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19. Control

La mañana siguiente había llegado. Cuando Kyle se levantó cuando ya eran las nueve de la mañana, y ya había varias personas despiertas. Su habitación tenía únicamente a Kenny, dormido en una colchoneta, con las sábanas desperdigadas. Una sonrisa boba se pego en su cara. Rápidamente agarro algunas de sus ropas y corrió  al baño a cambiarse y lavarse rápidamente. Camino hasta las escaleras, desde arriba viendo la sala. Sharon y Sheila estaban ahí, platicando, mientras Stan hablaba tranquilamente con su novia, Wendy. Ike también estaba ahí, jugando con una consola portátil que el pelirrojo no lograba reconocer desde la parte de arriba de las escaleras. Bajó dando unos cuantos saltos a través de las escaleras, y una vez tocó el piso del lugar, pudo ver un poco mejor sus alrededores. Butters y Dovah estaban en la cocina, sonriéndose de manera extraña y cocinando con rara facilidad. En el comedor, Karen jugaba con la pequeña Mariam y unas cuantas muñecas que la menor traía. Todo se veía tranquilo, pero no se sentía así.
El chico tenía un mal presentimiento. Escuchaba el sonido, las voces. Veía los colores, sentía el suelo frío y el aire fresco pero no natural que circulaba por la casa, olía como los dos amigos en la cocina batallaban para no quemar las cosas que estaban ahí. Sin embargo, sentía que había algo fuera de lugar. Las paredes azules, el suelo café. Todo normal.
No podía ver nada extraño, o oler algo diferente, y mucho menos sentir o escuchar aquello que le parecía incorrecto. Simplemente, dentro de él, sabía que algo estaba mal. Se tensó cuando el tono del teléfono de casa se escuchó por el lugar. Nadie parecía interesado en el. Se acercó a pasos grandes que se sentían ligeros, y lo levantó de su lugar en una mesilla que estaba siempre ahí. Se puso el auricular en el oído, como debía ser. Pero no escuchaba más que silencio.

–¿Hola?–.

No había respuesta. Sin embargo, si había una pesadumbre en él. No noto el momento en que todos habían volteado a verle, incómodos, asustados. Como si estuviese arruinando la pacifica estadía que todos tenían antes de que el llegase. Sin embargo, no retrocedió, o se movió, simplemente observando a los demás, volvió a preguntar.

–¿Hay alguien en la línea?–.

Esta vez hubo respuesta. –¿Kyle?–.

No reconocía aquella voz. O quizás si, pero se le hacia distante, extraña. La voz repitió, desconociendo el hecho del silencio del joven.

–¿Kyle?–.

–Soy yo, ¿que sucede?–.

–¿Kyle?– preguntó una tercera vez, haciendo al pelirrojo fruncir el ceño.

–¿Quién eres?–.

–Kyle,– repitió su nombre, suavemente, ya no como pregunta, y diciéndolo como emocionado, melancólico. Era un tono extraño. –Soy yo, Kenny–.

El chico, olvidando las miradas clavadas de los demás encima suyo, hizo una mueca en confusión. –¿Kenny? No es posible, estabas arriba, dormido. ¿Es una broma, Ken?–.

–¿Kyle?–.

Kyle gruñó, declarando que esto era estúpido. –Es suficiente, si es una broma-– levantó la voz, separando el teléfono de su cara, listo para colgar de un golpe.

–¡No!– la voz le suplicó. –No cuelgues, por favor–.

El joven Broflovski seguía incrédulo, pero algo en si le decía que esperara, que confiara. Devolvió el teléfono a donde lo tenía segundos antes. –¿Qué quieres, Ken? ¿Qué pasa?–.

–No tengo mucho tiempo, Ky. Esto es real, tu al rededor es real. Las cosas se van a poner muy feas pronto, y no se cuanto estaré, o estaremos ahí para detener esto–.

La voz de Kenny, si es que realmente era el, se escuchaba apresurada, nerviosa, pero sobre todo, triste y rasposa. Como si hubiese estado llorando y finalmente pudiese hablar después de tantos gritos.

–Tienes que tener cuidado, Ky. Cthulhu es peligroso. Tienes que-– no escuchó lo que el contrario le quería decir, por que comenzó a soñar interferencia. –Por favor, necesitas-– las palabras se cortaban.

–¿Ken? ¿Kenny?–.

–Él está aquí. Lo siento, no hay más que pueda hacer. No puedo hacer nada más por ti. Te adoro, Kyle. Por favor-–. Y se cortó una vez más.

La interferencia sonó fuerte, y luego llegó el sonido de que había sido colgado. El pelirrojo parpadeó, confuso, perdido. Dejo el teléfono en donde debía de estar, y observo frente a él. Todos seguían observándole. No habían parado desde que recogió la llamada, y comenzó a ser extraño. De nuevo, ese sentimiento de que había algo mal estaba en su interior, carcomiéndole y estresándole sin hacer nada. Volteó a los lados, pero de nuevo nada extraño. Las paredes grises, el suelo de un morado obscuro. Todo era tal como lo recordaba.
Se volteó sobre si mismo, listo para subir y dormir de nuevo, alejarse un rato de toda la bola de idiotas que tenía de familia y amigos, que aparentemente habían decidido molestarle en compañía. Sin embargo, algo le detuvo.

