Nota de la autora:
Este capítulo es muyyy largo, por lo que lo estoy cortando en dos. Va a centrarse en conocer un poco lo que ha experimentado Aira durante los dos años y medio que estuvo separada de Rodrigo, sobre todo cómo fueron algunas de sus terapias psicológicas para sobrellevar no solo su depresión, sino un aspecto que también sufría y que quizá su depresión opacó un poco, aunque también se trató en MyA: el apego y dependencia emocional que sentía por Rodrigo, y el efecto de estas en su nueva faceta como madre.
Sobre esto he leído bastante, preguntado por aquí y allá, es por ello que me he demorado en actualizar. Quienes me siguen en Facebook habrán visto que lo comenté un par de veces. Y este es uno de los capítulos que más me ha costado escribir de esta saga, empezando porque nunca he sido madre, menos es algo que me interese a corto plazo (en la actualidad me declaro childfree, pero siempre afirmo no digas de esta agua no ha de beber, así que...). No es lo mismo para mí el plasmar su depresión cuando yo misma la padezco y escribir sobre los síntomas de ello en Aira me eran fáciles, a una faceta en ella que veo muy lejana en mí. Pero bueno, justo el otro día leí una frase de Picasso ("Siempre hago lo que no sé hacer, para poder aprender cómo hacerlo"), que creo que me calza a la perfección en lo que ha sido mi experiencia para escribir este capítulo, es lo hermoso de la escritura, te permite investigar, documentarte, prepararte, para abordar un tema del cual desconoces. Y bueno... he aquí el resultado.
Por otra parte, soy consciente de que quizá este capítulo y su segunda parte pueden tener algunos errores, me siento en terreno fangoso, si he de admitirlo xD. Así que, las lectoras que son madres sobre todo, si tienen alguna reflexión que dejarme luego de haberlo leído, son bienvenidas. Leí muy concienzudamente sus comentarios en el debate abrí semanas atrás y estoy muy agradecida por hacerme saber sus opiniones y experiencias, y este capítulo no es menos en ello.
Gracias por todo su feedback y por su apoyo. Sin más los dejo con la lectura ;)
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El trayecto al hotel que debía hacerlo en quince minutos en taxi, Aira lo hizo en media hora en bus. Decidió que, por más que los invadiera la calentura del momento, y más conociendo la hipoteca que Rodrigo debía pagar por su departamento, no estaría demás ahorrar en ciertas cosas. De paso porque, una vez que se hubiera distanciado físicamente de él, con la consecuencia inevitable de que sus hormonas de calmaran, esto le permitió pensar con más frialdad en un asunto: la culpa que la embargaba al debatirse entre dedicar tiempo a su hijo y a Rodrigo, y con ello, despertar aquellos viejos monstruos que creía dormidos y que no habían hecho más que asomarse aquel fin de semana cuando fue a su sesión donde su psicóloga, la tercera que tuviera desde que se había separado del profesor tiempo atrás.
Cuando salió del colegio y vio que Rodrigo le llevaba ventaja, siendo que había tomado el camino de rutina inquebrantable que le conocía, empezó a preguntarse qué tan lejos podía llevarla su reconciliación y, con ello, aquella dependencia emocional por él que creía haber dejado atrás, pero que hoy, le era más patente que nunca.
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—¿Sabes por qué no se te entregó la custodia de tu hijo, cierto?
Una mujer de nombre Roxana Robles, de aproximadamente cincuenta años y de pelo rojo pintado, contemplaba a la joven al tiempo que, con aquella mirada adusta, parecía cuestionarla más que con sus palabras.
—Porque usted no emitió una opinión a mi favor, doctora.
Aira trató de hablar lo más calmada posible, aunque poco le faltaba por lanzársele a la cara. El día anterior, al cumplir Marquitos un año de vida, hubiera sido uno de los más felices de su vida por celebrar un acontecimiento tan importante para ella, de no ser porque le había sido notificada la decisión negativa del juzgado.
—¡Y no era necesario que me lo restregara a la cara! Acabo de leer el informe que le mandó al juzgado. Si quería que me quitaran la custodia de mi hijo, me lo hubiera dicho desde un comienzo, no fingir una falsa amistad durante estos meses, ganarse mi confianza y demás. ¿Y al final para qué? ¡Para pensar lo peor de mí! ¡Es una traidora! ¡Me arrepiento de haber confiado en usted todo este tiempo!
—Ahí estás, de vuelta con tus manipulaciones para tratar de salir bien airada en todo, cuando la única culpable en tus acciones y de lo que ocurre en tu vida eres tú, solo tú.
—Sí, claro. Dígame, ¿quién envió este maldito documento al juzgado en donde habla pestes de mí, ah? ¿Quién? ¡Este maldito informe está firmado por usted! ¡Usted! ¿Cómo pudo hacerme esto? Yo... —Su voz temblaba al tiempo que apretaba su puño con rabia—. Yo... que confié tanto en usted.
—¡Te equivocas, Aira! Yo soy tu psicóloga, estoy aquí para ayudarte, puedes confiar en mí y...
