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Capítulo 13: Itsy bitsy teenie weenie yellow polkadot bikini

Capítulo 13: Itsy bitsy teenie weenie yellow polkadot bikini


Ella tenía miedo de salir de los casilleros

Estaba nerviosa a más no poder

Tenía miedo de salir de los casilleros

Tenía miedo de que alguien la fuese a ver

Dos, tres, cuatro, ¡dile a la gente qué es lo que usó!


Era un bikini pequeñito, a lunares, amarillo

Que usó por primera vez hoy

Un bikini pequeñito, a lunares, amarillo

Así que en los casilleros se quiso quedar.


Dos, tres, cuatro, ¡quédate y te contaremos más!

Itsy Bitsy Teenie Weenie Yellow Polkadot Bikini, Brian Hyland.



Aquella noche no se podía apreciar el cielo con claridad ya que unas delgadas nubes de un interesante color cubrían las estrellas. Las ramas de los árboles se mantenían estáticas y se sentía una atmósfera de humedad que permanecería en Londres algunas noches más. Jane Asher había dormido tapada pero a medida que transcurría la noche, sintió la necesidad de patear sus sábanas lentamente, hasta que al fin tocaron el suelo. La humedad siempre le había molestado, no sólo por el calor, sino también por el efecto que tenía en su cabello. Su cabellera era naturalmente rojiza, y naturalmente ondulada, por lo que siempre era muy fácil que se le esponjara. Y ella odiaba eso. Pero su melena continuaba intacta hasta el momento, así que su prioridad era saciar su sed. Le dio un vistazo a Paul quien dormía como un tronco, y se puso de pie para dirigirse a la cocina. Cuando llegó abrió el refrigerador y se sirvió un poco de agua, pero no mucha; sólo la que iba a tomar. Y parecía haberla calculado a la perfección, porque habiendo terminado el vaso se sintió satisfecha. Iba a dirigirse nuevamente a su habitación pero oyó algo.

Eran voces. Y no sólo eran voces, sino que también parecían ser risas. Le extrañó oírlas ya que, hasta donde ella sabía, todos se habían ido a dormir hacía mucho. Dio unos pasos hacia el corredor para oír mejor, pero las voces no parecían provenir de ninguna de las habitaciones, sino de afuera. Si había personas de la casa despierta ¿por qué habrían de estar afuera? Y además, ¿quiénes eran los que estaban afuera?

Si hubiesen sido simplemente voces, tal vez hubiese sentido miedo. Pero como también se oían risas —y unas que se le hacían familiares— lo que sintió fue más bien curiosidad. La puerta de vidrio que daba con el patio trasero estaba abierta, y decidió avanzar con pasos sigilosos para que aquellas personas continuaran con su conversación sin que notaran su presencia, lo cual efectivamente hicieron. Pero Jane no se mantuvo oculta por mucho ya que la escena le había sorprendido. Ver a Rose y a George riendo juntos no era algo que veía todos los días. Parecían dos niños. Rose trataba de contener su risa mientras George imitaba a un Tiranosaurio Rex intentando colocarse un sombrero, y Jane por primera vez en su vida pensó que George tal vez poseía algún tipo de impedimento mental. Rose acalló abruptamente su risa cuando vio a la pelirroja.

— ¡Jane! —susurró Rose ahogando un grito.

— ¿Jane? —Dijo George— ¿qué haces aquí? Pensé que estabas con Paul en casa de tus padres.

— ¿A esta hora? —cuestionó Jane.

—Por supuesto, pensé que irían a tomar el té —explicó George.

— ¿De qué estás hablando? —preguntó Jane algo espantada, después de todo era de madrugada. «Es más grave de lo que creí» pensó.

— ¿Me disculpas, George? Tengo que platicar un asunto con Jane. No tardaré —se excusó Rose y ambas se dirigieron al interior de la casa.

— ¿Qué fue eso? —preguntó Jane perturbada.

—No puedo decirte, al menos no ahora —respondió Rose— pero te prometo que mañana te lo diré ¿sí?

— ¿Acaso se estaban drogando? —inquirió la colorada.

—No, claro que no —rio Rose. —Pero mañana te contaré con detalle.