–¡Kenny! Maldita sea, idiota, me asustaste. ¿De que demonios estabas hablando?–.

Unos ojos fríos, violetas como siempre, le observaban espectrales, vacíos. El más bajo comenzaba a frustrarse con todo esto.

–¿¡Quieren parar de bromear?! ¡Se está volviendo molesto!–.

Pero nuevamente, solo se limitaron a observarlo con seriedad.
Kyle observo a los lados, pero a pesar de cómo estaban todos, como idiotas, todo era simplemente normal.
Las extrañas marcas negras apareciendo en las paredes grises, la maldita sombra púrpura apareciendo desde el suelo morado obscuro. No entendía por que aquel sentimiento de que algo estaba mal no podía desaparecer, y por que todos estaban actuando tan raro.

–Para ser casi un genio,– Kenny habló. Pero esa no era su voz. –Eres bastante estúpido, Kyle–.

Esa voz era parecida a la de alguien. ¿Pero a quién? No era a nadie que estuviese ahí, claramente. ¿Y por qué de pronto todos estaban parados tan cerca, en un círculo? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué era aquel sonido? Un sonido extraño, que le sonaba tan conocido, como si lo hubiese escuchado hace apenas unos minutos. Un sonido molesto y blanco que cada segundo era más fuerte.
¿Por qué estaba temblando su cuerpo? ¿Por qué tenía tanto.. miedo?

—No te preocupes, Niño. Suelo lograr esas reacciones–.

¿Quién era esa extraña persona frente a él? Su pelo rubio, sus ojos violetas. Se le hacia extrañamente parecido a alguien, pero no recordaba a quien. Vagamente se le venían a la mente algunas palabras, algunas letras. Empezaba con K, de eso estaba seguro.
¿Karlos? ¿Karkat? ¿Kronos? ¿Kuma?
No. Había una letra repetida. ¿Kurrlo? ¿Kurry? ¿Kitty? ¿Por qué no podía recordar aquel nombre?

–Deja de esforzarte, Kyle. No lo recordarás–.

Quería seguir intentando, por que sinceramente, aquel chico frente a él no podía decirle que demonios es lo que haría o no. Pero no era solo el hecho de que no podía recordar el nombre del rubio, si no que aquel sonido a estática comenzaba a hacerse demasiado molesto y alto para su gusto.

–Cállalo– se encontró susurrando. Estaba seguro de que quería gritar, pero simplemente no salía más sonido que aquel silencioso tono de su boca. –Cállalo– repitió, como una exigencia, aunque por lo bajo que lo dijo parecía más una petición.

El contrario sonrío.
Kyle no sabía por que, no recordaba por que, pero aquella sonrisa le gustaba, y al mismo tiempo la odiaba, demasiado. Era como si aquella sonrisa que se estaba burlando de él estuviese mal. Como si esa sonrisa debiese ser de algo diferente a la sádica diversión que su portador le daba. ¿Por qué se divertía tanto con su sufrimiento?

¿Por que todo era negro? ¿Por qué estaban en un horrible vacío negro?
Lo único que podía ver era a ese idiota vestido de naranja con pelo rubio y ojos púrpuras, rodeado de diferentes personas, personas que el conocía y quería, todas faltas de vida, en tonalidades grises, que hacía parecer que el vacío había robado todo color de ellos para obscurecer su propio tono. También podía escuchar un maldito sonido de estática, estática blanca y molesta que no le dejaba pensar.

–Eres muy inteligente, Kyle. Admito que Cartman es un gran amigo mío, pero para dominar este mundo necesitaré algo más que su maldad. Si pudiese tener también tu inteligencia, seríamos imparables–.

–Cállalo–.

–Te dire que– le dijo aquel idiota sonriente al pelirrojo. –Si aceptas, la estática desaparecerá–.

Kyle parecía dispuesto a aceptar.

Pero el sonido de un estúpido teléfono de casa le hizo detenerse. Volteó a los lados, pero no podía verlo. ¿Donde estaba el teléfono? Kenny le estaba llamando.
Kenny.
Kenny. ¿Donde demonios estaba Kenny? Juraba que estaba ahí hace unos segundos. ¿Que había pasado?

La mañana siguiente había llegado. Estaba sentado en su cama, confundido, perdido. Volteó hacia los lados, e hizo una mueca de disgusto. Ya todos los hombres estaban despiertos, todos excepto Kenny al parecer, que estaba tirado en una colchoneta con las sábanas tiradas al rededor. Kyle suspiro y se rascó la cabeza, nervioso, ansioso. ¿Había tenido una pesadilla?
Ni siquiera se decidió a cambiarse esta vez. Bajo a grandes saltos las escaleras. Esta vez no había paredes grises, o suelo morado. Volteó al teléfono, esperando. No había nada. Suspiro, relajándose.

