Canción del capítulo: Confianza de Micro TDH
—¿Sr. RAE? —dijo Aira ante lo que acababa de oír.
—Sí.
Le iba a replicar a su respuesta, pero no le dio tiempo. De inmediato, Rodrigo le había dado la espalda y se dirigía a su computadora, que descansaba en un mueble en la esquina de su dormitorio.
—Ven acá —le pidió con un gesto con la mano.
Aún poco convencida, se levantó de la cama y lo siguió, no sin antes preguntarle si tenía una bata o algo parecido, porque empezaba a tener frío al estar desnuda durante un buen rato.
—Tengo dos, pero será mejor que te pongas uno de los pijamas que te comenté.
—¿Para qué? Si, conociéndote, seguro que después vamos a continuar lo que dejamos pendiente, ¿o no?
—¿Eh? —Enarcó la ceja, confundido.
—¿No tienes una bata? Digo —habló con picardía—, algo que te sea fácil desvestirme.
—¡¿Cómo?!
—¿Me vas a decir que no te has vuelto un bragueta loca, tanto que prefieres desvestirme rápido, de tal manera que no rompas los botones de mis blusas como las del colegio?
Él pasó saliva.
—¡Aira!
—¿Estoy mintiendo o no?
Rodrigo se sonrojó. Volteó la cabeza y cambió de tema de conversación de inmediato, no sin antes decirle que podía buscar una bata en el perchero de la esquina.
Ella lo obedeció. Más, luego de probarse las dos batas que tenía Rodrigo y ver que le quedaban grande, sonrió al darse cuenta de la diferencia de tamaño entre ambos.
—Sería bueno que tuvieras aquí una bata pequeña y rosada para mí —bromeó y sonrió a la vez.
El joven le prestó atención a lo último que le había escuchado. Se dijo a sí mismo que más tarde buscaría por internet o en una tienda una bata que fuera como la que Aira le pedía.
Ella iba a tomar una silla que se hallaba a pocos metros de Rodrigo para acomodarse a su lado. Sin embargo, cuando lo vio ahí, sentado y concentrado mientras esperaba a que se cargara la computadora, una idea cruzó por su mente.
—Rodri, hazme un espacio.
—¿Eh?
—Hazme un espacio ahí —se refirió a la silla de color negro en donde el joven se hallaba sentado—. Quiero sentarme a tu lado... o mejor —sus mejillas se encendieron—, sobre ti. ¿Puedo?
—Claro. Siéntate en mi regazo —contestó Rodrigo al tiempo que retrocedía con la silla para hacerle espacio y digitaba un par de teclas.
—No en tu regazo.
—¿Cómo?
—Sobre ti y tu... —Ella bajó la vista y se sonrojó—. ¿Sobre Rodriguito?
—¿Rodriguito? —Volteó a contemplarla, sorprendido—. Así le llamas a mi pene y... —dijo casi por inercia.
Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, ya no terminó su frase.
—Qué suelto has dicho la palabra ‹‹penosa››. —Rió con timidez.
—¡Aira!
Ella rió de nuevo.
—¿Puedo? —insistió.
Rodrigo dejó lo que estaba haciendo y volteó la silla, de tal manera que estaba frente a frente con ella.
—¿No quieres que te cuente sobre el ‹‹Sr. RAE››?
—Sí, pero primero se me ha antojado pues... —Su rostro era un tomate—. Ahora que sé que no soy ninfómana y me estás enseñando otras cosas, pues yo... yo... —Bajó la vista y jugó con uno de los mechones que caían de su pelo—. ¿Puedes enseñarme a hacer el amor estando yo encima de ti? —habló rápido por la vergüenza que la invadía.
Él sonrió para luego contemplarla con ternura.
—Claro. —La tomó de la mano derecha—. Ven aquí. —Cogió su mano izquierda, de tal manera que estaba Aira frente a frente, a pocos milímetros de él. —Siéntate en mí.
El rostro de Rodrigo descansó sobre el centro del pecho de la joven, entre sus senos. Finas líneas empezaron a dibujarse con sus besos y lengua.
Aira, que en ese momento se hallaba parada, empezó a temblar poco a poco y a dejarse llevar... guiar... caer... sobre él y todo lo que aquello representaba en ese instante.