—Bien, entonces esperaré tu explicación con ansias. Creo que es hora de que vuelva a dormir. Buenas noches, Rose.

—Buenas noches, Jane.

Rose suspiró: ahora Jane lo sabía. Pero al menos se trataba de Jane, quien era muy cercana a Rose así que sabía muy bien que podía confiar en ella, a pesar de que no se le había cruzado por la mente contarle aquel secreto a nadie. Pero se ocuparía de eso mañana, porque ahora tenía que volver hasta donde estaba George, quien le había prometido imitar a Mickey Mouse, y no quería perdérselo.



La luna se había ido y le había cedido el cielo al sol. Todos desayunaban, no en armonía, pero sí con una vigorosa plática como era lo usual. Rose había terminado de desayunar a tiempo, ya que oyó la bocina de un auto y supo de quién se trataba. Se despidió de sus amigos y fue a encontrarse con Bailey en la entrada. Él se encontraba de pie apoyado sobre su auto, descruzando los brazos para abrirle la puerta del acompañante a Rose. Ella lo besó en la mejilla y ambos subieron al auto. Durante el trayecto, él la notó distraída.

— ¿Hay algo que te perturbe, Rose McCartney? —preguntó Bailey, algo preocupado. Y Bailey no era el tipo de persona al que le importara mucho la vida de los demás, pero hacía un tiempo que algunas cosas dentro de él comenzaron a cambiar discretamente.

—No, no es nada —respondió ella volteándose a mirarlo, ya que antes observaba por la ventana.

—Parece que me estás ocultando algo —señaló.

—Tú eres el que oculta algo —impugnó la joven. —Por favor, Bailey, ¡tienes que decirme a dónde iremos!

—Me temo que no será posible —dijo él, manejando con una mano y fumando con la otra.

—Al menos dime de qué se tratarán las fotografías —insistió Rose.

—Me temo que no será posible —repitió Bailey, deleitado por la curiosidad de la chica.

—Eres tan cruel —se quejó Rose, de brazos cruzados.

—Sí, lo soy —admitió orgulloso. —Pero te puedo decir los otros dos trabajos que tenemos después de esta sesión.

— ¿Cuáles son? —preguntó Rose, aún más curiosa.

—Supongo —comenzó a decir él, haciendo una pausa para dejar al humo del cigarrillo salir de su boca— que Brian ya te habrá informado que Sears y Gay Gibson te quieren.

—Oh, ¡no podía creerlo cuando me lo dijo! —exclamó Rose emocionada— me encanta su ropa. ¿Vamos a hacer esas fotos luego?

—Así es —asintió— no te está yendo nada mal, Rose McCartney.

—Es cierto —afirmó— y es todo gracias a ti. Gracias por ayudarme, Bailey. No sé qué haría sin ti.

Rose sonrió, y le contagió la sonrisa a él.

—Aun así no te diré a dónde iremos —reiteró Bailey, y Rose se volvió a cruzar de brazos enfadada.

Ir a la playa tal vez no sea algo del otro mundo, pero no era algo que uno hiciera todos los días. Excepto la gente que vive en la playa, pero Rose McCartney no era una de ellas, así que cuando llegaron a destino estaba más que encantada. Ayudó a Bailey a bajar el equipo del auto y corrió a mojarse los pies en el agua. Sin embargo él le recordó que tendría tiempo para eso más tarde, ya que ahora había trabajo que hacer. Le dio a Rose una caja que contenía la ropa que debía usar y le mostró los casilleros para que se vistiera. Bailey espero varios minutos pero la muchacha no aparecía, así que fue a buscarla. Rose había estado lista hacía mucho, pero se rehusaba a salir de los casilleros con eso puesto.

—No puedo salir así, Bailey —decía la muchacha, avergonzada.

—Sí que puedes —dijo él, del otro lado de la puerta— lo único que debes hacer es abrir la puerta, y salir.

—No me resulta gracioso —protestó Rose.

—A mí sí —sonrió Bailey— vamos, Rose. Déjame verte. Tal vez no te quede muy bien y debamos cambiarlo.

—No quiero que me veas así —dijo abochornada.

—Debo hacerlo, yo soy el fotógrafo —le recordó— y debo verte. Ahora sal de ahí para ver a qué se debe tanto escándalo, ¿bien?