–¿Kyle?– el joven finalmente volteó, encontrándose con Wendy. –¿Estas bien? Te ves tenso–.

–Si.. solo.. creo que tuve una pesadilla. No se. Realmente estoy tenso– murmuró lo último. –¿Hay desayuno?–.

–Oh, bueno, Sheila y Sharon están con Butters en la cocina, así que quizás haya pronto–.

Genial. Las cosas diferentes eran buenas.

–¿Y Stan?– preguntó.

–Aquí– escuchó esa voz.
Esa voz que le torturaba con la estática.
Volteó, alterado, encontrándose con Cartman, apoyado en la entrada de su casa, levantando el cuerpo de Stan. Sin vida.
Un grito de alteración salió disparado.

–¡STANLEY!–.

No fue lo único disparado. Una bala hizo caer rápidamente a Wendy, y pronto también a Butters, que acababa de salir corriendo de la cocina.

–¡Leo!– gritó desesperada su hermana, corriendo hacia él.

Cartman sonreía, divertido, desquiciado, demasiado para actualmente Eric. Apuntó a La Niña, la menor, sin ningún temor.

–¡MARIAM, NO!–.

Se escuchó un nuevo disparo y Kyle apenas tuvo tiempo para detener la bala con aquel poder que tenía, evitando que Karen fuese dañada por el arma de fuego. Eric sonrió aún más.

–Me alegra saber que no me había equivocado sobre ti y tú poder, Broflovski. Pero ahora no es el momento–.

Las manos de Kyle desperdigaron aquel brillo Aqua que las caracterizaba cuando el pelirrojo usaba aquella magia, y un grito de dolor salió de Karen y Mariam cuando esa bala y otras cuantas impactaron contra ellas.

–¡KAREN! ¡KAREN NO!–.

Kyle, entre lágrimas, alcanzó a ver a Kenny en las escaleras, con la mirada de un hombre al que le acaban de romper el corazón. Heidi y Bebe acababan de bajar, también, y estaban intentando ayudar a Wendy y a Butters, que parecían ya no dar señales de vida. Las dos madres destrozadas aparecieron también, y Ike no se quedó atrás. Unos cuantos sonidos de disparos, y pronto, como si fuese una escena montada especialmente para que el viese a todo lo que tenía morir, lo único que podía ver era una pared azul y un suelo café llenos de sangre. Sangre de la gente que el amaba. Volteó, con las mejillas inundadas hacia Cartman, quien ya no estaba tan lejos de él como antes, y ahora le observaba unos pasos después de él.

–Este es todo, Kyle. Este es el fin–.

Ahí estaba la maldita estática de nuevo.
Pero esta vez no venía de fuera. Esta vez venía de dentro. Dentro de su cabeza. Una estática silenciosa y dolorosa. El teléfono comenzó a sonar. Cartman incluso se tomó la molestia de contestarlo y tirárselo a la cara. Una vez que el dolor lo sacó de su shock, temblando, Kyle levantó el teléfono y puso el auricular en su oído.

–¿Kyle?–.

–Soy yo, Kenny–.

–¿Kyle?–.

Era como una mala broma.

–Por favor, Kenny. Están muertos. No me hagas seguir esto ahora mismo.– escuchó su voz quebrarse. –no puedo ahora mismo–.

–¿Kyle? Por favor despierta, Ky–.

¿Despertar? Volteó a ver a Cartman. El idiota con la sonrisa de burla solo ladeó ligeramente la cabeza, divertido.

–Por favor despierta– se escuchó de nuevo la voz de Kenny por el teléfono.

–Si, Kyle, por favor despierta– esta vez era la voz distorsionada. La que le sonaba conocida, pero no era de Kenny. –No es divertido hacerte sufrir aquí–.



Kyle abrió los ojos, encontrándose con unos ojos azul cielo brillantes, observándole con preocupación. Kyle volteó al rededor. Era su cuarto. Ahí estaban también Stan y Ike, esperando, nerviosos, preocupados. La luz salía levemente de la ventana. Sin dar explicaciones, Kyle salto de la cama, empujando un poco a Kenny sin lastimarlo para poder bajar, y luego saltó las escaleras casi por completo para llegar a la sala.

Solo paredes azules y suelo café.
No había sangre, no había gris o morado, no había sombras, y no estaba Cartman. Escuchó a los tres bajar, con curiosidad y miedo. El pelirrojo solo notó el por que cuando sintió el aire frío en la cara y noto que estaban sus mejillas empapadas.
No había nadie en la sala, pero se escuchaba a las chicas y a Butters arriba.

–¿Está todo bien, Kyle?– le preguntó el rubio.

La mañana siguiente había llegado.

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