—Rodri...
Lo acarició. Lo abrazó. Lo besó. Pero, cuando quiso unirse a él en cuerpo y alma, impulsada por su instinto y guiada por su ritmo, no pudo. Como antes, su falta de inexperiencia le estaba jugando una mala pasada.
—¡Otra vez no puedo! —dijo, malhumorada.
Su compañero, a diferencia de la vez anterior, en que la incomodidad de la habitación y lo clandestina de la situación le habían impedido que le enseñara con dedicación, ahora vio que tenía mejor disposición. Decidido, le hizo una petición para continuar con su lección:
—Abrázame.
—Pero si te estoy abrazando —replicó mientras se asía a su cuello con ambas manos.
—Con las piernas, Aira. —Miró a la cama—. Te quiero llevar ahí cargando.
—Ya me has cargado así otras veces y yo no he hecho nada; tú sí. ¡Es inútil!
—Hazme caso.
—Pero, Rodri, nada me sale bien.
—Ahora será distinto. —La besó en la nariz con ternura—. Confía en mí.
Dubitativa, lo obedeció.
Cuando ya se hallaban en la cama y luego de él estimularla, le hizo la pregunta típica, que no le había hecho desde semanas atrás:
—¿Lista? —le inquirió de la manera más formal posible al tiempo que se acomodaba los lentes, que había dejado en la mesita de noche.
Se hallaba encima de ella como antes, como ahora, en los que no había techos ni paredes que los limitaran, solo sus deseos y ansias por unirse hacia el sin fin.
—Ya empezó en su mondo gentleman.
—Una ocasión especial requiere de un comportamiento especial.
—¿Cuál especial? Si has hecho conmigo todo lo que se te ha antojado, huevón.
—¡Aira! —Frunció el ceño, dejando sus formalismos atrás.
Ella rió.
—Está bien, está bien. —Rodó los ojos—. Estoy lista.
Con cuidado al principio, con intensidad después, el curso de sus acciones llegó a un punto álgido luego de la que joven se estremeciera y gimiera por enésima vez, mientras Rodrigo recuperó la cordura antes de explotar dentro de ella.
—¿Qué pasa? —preguntó después de percatarse de que los movimientos de su compañero se habían detenido.
—Casi me dejo llevar...
Se aferró a la joven de la cintura con una mano y de la nalga derecha con la otra.
—Abrázame con las piernas, Aira.
—¿Eh?
—Abrázame con las piernas, así... —Empujó con intensidad dentro de ella, provocando que ella gimiera—. Abrázame.
Dejando atrás las dudas, poco a poco Aira obedeció a lo que le indicaba. En un momento dado, sin que se diera cuenta, Rodrigo se hallaba boca arriba y ella sobre él.
Cuando fue consciente de la situación, un halo de sorpresa mezclado con miedo la invadió, por temor a arruinar aquel mágico momento.
—¿Qué...? ¿Qué hago, Rodri? Yo... no... sé... ¡Tengo miedo de malograrla!
Quiso levantarse para separarse de Rodrigo, pero él la tomó de la cintura con firmeza al tiempo que alzaba su tronco. Todavía unido a ella, le dio un beso en la boca, acarició su mejilla con dos de sus dedos para luego agregar:
—Quédate así como estás. Vas bien.
—¿En serio? Porque yo... no sé... ¡no puedo hacer nada!
—¿Confías en mí?
—Sí, pero... Antes te hice daño con los dientes cuando intentaste enseñarme lo otro y yo... —Lo miró de preocupación.
—Déjame guiarte... ¡Déjame enseñarte! Vas bien. Sabrás hacerlo bien. Yo confío en ti, mi chiquita bonita.
La besó en la boca al tiempo que sus ojos la contemplaban con un brillo de total adoración.
Perdiéndose en el cuenco de sus ojos verdes, alimentada por sus caricias tenues, acompasada por los movimientos firmes de él debajo de ella, primero lento, a continuación intenso, Rodrigo supo encaminarla hasta el sin fin.