Rose tomó una gran bocanada de aire y abrió, no enteramente pero sí lo suficiente para dejarse ver. Llevaba puesto un pequeño bikini amarillo a lunares que sentía que revelaba demasiado, ya que nunca había usado un bikini antes.

—Más que para una fotografía, estás para que te hagan una escultura —dijo Bailey contemplándola de pies a cabeza.

Rose volvió a encerrarse, con un gran calor que le recorría las mejillas.

—No lo haré. No lo haré —repetía ella.

—Vamos Rose, es sólo un bikini —reía Bailey— ¿es que nunca has usado uno?

—No uno así, no es mi estilo —respondió Rose, que prefería otro tipo de trajes de baño. —Siento como si estuviese desnuda.

—Ya quisiera yo —susurró Bailey.

— ¿Disculpa? —preguntó ella, que no había oído bien.

—Que el que habla es tu pudor —dijo él. —No sabía que fueses una muchacha tan recatada, Rose McCartney.

—Tal vez lo sea sólo un poco —reconoció ella.

—Te diré qué: aquí tengo una manta —dijo Bailey sujetando una manta blanca que tenía a mano— te dejaré que te cubras con ella hasta que lleguemos al mar. Pero sólo si me prometes que te la quitarás cuando lleguemos ¿bien?

— ¿Tengo que hacerlo? —preguntó Rose.

—Claro que tienes que. Has firmado un contrato, y es muy tarde para conseguir a otra chica —explicó él.

Rose entreabrió la puerta y tomó la manta. Se cubrió con ella y salió del vestidor, juntando el poco valor que tenía en esos momentos. Bailey la sujetó de los hombros y caminaba junto a ella.

—No tienes de qué avergonzarte, no hay nadie aquí, nadie te verá —dijo él para calmarla.

—Tú estás aquí —objetó Rose.

—Pero yo soy todo un profesional.

Rose lo miró con incredulidad.

—Tal vez no tan profesional, pero te prometo que no te haré nada —rio Bailey. —No hoy —aclaró, y le tomó una foto rápidamente.

Rose rio y ambos llegaron hasta el mar. Ella volvió a tomar una bocanada de aire y se quitó la manta. Pero no tardó en sumergirse al agua para que las olas la resguarden.

— ¡Tal vez no haya nadie aquí, pero eventualmente, la gente verá las fotos! —gritó Rose, para que Bailey la pudiera oír a pesar del ruido de las olas. — ¡Mi primo me matará si me ve así!

— ¡Descuida, no creo que te vea! —gritó Bailey mientras prepara la lente. — ¡Recuerda que las fotos son para una banda alemana! ¡Y adivina cómo se llama el sencillo!

Rose observó su atuendo.

— ¡Creo que tengo una vaga idea! —gritó ella.

Si bien costó que Rose reuniera el valor suficiente para dejarse ver, tarde o temprano debía hacerlo. Las fotografías eran para una banda llamada The Falcons, y se usarían como portada de su nuevo sencillo, un cover de "Itsy bitsy teenie weenie yellow polka-dot bikini" de Brian Hyland, por lo que el bikini se debía ver. Con el tiempo fue soltándose y siguió las indicaciones de Bailey a la perfección. Él había quedado satisfecho con el trabajo y le dio una toalla para que saliera del mar y se secara. Se recostaron sobre una manta en la arena y observaban las olas. Bailey estaba disfrutando del día, pero no estaba seguro de si Rose también lo hacía, ya que la percibió distante nuevamente.

—Sé que hay algo que te molesta, puedo verlo —dijo Bailey, haciendo que Rose saliera de sus pensamientos.

Ella lo observó por unos instantes.

—Bailey, nosotros somos amigos ¿no es así? —preguntó con timidez.

—Yo no soy tu amigo —respondió él. —No me gusta que las mujeres que deseo sean mis amigas.

—Tal vez seas descaradamente honesto, pero al menos no eres hipócrita —reconoció Rose con rubor en sus mejillas.

—Eso crees tú —disintió Bailey.

—Está bien, aunque no seas mi amigo —prosiguió ella— ¿crees que pueda confiarte algo?

