Capítulo 10: Not a second time
Capítulo 10: Not a second time
❝Me lastimaste aquel entonces
Y ahora has regresado
No, no, no, no una segunda vez❞
Not a Second Time, The Beatles.
Era media mañana y los Beatles ya se habían ido.
Bueno, técnicamente no los "Beatles", dado que les faltaba uno.
Durante la madrugada, Maureen y Ringo dormían en su cuarto tranquilamente hasta que ella despertó algo sobresaltada. Grata fue su sorpresa al sentir que su vientre se movía y que su bebé estaba dando sus primeras patadas. Ya habían pasado cinco meses aproximadamente de embarazo, así que era lo normal. Colocó las manos sobre su vientre y al sentir las pequeñas patadas no pudo evitar reír. Al observar a Ringo a su lado, no dudó en despertarlo.
—Ritchie, amor, despierta —imploró ella mientras lo sacudía con suavidad.
— ¿Qué ocurre, cielo? Tengo mucho sueño —masculló Ringo medio dormido.
—Lo sé, amor, pero necesito que despiertes ahora —dijo dulcemente su esposa.
— ¿Para qué? —articuló sin abrir los ojos aún.
—Es realmente importante, Ritchie. ¡Nuestro hijo está dando sus primeras patadas! —susurró emocionada.
—Qué bonito, después cuéntamelo por carta —dijo él, y a pesar de que estaba a punto de dormirse de nuevo, logró reaccionar. — ¡¿Qué cosa?! —exclamó y su esposa lo calló.
Luego de al fin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Ringo se apresuró a sentarse y a colocar sus manos sobre el vientre de Mo, pero ante su tacto, las pataditas desaparecieron como por arte de magia.
—Yo no siento nada, Mo —dijo Ringo mientras tanteaba el vientre de Maureen con cuidado.
—Eso es porque ya se detuvo, Ritchie —explicó la joven.
Ringo gimoteó decepcionado, porque se había perdido de un momento tan importante.
—No es justo —se quejó con tristeza. —Las primeras patadas de mi bebé y me las perdí.
—No te pongas triste, querido. No será la única vez que patee —lo consoló Mo y Ringo sonrió. —Te prometo que cuando lo vuelva a hacer, te lo "contaré por carta".
Ringo fulminó a su esposa con la mirada y se volvió a acostar mientras ella reía.
Como se había perdido las patadas del bebé la noche anterior, Ringo estaba decidido: la próxima vez que su hijo hiciera un pequeño pero aún perceptible movimiento, él estaría allí para presenciarlo. Es por eso que había optado por quedarse en la casa junto a las chicas en vez de ir al estudio, para no perderse de nada y para poder pasar más tiempo con su adorada Mo. Y hablando de la feliz pareja, en aquel momento, ambos estaban en el cómodo sofá de la sala, leyendo algunas revistas junto a Jane y a Cyn, mientras esta última le hacía un cuestionario a Ringo para saber qué Beatle era. Rose no estaba en la sala en ese momento sino en su habitación, preparándose antes de que Bailey pasara a recogerla, y justo cuando Cyn le dijo a Ringo que según el cuestionario él era un George, el timbre sonó. Jane se ofreció a abrirle la puerta pero Rose decidió hacerlo ella misma. Lo invitó a pasar y le prometió que se marcharían en unos segundos, pero que mientras esperase adentro.
—Damas —asintió Bailey con educación— y Ringo.
—Bailey ¿deseas algo de beber? —preguntó Cyn.
—Un escocés en las rocas. Pero esperaré a que al menos sean las once —respondió y los demás rieron. — ¿Dónde está el resto? Si es que se puede saber...
—Están en el estudio, grabando —dijo Jane.
—Pero les falta uno ¿no? —inquirió Bailey y observó a Ringo.
—Falté hoy porque mi bebé comenzó a dar sus primeras patadas y no quería perdérmelo —explicó Ringo.
— ¿De verdad? Eso es genial —sonrió Bailey— felicitaciones.
—Gracias —sonrió Ringo. —Por cierto, Bailey, Rose nos comentó de las fotos.
—Sí, no es nada importante, sólo quiero tomarle algunas fotografías para ver qué pasa —declaró.
—Estoy segura de que les irá muy bien, les deseo suerte —expresó Jane con dulzura.
—Gracias Jane, pienso lo mismo, sólo debo convencerla a ella —comentó Bailey mientras Rose aparecía. — ¿Estás lista?