Como una nueva danza que la estudiante quería aprender, fue guiada por aquel paciente maestro que la invitaba a unirse a su ritmo carnal. Poco a poco, Aira se dejó enseñar, se dejó llevar. Descubrió una nueva manera de bailar, cuando su danzante intensificaba su ritmo en su interior. Su cuerpo, acoplado de manera amorosa cuando él le decía ‹‹Tranquila››, alimentado por la lujuria de ‹‹Vas bien››, para finalmente ser sazonado por ‹‹Sí, así››, cada vez se movía más natural.
Aún con sus pausas, aún con sus errores, aún con sus preocupaciones, cuando observó que su compañero llegaba al éxtasis final, y descubrió que ella había tenido que ver en ello, un nuevo orgullo la envolvió, una nueva seguridad la abrazó, una nueva confianza la envolvió. Sin darse cuenta, el orgasmo que la alcanzó extrapoló todas sus células, todas sus fibras, todas sus sincronías, las cuales... las cuales, terminaron de acompasarse en aquel baile, cuando sus armonías culminaron con sus dedos entrelazados por amor.
Como broche de oro para aquel baile, él la abrazó, la besó y le susurró ‹‹Gracias, mi amor. ¿Ves?, lo hiciste bien››. Lágrimas de placer bañaban por sus mejillas. Él las bebió, como nota aprobatoria de aquella primera lección.
******
—Estoy cansada, ve tú solo.
Aira se hallaba arropada. Luego de aprender su primera lección, había continuado algunas veces más, otras él, hasta dejarla agotada. Cuando se acomodó con la manta azul de tela polar, Rodrigo ya había terminado de bañarse. Por la hora, él le dijo que tenía que salir a hacer unas compras para preparar el almuerzo.
—¿Siempre eres tan floja? —preguntó al tiempo que se ponía una camiseta azul.
Él movió su pelo a ambos lados para dejar salir los restos del agua que le quedaban.
‹‹Floja dice; estos días he dormido poco y estoy cansada. Para remate, hoy me has hecho el amor hasta decir basta. Hasta me duele ahí y todo por tu culpa, huevón››, quiso reclamarle, pero se contuvo.
Aunque una sonrisa boba se dibujaba en su rostro por la intensidad de la mañana que habían compartido, tenía miedo de decir algo que malograra la magia de ese día. Quería cuidar lo que tenía, luego del grado de complicidad y de confianza al que estaban llegando.
—Hace frío, Rodri, y acabo de bañarme. Solo quiero estar arropada. Se siente muy bien aquí.
Acomodó su cabeza sobre la almohada. Con la manta azul se cubrió hasta el cuello. Cerró los ojos al tiempo que sonreía.
Él la miró y una curva se formó en boca. Le gustaba verla así, tranquila y feliz; deseó que aquel instante fuera duradero. Y podría continuar contemplándola así, de no ser porque un pensamiento lo asaltó, llenándolo de preocupación.
—¡Aira! ¡Aira! ¡Despierta! —Se inclinó sobre ella.
—¿Qué? —habló con los ojos cerrados.
—Tengo que salir a comprar, lo sabes.
—Ajá.
Él se agachó al filo de la cama para estar a su altura.
—¿Me prometes que estarás aquí cuando vuelva? Por favor...
Un ligero temblor había en su voz, que no pasó desapercibido para la joven.
—¿Eh? —Abrió los ojos de inmediato y levantó la cabeza.
—Por favor, ¿sí? —rogó.
—¿A dónde crees que me voy a ir?
—No sería la primera vez que lo hicieras —acotó con tristeza.
De inmediato, ella se alzó y lo miró con rostro interrogativo.
—¿Crees que...? —Tragó saliva—. ¿Crees que me voy a ir como hace tres años?
—No, pero —se rascó la frente—, tengo miedo.
Ella le acarició la mejilla.
—Te lo prometí el otro día, tontín. —Lo acarició con la otra mano—. Voy a hacer todo lo posible porque esta relación funcione. Por eso, trataré de no cometer los errores de hace tres años.
‹‹Aunque Marquitos sea mi excepción a mi promesa de no volverte a mentir››, se dijo con pesar.
—¿De verdad? —preguntó con temor.
—De verdad. Te lo juro. —Acunó el rostro del joven entre sus manos—. Ahora que te he recuperado, no quiero volver a irme de tu lado, Rodri.