—¡¿Cómo puede decirme que confíe en usted después de que le dice al juez?! En palabras textuales suyas —tomó el documento y lo leyó—, "paciente sufre, además de depresión, de apego emocional severo y de inmadurez en sus acciones, teniendo una madurez emocional de once años a pesar de tener diecisiete. No se la considera apta para hacerse cargo de la custodia legal del bebé identificado como Marcos Gonzáles Sáenz. Es más, se es de la idea de que la independización legal de la paciente fue contraproducente para ella misma, por lo que, debería ser objeto de observación por las autoridades pertinentes la resolución judicial que la ordena y establecerse un adulto responsable para ella".
Tomó el papel y lo apretó con fuerza, que casi sus uñas rompieron el mismo.
—¿De verdad...? ¿De verdad...? —alzó la voz. No le importaba que la escucharan gritar—. ¿De verdad esta mierda piensa usted de mí, mientras que cada semana me sonríe hipócritamente y me dice que estoy avanzando contra mi depresión?
Rompió el documento en varias partes y se lo lanzó al rostro, siendo esquivado por la psicóloga. Esta cambió su gesto inexpresivo por uno muy serio, el cual se correlacionaba con el de su voz:
—Aira, mide tus palabras y tu actitud, ¿quieres?
—¡Váyase al carajo! ¡Es usted una hipócrita de mierda! Sabía muy bien que estaba muy ilusionada por obtener la custodia de mi bebé, lo sabía muy bien. —Rompió en llanto—. ¿Y ahora me hace esto? —El temblor en su voz era patente—. ¿Envía este informe a mis espaldas, en donde solo habla mierdas de mí? Creí que era mi amiga... Lo creía... Yo lo creía...
Quiso seguir hablando, pero no pudo más. La frustración, la impotencia, la rabia por no haber obtenido la custodia de su hijo, muy a pesar de todos los esfuerzos, legales o no, que había hecho durante todo ese tiempo por mejorar por sí misma y para su bebé, le parecían vanos. Tenía ganas de descargar toda aquella impotencia que la consumía en quien consideraba la única responsable de todo. Quiso acortar la distancia que la separaba de la psicóloga, halarle de los pelos, arañarla y golpearla, de no ser porque intuyó que esto podría traerle consecuencias negativas a futuro, y no estaba equivocada. Su reacción actual solo provocó que la profesional la mirara con dureza y anotara en su expediente comentarios negativos acerca de su estado psicológico actual, borrando en un santiamén con una mano lo que con la otra había hecho con tanto esfuerzo y dedicación durante mucho tiempo.
—Bien hice en concluir que no estás apta para hacerte cargo de tu criatura —habló con severidad—. Mírate ahora, actuando como una niña pequeña, malcriada y grosera, echándome la culpa de tus acciones, cuando aquí la única culpable eres tú.
—Sí, claro. Ahora écheme la culpa a mí. ¿Quién diablos firmó en este informe? No fui yo. ¿Le refresco la memoria acaso? —Alzó lo poco que le quedaba del documento roto en donde se podía ver el sello y firma de la Lic. Roxana Robles, Psicóloga, CPP N° **** y se lo enrostró—. ¡Ni una mierda!
—¿Y quieres decirme cuán madura te muestras para hacerte cargo de tu bebé, ahora y antes? ¿Quién quiere abandonar sus estudios siendo que todavía está en cuarto de secundaria, a pesar de tener ya diecisiete años? Una vez se puede entender, porque estuviste embarazada y bueno, querías estar al lado de tu bebé en el hospital al nacer prematuro, y por eso perdiste el último trimestre. ¿Pero dos veces? ¿Dos veces abandonar el mismo grado? ¿Con qué excusa me saldrás ahora?
—Usted no es nadie para cuestionar por qué quiero pasar tiempo o no con mi bebé, ¿ok? ¡No es nadie y no me va a venir a criticar ni nada! Si no quiero continuar estudiando es por su culpa, ¡vieja bruja!
La psicóloga abrió ampliamente sus ojos.
—Puedes llamarme con todos los adjetivos que se te antojen, los cuales solo demuestran tu inmadurez, pero te equivocas otra vez.
—¡No me equivoco nada! ¡Usted no sabe nada!
La psicóloga respiró profundo, tratando de apelar a la poca paciencia que le quedaba.
—Quiero trabajar para tener los medios económicos para haberme cargo de mi bebé y que la próxima vez que lo pida al juez, ahora sí me den la custodia. Una vez que tenga un trabajo, les callaré la puta boca a todos, a usted, al fiscal, al juez de mierda, ¡a todos! ¿Es que acaso no lo entiende?
—Eres tú la que no lo ha entendido.
Aira la miró con total odio. Cruzó los brazos y masculló con rabia.
—Soy tu psicóloga y como tal debo ver si estás apta para hacerte cargo de tu hijo, y con la actitud que estás mostrando ahora y la que mostraste antes, nada que ver. El cariño que pueda tener por ti no me debe minar la objetividad que debo mostrar en mi trabajo. Y tú, con tu actitud actual, no estás apta para hacerte cargo de tu hijo. Lo siento.
