Capítulo 12 (Parte II): Put your head on my shoulder
Nuevo capítulo, nueva portada. ¿Les gusta? La idea es la misma, pero está ejecutada de manera diferente... en fin. En multimedia está "Tequila", porque "Put Your Head on My Shoulder" ya la había puesto en el capítulo anterior. Disfruten.
Con cariño,
Ella ♥
Capítulo 12 (Parte II): "Put your head on my shoulder"
❝Pon tus labios junto a los míos, cariño,
¿No me besarás una vez?
Sólo un beso de despedida
Tal vez,
Tú y yo nos enamoremos❞
Put Your Head on My Shoulder, Paul Anka.
Se habían formados grandes pilas de discos en la sala. Todos habían rebuscado entre sus colecciones y encontraron varias gemas, álbumes recientes y otros que no oían hacía un buen rato. Muchos estaban cubiertos de polvo lo cual los hizo ensuciarse las manos y dar pequeños estornudos de vez en cuando. Cyn y Ringo se encargaban de examinarlos para ver cómo se escuchaban, y la mayoría pasaba la prueba. Mo estaba ojeando una revista y apareció un artículo sobre los Beatles que le causó gracia por lo incorrecto de la información.
—Miren, aquí dice que los chicos irán de tour a Australia dentro de unos días —rio Mo.
—Qué locura, ¿de dónde habrán sacado eso? —rio Cyn.
Los Beatles presentes intercambiaron miradas entre ellos.
—Eh... sí... sobre eso —comenzó a decir John, rascando su nuca. —Puede que no sea tan loco después de todo.
— ¿A qué te refieres, John Lennon? —preguntó Cyn, sospechando.
— ¿Acaso se irán a Australia dentro de unos días y no nos habían dicho nada al respecto? —inquirió Jane. — ¡James Paul McCartney, no me interesa que sea tu cumpleaños; te mataré! —gritó la pelirroja.
"¿Por qué? ¡Si no hice nada!" gritó Paul desde la otra habitación, ya que aún no lo dejaban acercarse a la cocina.
—Por lo de Australia, ¡por eso! —respondió Jane molesta.
"Ah... emm... no puedo oírte, amor, ¡hablamos luego!" gritó su novio, haciéndose el desentendido.
— ¿Y cuándo pensaban decírnoslo? —preguntó Mo.
—Pues... ¿ahora? —respondió Ringo.
—Para ser justos, nosotros también lo supimos hace poco —comentó George. —Nos iremos la próxima semana y volveremos a mediados de julio.
— ¿Mediados de julio? —preguntó Mo triste— pero Ritchie, ¿qué hay de tu cumpleaños?
—Supongo que no estaré aquí para celebrarlo —se lamentó Ringo.
—Tal vez yo podría ir contigo —sugirió Maureen.
—Me encantaría, querida, pero ya sabes cómo son las fans. Te harían daño. Y no sólo a ti, sino también al bebé, y no quiero eso —advirtió Ringo.
—Ya veo —musitó Mo, con la vista en el suelo.
—Pero te prometo que cuando vuelva podremos celebrarlo juntos ¿sí? —pactó Ringo, acariciando la barbilla de su esposa. Ella sonrió y le plantó un beso en los labios.
Mientras tanto, Jane tomó la revista que Mo estaba mirando, y no tardó mucho en hallar otro rostro familiar.
—Vaya, vaya, ¡pero si es la chica cereal! —exclamó Jane.
—La chica crochet, querrás decir —corrigió Cyn, acercándose a ver la revista.
En esta publicidad Rose ya no estaba modelando para Kelloggs, sino para una famosa revista de crochet. Al oír a las chicas, todos se acercaron a ver la revista, incluida Rose.
—No puede creer que esté en una revista —dijo Rose, atónita.
—Saliste genial —halagó Jane— y por cierto, a mí no me fascina el crochet, pero me encanta ese sweater que estás usando aquí. Tal vez me compre esa revista después de todo.
