—Bien, ¿de qué quieres hablar?
Ani se había apoyado sobre el balcón. Parecía estar dispuesta a lo que la joven tenía que hablarle.
—No quiero estar peleada contigo —dijo sin tapujos.
Todavía le dolía que su amiga la juzgara, pero se dio cuenta de que, en momentos así, el orgullo había que dejarlo de lado.
—Yo tampoco. —Se haló el pelo, dubitativa—. Tú fuiste la que se enojó conmigo, ¿te acuerdas?
—Sobre eso me gustaría hablar —volteó a ambos lados—, mejor donde nadie nos pudiera escuchar. ¿Nos vamos detrás del herbolario? Ahí hay poca gente...
*******
—No creo que nadie nos escuche, si ese es tu problema —acotó Ana luego de que su amiga, por enésima vez, escudriñara a los alrededores para ver si no había moros en la costa.
Ella tenía razón. Pero, por mucho que su razón le dijera, el nerviosismo que la consumía no la dejaba pensar con claridad.
Animari, al darse cuenta, rodó los ojos y meneó con desaprobación. No le gustaba ver a su amiga en esa posición.
—Es por esto que no estoy de acuerdo en tu relación con el profe Ambrosio —dijo con temor, a la espera de que la joven le replicase, de nuevo, que estaba equivocada.
Aira volteó al escucharla.
Su primera reacción al contestarle fue responderle, convencerle de que estaba equivocada. Pero, cuando su amiga le soltó su enésimo argumento del porqué no le convenía su relación con Rodrigo, en lo que era el típico aprovechamiento de un hombre adulto con su alumna, se dio cuenta de que las cosas no habían cambiado para nada.
Llegado a ese punto, no supo qué hacer.
Tenía la certeza que debía volver a socializar, que debía esforzarse por reconciliar, pero odiaba tener sus reproches que aceptar, sus contrargumentos tener que aguantar, sus emociones aparentar... porque lo primero que se le ocurría en ese instante, cuando Ana le decía que lo que tenía con Rodrigo era inapropiado, era mandarla al diablo.
¿Inapropiado? ¿Cómo podía considerarse inapropiado cuando, con el leve toque de Rodrigo sobre su piel le devolvía el alma y el corazón?
¿Inapropiado? ¿Cómo podría considerarse inapropiado cuando él, con cada beso, con cada abrazo, con cada ternura le devolvía la autoestima, la respiración, la emoción de vivir, de sentirse viva otra vez?
¿Inapropiado? ¿Cómo podría considerarse inapropiado si, producto de ese gran y profundo amor que se tenían había nacido su hijo, Marquitos, a quien consideraba el mayor regalo que Rodrigo le podría haber dado?
¿Inapropiado? Inapropiado era tener que aceptar, tener que fingir, tener que omitir de su boca varias palabras que quiso añadir a la siguiente oración, como respuesta a su enésima reclamación:
—Puede que no tengas razón. Gracias por tu incomprensión —formuló con un ardor que le quemó su interior.
Morderse aquellas palabras que quería formular, que quería argumentar, que quería gritar la devoraban, la consumían, la ensombrecían.
No quería construir su amistad con Ana María basándose en mentiras. Quería solo alguien que la escuchara, que no la juzgara, que simplemente la acompañara, como creía que se comportaban las amigas.
¿Tan necesario era que se volviese a hablar con ella? ¿Pudiera ser que Rodrigo se hubiese equivocado al convencerla para hacer las paces?
La incomodidad que la recorría cuando su amiga le aconsejó, por enésima vez, que tuviera cuidado en su relación porque podría traerle consecuencias desagradables, en los que ella llevaría la peor parte por ser alumna, por ser menor que él, por ser mujer, la hizo preguntarse si, en casos así, el machismo había sido dejado de lado o no en la actualidad.
—Te estás cuidando, ¿no?
—Que sí —contestó de mala gana.
—Mira que, si sales embarazada de él, todo el mundo te verá mal.
Ella enarcó la ceja.
—¿Por qué lo dices?
—Él solo perderá su trabajo. ¿Pero tú? ¡Todo el mundo te juzgará! Ser madre soltera, y adolescente, siempre trae malas consecuencias. La mujer siempre lleva la peor parte en todo esto.
Aira no daba crédito a lo que escuchaba.
—¿No crees que es un poco arcaico lo que dices? Estamos en el S. XXI, Ani.
La aludida meneó la cabeza.
—¿Cuándo has visto que una mujer embarazada ocupe altos rangos? Por lo general, las mujeres que han crecido profesionalmente en una empresa han postergado su maternidad. En otros casos, piden licencia de maternidad. Incluso, hay empresas que no contratan a mujeres casadas porque temen que les salga más caro cuando salgan embarazadas. ¡Es injusto!
—¿No crees que estás yendo muy lejos? Ni siquiera acabo el colegio.
—Tienes razón. —Apoyó su cabeza en su mano, pensativa—. Pero tú misma lo acabas de decir.
—¿Eh? —Le dio un sorbo a su té verde.
Había escuchado que este le ayudaba a acelerar su metabolismo, y dado que sentía que había subido de peso, había empezado a tomarlo desde esa semana. Sin embargo, por alguna extraña razón, a la que no le dio importancia, le pareció que tenía un extraño sabor.
—Ni siquiera acabas el colegio. —Hizo una pausa—. Y con dieciocho años ya deberías estar en el instituto o en la universidad.
