Way Down We Go - Kaleo
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Es fácil engañar.
Las personas engañan y mienten a otras todo el tiempo.
Pero a lo único que no se le puede engañar es al corazón.
Y esa noche lo aprendí.
Podía decirme a mí misma que estaba todo bien, que podía superar cualquier obstáculo que la vida me pusiera al frente.
Podía engañarme a mí misma. Pero la sensación de que el corazón me ardía en llamas era tan insoportable como las palabras que salían de su boca.
—Besé a Jackie.
—¿Qué?
—La bese en el garaje. En realidad, ella me besó, pero fue mi culpa por no apartarme antes.
En ese instante dejé de escucharlo, era como si me hubieran drenado toda la sangre del cuerpo y me inundara un frío insoportable comenzando por la cabeza hasta llegar a mis pies desnudos, el contacto con la tierra era tan blando que sentía hundirme en ésta, si él había seguido excusándose no lo sabía.
—¿Significó algo para ti? —mi voz sonaba extraña retumbando en mi cabeza.
—No. Tenía que hacerlo para estar seguro.
Una risa entrecortada se escapó de mi boca mezclada con un gemido, las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos.
—¿Seguro de qué, Cole?
—De que no me pasaba nada con Jackie. De que verdaderamente estaba enamorado de ti y de nadie más.
—Claro, y necesitas besar a esa persona para estar seguro, es entendible —dije elevando la voz—. ¡Eres increíble, Cole! —reí.
—Cat...
—No. ¡De verdad que eres increíble! ¡Nunca me deja de sorprender la facilidad que tienes para cagar las cosas!
—¿Quieres gritarme? ¡Hazlo!, te escucho, Cat. Solo quiero que sepas que te avisé.
—¡Ay, muchísimas gracias por avisarme, es un gesto muy amable de tu parte! —me temblaba todo el cuerpo—. De verdad lo aprecio mucho, para nada me duele que juegues con mis sentimientos y luego me digas que la besaste a ella. ¿Sabes qué? esta noche tenía pensado decirte muchas cosas, Cole. Así que empezaré diciéndote que te odio —él giró el rostro para no mirarme.
De verdad quería confesarle lo mucho que lo amaba, lo perdidamente enamorada que estaba por él, lo loca que me volvía el simple tacto de sus manos cuando rozaba cualquier parte de mi cuerpo, el sentimiento en la boca de mi estómago que me producía su olor, lo mucho que me hacían reír sus bromas. No era exagerado decir que me había tomado toda una vida confesarle lo que sentía, me había preparado tanto para este momento, pensando en cómo y dónde sería.
Ahora ya nada importaba, mis esperanzas se habían esfumado y el enojo me había colmado la paciencia.
—¡Teo odio!, ¡odio que me abandonaras cuando papá murió!, ¡odio que no estuvieras ahí cuando más te necesité! ¡Yo no dudé ni un instante en apoyarte con tu lesión, estuve ahí para ti! —las lágrimas caían hasta mi cuello y me picaba el rastro húmedo que dejaban detrás—. ¡Maldita sea, Cole!, ¡odio que seas tan idiota y egocéntrico!
—¿Crees que soy egocéntrico?
—Piensas que el mundo gira a tu alrededor y si haces algo malo todos vendrán a rescatarte porque eres Cole Walter —hice énfasis en el nombre—. Le prometiste a mi padre que no me romperías el corazón. ¡Felicidades! Hiciste todo lo contrario.
—Te dije todo lo que sentía por ti, Cat. Esto fue solo un error, de verdad te pido perdón.
—Estoy harta de escuchar tu perdón.
—¿Qué más puedo hacer?
Por primera vez, sus lágrimas no me provocaron nada.
—Alejarte de mí.
Di un par de pasos aumentando más la distancia entre nosotros y me eché a correr con los pies descalzos por el césped frío, sabía que él nunca podría seguirme el ritmo por su pierna. Solo corrí tan lejos y rápido como pude.
Las lágrimas nublaban mi visión y el alcohol en mi sangre tampoco ayudaba, ignoré las piedras que se me clavaban en las pantas de los pies cuando llegué al camino de la entrada. Trepé a mi camioneta y con las manos temblando giré la llave para arrancar.
Me faltaba el aire dentro del vehículo, pero mi cabeza solo le mandaba la orden a mi cuerpo de conducir lejos de ese lugar.
Del lugar dónde esa noche, bajo el firmamento estrellado y en compañía de quién más amaba, me rompieron el corazón.
Me pregunté si en otra vida también nos pasaría esto, si estábamos condenados a destruirnos. Si yo tenía que sufrir por amarlo tanto, si él, por su naturaleza autodestructiva, tenía que buscar mil formas de dañar todo y a todos a su paso.
Los flashes que me devolvían las luces de los autos que conducían en dirección contraria me quemaban los ojos, me secaba las lágrimas constantemente, pero unas tras otra volvían a escaparse de mis ojos impidiendo que viera el camino con claridad, tenía los oídos ensordecidos por las bocinas de los coches que habían pasado antes y no escuché la última advertencia del camión que se acercaba delante mío.
Los pies me fallaron al pisar el freno por el estado de ebriedad, giré el volante bruscamente saliendo de la carretera.
Para cuando vi el enorme árbol frente a mí, ya era demasiado tarde.
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