Todos los chicos felicitaron a Rose, mientras que Paul exclamaba curioso desde la otra habitación para saber de qué se trataba el asunto. Las chicas le llevaron la revista y su primo la felicitó también. Rose jamás se había imaginado que vería su rostro en las revistas. No era algo a lo que hubiese aspirado tampoco, pero tenía que admitir que verse en una revista por primera vez era una linda sensación.
Había unas compras que hacer, así que Rose se ofreció. No era nada del otro mundo, solo unas cosas que hacían falta para la noche. Habiendo cumplido con su tarea, regresó a la casa, pero antes de que pudiera ingresar una voz la detuvo.
—Bueno, no hagas como si no nos conocieras —dijo la voz masculina detrás de ella.
Apenas Rose volteó, se abalanzó sobre ellos.
— ¡Mike! ¡Ruth! —exclamó Rose mientras los abrazaba— no puedo creer que estén aquí, ¡los extrañaba!
—Y yo a ti —dijo su primo, correspondiendo a su abrazo. —Y ni hablar de Ruth. ¿No es cierto que extrañabas a tu prima, Ruthie?
La niña asintió y volvió a abrazar a Rose.
—Papá me dijo que ella hablaba de ti todo el tiempo —dijo Mike mientras observaba a la pequeña. — En fin. ¿Cómo has estado, Rosie? ¿Estás mejor?
—Sí, estoy mejor, gracias —sonrió Rose— los chicos han sido muy buenos conmigo y me han ayudado a superar lo de mi madre poco a poco.
—Me alegra oír eso —sonrió Mike.
—Pero ¿qué hay de ti? Quiero saber cómo has estado, y qué has hecho. Entraremos a la casa y me contarás todo ¿bien? —propuso Rose abriendo la puerta y haciendo un ademán para que sus primos ingresaran.
Cuando Mike y Ruth McCartney ingresaron a la casa todos iban felizmente a saludarlos, pero tuvieron que contenerse porque Rose les pidió que hicieran silencio. Les susurró que ayudaran a ocultar todo lo de la fiesta así no lo vería Paul. Mike tardó un poco en entender, pero luego se dio cuenta de que querían que su presencia sorprendiera a Paul, así que no tuvo objeción alguna, y mucho menos Ruth. Tras haber ocultado todo, llamaron a Paul a la cocina. Él se mostró dudoso ante la petición, ya que anteriormente le habían dicho que no ingresara a aquella habitación por nada del mundo, pero finalmente cedió.
—Espero que sea importante, porque aún me tengo que cambiar y...
Paul dejó de hablar al ver a su hermano.
—Tú no la pasas nada mal ¿no es así, Paulie? —dijo Mike divertido, observando a su hermano mayor aún en bata.
— ¡Mike! —Exclamó Paul— hace mucho que no te veía, ¡y a ti, pequeña! —dijo Paul cargando a Ruth en sus brazos. — ¿Cómo has estado, Mike? ¿Cómo está Angela? ¿Qué hay de papá? ¿Por qué no me dijiste que vendrías?
—Antes del cuestionario ¿por qué no mejor dejas que tus hermanos se sienten y beban algo? —sugirió Jane.
—Buena idea —dijo Paul— ustedes póngase cómodos mientras yo me visto ¿está bien?
—Paul... —llamó la pequeña Ruth.
— ¿Qué sucede, Ruthie? —preguntó Paul, agachándose para estar a su altura.
—Te extrañé —susurró tímidamente y sonrió.
—Yo también a ti, corazón —dijo Paul y le dio un beso en la mejilla.