—¡Es usted una hija de...!
—Aira, no te permito ya más insultos, ¿me entendiste?
Se levantó de su asiento y la encaró, con firmeza.
—¡ES UNA MALDITA HIPÓCRITA Y TRAIDORA! ¡NO QUIERO SABER NADA MÁS DE USTED! ¡NUNCA MÁs VENDRÉ AQUÍ! ¡NO LA QUIERO VER MÁS!
Y diciendo esto, Aira cogió su mochila, dio una patada a la silla, a tal punto punto de hacerla caer y se retiró del consultorio con un portazo, que retumbó en todas las paredes de la oficina, provocando que la psicóloga saltara del nerviosismo.
La mujer resopló de resignación al tiempo que meneaba la cabeza. Posteriormente, abrió el expediente asignado a la paciente Aira Gonzáles Sáenz. En este tomó notas de todo lo acontecido ese tenso día. Como podía aventurarse, no era nada positivo. Y si de por sí los antecedentes de la joven para hacerse de su hijo no eran muy auspiciosos para su objetivo, su comportamiento de ese día solo la alejó más de aquel...
Transcurrido un tiempo, en el que, a pesar de su independización legal, Aira había solicitado quedarse en el orfanato para estar cerca de su hijo, este le fue negado. En un principio, por la falta de recursos que podrían tener aquí. Las vacantes y el presupuesto asignado a cada menor en abandono eran limitados, y el permitir que la joven se quedara ahí para visitar a su bebé exigiría que le quitara la vacante y usara los recursos que alguien más sí podría necesitar.
Debido a todo esto, y con la promesa que le hiciera a Ángel de enfocarse en sus estudios para lograr los objetivos que se había trazado, para permitirle que pudiera pasar tiempo con su bebé siempre que pudiera, él le compró una cama asignada para ella. A su vez, siempre que le otorgaran fines de semana para poder quedarse, podría retirar dinero de una cuenta de ahorros que él le había abierto en el banco y darlo a la encargada del orfanato para correr con los gastos que su estadía requiriese.
Para su buena suerte, la señora Robles solo trabajó en el centro dos meses después de la discusión que tuviera con ella. A su vez, la psicóloga que la estaba tratando desde que abandonara el orfanato era todo lo contrario a su antecesora.
De aproximadamente veintisiete años, una apariencia delicada y trato cordial, la psicóloga Sara Bellido le recordaba mucho a la profesional a la que Rodrigo la había acompañado tiempo atrás. Y con ella había hecho un enorme esfuerzo por revertir sus antecedentes negativos de meses atrás. No obstante, cuando llegó el momento de la verdad, y la psicóloga tuvo que enviar un informe al juzgado, luego de transcurrido el plazo legal de seis meses para que Aira pidiera de nuevo la custodia de su bebé, el ambiente entre ambas era tenso, muy tenso. La última terapia, antes de que la profesional enviara su informe, dejó ver lo delicada de la situación.
—Estuve un mes de vacaciones, pero es bueno verte de bueno, Aira. ¿Cómo ha ido tu verano? —dijo la mujer con una amplia sonrisa.
—Bien, bien. Todo "tranqui".
—¿Has comenzado tus clases, ¿cierto?
—Sí, justo el lunes pasado.
—¿Y qué tal te trató el verano? ¿Ninguna novedad? ¿Seguiste algún curso de verano de orientación vocacional como te aconsejé? Mira que, el haber pasado el cuarto año de secundaria, que tanto trabajo te costó luego de tres intentos, no debe quedar ahí. Tu futuro como adulta está a la vuelta de la esquina.
—Sí, pero... ninguno me interesó —dijo aburrida.
—¿Ninguno?
—En lo absoluto —habló Aira muy segura que sí.
La doctora ladeó la cabeza y la miró pensativa. Empezó a tomar notas en su expediente sobre un aspecto que empezaba a preocuparla.
—Me comentaste que te encanta la poesía, ¿sí?
—Ajá.
Terminó de tomar anotaciones, cerró el expediente, juntó sus manos y le dedicó toda la atención posible por la propuesta que le iba a hacer.
—Yo puedo hacerte un test de orientación vocacional, claro que sí. Según lo que puedo ver, podrías estudiar literatura o danzas folklóricas, pero un taller de orientación vocacional está dirigido por profesionales especializados en la materia. Hay paquetes para llevar más de un curso según el área por el cual más te inclinas. Creo que lo tuyo es Humanidades, con especialización en el arte y...
—Lo sé, pero a mí todo eso no me interesa —la interrumpió Aira, bostezando abiertamente—. Ya le dije, esas cosas no me interesan —puntualizó al tiempo que miraba el reloj de la pared y se mordía las uñas con nerviosismo.
