Y ahí estaba ella, después de todo este tiempo no había sido consiente de lo desesperado que estaba por verla. Lucía más delgada, casi podía jurar que pesaba lo de una pluma, sus ojeras eran más pronunciadas pero las disimulaba con maquillaje.
Aún así siempre se las arreglaba para lucir como una completa deidad.
—Marinette, alguien vino a verte.— dijo la Señorita Cesaire atrayendo su vista. Traía en la mano una tablet, donde parecía llevar los preparativos para un evento del que ahora se estaba encargando. Se quedó inmóvil cuando me vio.
—¿Tú?— preguntó confundida. Yo intenté acercarme a ella, pero en su lugar ella retrocedió molesta.— Me parece que no deberías estar aquí, y la verdad es que tampoco te quiero aquí.
—Escucha, le tengo que explicar lo qué pasó.— Seguí aproximándose hacia ella, pero ella continuaba apartándose de mí. Parecía una pequeña presa temerosa de su cazador, viéndome con rudeza como si necesitara protegerse de mí.
—¿Escucharte? Sabía que me despreciabas; pero me esforcé por ganar tu aprecio...— chocó contra la pared, ya no tenía a dónde más ir. — Fui...— Ella no podía retroceder más, la tomé por la muñeca y la jalé hacía mí. Me vio enfadada.— No me toques, no te atrevas hacerlo ¿Acaso sigues sin ser consciente de quien soy?
—No tiene fuerzas ¿Ha estado comiendo bien?
Ella rio enfadada.
—¿Con que derecho me lo dices? ¿Te has visto?— No intentaba zafarse de mí, parecía haberse rendido.— Te odio, te odio demasiado.— Tomé su cabeza y la recargué en mi pecho. Ella simplemente se adhirió a mí, se dejó envolver, y sus manos se aferraban a mi camisa con tristeza y desesperación.
—¿Por qué no me había dicho que la iban a casar con ese hombre? ¿Por eso lloraba?
—Ja ¿Qué hubieras dicho si te lo decía?— soltó con su cabeza aún sumergida en mi pecho.
—Cumplir con su voluntad y acabar con ese compromiso a como diera lugar.
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