Después de eso, Paul corrió a cambiarse. Los chicos le ofrecieron té a Mike y leche y galletas a Ruth, a lo que ambos aceptaron encantados. Cuando Paul terminó de vestirse, volvió a la cocina con ellos. Mike dijo que quería darle una sorpresa a Paul por su cumpleaños, y que por eso no había anunciado que iría. Hacía meses que no se veían, así que Paul estaba entusiasmado por la visita, y por saber qué era de la vida de su hermano. Y vaya sorpresa se llevó al enterarse que aquel encuentro no era solamente para desearle feliz cumpleaños, sino también para invitarlo a un evento muy especial. Mike y su prometida, Angela, iban a casarse en Julio. Mike les entregó una invitación a todos, quienes lo felicitaron por el gran día. El problema era que la fecha de la boda coincidía con el tour de Oceanía de los Fab. Pero Paul estaba tan feliz por su hermano menor que le dijo que hallaría la forma de asistir, y que inclusive —después de enterarse de que sería el padrino— hablaría con Brian ese mismo día para ver qué era lo que se podía hacer. Puso el auto en marcha y los Beatles junto a Mike se dirigieron al estudio, asegurando que luego de atender el asunto, pasarían el resto del día haciendo "cosas de hombres".
Las chicas, mientras tanto, tenían otros planes. Como los preparativos ya estaban terminados, y Ruth había venido de visita, pensaron que sería divertido realizar una actividad que disfrutaran los más pequeños, así que decidieron ir al circo. Hacía mucho que las chicas no iban a un circo tampoco, así que estaban casi tan contentas como los niños. Ruth conoció a Julian, y parecían llevarse bien. Incluso era gracioso ver que ella lo trataba como un bebé, a pesar de que sólo se llevaban un par de años. Es típico de los niños sentirse superiores en compañía de un niño más pequeño, y Ruth se sentía como toda una adulta junto al pequeño Julian. Cuando terminaron de alistarse y salieron, alguien estaba llegando.
—Damas, se ven encantadoras. Más que de costumbre —halagó David Bailey a medida que se acercaba— ¿se puede saber a qué se debe?
—Bailey ¿qué haces aquí? —preguntó Rose alegre mientras lo saludaba con un beso en la mejilla.
—Venía a verte —respondió, con su voz mostrando casi imperceptiblemente cierto afecto que se ocultaba detrás de su sonrisa traviesa, la que aparecía tan seguido en su rostro, tal vez porque no poseía otra. —Pero pareces ocupada ahora ¿no es así?
—íbamos al circo ¿no quieres venir con nosotras? —propuso Mo.
— ¿Circo? No soy un gran admirador de los circos a decir verdad —excusó contemplando el cielo nublado. — ¿Acaso existe algo más triste que un payaso?
—Sí existe, y es alguien que se toma a sí mismo demasiado en serio —dijo Rose con benévola firmeza.
— ¿Entonces crees que me tomo a mí mismo demasiado en serio? —infirió divertido.
—En absoluto —negó Rose— tiene una cara muy tonta para ser tomado en serio, señor Bailey —desafió, igualmente entretenida.
Ambos permanecieron en silencio por un instante, sus miradas imperiosas esperando la reacción del otro. No ha de confundirse la atmósfera con tensión, ya que era todo lo contrario; había una quietud y divertimento en el aire adquirido por la confianza que existe entre dos amigos. Se podía notar en el rostro de Bailey que tenía ganas de reírse por aquellos comentarios perspicaces de la muchacha hacia su persona, pero se contuvo. Aunque sí sonrió.
— ¿Nos vamos a quedar aquí toda la tarde o vamos a ir al condenado circo? —preguntó Bailey con su sonrisa ladeada.
Rose rio y todos celebraron por aquel cambio de opinión. Como eran varios, tomaron dos taxis. Maureen, Cynthia, Julian y Jane tomaron uno, mientras que Rose, Ruth y Bailey tomaron otro. Bailey había traído consigo una mochila donde llevaba unas cámaras que necesitaría para el compromiso que tenía para más tarde. La pequeña Ruth, sentada sobre su regazo, no pudo evitar curiosear mientras iban de camino.
— ¿Qué llevas allí?—preguntó la niña, abriendo la mochila.
—Ruth... —la reprendió Rose.
—Son sólo cámaras ¿te gusta tomar fotos? —preguntó Bailey, enseñándole una. La niña asintió. —A mí también —respondió Bailey y le tomó una foto a Rose. — ¿Lo ves? —dijo y volvió a tomarle dos fotos más.