Este marcaba las 10:15 am. Después de varios meses en los que se había sentido a gusto, las terapias con su psicóloga se le hacían una eternidad. Cada minuto que transcurría en esa oficina era una pérdida de tiempo al no poder pasarlo al lado de su bebé. Si ya de por sí asistir a la escuela de nuevo se le hacía una tortura, sumar a esto el asistir donde su psicóloga incidía en su ansiedad, que en aquel momento se evidenciaba al incrementarse el ritmo cardíaco de su corazón, que el pecho se le oprimiera y que le sudaran las manos con mayor intensidad de antes.
Al notar el silencio y la mirada, entre acusadora e interrogativa, de la psicóloga, Aira respiró profundo para continuar. Finalmente, repitió lo de antes: no le interesaba estudiar.
Sara hizo un gesto de desaprobación, que a Aira solo le provocó más temor. No sabía qué decirle o hacer para que le quitara esa mueca, pero cuando vio que ella la miró con amabilidad al tiempo que sonreía, se sintió un poco más confianza, dejando momentáneamente la ansiedad atrás.
—¿Y qué te interesa hacer en tu vida, Aira? Dime con franqueza.
—Pasar tiempo con mi hijo —dijo sin pensárselo mucho—. Justo el último mes me la pasé de madre sustituta en el orfanato. Una de ellas renunció, hubo una vacante, me ofrecí ad honorem y bueno, mientras contratan a una, pues estoy allí. De hecho, lo estoy haciendo tan bien, que fácil creo que podría abandonar mis estudios y quedarme allí todo el tiempo posible.
—¿Todo el tiempo posible? —Abrió ampliamente sus ojos.
—Exacto, hasta que me devuelvan mi bebé, usted sabe.
—Y... ¿solo esos son tus planes para el futuro? ¿No tienes algo más?
—¿A qué te refieres?
—No sé... ¿Por ejemplo, en el verano qué hiciste?
—Ya le dije, cuidar a mi bebé en el orfanato.
—Sí, pero me refiero a algo más específico. Habiendo sido este tu último verano estando en la secundaria, algunos chicos de tu edad aprovechan para llevar cursos de nivelación escolar, o llevar algún curso que los acerque más a la carrera universitaria que quieren cursar o simplemente pasan una temporada en la playa, se van de campamento con sus amigos, etc. Lo típico de tu edad, vamos.
—Yo no tengo amigos, ya se lo dije el otro día.
—¿Ah, no? —habló, sorprendida.
—Bueno, tengo solo una amiga en la secundaria, pero no la he visto desde que terminamos el año escolar.
—¿No la has buscado?
—No, ¿para qué? Y aunque me llamó por mi cumpleaños, pues no me interesa mucho. Yo solo quiero estar con mi bebé. Y de ser posible, quedarme como madre sustituta.
—Entiendo...
La psicóloga hizo un par de anotaciones más. Mientras tomaba notas, un sonido del estómago de la joven se escuchó e hizo que se detuviera para prestarle atención. Aira se rio, avergonzada, y le explicó que era porque no había tomado desayuno ese día, ya que se había pasado las dos primeras horas del día en hacer tomar a Marquitos su leche y comer su papilla, con mucha dificultad.
—Él antes no era así, ¿sabe? Hasta antes de comenzar mis clases, me hacía caso en todo. Comía su comida a sus horas, se dejaba bañar, guardaba sus juguetes, se iba a dormir cuando le decía... Pero, desde que comenzaron mis clases esta última semana, no quiere hacer caso en nada, ni siquiera a sus cuidadoras.
Se mordió la uña de su pulgar derecho, que le produjo cierto nerviosismo en la psicóloga Bellido.
—¡Ir a la escuela es un desperdicio! —habló azuzando los brazos.
Se sentía frustrada al ver un retroceso en el comportamiento de su hijo. La única solución que encontraba a todo ello era lo que confirmaría a continuación:
—Creo que mi mejor decisión sería abandonar mis estudios y solo quedarme con él. —Asintió varias veces, más para sí misma que para la doctora—. Sí, eso haré.
—¿Y qué has hecho para compensar que no estés con él estos días? Digo, aparte de quedarte varias horas para que ingiera sus comidas.
Aira levantó la cabeza. Los ojos interrogativos con los que ella la contemplaba le parecía que podrían leer su alma. En ese instante, volvió a bostezar, pero de manera más fuerte que antes. El solo haber podido dormir cuatro horas el día anterior y sin comer nada le comenzaban a pasar factura.
—Tienes mucho sueño también. ¿Dormiste bien ayer?
—Sí —afirmó sin mirarle a la cara y concentrándose en romperse un cuerito de su uña mordida, produciéndose una herida—. Me quedé a dormir con Marquitos en el orfanato.
—¿Con tu bebé?
Aira asintió.
Y ahí fue que le contó. El día anterior no había podido dormir bien. Se había quedado con su hijo jugando hasta pasada la medianoche, más tarde de lo recomendable para un bebé de su edad. Y aunque una de las cuidadoras le había dicho que lo llevase a arropar hasta tres veces, Aira se había negado a hacerle caso. Se le encogía el corazón ordenarle a Marquitos que guardara sus juguetes o llamarle la atención cuando hacía mucha bulla en el área de juegos del orfanato. No fue hasta cuando él se quedó profundamente dormido en uno de los sofás mientras jugaba con sus carritos, que ella decidió apagar la televisión y llevarlo a dormir con ella.