Ella hizo un puchero, ofendida porque le recordó su nivel escolar.
—El punto es que —colocó una servilleta para envolver su bocadillo de jamón—, si sales embarazada de él, deberás abandonar tus estudios hasta que des a luz. Te atrasarías de nuevo. —Procedió a darle un mordisco a su bocadillo.
—¡Qué exagerada eres!
Volvió a darle otro trago a su té. Ignoró el mal sabor que tenía. Debía hacer esfuerzos, si era que quería bajar de peso.
—¿Te estás cuidando, no? —La miró inquisitiva.
—Ani, por favor —habló con fastidio.
—¿Te estás cuidando?
—Que siiií.
Al ver que le respondía con desgano, resolvió insistir en su consejo.
Sorprendiendo a la joven, la tomó de ambas manos para luego hacerle una petición:
—Estoy feliz de que me hayas pedido reconciliarnos, Aira. Desde que nos peleamos, me sentí muy sola. Yo no tengo muchos amigos en el colegio. Siempre me he sentido un cero a la izquierda. Como que no encajo, como que no valgo... Soy fea —habló cabizbaja.
—¿Pero tú estás loca o qué? ¿Por qué dices eso?
—Aira...
—¡Si eres preciosa! Cualquier chico estaría encantado de ser tu pareja.
‹‹Ojalá Caballero te escuchase››, pensó Animari.
—Pero no solo eso, eres muy amable —continuó Aira—. Desde el primer día, que vine a la escuela, fuiste muy buena conmigo. Y nunca me juzgaste cuando te conté que repetí, en donde viví, lo del orfanato y demás —dijo, avergonzada—. Mira esas de ahí.
Señaló a un grupo de chicas del Quinto B, conocidas por ser las más populares de su año, ya sea por su físico, por sus méritos deportivos o por destacar en diferentes círculos del colegio.
—¿Tú crees que esas chicas son amigas de verdad? —Aira las miró con desprecio—. Siempre que voy al baño veo que Montañez raja de Vicentello. Y esta no se queda atrás. Cuando está con su séquito de estúpidas raja de Montañez, Díaz y Carvallo. Se la pasan cuchicheando en las mesas de ajedrez, en donde solíamos tú y yo almorzar.
—No lo sabía —dijo, boquiabierta.
Aira volteó para dirigirse a su amiga.
—Tú, fuera de los desacuerdos que podríamos haber tenido, ¿has rajado de mí con los demás? ¿Les has contado que vengo de un barrio movido? ¿O que estuve en un orfanato? ¿O que me estoy acostando con mi profesor?
Ana sacudió la cabeza.
—¡Por supuesto que no! Por muy enojada que estuviera, sé guardar un secreto —acotó con énfasis—. Nunca te haría eso, Aira.
La joven le sonrió.
—A eso voy, Ani. Al igual que tú, no tengo ningún otro amigo en el colegio. Quise reconciliarme contigo porque me sentía sola.
—Pero tú te enojaste conmigo...
—¡Porque juzgas a Rodrigo sin saber! ¡Me juzgas a mí también! Y eso me duele mucho, más viniendo de ti. Te he contado cosas que a nadie más. Eres de las pocas personas en las que confío, ¿sabes? —dijo con tristeza—. Y me dolió mucho cuando me juzgaste... nos juzgaste. —Bajó la cabeza.
—Pero él es tu profesor. Se supone que debería guiarte. ¡Te está induciendo a hacer algo indebido!
—¡Ani!
—Incluso, si fueras menor de edad, se vería como una violación.
‹‹¿Cómo una violación?››.
‹‹En otra página... Puros adolescentes decían, cuando leían mi confesión anónima, que era un corruptor de menores. ¡Hasta una dijo que era un violador!››.
‹‹¿Un violador?››, se repitió con pesar.
—De la que se ha salvado el profesor Ambrosio. Sabe hacer muy bien su jugada. Se enteró de que eras mayor de edad, que estabas loquita por él y no desaprovechó la oportunidad. Vaya que es astuto. —Meneó la cabeza con desaprobación.
‹‹Rodri tenía razón››, pensó con tristeza. ‹‹Desde fuera cualquiera lo vería mal. Ani solo reacciona como lo haría cualquiera››.
Trató de buscar cualquier excusa para replicarle. Pero, mientras no se le ocurría ninguna que pudiera refutar a su amiga y su opinión de que, en una relación profesor-alumna era la persona con autoridad quien llevaba ventaja y se aprovechaba de la situación, lo siguiente que le soltó Ani le hizo ver que su opinión, equivocada sí, no era con mala intención:
—Me preocupas, Aira. Esta relación te puede traer problemas, ¿es que acaso no lo ves?
—Estás equivocada.
—Estás tan enamorada de él, que al verte me doy cuenta de que, como dice el viejo refrán: el amor a veces ciega.
Aira iba a replicarle que estaba equivocada, pero no pudo.
En ese momento, experimentó un retorcijón en su estómago. Posteriormente, un sabor agrio se coló por su garganta provocando que se mareara. Todo comenzó a darle vueltas, al suelo envolverla, a que su cuerpo casi cayera.
Como pudo, tomó la bolsa de plástico que había cubierto su táper de comida. Se apoyó con dificultad sobre la silla para luego vomitar.
—¡Aira! ¿Qué te pasa? —habló su amiga preocupada.
La joven no le supo responder. Pero el tiempo no tardaría en hacérselo saber...
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