— ¡Bailey! —lo reprendió la muchacha.
— ¿Sabes qué? Te obsequio esta cámara con la condición de que tomes muchas fotos ¿sí? —dijo Bailey entregándole la cámara a la niña.
— ¿De verdad? ¡Muchas gracias! —exclamó Ruth, agradecida.
— No creo que sea buena idea regalarle una cámara profesional a una niña tan pequeña —dudó Rose.
—Tienes razón, tal vez me quite el empleo —dijo Bailey. Ella rio.
—Dime, ¿por qué es que no te agradan los circos? —inquirió.
—Cuando era más joven los cirqueros solían molerme a golpes —respondió.
— ¿Por qué? —preguntó Rose, espantada.
—Por diversión y porque eran unos malditos borrachos buscapleitos, por eso mismo —explicó Bailey, sin inmutarse. —Sabes que eres patético cuando un tipo en mayas a lo Cristóbal Colón te muele a golpes.
—Siento mucho oír eso —lamentó Rose.
—Descuida, pasó hace mucho tiempo ya —confortó. —De todos modos deben haber muerto de cirrosis a estas alturas.
Rose rio porque estaba acostumbrada al sarcasmo y al humor negro de Bailey. Aquella manera de ser tan peculiar era lo que lo hacía mejor después de todo.
—A ver, linda, déjame ver cómo tomas esas fotos —alentó Bailey y ahora fue Ruth quien le tomó otra foto a Rose.
— ¡Ruthie! —rio Rose, no pudiendo regañarla.
—No entiendo qué tanto te molesta. Es un día nublado y sin embargo iluminas todas las fotografías, Rose McCartney, así que ¿de qué te quejas? —aduló Bailey con su mirada afilada puesta en ella. Rose se ruborizó y no pudo contener la pequeña sonrisa que apareció en su rostro.
Lo que leerán a continuación es un breve resumen de lo que ocurrió en el circo: Bailey, las chicas y los niños disfrutaron de la función. Había payasos, malabaristas, domadores de leones y equilibristas, entre muchas otras cosas. Luego los presentadores detuvieron la función para anunciar la presencia de unas personas muy especiales que estaban entre el público. Todos observaban a su alrededor para intentar hallar a aquellas personas, incluyendo a Rose y las chicas, hasta que finalmente el reflector enfocó a cinco tontos melenudos cuyos planes de "pasar una tarde de hombres" incluían ir al circo a ver payasos dándose pastelazos en la cara. Cuando todos en el público pudieron ver de quiénes se trataba, los gritos comenzaron y la euforia se hizo presente, mientras que los Beatles intentaban hacerse ausentes para que no les arrancaran la ropa y el cabello. Más tarde, los Beatles y Mike llegaron a la casa con algunos rasguños, pero nada serio. Luego el hermano de Paul y Ruth tuvieron que marcharse, y aunque Paul los extrañaría, sabía que podría verlos de nuevo en la boda. Cuando cayó la noche, había luces de colores adornando el patio trasero y una mesa con muchos bocadillos y bebidas. Todos tenían puestos botones que decían "Amo a Paul" y que tenían su rostro, como los que usaban las fans. A Paul le habían hecho una corona de papel porque era el rey de la fiesta —o la reina, como dijo John. También había un curioso cartelón que ornamentaba el lugar.
— ¿"Mazeltov, ya eres un hombre"? —leyó Paul en voz alta. —Pero si no es mi bar mitzvah, es mi cumpleaños. Y ni siquiera soy judío —dijo confundido.
—Es que se acabaron los de "feliz cumpleaños", pensamos que no te ibas a dar cuenta —explicó George.