—Eso creo, pero cuando tenga problemas económicos se lo diré a algún periodista que pague bien —advirtió.

Ella dejó escapar una pequeña risa, aunque no tardó mucho en recuperar su expresión circunspecta.

—Verás —comenzó a decir la chica— hoy es el aniversario de la muerte de mi padre. Y por lo general suelo visitarlo...

— ¿Acaso no fuiste por esto? Porque lo podríamos haber hecho otro día —se apresuró a decir Bailey, sintiéndose culpable. Otra sensación nueva para él.

—No es eso —negó Rose— esta vez decidí no ir porque... no estará sólo él allí. También está mi madre ahora. Todos los años ella me acompañaba a depositarle flores a mi padre, pero ahora no lo hará, porque ella también está allí, junto a él. Y no sé si pueda soportar ver ambas tumbas. ¿Qué debería hacer? ¿Tú crees que debería ir?

—Bueno... —comenzó a decir Bailey, intentando hallar las palabras indicadas. David Bailey era un hombre muy elocuente, pero aquel don parecía desvanecerse cuando se trataba de brindar consuelo a las personas. En esas situaciones, no sabía bien qué decir— yo creo que debes pensarlo bien. No debes presionarte a ti misma, después de todo, es un asunto delicado. Tal vez más adelante estés lista, pero no debes sentirte mal por no ir esta vez.

—Supongo que tienes razón —dijo Rose. Se sentía como la peor hija del mundo por no poder ir a visitar a sus padres, pero las palabras de Bailey la hicieron sentir mejor. Ya llegaría el momento adecuado. —Gracias Bailey. Eres un...

—No te atrevas a decirlo —dijo él, anticipando lo que se venía.

—...gran... —prosiguió Rose.

—Si lo dices te arrojaré al mar —amenazó.

—...amigo —terminó de decir Rose, y se levantó y corrió.

— ¡Te dije que no soy tu amigo! —exclamó Bailey y se puso de pie para perseguirla.

Estuvieron correteando en la arena como niños, y aunque Rose era rápida, Bailey lo era aún más. Logró atraparla y la cargó en sus brazos, para luego arrojarla al mar. Luego los dos estaban jugando entre las olas, y así permanecieron por un buen rato.



Al caer la noche, todos estaban en la casa, excepto Rose. Jane intentaba leer un libro pero no podía evitar observar el reloj una y otra vez, no prestándole la atención debida a su lectura pero sí a la hora. Luego la puerta se abrió y Rose ingresó.

— ¡Hasta que al fin llegas! —exclamó la colorada, corriendo hasta ella. —Vamos a mi habitación y me cuentas todo —dijo tomándola de la muñeca y haciendo que apresurara el paso.

—Amor mío, ¿crees que podrías plancharme esta camisa? —preguntó Paul, apareciéndose con una de sus camisas en mano.

—Plánchatela tú que ya estás grandecito —respondió Jane, dándole involuntariamente un portazo en la cara.

Jane y Rose parecían tener un asunto urgente que atender, el cual le causaba curiosidad a Paul, pero sabía que tendría que esperar para preguntarles.

—Oye Cyn —comenzó a decir, viendo que ella se acercaba— ¿crees que podrías plancharme esta camisa?

—Lo siento, Paul, pero debo bañar a Julian —dijo la rubia y subió las escaleras.

Paul se quedó por un instante de pie, con su camisa en mano, porque parecía que nadie podía ayudarle.

—Oye George —comenzó a decir, viendo que él se acercaba— ¿has visto a Mo?

—Creo que ya se fue a dormir —respondió— ¿por qué preguntas?

—Es que, necesito esta camisa planchada para mañana pero ninguna de las chicas puede ayudarme —explicó Paul.

—Creo estar preparado para esa eventualidad —dijo George Harrison, para sorpresa de su amigo.

— ¿Tú planchas? —preguntó Paul con incredulidad.

—Sí. Y no es por nada, pero no lo hago nada mal —respondió George con una sonrisa.

Ambos se dirigieron hasta la tabla de planchar y George preparó la plancha y extendió la camisa apropiadamente. Paul lo observó mientras planchaba.

—No la quemaré, deja de mirarme —se quejó George.

—Eso espero —dijo Paul— se lo pedí primero a Jane pero ella y Rose parecían querer conversar en privado.