Rose asintió y luego de que se despidieron de los chicos, salieron de la casa. En la acera les estaba esperando el flamante auto de Bailey, un Rolls Royce descapotable color azabache. Ni siquiera se molestó en abrir la puerta ya que se montó al coche de un salto, acomodándose y abriéndole la puerta del pasajero a Rose. Llegaron en menos de cinco minutos a destino y en gran parte se debía a que Bailey condujo a una velocidad supersónica, según el parecer de Rose. Ella intentó reprocharle su manera de conducir, pero no hubo caso. Bailey conducía rápido, hablaba rápido, se movía rápido: en síntesis, Bailey vivía de manera acelerada, y eran pocos —muy pocos— los que lograban seguirle el paso.
En el interior del edificio había un buen número de personas corriendo de aquí para allá, con un fuerte sonido de murmullos y tacones invadiendo el lugar. Cuando Rose volteó por un segundo, se dio cuenta de que Bailey ya iba casi un metro adelante, mientras que ella se había quedado atrás, estorbándole a las personas que parecían realmente ocupadas para notar su insignificante presencia. Cuando Bailey sintió que Rose no lo estaba siguiendo, volteó a verla y se acercó rápidamente con cierto fastidio.
—No te quedes atrás, tontuela —la reprendió con suavidad.
Tomó su mano y la guio para poder cruzar entre el gentío. Varias personas se detenían a saludar a Bailey, pero este los ignoraba. Rose le preguntó hacia dónde se dirigían, pero al parecer no la oyó, o también decidió ignorarla. Finalmente, de las múltiples puertas que había en el lugar, Bailey abrió una y ambos ingresaron. La habitación estaba algo obscura, exceptuando las grandes lámparas con forma de sombrillas que apuntaban hacia un fondo blanco. Rose se encontraba cerca de la puerta y Bailey le hizo un gesto con la cabeza para que se coloque frente a la pantalla acromática. Él se cruzó de brazos y la contempló con expresión austera.
—Quítate la ropa —ordenó.
Rose no pudo ocultar su sorpresa al oír tal pedido. «Tal vez George tenía razón» pensó horrorizada.
Pero al notar el desconcierto de Rose, Bailey rodó los ojos.
—Quítate la ropa —reiteró y fue hasta un perchero que se encontraba a un lado para luego volver con un vestido en mano— y ponte esto —concluyó, para el alivio de la joven.
Si bien al principio Rose estaba de pie frente a Bailey sin saber qué hacer, él le daba indicaciones, y ella intentaba seguirlas lo mejor que podía. Como muchas personas, Rose jamás había modelado en su vida, pero siempre había una primera vez para todo. Se trataba de manos, de colocarlas en la posición correcta. De utilizar el cabello, de las diferentes miradas, pero todo de una manera espontánea, porque a Bailey no le agradaba fotografiar muñecas de porcelana, sino a gente llena de vida. Y al parecer Rose, aunque inexperta, cumplía con sus expectativas.
Bailey llevó a Rose de vuelta a la casa, y cuando ella le preguntó por el destino de las fotografías, él sólo le dijo que se las enseñaría a "algunas personas". Se despidieron y él se marchó con rapidez, y antes de que la joven pudiese ingresar a la casa, salieron Jane, Cyn, Mo y Ringo. Se saludaron y Rose no pudo evitar reparar en Ringo.
—Ringo ¿eres tú? —preguntó mientras lo observaba de cerca. Él llevaba puesta una barba ridícula y un horrendo sombrero.
—Sí, soy yo —respondió riendo. —Estoy disfrazado porque voy a llevar de compras a las damas. ¿Te nos unes? Yo invito.
—No lo sé... —dudó Rose.
—Sólo deseo malcriar un poco a estas chicas por ser tan geniales con los chicos y conmigo —dijo él y a Rose le causó ternura. — ¿Aceptas acompañarnos? Porque, de lo contrario, podría rogarte todo el día...
Ringo le extendió el brazo y ella lo tomó, aceptando acompañarlos. Toda la tarde estuvieron en el centro haciendo compras, yendo de una tienda a otra, lo cual a Ringo no le molestaba. Si bien era divertido salir con los chicos, también la pasaba muy bien con las chicas. Ellas también tenían puestos sombreros y gafas, por el temor de que las reconocieran, pero como era el horario del día en donde la mayoría de los jóvenes estaba en la escuela, no hubo incidentes. Compraron más gafas, más sombreros, más vestidos y más zapatos, y en un momento determinado Mo se detuvo frente a una tienda, observando un vestido del cual se había enamorado. Pero desafortunadamente, cuando ingresaron a la tienda, se encontró con un problema.
