🌱 〕One-shot 2
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Palabras: 1660
Género: sinceramente, no sé qué es esto.
Dedicatoria: _ThoughtChieko
" Y tus pupilas ya se han dilatado a tal punto
en el que los ojos ahora se han vuelto un abismo
al que no cualquiera se asomaría... "
— Andrés Alvarado
La vida sigue, decía el dicho.
Y así era para el joven Mikaela, más o menos.
Todos los días se despertaba a la misma hora, saludaba a su padre, desayunaba lo mismo de siempre, tomaba el tren, asistía a clases durante todo el día, volvía a casa, cenaba, le daba las buenas noches a su padre y se iba a dormir. Lo mismo las 24 horas, 7 días a la semana y los 365 días del año.
Sobra decir que no, no tenía ningún amigo.
Pues nadie quería acercársele al chico de los ojos muertos.
Vivía sin vivir, en un mundo monótono y aburrido donde eran amables contigo si se te podía exprimir algo, pero cuando dejabas de dar jugo, te daban la espalda.
Lo sabía bien, demasiado bien.
El único sentimiento que podía llegar a sentir en todo el día, y con un poco de suerte, era molestia.
Molestia de tener que ir a dormir, y soñar lo mismo de siempre.
Las manchas de líquido carmín escurriendo por las paredes, brillante, cálida. La imagen del filo del cuchillo goteando, el miedo recorriendo cada parte de su pequeño cuerpo, la sensación de asfixia y desesperación al correr, la visión del hombre casi alcanzándolo, y finalmente, las cegadoras luces rojas y azules de un coche patrulla.
Ya no se despertaba sobresaltado, o con el corazón latiendo rápidamente, solo se levantaba y se vestía como si nada, pues eso ya era lo normal. Ese sueño formaba parte de su rutina.
Al igual que el color rojo.
Ese color sangre, enfermizo, lo seguía allá a donde fuera, torturándolo día sí y día no. No importaba si era de día o de noche, si hacía frío o hacía calor, si hacía sol o estaba lloviendo, el rojo seguía presente, atormentando lo poco que le quedaba de alma.
Hoy no era la excepción.
Se encontraba en el metro, revisando su teléfono móvil sin interés, esperando a que el tren llegara para llegar al instituto.
Cuando escuchó como el vehículo se acercaba, guardó el aparato en el bolsillo del pantalón, y se preparó para entrar entre toda la gente.
Consiguió un asiento al lado de la puerta, donde estuvo a punto de volver a sacar el móvil de nuevo, hasta que sus ojos captaron un pequeño detalle.
Negro y verde.
Una extraña combinación de colores, pero bastante reconfortante entre todo aquel rojo.
Por primera vez en mucho, Mikaela se sorprendió.
Miró atentamente el chico enfrente suyo. Cabello negro, muy revuelto, seguramente no del tipo que se peinara por las mañanas. Ojos verde esmeralda, grandes y vivarachos, se podía deducir que era un chico bastante alegre. Y por su complexión y facciones, también podía pensar que tendrían aproximadamente la misma edad, unos 14-15 años.
También se fijó que el joven llevaba el mismo uniforme que él. ¿Iban a la misma escuela?, imposible, nunca antes lo había visto por los alrededores.
Aunque bueno, él nunca se fijaba en nadie, así que no podía echarle la culpa.
Pero aún así, ¿no se habría dado cuenta ya si veía a alguien tan destacable entre la gente?
Se pasó el viaje entero tratando de buscar algún recuerdo en el que algo estuviera fuera de lugar, porque si estaban en el mismo instituto, deberían haber coincidido alguna vez por lo menos, o tal vez no estar cerca pero sí poder apreciarlo desde la distancia.
Pero no, no encontró nada por el estilo.
Llegaron a la estación correspondiente, y ahí, lo perdió de vista. Pero eso no poder verlo no significó que estuviera presente en sus pensamientos.
Quiso pensar que era una alucinación, que finalmente se estaba volviendo loco y que todo estaba en su cabeza. Pero no conseguía convencerse del todo.
Lo que había empezado siendo un día más, se había convertido en el comienzo de una búsqueda desenfrenada por respuestas, que Mikaela tenía como objetivo descubrir fuese como fuese.
¿Quién era ese sujeto?, ¿por qué no lo había visto antes?
¿Porqué el, de todas las personas, era la única que no era de color rojo?
Esa noche, Mikaela volvió a soñar.
Pero había algo diferente.
Sí, las manchas se encontraban de sangre se encontraban en la pared, todavía se asfixiaba y se desesperaba, todavía huía, pero...
Juraría, que el hombre que lo perseguía corría un poco menos rápido de lo que solía hacer en las demás versiones del sueño.
Despertó confundido. Sí, podía tratarse de un detalle insignificante, pero es que después de 7 años teniendo la misma visión, se le hacía muy extraño que de repente hubiera un cambio.
—¿Será por culpa del chico de ayer? —preguntó para sí mismo, a la par que se sentaba en la cama.
Se convenció a sí mismo de que no era nada, que estaba siendo un maldito paranoico, y concentró sus pensamientos en prepararse para el instituto.
Urd tomaba tranquilamente un café cuando escuchó como alguien bajaba las escaleras, miró a su hijo que bajaba a desayunar para darle los buenos días, pero se asustó.