—¿Y por qué tienes miedo de regañarle a tu bebé? Debes poner horarios y orden en sus actividades desde muy pequeño.
—Sí, pero...
Terminó de morderse el cuero de la uña, emitiendo un gemido de dolor. Su dedo brotaba sangre. La doctora hizo un gesto de asco al principio, luego frunció el ceño y abrió los ojos en gesto de preocupación.
—¡Perdón! —agregó—. Es que esto me viene molestando desde hace unos días que...
Se mordió la uña de la otra mano, provocando un gesto irreproducible en la profesional. Aira se preocupó al ver su semblante que, aunque quiso frenarlo, no pudo evitar arrancarse un par de pelos más.
—Aira, ¿podemos centrarnos en lo que te estoy preguntando?
Ella asintió, poco convencida.
—¿Por qué estás permitiendo que tu bebé duerma a la hora que quiera y no le pones orden como la madre que debes ser?
La joven pasó saliva. Dejó de concentrarse en las heridas en sus uñas y alzó su rostro para contemplarla. El gesto de reproche en su mirada la caló tanto, que pudo percibir un sudor frío en su espalda.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! —se apresuró en decir—. Es solo que...
Hizo una pausa. Tenía miedo de afirmar aquello que sabía lo que le estaba ocurriendo.
La profesional sacó un folder de su cajón. Abrió un documento, el cual lo leyó en voz alta, de forma pausada.
—Este es el informe multidisciplinario de tu bebé, Aira.
Ella inclinó la cabeza ansiosa.
—¿Y qué dice?
Volvió a releer unas líneas y meneó la cabeza, incidiendo en el ardor en el estómago de preocupación que sentía la adolescente.
—No es muy favorable. ¿Es cierto que discutes con las cuidadoras sobre cómo deben criar a tu bebé?
—Bueno, yo...
—¿Es cierto que ha vuelto a usar pañal, a pesar de que hace meses que lo había dejado?
—Bueno, yo...
—¿Es cierto que Marquitos le pegó a otro niño en la cuna jardín, y tú en vez de regañarlo, le dijiste vieja bruja a la cuidadora que sí lo hizo?
La mujer la miró de reojo. Cerró el fólder y la encaró. Entrelazó sus dedos debajo de su mentón y la contemplaba, con un gesto indescifrable para muchos, entre serio y tranquilo, pero que a la joven le significó como si le clavara una flecha en su corazón, partiendo su pecho en dos.
Aira sonrió con nerviosismo. No sabía qué decir ni qué hacer. Aunque en su oportunidad le había parecido bien abogar por su hijo, ahora que lo miraba en retrospectiva, con mucha mayor razón al verse contemplada en los ojos ámbar de su psicóloga, le provocó pasar saliva varias veces, aunque casi se atragantara con esta por el nudo que tenía en la garganta por no llorar. Finalmente, dio la batalla por perdida. Decenas de lágrimas salían de sus ojos al tiempo que escondía su rostro debajo de sus manos, avergonzada.
—Por favor, deje de mirarme de ese modo, ¿quiere? Me... Me siento mal. —Volvió a limpiarse sus lágrimas.
—¿Cómo crees que te miro?
—Con reproche... con regaño... como diciéndome... como diciéndome... —Alzó la vista y la encaró, a pesar de sentirse avergonzada—. ¡Que soy una mala madre! Y lo sé... Lo sé.
—Aira...
—¡Soy una desgraciada que no sé cuidar a mi bebé! Lo sé, no tiene que decírmelo.
—Yo no te he dicho nada —dijo tranquila.
—Sí me lo ha dicho. Me ha dicho que no sé cuidarlo, que por eso ha vuelto a usar pañal, que por eso se acuesta tarde, que por eso se pelea con otros niños, que por eso no come a sus horas. Y yo sé... yo sé...
Ya no pudo continuar más. El pecho le dolía tanto por la respiración agitada que tenía. Rompió en un llanto desgarrador, nacido del reproche, aumentado por la culpa, con la cabeza gacha porque el letrero de ‹‹Mala madre››, que pesaba sobre sus hombros, le era difícil se asimilar y de cargar.
La señora Bellido se levantó de su asiento. Muy tranquila al estar acostumbrada a las reacciones de sus pacientes, fue al bidón de agua que se hallaba en una esquina. Sacó un vasito de plástico y lo llenó de agua. Lo alargó a Aira para que ella bebiera un poco para ayudarle a calmarla, mas la joven la interrumpió y no aceptó su petición.
—¡No me lo merezco! No merezco que sea amable conmigo. Me merezco lo peor. ¡Soy de lo peor!
—Aira...
En ese instante, el gesto de tristeza de la joven cambió a uno más sereno, si era posible dentro de lo acontecido.
—Pero como sé que soy una mala madre, que no dedico tiempo a mi bebé, que lo dejo abandonado porque debo ir a estudiar, es por eso que quiero abandonar mis estudios, ¿ok? Quiero pasar todo mi día con él. ¡Eso es! —habló muy decidida al tiempo que emitía una sonrisa triunfal.
