examen de biología?

—¡Asco, no! —gritó Sarah haciendo un mohín.

—Ya, a clase —ordenó Matt y el resto lo siguió.

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