Eris.
El lunes por la mañana me desvelé bastante temprano, a eso de las nueve, y lo único que hice fue quejarme porque sabía que no volvería a dormirme y removerme con incomodidad en el sofá. Había estado desde el sábado durmiendo en el salón con tal de no tener que escuchar a Kenai desde la habitación, lo que me había causado un muy mal dolor de cuello que tardaría en desaparecer; al menos tenía turno de noche y podía descansar un poco antes de marcharme.
Por mi cabeza pasaba una y otra vez el recuerdo de mi tangente vecina pronunciando aquellas palabras, las de "eres hipnótica". Si hubiera sido otra persona la que me lo hubiese dicho, me hubiese reído y ahora yo no estaría tan jodida, porque sabría que sería una estrategia de coqueteo para conseguir un propósito que ya vería venir.
Pero me lo había dicho él. Me lo había dicho Kenai. Me lo había dicho mientras me miraba hipnotizado, dándole autenticidad a su confesión. Me lo había dicho de verdad, sin ninguna intención oculta, por eso estaba con muchas más ganas de vomitar que hacía unos días. Porque me había calado muy hondo, allí donde habitaba la mariposa que nació durante nuestro primer encuentro, esa que llevaba tatuado su nombre y que había comenzado a reproducirse sin permiso. La misma que me había empujado hacia una caída libre sin paracaídas.
¿Por qué tuvo que decirlo?
«Verás tú la hostia».
Me obligué a dejar la mente en blanco, me desperecé como si de un gato me tratase y luego me levanté para poder escabullirme a mi cuarto y poder fumarme mi cigarrillo mañanero; si por mí fuera no entraría en ese lugar por una buena temporada, pero solo podía fumar allí, pues a Uxía le molestaba el olor del humo y si lo hacía en cualquier otra estancia que tuviésemos en común, este se quedaría impregnado en los alrededores. Así que era justo que, ya que era yo la que tenía ese mal hábito, fuese mi habitación la que sufriese las consecuencias.
Cuando llegué a mi destino, busqué a ciegas, dada la oscuridad del lugar, mi paquete de tabaco y el mechero. En cuanto di con ambas cosas, me aproximé a la ventana, subí la persiana y la abrí. Prendí fuego a uno de los cigarrillos y le di la primera calada. Al expulsar el humo sentí como la calma llegaba a mi ser, no obstante, esta se disipó en el momento en el que escuché como la ventana de mi vecino se abría. Rodé los ojos y solté un gruñido.
—Creí decirte que me dejaras tranquila —espeté y le miré.
Los ojos se me abrieron más de lo normal al comprobar que no era Kenai quien se encontraba asomado, sino un muchacho pelirrojo y medio adormilado que me miraba con una palpable confusión en el rostro. Sentí mis mejillas arder; vaya cagada.
—Supongo que eso va dirigido a...
—Al imbécil de mi vecino —le interrumpí antes de que me dijera su nombre—, perdón. Te he confundido con él.
—Imbécil es un rato, sí —me dio la razón—. Siento si te he asustado, solo quería ventilar un poco esto.
—No te preocupes, perdóname tú a mí. No esperaba encontrarme contigo.
—Es que me he quedado a pasar la noche, pero para la próxima ya sé que debo abrir la ventana con cuidado —rio y, al escuchar la voz del ricitos reclamando su presencia en la cocina, se despidió de mí—. Qué tengas buena mañana.
Dicho aquello, se adentró en la habitación y desapareció de mi vista, dejándome a mí un poco perpleja. Ese pelirrojo había pasado la noche en casa de Kenai y me había dado a entender que le vería más a menudo con eso de que para la próxima vez iría con mayor cautela para no espantarme. Quizás fuese el sueño aún presente en mi cuerpo, pero lo primero que pensé fue que mi tangente tenía pareja y que era ese chico. Luego lo volví a pensar y llegué a la conclusión de que también podían ser amigos, ¿verdad?
Le di otra calada y al expulsarla, el humo me salió tembloroso; estaba algo nerviosa. Al mirar de nuevo hacia mi derecha, me topé con el que tenía nombre de cerveza, provocando que mi corazón pegase un respingo en el interior de mi pecho. Este estaba dispuesto a cerrar de nuevo la ventana, seguro que por el olor a tabaco, y no me miraba, de hecho, tenía los ojos tapados por una de sus manos; estaba evitando tener contacto visual conmigo muy descaradamente. Me molesté ante el tan desafortunado gesto, pero enseguida caí en la cuenta de que yo misma le dije que no me hablase, ni me mirase. Solo estaba obedeciéndome, aunque en el fondo sabía que se estaba cachondeándose de mí.
