Capítulo 23
Capítulo 23
No siempre comienzo una frase con "John Winston Lennon".
Pero cuando lo hago, es porque seguramente hizo alguna estupidez. Y efectivamente, así fue.
No recuerdo con exactitud qué es lo que le dije cuando regresaron de la entrevista con Roy Van Dyke, pero sí recuerdo que utilicé un lenguaje no apto para todo público. Sin embargo, esa no fue la peor parte, sino la de tener que fingir que era la novia del gran mentiroso.
John era muy orgulloso, y desechó inmediatamente la idea de retractarse de lo que dijo porque decía que quedaría como un idiota si lo hacía. Desde mi perspectiva, ya lo era. Pero mi padre resolvió que John tenía razón, y que sería mejor seguir con la "mentirilla blanca" por un breve tiempo.
El problema era que no era una "mentirilla blanca" para mí, ya que Paul estaba involucrado también, aunque pocos lo sabían. Eso hacía que esté furiosa con John. Si yo no hubiese estado saliendo con nadie, la mentira que dijo John igual me hubiese molestado, aunque tal vez no tanto. Pero ahora me molestaba más porque sabía que a Paul también le molestaba. Era mi novio, y tener que "compartirme" para fines publicitarios con otro hombre no le agradaba para nada. Él y John eran mejores amigos, es cierto, pero siempre fueron muy competitivos entre ellos, así que la situación estaba causando algunas fricciones. El mayor problema era que Paul debía ocultar sus celos, ya que, después de todo, él era sólo mi amigo ante los ojos de los demás.
Vaya situación en la que Lennon nos había metido.
Pasaron algunos meses. Un día los chicos estaban ensayando en la sala. Bueno, al menos tres, ya que John había desaparecido por la mañana. Los Beatles restantes permanecían en los sofás, dos afinando sus instrumentos y el otro golpeando la mesita ratona con sus baquetas. No era estrictamente un ensayo, sino más bien una práctica relajada. En un momento determinado, sin embargo, la atmósfera cambió. Paul sentía una molestia hacía unos días y sintió la necesidad de manifestarla.
—No hace mucho —expresó— comencé a tener una sensación extraña. ¿Acaso soy el único?
— ¿Como una especie de mal presentimiento? —indagó George y Paul asintió. —Yo también.
—Y yo —dijo Ringo, con expresión seria.
Pero se limitaron a decir sólo eso. Al intercambiar miradas, no hacía falta decir más, porque se comprendían perfectamente. No deseaban hablar más del tema tampoco. Luego la atmósfera volvió a cambiar, esta vez con la llegada de un enérgico John Lennon.
—Caballeros —comenzó a decir— ¿tienen planes para la noche del sábado?
—Patéticamente, no —respondió George. — ¿Acaso nos vas a invitar a cenar a algún lugar bonito, Johnny boy?
—Ni aunque fueran los últimos habitantes de la tierra —respondió John.
—Entonces ¿para qué querías saber qué íbamos a hacer? —preguntó Ringo, confundido.
—Para presumirles que yo sí tengo planes —anunció. —Mi novia y yo iremos a una gala.
—No es tu novia y tú lo sabes —corrigió Paul molesto.
—Lo sé, lo sé, no hay por qué decirlo con ese tono —dijo John y observó a Paul. —Cielos, Paul, hace tiempo que estás teniendo un problema conmigo ¿no es así?
—No tengo ningún problema contigo, Lennon —respondió Paul, aunque por supuesto mentía. — ¿Cassie aceptó tu invitación o aún no les has consultado?
—Aún no lo consulté —admitió— pero puedo ser muy persuasivo.
—Como digas —dijo Paul entre dientes.
— ¿Está Cassidy en su cuarto? —preguntó John y Ringo asintió. —Entonces iré a consultarle ahora mismo.
Cuando John desapareció, y Ringo estaba distraído, Paul y George intercambiaron miradas. Este último moviendo sus labios para decir un "cálmate" en modo de reprimenda. Paul asintió de mala gana y volvió la vista a su bajo.
Al oír la invitación de John, no estaba para nada contenta. Si hay algo que no deseaba era más exposición como la novia del Beatle equivocado. La publicidad ayudaba a la banda, pero dañaba mi relación. Pero John insistió en que sería muy perjudicial para la imagen de los chicos que no asistiéramos a la gala, ya que era una cena de caridad. No es que a él le interesara mucho tampoco —le parecían hipócritas las cenas millonarias que proclamaban ser caritativas— pero a veces tenía que hacer algunos sacrificios por su carrera. Además, dijo que mi compañía haría que el evento sea más llevadero, así que acepté, porque a pesar de sus idioteces, lo quería.
Aunque al acercarse el fin de semana no estaba muy segura de poder asistir.
Me había estado sintiendo enferma por días y no sabía por qué. Pasé mucho tiempo en mi cama y, para ser francamente honesta, en el baño más que en cualquier otro lado. Tenía mareos y dolores de cabeza agudos. Fatiga y mucho sueño. Náuseas y vómitos, lo cual empeoraba cuando me acercaba a la comida, ya que no sentía mucho apetito. Y Jenna se sentía igual. Inclusive tuvimos que faltar a la universidad, y los chicos estaban preocupados por nosotros —al estilo sobreprotector de siempre— y nos cuidaban las veinticuatro horas. Sin embargo, tuvimos que ir al médico, porque las cosas no parecían mejorar. En la sala de espera, luego de reflexionar, Jenna y yo concluimos que podía tratarse de un malestar estomacal. Uno más grave que otros que hayamos tenido, por supuesto. Y cuando ingresamos al consultorio —pedimos que nos atendieran al mismo tiempo así podíamos volver a casa rápido— el doctor pensó lo mismo que nosotras, pero nos mandó a hacernos análisis de sangre para descartar cualquier otro padecimiento. No nos fuimos tan rápido como queríamos, pero al menos obtuvimos respuestas.