Durante un buen tiempo estuvieron recordando anécdotas y riendo y luego comenzaron a beber cada vez más y más. Maureen se mantuvo al margen de esto, pero se divertía con las payasadas que hacían los demás. Habían conseguido tequila, y también el sencillo "Tequila" de The Champs, así que ponían la canción una y otra vez para gritar "¡TEQUILA!" cada vez que la canción lo decía y así beber. Mo parecía ser la dj asignada, así que rock and roll no escatimó en la fiesta. La música era genial y sus amigos lo eran aún más, así que Paul no podía estar más feliz. Con canciones de artistas como Jerry Lee Lewis y Chuck Berry, era todo un deleite ver a los Beatles bailando el rock and roll con sus chicas como cuando eran adolescentes. Eran sorprendentemente buenos, al igual que sus esposas. A veces bailaban todos, otras veces bailaban algunos mientras otros descansaban. Si había algo que era evidente pero que pasaba inadvertido ante los demás, eran las miradas que intercambiaban Rose y George. Lo cual nos lleva a otro recuerdo.
Liverpool, 1959.
Su nombre era Sally Payne. Sally era una chica rubia y simpática que pertenecía a varios círculos sociales. Era agradable y le gustaba divertirse, así que cuando iba a cumplir dieciséis, convenció a sus padres de dejarle hacer una fiesta en su casa. Iba al Instituto Bankhall de Chicas junto a Rose, así que ella estaba invitada. Rose, con quince años, no había ido a muchas fiestas por aquel entonces, así que estaba un tanto nerviosa. Al menos Paul iba a estar allí porque Sally también era amiga suya y de la banda, por lo tanto, si necesitaba a alguien con quien charlar, sabría a quién recurrir. Su madre tenía un poco de dinero ahorrado que insistió en gastar en un bonito vestido para ella. El vestido era carmesí, de escote Sabrina y de falda acampanada por debajo de las rodillas, con cintas blancas que adornaban el torso y que luego se transformaban en un bonito moño que rodeaba su cintura. Había rizado su castaño cabello y sus pestañas, viéndose como toda una señorita. Había personas muy amigables en la fiesta, así que por la mayor parte del tiempo no se sintió sola, aunque eso cambió cuando todos comenzaron a bailar con sus parejas. Veía a los demás bailar, sentada desde su lugar, hasta que divisó a una persona del otro lado de la habitación.
Era George.
Él parecía encontrarse en la misma posición que ella. John y Paul estaban bailando con sus chicas así que lo habían dejado solo. Se sentía algo incómodo, y más incómodo se sintió cuando vio a Rose del otro lado de la habitación. Eran conocidos, podría decirse amigos, ya que a pesar de que no se veían tan seguido tenían gran confianza, así que es difícil de explicar por qué es que no simplemente cruzaron la habitación para hablarse esa noche. Sólo se contemplaban a la distancia. Ambos tenían ganas de bailar, y en su corazón Rose deseaba que George caminara hasta ella para invitarla a la pista, porque ella era muy tímida para hacerlo. El problema era que George también era tímido como para atreverse a hacerlo, por más que quisiera —y vaya que lo quería, ya que se había dado cuenta de lo especialmente hermosa que estaba Rose esa noche. Intimidantemente hermosa, tanto que ni siquiera podía dirigirle la palabra. La velada y las canciones pasaban, pero por mucho que se miraran, ninguno de los dos hacía nada. Hasta que el encargado de la música puso "Put Your Head on My Shoulder" —el sencillo que George le había regalado a Rose unas semanas atrás. Parecía ser una señal: era ahora o nunca. Luego de un verso de la canción transcurrido, George finalmente se puso de pie. El corazón de Rose se detuvo. Estaba tan entusiasmada en un instante, y al otro, terriblemente triste cuando vio que George sólo se puso de pie para dirigirse a la salida. Rose tuvo que contener sus lágrimas, al igual que un George Harrison de dieciséis años que se despreciaba a sí mismo por ser tan cobarde.
Londres, 1965.
Seis años habían pasado, pero la situación parecía ser la misma. Sus amigos se turnaban para bailar, así que esta vez sí estaban disponibles para hablar, pero ambos estaban un poco alejados del resto, ya que los dos estaban recordando aquella noche en la que no pudieron bailar juntos. Aunque algunas cosas habían cambiado.