—No sabía que estabas saliendo con alguien —murmuré con la intención de que me sacara de dudas.
Él frenó en seco y se quedó estático y en silencio por unos cuantos segundos, como si mi comentario le hubiese pillado por sorpresa. Kenai entreabrió los dedos, dejando a la vista uno de sus ojos que me analizó con detenimiento.
—¿Te refieres a Miguel? —preguntó apartándose la palma del rostro; yo asentí—. Ah, sí. Llevamos cuatro meses juntos.
—Cuatro —repetí en un hilo de voz apenas audible.
¡Era su novio! Sentí la boca seca, el corazón desacelerando el ritmo muy lenta y dolorosamente y el estómago encogido. Era como si me hubiesen obligado a tragar insecticida, algo se me estaba muriendo dentro. Eso no tendría que estar pasando, yo no tendría que sentirme como si me hubiesen pegado la paliza del siglo, a mí esto debería de importarme una reverenda mierda. ¡Pero no lo hacía!
—Sí. Hacemos una bonita pareja, ¿a qué sí? —Ladeó la cabeza—. Ah, espero no haberte molestado esta noche, hemos sido un poco escandalosos.
En ese preciso instante estaba aspirando la nicotina de mi cigarrillo otra vez, por lo que la neblina se me fue por mal sitio y comencé a toser para aliviar mis vías respiratorias. No me esperaba aquella confesión tan directa, aunque no debería de sorprenderme porque Kenai era de todo menos tímido; esa era la segunda vez que él lograba que me medio asfixiara con mi propio vicio. Acabaría matándome de una forma u otra.
Kenai comenzó a reírse sin previo aviso, poniéndome la carne de gallina con cada carcajada salida de las profundidades de su garganta y haciendo que me riñese internamente por disfrutarla más de lo que debería. Le miré de reojo con una expresión facial que mostraba lo avergonzada y confundida que me encontraba ante su ataque de risa. Él se pasó los dedos por debajo de uno de sus ojos para apartarse la agüilla salada que había brotado dado su esfuerzo en aquella acción que se me había antojado tan mortificantemente placentera.
Yo no dejaba de mirarle, a la espera de que me diese algún tipo de explicación o algo. El ricitos suspiró, alzó las cejas y se relamió los labios antes de aclararme lo siguiente:
—No te pongas celosa, eh... —Sonrió de medio lado—. Era broma, Miguel es mi amigo. Así que tranquila, que este cuerpo serrano es todo para ti. Solo tienes que pedirlo.
—¿Cómo? —Mi cara estaba a punto de explotar.
—¡Ah, es verdad! —exclamó—. Que me dijiste que te dejara en paz. Bueno, empiezo desde ya. Adiós, canija.
—¡Espe...!
No me dio oportunidad a terminar, pues cerró la ventana y se marchó sin nada más que añadir. Jadeé y puse mi atención en el cigarrillo entre mis manos, se había consumido prácticamente solo y ya no me servía; me había arruinado el piti, el muy capullo. Lo apagué en el cenicero, cerré la ventana y me di la vuelta hasta que mi espalda quedó contra esta.
Tenía el corazón desbocado, sentía mucho calor en el cuerpo y una leve presión estomacal que ya me hacía querer darme de cabezazos contra la pared. Ahora mismo iría a llorarle a Uxía en busca de consuelo, pero ya debería de estar en clase, así que estaría sola hasta que regresase para comer. Para entonces, yo ya habría recuperado la compostura, al menos, era lo que esperaba.
Maldita sea, me había dejado fuera de juego.
🦋
Durante las horas que me esperaban en casa, no volví a poner un pie en la habitación, me había quedado en el salón con las piernas encogidas sobre el sofá viendo la televisión y charlando un rato con mi padre por teléfono cuando tenía un huequito libre. Estaba indignado porque, al parecer, en su ausencia en comisaría al tener que ir a atender unos asuntos fuera, alguien se había atrevido a enjaular a Donette y eso él no lo podía permitir porque el pájaro se ponía triste y no cantaba. Sospechábamos de la mujer con la que tuvo la cita y se fue al ver que traía a su amiguito consigo.
Uxía había tenido que irse a casa de una compañera para empezar un trabajo que debían hacer juntas, por lo que no vino a comer y el resto del día lo pasé sola. Ya no la vería hasta al día siguiente porque, para cuando yo regresase, ella ya estaría en el séptimo sueño. Al menos había tenido la oportunidad de hablar un rato con ella por llamada, pero se la veía estresada y nerviosa, seguro que por lo que iba a suceder mañana.