—Pero, Aira...
—Mañana no puedo ir a la escuela para hacer el trámite porque es domingo, pero el lunes a primera hora lo haré. —Asintió varias veces—. ¡Claro que sí!
La psicóloga intervino, no obstante, la joven la ninguneó. Siguió soltando toda su diarrea verbal, más para sí misma que para su terapeuta, como si con ella buscara convencerse de que la decisión que le rondaba desde hace días fuera la correcta. Mas, luego de terminar su discurso, Sara vio conveniente intervenir y hacerle ver que estaba muy equivocada.
—¿Cómo así? —preguntó la estudiante.
—A ver... —volvió a entrelazar sus dedos—, entiendo que te sientas culpable por dejar a tu bebé a cuidado de unos extraños. —Aspiró con fuerza—. Yo misma fui madre muy joven, ¿te acuerda que te conté?
Aira asintió.
—Me embaracé a los diecinueve años y criar a una bebé siendo tan joven, compaginarlo con los estudios... es difícil.
—Sí, lo es.
—Es normal que te sientas así. Culpable, dudar de que estás haciendo las cosas correctas para él, disfrutar de un momento de ocio en la escuela, mientras te preguntas si estará llorando, echándote de menos o estará bien cuidado por extraños. —Ladeó la cabeza al recordar lo que ella había pasado años atrás con su hija que ahora tenía siete años—. Te comprendo, creéme que te comprendo.
—¿En serio? —preguntó con el temblor en su voz. Creía que la reprocharía, pero su terapeuta se mostraba todo lo contrario a lo que eran sus expectativas.
La psicóloga asintió.
—Encima, eres tan joven, has pasado por tantas cosas, tu situación es tan delicada que es admirable que hayas llegado hasta aquí.
—¿Me...? ¿Me considera admirable? —habló con una esperanza tal en los ojos, que a la doctora le provocó un cachorro abandonado que solo buscaba refugio en la calle.
—De verdad.
—¿No me va a juzgar ni va a creer que soy una mala mujer y una mala madre?
—¿Por qué lo haría? ¿Recuerdas cuando viniste por primera vez a mi consultorio y te dije que estaba aquí para ayudarte y no para juzgarte?
—Sí, pero me he portado fatal. ¡Soy una maldita! ¡Una desgraciada como mi mamá! He dejado a mi hijo abandonado por una semana para irme de parranda en la escuela. —Su respiración volvió a ser entrecortada—. Por otra parte, ¡no sé criarlo como es debido! Ya tan chico y se porta tan rebelde en la cuna jardín. El otro día me dio una patada porque le quité un peluche para que se lo preste a otro niño. En vez de regañarlo, se lo devolví y no me importó que el otro niño llorara. ¡Lo estoy convirtiendo en un egoísta, en un delincuente! —Escondió su rostro en sus manos y se echó a llorar.
—¡Por Dios! ¿Qué cosas dices? ¡Estás exagerando! Marquitos solo tiene año y medio de edad. Está a tiempo de ser corregido.
Pero la joven no la escuchó. Siguió lamentándose, contando sobre otras situaciones parecidas en las que había consentido a Marquitos, para finalmente acotar:
—Soy de lo peor. ¡Ni siquiera sirvo para criar a mi bebé! —se decía al tiempo que lloraba desconsoladamente.
Cuando se calmó, Sara hizo la acotación que creyó necesaria:
—¿Te has dado cuenta de que yo no he dicho nada y tú sola has sido la que, una y otra vez, te has llenado de adjetivos irreproducibles al referirte cómo cuidas a tu bebé?
—¿Eh?
—¿Yo te he dicho que eres una mala madre?
—No, pero...
—¿Que eres una maldita?
—Tampoco, pero...
—¿Una desgraciada?
Aira negó con la cabeza. No supo qué argumento usar para contradecirle.
—Es cierto que te he manifestado algunas cosas que me preocupan de ti, y que es sobre todo el abandono por tus estudios, siendo que solo te falta un año para acabar la secundaria, y más todavía, porque te tomó mucho esfuerzo y tiempo pasar el cuarto grado, no una sino tres veces.
Ella solo se encogió de hombros. Le daba vergüenza abordar ese tema.
—El tema es que, te repito, quiero que recuerdes lo que te dije en un comienzo. No estoy aquí para juzgarte, ¿ok?
—¿Segura?
Sara Bellido asintió.
—Eso dicen todas, luego emiten informes para que no me quede con mi bebé.
La terapeuta pasó saliva al recordar que tenía que emitir un informe al juzgado de familia en los próximos días, el cual le había cursado un oficio requiriendo su opinión respecto a la petición de custodia que la joven pidiera por Marquitos. No obstante, supo disimular muy bien su nerviosismo. Con una sonrisa, enfatizó en lo siguiente:
—Estoy aquí para ayudarte, no para juzgarte. Por favor, recuérdalo.
—Gracias —dijo Aira agradecida desde lo más profundo de su corazón.