— ¿Conversar? ¿Y de qué crees que querían conversar? —preguntó George, planchando más lentamente.

—No lo sé —respondió Paul— tal vez... tal vez sea sobre su padre —susurró luego de meditarlo.

— ¿El de Jane o el de Rose?

—El de Rose. Hoy es el aniversario de su muerte —recordó Paul.

— ¿Hoy? —Repitió George y la plancha dejó de moverse— es cierto. Debe estar algo triste ¿no crees?

—Es probable —dijo Paul— hasta el día de hoy lo extraña mucho... tal vez deba hablar con ella.

—Hazlo, por favor —apremió George.

George permaneció pensativo unos segundos, y tal vez hubiese continuado así por más tiempo si no fuera porque un olor desagradable lo sacó de sus pensamientos. Rápidamente levantó la plancha y tuvo que separarla de la camisa con cuidado, aunque por supuesto, ya estaba arruinada.

—Creo que mejor me compro otra de camino —dijo Paul, observando su pobre camisa. —Muchas gracias, George. Mejor sigue dedicándote a la música ¿quieres?

Paul se fue a arrojar su camisa al cesto de la basura, y aunque George se sentía apenado por lo que le había hecho a la camisa de su amigo, más pena sentía por otra McCartney.



Jane y Rose pasaron un largo rato en aquella habitación —después de todo, la situación no era nada fácil de explicar— pero al fin Rose pudo contarle todo. Jane sólo la interrumpía ocasionalmente, ya que mayormente la escuchaba con cuidado. Era algo difícil de creer que George y Rose se llevaran tan bien de noche y que no tuvieran relación alguna de día, pero así era, y Jane tuvo que aceptarlo. Si Rose lo aceptaba, ella también podría. Rose se sentía aliviada de poder compartir aquel secreto con alguien y por supuesto, Jane prometió que no diría nada.

—Sabía que algo sucedía entre ustedes dos —declaró la pelirroja. —Lo supe el otro día, cuando los vi juntos en el cumpleaños de Paul.

—Sólo bailábamos —dijo Rose encogiéndose de hombros— también bailé con los chicos.

—No, lo que hiciste con John, Ringo y Paul fue "sólo bailar" —acusó Jane— pero lo que hacías con George era otra cosa. No era sólo baile. Era algo más. ¡Dios, Rosie! ¡Las chispas volaban entre ustedes dos!

—Ahora ya estás inventando cosas —se burló Rose.

— ¡Claro que no! —Rio Jane— ahora todo tiene sentido. Tras saber sobre el triángulo amoroso entre tú, George consciente y George subconsciente, ¡todo tiene sentido!

— ¿George subconsciente? —preguntó Rose.

—Pues claro, no es "inconsciente" porque lo inconsciente es cuando alguien no sabe lo que hace; pero el George dormido sabe perfectamente lo que hace, sólo que no lo hace cuando está despierto. Por eso es su subconsciente el que habla cuando está dormido, el de sus deseos más profundos. Y lamentablemente es su parte racional la que habla cuando está despierto; la que hace que, bueno, no te hable.

—Vaya teoría desarrollaste en tan poco tiempo. Seguramente Ringo te habrá prestado sus libros de Psicología —dijo Rose, impresionada. —Y por cierto, no hay ningún tipo de "triángulo amoroso" entre George y yo. Entre los George y yo —corrigió.

— ¿Ahora negarás que es más que amistad eso que sientes por George? —preguntó Jane, casi indignada porque para ella era más que obvio todo, pero por algún motivo los protagonistas de la historia no lo podían notar.

— ¿Cómo podría enamorarme de alguien que ni siquiera me dirige la palabra? —dijo Rose recelosa.

—Querida —dijo Jane— yo amo a Brahms, pero no me ves que comparta todas las tardes el té con él ¿o sí?

Rose rio.

—Creo que ya te conté todo por ahora, pero te mantendré al tanto ¿de acuerdo? —convino Rose y Jane asintió— ahora vayamos a preparar algo de comer porque muero de hambre.

Ambas chicas salieron del cuarto y se dirigieron a la cocina, pero antes de comenzar a cocinar, Jane recordó algo.