Eran cerca de las doce de la noche cuando llegó a las urgencias de traumatología una paciente con una fractura en la tibia por haberse resbalado y caído en una muy mala postura. Mi compañera Sonia y yo nos estábamos ocupando de enyesarle la pierna mientras le tranquilizábamos cuando el dolor le sacaba las lágrimas. Se la habíamos puesto en alto, vendado con cuidado y ahora le untábamos la masilla hasta cubrir cada parte del vendaje.
Miré de reojo la hora que era en un reloj de pared, quería visitar a Rafael, al amigo de Kenai, antes de que se hiciera más tarde para no molestar a los que estaban ingresados en aquella unidad. Continué con mi trabajo y, una vez terminado, me quité los guantes, los tiré a la basura y me dirigí a la entrada de la consulta para ver si había alguien fuera esperando para ser atendido; no había nadie, así que me dirigí a Sonia.
—¿Te importa si me voy un minuto? —pregunté—. Vuelvo enseguida.
—¿Ya vas a visitar al chico del accidente?
—Sí, pero será solo un momento.
—Ve, termino yo con ella —respondió con amabilidad mientras examinaba la escayola—. Pero no tardes mucho.
—Gracias, no lo haré.
Salí del lugar y caminé a paso rápido hacia la Unidad de Cuidados Intensivos. No tardé mucho en cruzar esas puertas y, en cuanto llegué a la habitación que le correspondía al chico en coma, me paré enfrente de la puerta para poder ver desde el cristal. Estaba acompañado por dos enfermeros y Felipe, el médico al que acudí para que me dejara pasar a Kenai a la habitación de su amigo; tendría, más o menos, la edad de mi padre, y era como un profesor para mí, aún había veces que me reñía cuando cometía algún error, sobre todo en el trato con niños. Nunca me habían gustado, no se me daban bien, me ponían nerviosa.
«Solo lloran, chillan y vuelven a llorar».
Este me vio y, tras sonreír y negar con la cabeza, se aproximó hacia a mí y abrió la puerta para poder entablar una conversación conmigo.
—¿Qué haces aquí, Marina? Tú no eres intensivista.
—He venido a verle a él. —Miré al muchacho en la camilla—. ¿Cómo está?
—Bueno, no mejora, pero tampoco empeora. —Soltó un suspiro y se cruzó de brazos—. Hemos intentado contactar con su familia, pero no ha habido manera. Va a ser verdad que solo tiene a ese amigo suyo que trajiste el otro día.
—Sí, de hecho, estoy aquí por él. Para informarle sobre su estado.
—Pues de momento la cosa sigue igual. —Se encogió de hombros—. Anda, regresa a tu especialidad antes de que te echen en falta.
—Voy.
Antes de que pudiera dar siquiera un paso, un sonido proveniente de una de las máquinas que marcaban las pulsaciones del corazón de Rafa, me sobresaltó. Miré hacia allí, una línea recta estaba dibujada en la pantalla mientras que nos abordaba un pitido largo e incesante.
Felipe me pidió que me quedara donde estaba, se adentró en la habitación y junto con los otros dos enfermeros comenzaron una RCP. Uno preparó el desfibrilador al tiempo que otro le rompía la tela de la bata que cubría su pecho con la intención de dejarlo al descubierto y que nada entorpeciera la maniobra.
El médico le dio la primera descarga eléctrica, provocando que el pecho de Rafael subiera y cayera de nuevo contra la camilla sin ninguna reacción por su parte. Le dio una más y otra después de esa, pero el chico no despertaba. Mi corazón latía muy rápido contra mi pecho, tanto que lo sentía en mi garganta, a punto de salírseme por la boca. Lo único que esperaba era que el suyo comenzase a latir de nuevo pronto.
¡Holi! ¿Cómo estáis? A mí ha estado a punto de darme un infarto porque me ha cortocircuitado el capítulo y se ha borrado enterito. Luego me acordé de que tenía la copia en Word y se me pasaron todos los males. Hice toro este llanto por nara. 😂
Bueno, yo de momento os voy dejando un espacio aquí con pañuelos y abrazos por si acaso Rafael se nos va. Eso lo averiguaremos en el próximo capítulo, podéis dejar por aquí vuestras lágrimas y vuestros mocos, juasjuasjuas. 🤧
Besooos.
Kiwii.
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