—Pero esto no me impide preocuparme por ciertos aspectos que te rodean. Tienes que tener presente cuáles son tus objetivos, por favor. ¡Acuérdate lo que hablamos antes de que me fuera de vacaciones!
—Que estaba feliz por haber pasado cuarto grado y que solo me quedaba un año en la escuela, y con ello tener más posibilidades para mantener a mi bebé.
—Exacto, por eso quiero que te enfoques en lo que acordamos. Debes establecer un horario de visita para tu hijo. Esto ayudará a que él se acostumbre a tener un horario, una rutina contigo y que hay reglas que cumplir. Desde muy pequeño debes enseñarle lo que está bien o mal, y regañarle cuando sea necesario.
—Sí, lo sé. Malditamente que lo sé, pero ¿sabe? Me siento mal al hacerlo. —Aira se enjuagó las lágrimas con las mangas de su blusa—. Me mira con esos ojitos verdes tan inocentes al tiempo que sonríe feliz y me dice ‹‹Mamá, ¿on' tabas? Te extrañé››, que me siento culpable cuando luego se pone a llorar por cualquier cosa, peor todavía, cuando me tengo que despedir de él y... y...
Iba a continuar, pero no pudo. Las decenas de cuadros tristes con las despedidas desgarradoras que, día a día, vivía cuando tenía que despedirse de su bebé, le sobrevinieron como una avalancha de culpa, desazón e impotencia, que solo las lágrimas que caían por sus mejillas podían dejar, siquiera, un mínimo resquicio de todas aquellas sensaciones negativas que invadían su interior.
—Siempre que me despido de él —agregó después de calmarse—, lo abrazo y lo beso bien fuerte, como al principio cuando nos reencontramos.
—Pues eso es lo que tienes que hacer.
Aira abrió sus ojos ampliamente.
—Cada vez que estés con él, sigue haciendo como hasta ahora. Llénalo de besos, abrázalo, mímalo, quiérelo. Que la calidad de tiempo que pasas con él, así sea media hora, dos o tres horas al día, valga la pena.
—No necesita decírmelo. ¡Siempre lo hago! —habló, ofendida.
—Ok, pero no veo mal el señalarlo. Por otro lado, no debes perder el norte como madre que debes ser de él, no solo para llenarlo de cariños, que el apego que forme contigo es muy fundamental en esta etapa de su vida, no lo dudes. Debes ser también una autoridad para él, una guía, para encaminarlo en lo que está bien y está mal.
—¿Me está diciendo que soy una mala madre? —frunció el ceño y temblor en la voz, preocupada.
La psicóloga negó con la cabeza. Le sonrió y habló con la paciencia que ella necesitaba. Le recalcó que un padre no solo debe ser alguien que esté al lado de su hijo todas las veces posible, sino que tiene que ser la guía que todo niño necesitaba, y que solo Aira, como la madre que era, podía hacerlo.
—Si estuviera su padre a su lado, podría ser el equilibrio que, en muchos de estos casos, es necesario.
La estudiante sintió la garganta seca.
—Suele suceder que uno de los padres es el consentidor, pero el otro es como se dice, el ogro, al que el niño tiene miedo y obedece. Y es un poco chistoso porque, de nuevo, tu caso me recuerda mucho a mí. —Ella sonrió—. Así como me ves, tan tranquila y calmada, yo suelo ser quien pongo la autoridad en mi casa. Mi esposo suele consentir mucho a mi hija y a veces a él también tengo que regañarlo. —Rio un poco.
Si la doctora creyó que al compartir su experiencia con su paciente esta se pondría mejor, se equivocó. Aira había agachado la cabeza. Mientras con una de sus uñas de su mano izquierda empujaba a la de la mano derecha, se preguntaba cómo sería la situación si contara con la compañía de Rodrigo en criar a Marquitos. Y ahora, ya no solo la culpa por no sentirse capaz de criar a su bebé como este la necesitaba la invadió, sino aquella por negarles, tanto a padre e hijo, la posibilidad de conocerse y de establecer la relación filial que ambos se merecían.
‹‹Rodri... Marquitos... Sé que soy de lo peor... Por favor, perdónenme››, se dijo mientras lloraba a lágrima viva y se halaba un gran mechón de cabello.
Sara, contrario de lo que esperaba, abrió sus ojos con gran preocupación. Se dio cuenta de que el compartir sus anécdotas familiares no habían tenido el efecto esperado. De esta manera, dejó de lado el darle a conocer ciertos aspectos de su vida personal porque no había logrado en Aira la empatía que esta necesitara para verse reflejada y descubrir que su situación era muy común en todas las madres. Decidió cambiar de tema en otro que también consideraba importante.
—Hay algo más en lo que debes cambiar...
—¿Eh?
—Debes quedar bien con las personas que lo están cuidando, no ningunearlas, menos insultarlas. ¿Cómo vas a decirle a una vieja bruja? —dijo, espantada.
Aira se sintió avergonzada al recordar su última pelea con una de las cuidadoras del orfanato.