—Creo que Paul precisaba mi ayuda con su camisa —dijo Jane deteniéndose.

Rose observó algo particular en el cesto de la basura y se acercó.

—Pues no creo que la precise más —dijo Rose mientras le mostraba a Jane la camisa quemada que yacía en el cesto, y ninguna pudo contener la risa.



Después de cenar, Rose se preparó para ir a dormir. Se colocó su camisón y se sentó frente al espejo a peinar su cabello. Cuando lo hacía, observó la foto una foto de sus padres. Suspiró. Una lágrima se deslizó por su mejilla y llegó hasta su barbilla, pero no más allá. Se contuvo de derramar otra y se acostó a dormir, con aquel asunto rondando su mente algunos minutos, pero como estaba muy exhausta, logró que su conciencia descansara un poco al cerrar sus ojos. Cuando los volvió a abrir, fue por los llamados que provenían de la habitación de enfrente. Una vez en la Casa Verde, George y Rose yacían con la vista en el cielo nocturno, tomados de la mano. Había más silencio que de costumbre, hasta que George se atrevió a tocar el tema, porque ella no lo haría.

—Sé que hoy es el aniversario de la muerte de tu padre —dijo él, en tono suave. — ¿Cómo te sientes?

—Estaba un poco deprimida —admitió. —No lo fui a visitar. Siempre lo visito.

— ¿Por qué no fuiste esta vez? —inquirió George.

—No tenía las fuerzas para hacerlo. No sólo por mi padre, sino por mi madre. Ella también está allí ahora, y ver sus tumbas, una junto a la otra, sólo me recuerda que ya no volverán. ¡Los perdí para siempre, George! —sollozó la chica.

Al oír su llanto, George se acercó más a ella. Permanecían acostados, pero ahora él la abrazaba. Acariciaba su espalda formando pequeños círculos mientras ella se refugiaba en el calor de su pecho. La sujeto fuertemente, rogándole en susurros que se calmara. Que dejara de llorar. Diciéndole que si ella estaba triste, también lo estaría la luna y los privaría de su brillo. Poco a poco Rose logró dejar de llorar, y escuchó con atención lo que George le decía.

—Los antiguos griegos —comenzó a decir— creían en el cosmos. En que era el orden perfecto de la cosas, lo bello y armonioso. Y todos formaban parte de él, y por lo tanto no había que temerle a la muerte, porque la muerte era tan sólo un tránsito, ya que siempre serían un fragmento del cosmos. Al morir, dejaban de ser seres individuales para formar parte de algo colectivo.

Luego de una breve pausa, prosiguió.

—Sus cuerpos desaparecían, pero no ellos. Ellos eran eternos porque había algo más grande de lo cual formaban parte —dijo, e hizo otra pausa. —Ahora, si bien no esté absolutamente de acuerdo con lo que decían, sí creo que hay algo más aparte de nosotros. Algo más grande, mucho más grande que nosotros. Tal vez sea una de las religiones en las que creemos, tal vez todas, o tal vez ninguna; pero tengo la certeza de que existe alguna fuerza poderosa a la cual todas las almas se dirigen cuando mueren. Y forman parte de algo magnifico que resulta inexplicable para nosotros, pero que algún día, cuando llegue nuestra hora, comprenderemos. Así que no estés triste por tus padres, Rose, porque ellos no se han ido. Sólo nuestros cuerpos perecen, nosotros no; porque nuestras almas son eternas.

Al oír sus palabras, Rose se sintió inmensamente reconfortada. Su herida siempre estaría con ella, pero al menos dolería cada vez menos, en tanto recordara que sus padres —como todos— siempre estuvieron, están, y seguirían estando.

—No sé cómo agradecerte todo lo que haces por mí —dijo Rose con su voz más suave, como un susurro.

—Tú no lo sabes, pero soy yo el que debe agradecer —dijo George.

Al mejorar el ánimo de Rose, la luna no sólo no les negó su brillo, sino que se vio más majestuosa que todas las otras noches. Los jóvenes permanecieron uno cerca del otro durante un rato más, y luego regresaron a sus cuartos, al mismo tiempo que las aves comenzaron a cantar y el manto azul de la noche se desteñía para darle paso al amanecer.

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