Pues por primera vez en mucho tiempo, él no llevaba una expresión de estar muerto en la cara.
No solían hablar mucho. Es más, solo se decían "hola", "cuídate", "adiós" y "buenas noches". No recuerda la última vez que habían tenido una conversación decente, pero aún así, no pudo evitar preguntar ante la sorpresa.
—Mikaela, ¿te encuentras bien?
El adolescente lo miró, sus ojos seguían igual de vacíos que siempre, lo que lo relajó hasta cierto punto, pero su respuesta lo dejó aún más descolocado.
—No lo sé.
Y se fue, sin siquiera darle la oportunidad a su padre de procesar lo ocurrido.
Caminó con prisa hacia la estación, ansioso. Tenía la esperanza de poder encontrarse con el mismo chico de ayer y así, confirmar que no estaba loco (o no completamente, al menos).
Llegó 10 minutos antes de que el tren llegara, pero no había rastro del extraño. Esperó a ver si llegaba, pues con algo de suerte tomaba el tren en la misma parada, pero nunca apareció en el lugar.
Se golpeó mentalmente por ser tan idiota. ¿Cuantas son las posibilidades de que te encuentres con la misma persona en una estación sin haber hablado antes de ello?
Se resignó, y se subió al tren. Comenzando otro patético día de su patética vida.
El viaje fue normal, y llegó a la escuela incluso antes de lo previsto. Caminó lentamente hasta su aula, y ahí se sentó a esperar a que las clases comenzaran.
Escuchó pasos aproximarse, y se incorporó en una buena postura para poder mirar más cómodamente a a la pizarra.
Gran sorpresa se llevó cuando el mismo pelinegro de ayer se sentó en el pupitre de al lado.
No disimuló su confusión, y se le quedó mirando como si de un monstruo se tratase, con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta.
Por supuesto, el contrario se dio cuenta de aquello, y le devolvió la mirada, haciendo que azul y verde chocaran por primera vez.
—¿Se encuentra bien, Mikaela-san? —preguntó en un tono preocupado.
¿Se trataba de una mala pasada de su mente?, ¿ese tipo de verdad lo conocía?, ¿desde cuándo?
—¿Mikaela-san? —repitió, todavía sin asimilar lo que estaba pasando.
—¿Ese es tu nombre, no? — Levantó una ceja, mirándolo como si estuviera loco.
—Lo es...pero, ¿hace cuanto que eres de esta clase? —Insistió. Se estaba volviendo paranoico.
—¿A qué te refieres? — Realmente parecía no entender nada de lo que estaba pasando. — Yo siempre he estado aquí, Mikaela-san.
Dicho esto, el rubio se desmayó.
—Señor Geales, por favor cálmese. Está todo bien.
—¿Llamas estar bien a que mi hijo se desmaye de la nada? —reclamó, furioso ante las palabras del doctor.
—Por favor, escúcheme. ¿Usted es consciente de los problemas mentales de su hijo, verdad? — el hombre asintió, aún conmocionado. — Verá, según la psicóloga que lo trata, Mikaela lleva sin sentir algún tipo de emoción desde la muerte de su madre. ¿Es eso cierto?
—Lo es — suspiró, masajeándose la frente. — Ella dijo que aún debía asimilarlo, pero ya lleva casi 8 años haciéndolo. Sobrellevar la muerte de un ser querido no es fácil, y menos cuando eres un niño. Pero me da miedo que siga así más tiempo.
—Esas son las buenas noticias, en parte — Urd miró con curiosidad al doctor. — La razón por la que su hijo está aquí, es por haber sentido demasiadas emociones en un corto periodo de tiempo.
— Espere, ¿enserio?
— Eso parece. Pasó después de mantener una conversación con el mismo chico que llamó a urgencias. Su nombre es Yūichirō Hyakuya, ¿lo conoce de casualidad?
— En absoluto.
— Entonces, no creo poder darle respuesta de lo ocurrido. Pero pienso que tal vez debería hacer que ambos interactuaran más.
El moreno asintió, se despidieron, y cada uno retomó sus caminos. Uno hacia la sala de espera y el otro a tomar un merecido descanso.
El hombre rubio buscó al tal Yūichirō entre las demás personas, y cuando encontró al adolescente de cabellera negra alborotada, se sentó a su lado.
— Yūichirō Hyakuya-kun, ¿verdad? — El chico lo confirmó, y prosiguió. — ¿De qué conoces a mi hijo, exactamente?
— Somos compañeros de clase. —empezó a explicar. — Lo llevamos siendo desde primaria, y nos sentamos en mesas continuas desde hace 3 años. Pero pareciera que se ha dado cuenta de mi existencia hoy mismo.
El mayor sintió lástima por el joven, y le
empezó a contar sobre la situación de su hijo. De como presenció en primera persona el asesinato de su madre, a como no había experimentado ninguna emoción durante esos últimos años
Yūichirō entendió, y le prometió al pobre padre que haría lo que pudiera para ayudar a Mikaela a recuperarse lo antes posible.
A que esos gélidos ojos vacíos, recuperaran el brillo que se les había sido arrebatado.
Nota de la autora:
Pido perdón a _ThoughtChieko por seguramente no traer lo que estaba esperando :(
Sinceramente, no sabía muy bien cómo manejar lo que habías pedido así que lo interpreté a mi manera. Vuelvo a pedir disculpas si no te gustó :')
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