George ya no era el teddy boy que solía ser. No estaba vestido con cuero sino que usaba unos pantalones de vestir negros con una camisa celeste al cuerpo. Su cabello era más largo ahora, abundante y algo ondulado, y lo dejaba caer sobre su frente como los otros tres Beatles. Su rostro era un poco más delgado, sus pómulos estaban más definidos y sus ojos oscuros parecían haber adquirido una mirada mucho más intensa con el paso del tiempo, del tipo de mirada que te hace temblar las rodillas, aunque Rose intentaba disimularlo.
Y ella no se quedaba atrás tampoco.
Su vestido ahora era lila, de escote corazón y con mangas circulares que fluían con gracia sobre sus hombros. La falda era plisada y estaba un poco por encima de las rodillas, con un bonito moño que adornaba su cintura. Su cabello estaba lacio pero arqueado en las puntas, como era la costumbre. La máscara y el delineado hacían resaltar sus ojos mientras que sus labios, aunque más simples, podían apreciarse perfectamente con aquel labial rosado y perfumado que llevaba. Ciertamente George los apreciaba a la distancia, pero sólo de vez en cuando, para que nadie más lo notara.
Y así se pasaron el rato, dedicándose una mirada de vez en cuando, pero sin hacer nada más que eso. Parecía ser 1959 de nuevo, con la diferencia de que una castaña llamada Paul era la reina de la fiesta ahora.
Ambos ya habían bailado con sus amigos, pero sabían que se debían aquel baile entre ellos. Nuevamente las viejas sensaciones aparecían. En su corazón Rose deseaba que George caminara hasta ella para invitarla a la pista, ya que ella no lo haría porque ni siquiera se hablaban cuando él estaba despierto, así que pensó que lo lógico sería que él hiciera el primer movimiento. El problema era, obviamente, que George estaba despierto, así que difícilmente se atrevería a hacerlo, por más que quisiera —y vaya que lo quería, ya que se había dado cuenta de lo especialmente hermosa que estaba Rose esa noche. Tal vez más hermosa que la última vez, así que la tarea de ir a hablarle se dificultaba aún más. La velada y las canciones pasaban, pero por mucho que se miraran, ninguno de los dos hacía nada nuevamente. Pero comenzaron las canciones lentas, y George sintió la urgencia de hacer algo pronto o su oportunidad se desperdiciaría. Se puso de pie y Rose lo observó. Pero no sólo sus miradas se encontraron sino que también sus corazones se detuvieron cuando Mo, la encargada de la música, encontró un disco entre el montón que le entusiasmaba mucho: "Put Your Head on My Shoulder" —el mismo sencillo reencontrado de Paul Anka que George le había regalado a Rose, y que había sonado la misma noche del fiasco. Parecía ser una señal nuevamente: era ahora o nunca. Y esta vez sí era definitivo.
Ambos sabían lo que significa, sólo ellos dos y nadie más. Los otros Beatles y sus parejas retornaron a la pista de baile para disfrutar de la balada, mientras que George seguía de pie, y Rose continuaba observándolo, sintiendo que el aire en ese lugar no era suficiente. Cuando vio que George comenzó caminar se entusiasmó otra vez, y otra vez en vano, ya que lo único que hizo George fue ingresar al interior de la casa. Rose ya tenía veintiuno, era una niña grande, así que le fue más fácil no llorar esta vez, lo cual no significaba que no le entristeciera lo ocurrido. Al contrario, ahora por segunda vez, parecía que dolía aún más.
Vio como los demás bailaban abrazados y esbozó una pequeña sonrisa melancólica. Se dirigió hasta la mesa para servirse un trago, pero no pudo beberlo, porque sintió un tímido toque en su hombro, así que tuvo que voltear para enfrentar su mirada.
—Rose —dijo George, como si hasta se sintiera un poco avergonzado al pronunciar su nombre— ya que todos están bailando, me preguntaba si tú también quisieras... bailar. Conmigo —agregó, por si la petición no hubiese sido suficientemente clara.
De repente el dolor había desaparecido, y ya no eran lágrimas lo que Rose quiso contener, sino una sonrisa. Claro que no la pudo contener por mucho.