—Ellas son el soporte que tú necesitas. Están al pendiente de tu bebé cuando tú no estás.
—Sí, pero... —Hizo un puchero.
—Les debes mucho. Al final de cuentas, son ellas las que están haciéndose cargo de Marquitos en tu ausencia.
—Sí, lo sé, pero...
—Trata de llevar la fiesta en paz. Comunicarle tus inquietudes, hazles saber en qué cosas quieres que hagan hincapié en la crianza de tu hijo durante tu ausencia, etc. Al final, ustedes son un binomio en el cual, lo que haga cada parte, bien o mal, las consecuencias las recibirá Marquitos, dependiendo del trabajo que cada una haga, ¿no crees?
Aira hizo una mueca de fastidio, aunque estaba empezando a convencerse.
—Si practicas día a día —prosiguió la psicóloga—, un distanciamiento sano con tu bebé, y lo visitas con regularidad en las horas que te puedes permitir luego de la escuela, y enfocas tu vida también en otras actividades que sean de provecho para ti, ten por seguro que todo irá para mejor, tanto para ti como para él.
La joven resopló, poco convencida.
—Al final, Marquitos será un niño adorable con todos, tanto contigo, con sus compañeritos, como con sus cuidadoras, y eso es lo más recomendable, ¿no crees?
En ese instante, una amarga sensación, que había experimentado días atrás en el orfanato con su hijo, volvió a invadirla. Sintió un nudo en la garganta al tiempo que su interior le quemaba.
—Y sí... —Aira pasó saliva—. ¿Y si...?
—¿Sí?
—¿Y si por no pasar tanto tiempo con él, Marquitos empieza a encariñarse con las cuidadoras y se olvida de mí?
—¿Ah? —Enarcó la ceja.
—El otro día vi que abrazó y se puso a jugar con la más joven de las cuidadoras, una que acababa de llegar, justo a la que insulté. Tiene mucho carisma con los niños, sobre todo con los más pequeños. Es muy dulce. ¡Tiene todo lo que me falta a mí! —habló con desazón.
La psicóloga pestañeó, bastante sorprendida.
—Tengo miedo. —Jugueteó con sus dedos, nerviosa. Alzó la vista y la encaró, avergonzada—. Tengo miedo de perder el cariño de mi bebé, debo admitirlo.
Sara sonrió.
—Bueno, es comprensible. A veces, compartir el cariño de nuestros hijos es normal y no es malo en sí, te lo digo porque...
Aira meneó la cabeza.
—Me siento insegura... y celosa.
Se haló un par de pelos del lado derecho de la cabeza, produciéndole cierto nerviosismo en la psicóloga, quien no pudo evitar chasquear los dientes por el efecto que le producía contemplarla.
—Y no es la primera vez que me siento así... —dijo arrastrando las palabras.
El temblor en su voz era palpable que, llegar a aquella conclusión le daba pánico y vergüenza a la vez, pero como sabía que debía sincerarse con su psicóloga, quien por enésima vez en una consulta le había manifestado que estaba para ayudarla, y no juzgarla, decidió abrirle su corazón y su alma. Quizá ella podría proporcionarle los medios necesarios para hacer su día a día más llevadero y no repetir aquel círculo que creía haber dejado atrás.
—¿Cómo así?
—Hace tiempo atrás tuve la misma sensación... la misma horrible sensación de celos, de impotencia, de inseguridad... por el padre de mi bebé.
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Anotaciones finales
Luego de haber leído, quiero hacer un par de acotaciones.
-Quizá muchos crean que lo que han leído se contradice con el avance que Aira ha demostrado respecto a su depresión, pero deben tener presente que ella sufre de depresión crónica con varios intentos de suicido, sumado a su dependencia emocional. Esto no se cura de la noche a la mañana, y el paciente puede tener alguna recaída, por ejemplo, cuando se puso celosa cuando se enteró de que Rodrigo se besó con otra mujer. Las crisis que Aira tuvo, sobre todo al recibir la negativa del juzgado por la custodia de Marquitos, están ahí. No se crean que lo asumió con hidalguía, nada que ver. Eso sí, no llegó al punto de querer atentar contra su vida de nuevo, y aquí mucho tiene que incidir la existencia de Marquitos porque sabe y tiene muy presente de que si a ella le pasa algo, su bebé sería declarado huérfano al no tener Rodrigo la custodia, y corre el riesgo de que la tutela de Marquitos pase totalmente al Estado. Se puede decir que, y esto siendo coherente con lo que les dije semanas atrás al justificar la presencia de Marquitos, ella necesita de un empuje, de un motivo fuerte, para no dejarse caer, ver todo desde otra perspectiva y casi obligarse a tratarse para poder sanarse.
-Aira a la fecha ha tenido tres psicólogas. Sus terapias con las dos primeras las han leído aquí. Las que tuvo con la tercera, su última sesión poco después de su reconciliación con Rodrigo y antes de su reencuentro en la escuela, se publicará en la segunda parte de este capítulo.
Y eso es todo. Nos vemos en la segunda parte del capítulo 9 ;)
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