—No puedo creer que no me quede, ¡estoy tan gorda! —sollozaba Mo en el hombro de Cyn.
—Para ser justos, no estás cargando dos kilos de pasta, Mo. Es un niño el que llevas allí dentro —justificó Ringo, tocándole el vientre con la esperanza de que el bebé pateara, pero nada.
—Lo sé, y estoy feliz por eso —sonrió— pero... ¡sólo quiero que la ropa me quede! —Lloriqueó— ¡y que alguien me abrace! —agregó.
Ringo se apresuró a abrazar a su esposa, enternecido. Las chicas se unieron también y luego de un rato de consolar a Mo y a sus hormonas, todo estaba bien. Mo encontró vestidos aún más hermosos que le quedaban y estaba feliz por eso. Aunque hubo un pequeño incidente con Ringo.
Maureen se encontraba en el vestidor. Se había quitado la blusa y estaba a punto de probarse una color lavanda con algunos detalles en las mangas. Pero se detuvo porque sintió algo: al parecer, su hijo estaba inquieto de nuevo. Colocó las manos sobre su vientre y luego de asegurarse de que en verdad se estaba moviendo, asomó su cabeza por la cortina y llamó a su esposo.
— ¡Cariño! ¡Cariño! —repetía Mo en voz baja para llamar la atención de su esposo pero no la de los demás. Pero como él estaba del otro lado de la tienda, no podía oírla. — ¡Cariño! —exclamó y Ringo finalmente la oyó— ¡es el bebé! ¡El bebé está pateando!
— ¿Qué? —preguntó Ringo confundido, sin haber oído bien— ¿Qué él bebe zapateando?
— ¡No! ¡Que el bebé está pateando! —corrigió Maureen en un tono más alto.
— Ahh, el bebé está... ¡¿el bebé qué?! —dijo dándose cuenta de la situación.
Ringo corrió con rapidez hasta el vestidor donde se encontraba su esposa, tan torpemente que hizo que las cortinas que la ocultaban cayeran y dejaran a la pobre Maureen exhibiendo su bracier frente a todos los clientes de la boutique. Ella se cubrió con la blusa pero no sin antes dedicarle una mirada asesina a su esposo, quien no podía estar más apenado por lo ocurrido.
El día de compras por Londres terminó cuando los jóvenes volvieron agotados a la casa, con las manos repletas de bolsas. Sin embargo, Ringo tenía una mano sujetando bolsas y en la otra, la barriga de Mo. Todo el tiempo. A ella le había resultado tierno por parte de Ringo, pero cuando comenzó a perseguirla por toda la casa con la mano en su barriga, ya le había comenzado a molestar un poco, mientras que a las chicas les causaba gracia. Inclusive planeaba seguirla hasta el baño, pero por fortuna aparecieron los otros Beatles y, aprovechando que se distrajo, Mo corrió hasta el baño.
— ¿Nos extrañaron, mujeres? —preguntó John y besó a su esposa. Paul hizo lo mismo con Jane, y George sólo se limitó a esquivar la mirada de Rose.
—Oye, yo también estoy aquí —se quejó Ringo.
—Ya lo sabía —respondió él de manera socarrona.
—Toma Ringo —dijo George entregándole las baquetas— tus amigas te extrañaron hoy.
—Y yo las extrañé a ellas —dijo Ringo, abrazando a sus baquetas.
Cyn fue a buscar a Julian a la casa de junto, y cuando regresó, todos se juntaron en la mesa del patio trasero a beber unas sodas. Ringo les contó a los Beatles sobre su frustrante experiencia con el bebé y Mo se encargó de agregar el episodio ocurrido en la boutique, para la diversión de estos. Los tres muchachos melenudos habían extrañado a Ringo ese día, aunque claro, no se lo dijeron abiertamente. Pero para compensar el tiempo perdido, se pusieron a entonar melodías mientras Ringo golpeaba la mesa con sus baquetas. Y en aquel preciso momento...
—Ritchie, ¡está pateando! —anunció Mo y los chicos hicieron silencio. Ringo colocó su mano sobre su vientre pero, nuevamente, se detuvo.
— ¡Es como si mi propio hijo me odiara! —bufó molesto.
—Tal vez no te quiere porque no es tu hijo —insinuó John para fastidiar a su amigo.
—Cállate, John —dijo Mo sonriendo.
—No te preocupes Rings, tarde o temprano podrás sentir las pataditas de tu bebé —lo consoló Paul.