Ella lo besó con toda la ternura, el amor, y sobre todo la confianza que podía transmitírselos a él. A través de sus caricias, sus besos y sus miradas, procuró reforzar aquella seguridad en su pareja que sus errores pasados habían minado. Pero, ¿sería así?
*******
Debido a que Rodrigo la había despertado, y la charla que había tenido con él la puso en alerta, Aira no pudo descansar. Por más que intentó cerrar los ojos, dar vueltas en la cama y demás, el pensamiento de la última promesa que acababa de hacer le había quitado el sueño por completo.
Luego de ir al baño y terminarse de asear, buscó entre los cajones de Rodrigo uno de los pijamas que él le había dicho que había comprado para ella hacía unos días.
Quería vestirse cómoda, como si estuviera en casa, y los pijamas talla L que el joven le había prestado los primeros días, tras su reconciliación, le quedaban grandes por su diferencia de estatura. Por lo mismo, ella había bromeado un día diciéndole ‹‹Que un buen enamorado debía ser precavido y tener ropa para su novia en su casa››. Lo que se había olvidado era que, Rodrigo literal como era para entender las cosas, no la había recibido como tal.
Esa mañana, luego de ducharse y antes de que le preguntara si era ninfómana, la había sorprendido diciéndole que había comprado un par de pijamas de mujer para ella. Su asombro había sido tal, que en situaciones normales Aira se hubiera conmovido y llorado, de no ser porque el tema de su supuesta ninfomanía acaparó la situación. Ahora, ya más relajada y viviendo su sexualidad sin tapujos, se acordó de lo que el joven le había comentado.
Como no le había preguntado en dónde había guardado los pijamas, comenzó a rebuscar. Una amplia cómoda de madera más dos roperos negros eran su objetivo.
De fondo, se escuchaba la computadora que Rodrigo había dejado prendida. A petición de la joven, sintonizó un vídeo en Youtube de música romántica. Él, obediente como era con ella, había elegido uno de más de una hora de duración, que tenía diferentes canciones que sabía que a ella le gustaban (Chiquitita de Abba, la primera de la lista).
Luego de husmear, halló una caja rosa dentro del primer armario y de inmediato supo que era para ella. El pequeño lazo rosa que lo envolvía rompía con la impoluta organización de colores marrones, grises y negros de los demás.
El primer pijama que se veía ante sus ojos era de tela polar, con mangas largas, de color rosado y de dos piezas, polera y pantalón. Pero había un detalle que lo hacía más especial. Los diferentes dibujos estampados de un conejo blanco provocaron que se produjera una sonrisa boba en su cara.
‹‹¡Qué cosa más bonita!››, se dijo cuando lo vio.
—Sí que le ha gustado el apodo de conejos, ¿eh? —Rió—. ¿No puede ser más perfecto mi Rodri? —agregó cuando abrazó el pijama, como si con ello pudiera volver a tener entre sus brazos a aquel joven a quien adoraba con locura.
Iba a ver el segundo pijama, luego de dejar el primero sobre la cama, para decidirse cuál usar, cuando algo capturó su atención: un sonido de notificación de la computadora de Rodrigo.
Su promesa todavía estaba presente en su cabeza. Mas su curiosidad y la tentación por saciarla, le hizo dudar momentáneamente aquella. Peor todavía, cuando la ventana de notificación le mostraba lo siguiente, y pudo verificarlo al mirar la etiqueta de su pijama, un halo de un viejo monstruo que creía había dejado atrás, la envolvió por completo de nuevo.
La canción de Confianza de Micro TDH, que se escuchaba en la computadora, era el cruel epílogo para el oscuro cuadro que se pintaba frente a ella una vez más.
Anotaciones finales
Aunque soy consciente de que la canción que se menciona es del 2018, y la escena que acaban de leer está situada en el invierno del 2017 de Perú, y no tendría mucha coherencia argumentativa por lo mismo xD, me he tomado ciertas licencias narrativas al respecto, porque la letra me encantó y creo que calza a la perfección con la situación.
Por último, ¿cómo creen que reaccionará Aira? ¿Como hace tres años? ¿O de otra manera?
Me retiro lentamente, no sin antes esquivar los tomates virtuales que seguro me estarán lanzando xD.
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