—Me encantaría —sonrió Rose.
Y George hizo lo mismo, siendo la primera vez en años que volvía a sonreírle, al menos estando consciente. Allí estaba aquella sonrisa amplia y vergonzosa, inclusive torpe pero tierna, que Rose extrañaba.
Ambos se dirigieron a la pista de baile. Él tomó una de sus manos y colocó la otra en su cintura, ni tan arriba ni tan abajo, sino en la posición correcta. Ella colocó su mano en su hombro, y sus rostros se acercaron para bailar mejilla a mejilla. Se movían al compás de la música, lentamente, sin decir palabra alguna. George parecía afeitarse muy bien ya que su rostro era más suave de lo que Rose hubiese esperado, así que delicadamente acariciaba su mejilla con la de él, para luego depositar su cabeza sobre su hombro. El aroma a durazno del labial de Rose hacía que George se estremeciera, sintiéndose especialmente cautivado por el hecho de que nunca la había tenido tan cerca, de que sus labios estaban tan cerca de los suyos. Él aproximó sus manos entrelazadas a su pecho, no pudiendo tener suficiente de aquella cercanía que jamás había experimentado.
Pero las canciones son cortas, y aquella canción lo era más aún, así que aquel baile había llegado a su fin. Los dos tuvieron que apartarse y se sonrieron tímidamente, George haciendo inclusive un pequeño ademán como los que hacían los hombres en los bailes de antes.
Luego Mo cambió la música, e ingresó junto a Rose y a las otras dos chicas a la casa.
Había llegado la hora del pastel. Los chicos se agruparon en la mesa mientras que las chicas lo trajeron. Todos vitorearon cuando lo vieron, y Paul estaba más que agradecido.
—No puedo creer que dejaron que el pequeño Julian lo decorara, hizo un gran trabajo —dijo Paul feliz, observando el no muy prolijo pastel.
—Sí, Julian hizo un gran trabajo —dijo John avergonzado, no queriendo que su amigo se enterara que decoraba pasteles como un niño pequeño.
Comenzaron a cantar el "Feliz Cumpleaños" y Paul mantenía los ojos cerrados para no olvidar sus deseos. Cuando la canción acabo, apagó las velas y en cuestión de segundos sus tres mejores amigos le habían enterrado la cara en el pastel. Los cuatro se embarraron el rostro con pastel así que, si alguien deseaba comer, tendría que hacerlo de la cara de algún Beatle.
La fiesta continuó y todos siguieron divirtiéndose. Ahora sí la mayoría estaban borrachos, tanto que deseaban nadar y, a falta de piscina, salieron por las calles a llamar a las casa de sus vecinos en plena madrugada para preguntarles si tenían piscina. Algunos atendieron, otros no, pero ninguno parecía tener piscina. Hasta que algunas casa después hallaron a una pareja de recién casados, jóvenes como ellos, que sí la tenían. La joven pareja era alocada como sus nuevos amigos, así que les permitieron la entrada y el chapuzón. El primero en meterse —o más bien en ser arrojado— fue Paul, por supuesto. Luego le siguieron los demás, todos con la ropa puesta. Los chicos, las chicas y la pareja celebraron en el agua hasta que amaneció, y tuvieron que volver a la casa, totalmente empapados y riendo.
—Jamás olvidaré esta noche —aseguró Paul. —Fue la mejor noche de mi vida.
Y fue así como los jóvenes celebraron el cumpleaños veintitrés del Beatle Paul, todos jurando que jamás podrían olvidar aquella noche. Sin embargo, luego de una siesta y ya con resaca, apenas podían recordar cómo se llamaban.
Aunque había dos personas que aún podían recordar su baile.
«Si tan sólo el viejo Harry Epstein me hubiese visto» se lamentaba George, porque el viejo maleducado no estaba allí para ver que "Polenque", después de tanto tiempo, había funcionado.
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Nota: Mike McCartney y Angela Fishwick se casaron en 1968, no en 1965, pero algunos hechos de esta historia fueron alterados con fines dramáticos.
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