Ringo le sonrió y prosiguieron con su canto, hasta que Maureen les volvió a llamar la atención. Hicieron silencio y Ringo colocó otra vez su mano sobre la barriga de su esposa, pero no había caso. Hasta que Rose se percató de algo.
—Es curioso —comenzó a decir Rose— porque cada vez que ustedes cantan, el bebé patea. Pero cuando se detienen, él también.
—Tienes razón —coincidió Jane— ¿Qué tal si cantan sin detenerse, a ver qué pasa?
Los Beatles pensaron que la teoría tenía lógica, por lo que les hicieron caso a las chicas. Comenzaron a cantar, y el bebé comenzó a patear, así que cuando Mo le dio la señal a Ringo, él posó sus manos sobre el vientre de su esposa, y mientras aún cantaban, al fin pudo sentir las pequeñas patadas que daba el bebé. Ringo estaba realmente emocionado y aun así no dejó de cantar, excepto para plantarle un beso en los labios a Maureen.
—Tal parece que tenemos a un pequeño fan de los Beatles —comentó Cynthia y se acercó a sentir el vientre de Mo, al igual que Jane. Y Rose. Y George, Paul y John. Todos en la casa estaban emocionados por la llegada del nuevo bebé, y se les notaba mucho. Mo rio porque el apoyo incondicional de sus amigos le causaba ternura, y Ringo le dedicó una gran sonrisa llena de amor.
Los jóvenes permanecieron afuera, mientras se contaban anécdotas y reían, pero la mente de George estaba pendiente en otra cosa. Se levantó de su asiento y le pidió a Ringo que lo acompañase a la cocina mientras platicaban sobre una nueva canción, cuando en realidad no era exactamente de música sobre lo que George deseaba platicar.
—No comprendo. Si no quieres contarme sobre una nueva canción ¿qué es lo que quieres contarme? —preguntó Ringo.
—Es que tengo que desahogarme con alguien —dijo George. —Es sobre Rose.
— ¿Rose?
—Sí... Es que no puedo contarle esto a nadie más que a ti. Claramente no puedo decírselo a Paul, porque es su primo. Y no podría decírselo a John, ya que sé que es la novia de Paul y le iría a correr con el chisme...
—Pero ¿de qué se trata?
—Verás... —dijo George y dio un gran suspiro— yo sueño... sueño con ella. Son como sueños, fantasías, no lo sé, pero sí sé que sucede todas las noches.
—Interesante —acotó Ringo, sin saber bien qué decir, porque eso había sido inesperado. —Y en tus sueños, ustedes dos ¿qué hacen con exactitud?
—Hablamos, de lo que sea. Bromeamos y esas cosas —respondió George encogiéndose de hombros.
— ¿Sólo... hablan? —preguntó Ringo con cierta decepción— vaya George, sí que eres todo un pervertido ¿eh? —dijo con sarcasmo y George lo fulminó con la mirada.
—Es extraño, porque todo parece tan real... y al principio todo era inofensivo, porque eran sólo sueños pero con el tiempo... no lo sé...
— ¿Qué estás insinuando, George? —preguntó Ringo con temor.
—Puede que yo...
En aquel instante, ingresó Paul.
—Vine por otra soda, espero que no les...
— ¡AY PERO QUÉ INOPORTUNO ERES, PAUL! —exclamó Ringo exasperado, porque Paul había interrumpido lo que George estaba a punto de decir.
—Lo siento, no quise interrumpir —se disculpó Paul, algo atemorizado por el tono de voz de Ringo.
—Lo que sucede es que estábamos hablando sobre qué hacer en tu cumpleaños, y Ringo no quería que nos oyeras, así es sorpresa —improvisó George, porque dentro de unos días sería el cumpleaños de Paul.
—Oh, estoy muy apenado —dijo Paul— discúlpenme, chicos, ahora mismo me iré.
Paul se retiró y Ringo tomó más sodas del refrigerador. Antes de volver al patio, volteó para ver a George.
—Honestamente espero que no te esté pasando lo que creo que te está pasando —le advirtió. En un tono más suave, agregó— sólo intenta apartar la idea de tu cabeza ¿sí?
George asintió y ambos regresaron con los demás. Todos reían al escuchar una graciosísima anécdota que estaba contando John, y por un instante, las miradas de George y Rose se cruzaron, pero no por mucho, porque George apartó la vista. Sacudió su cabeza levemente, intentando alejar aquellos pensamientos, como le había aconsejado Ringo.
No volvería a caer. No una segunda vez.
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Me disculpo por la demora, pero ya saben.
Escuela, escuela, escuela.
Las adoro ♥
Con cariño,
Ella ♥
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