—Como lo sospechaba —dijo el doctor, leyendo los análisis. —Lo que ustedes padecen, señoritas, es intoxicación por alimento. Tal parece que recientemente han comido algo que les hizo daño.
— ¿Qué puede haber sido? —le pregunté a Jenna, y ella dudó, pero luego recordó.
— ¡Los mariscos del Bounty! —exclamó.
Unos días atrás habíamos ido a un restaurante llamado Bounty en donde servían mariscos. Nunca habíamos ido allí pero ambas teníamos antojo de mariscos, así que decidimos probar y, en retrospectiva, fue una pésima idea.
—Mamá es abogada —dijo Jenna— luego los demandamos.
El doctor rio.
—Evitaré ese lugar entonces —dijo él. —En fin. Su malestar, Cassidy —dijo después de leer mi nombre de la ficha— de hecho se vio agravado por cambios hormonales producidos por estrés. ¿Hay alguna situación que pueda estar estresándola últimamente?
—Su novio —respondió Jenna con una sonrisa, refiriéndose a John.
—No creo que le haga muy bien esa relación entonces —advirtió el doctor.
—No hace falta que me lo diga —dije con un suspiro.
El doctor nos recetó unos medicamentos y que tomáramos muchos líquidos. Dijo que eso era todo por el momento y nos dejó ir, no sin antes darnos otras palabras de advertencia.
—Tengan mucho cuidado con lo que comen —indicó— y en especial usted, Jenna. Las intoxicaciones podrían ser dañinas para su bebé.
Luego el doctor cerró la puerta y ambas nos quedamos congeladas. Nos miramos, y golpeamos la puerta del doctor inmediatamente para que nos abriera.
— ¿Cómo que... cómo que "bebé"? —preguntó Jenna. —Yo no tengo ningún bebé.
—Claro que sí —rio el doctor, porque pensó que estábamos jugando. —Los bebés aparecen cuando una está embarazada, señorita.
Al observar nuestros rostros atónitos, el doctor se dio cuenta de que nos estábamos enterando de la noticia en ese mismo momento.
— Por sus rostros puedo deducir que no lo sabían —dijo el doctor con incomodidad. —Hay muchas madres que tardan meses en hacer cita con el médico cuando saben que están embarazadas, y yo pensé que usted era una de ellas, y que por eso no figuraba aún en su expediente.
Jenna y yo aún no salíamos de nuestro asombro.
—Bueno... tengo otros pacientes así que —dijo el doctor mirando la hora— le recomiendo que haga una cita con su ginecólogo. Pero esto está más que confirmado. Felicitaciones, Jenna, y buena suerte.
El doctor nos cerró la puerta en la cara y no tuvimos más opción que regresar a casa. Un taxi nos llevó al departamento y no dijimos palabra en todo el camino. Afortunadamente los chicos no estaban, así que pudimos hablar con más calma. O pánico.
— ¡No puedo creerlo! ¡¿Qué voy a hacer?! ¡¿Por qué me sucede esto a mí?! Dios, ¡¿por qué me haces esto?! —gritaba Jenna, tironeando de su larga cabellera.
—Jenna, tienes que calmarte —le supliqué, tratando de evitar que se arrancara el cabello.
— ¿Calmarme? ¡¿Cómo podría calmarme?! ¡Es una pesadilla! —gritó, y su arrebato la llevó a un llanto descontrolado sobre mi regazo.
No sabía muy bien cómo consolar a Jenna, en especial porque al imaginarme a mí misma en su situación, seguramente reaccionaría de la misma manera. Tal vez no exactamente así, pero sí similar. Intentaba hacer que dejara de llorar pero el llanto intenso no cesó en menos de una hora. Luego, al menos, pasó a sollozar, lo cual le permitía balbucear algunas oraciones. La llevé hasta su habitación y le preparé un té. Logró calmarse con lentitud. Sus ojos estaban irritados e hinchados de tanto llorar y su cabello estaba despeinado de tanto sujetarse la cabeza con ambas manos.
—No se suponía que pasara esto —dijo Jenna. — ¡Usamos protección, maldita sea!
—Sabes que no son ciento por ciento efectivos —dije acariciando su hombro.
— ¡Deberían serlo! —dijo enfadada. —Estamos en el año 2064, ya deberían haber encontrado la manera de hacer que sean efectivos ¿no crees?
Permaneció en silencio por unos segundos y luego volvió a hablar.
—Además, se trata de George. De un fantasma —dijo intentando hallar una explicación lógica— ¡un maldito fantasma! ¿Cómo pude embarazarme de un fantasma?
—Tengo la misma duda, pues jamás pensé que un fantasma pudiera dejar a una chica embarazada —confesé y reflexioné un momento. —Tal vez sea porque los fantasmas, cuando toman la forma humana, poseen los mismos órganos que los mortales. Excepto el corazón, por supuesto.
— ¿Siquiera tendré un bebé humano? —dijo Jenna atemorizada. — ¿Y si resulta como El Bebé de Rosemary? ¡No quiero tener al anticristo de hijo, Cassie!
—Jenna, no digas esas cosas —dije yo, algo atemorizada también. Después de todo, ¿qué saldría de la unión entre un fantasma y una mortal?
—No quiero que mi bebé sea fantasma. Si ya es difícil criar a un niño normal, ¿te imaginas lo difícil que sería criar a uno que atraviesa paredes? —prosiguió Jenna. —Oh por Dios, ¡mi hijo será el maldito Casper!
—Al menos será amigable —dije intentando que la situación sea más leve, pero obviamente no funcionó. —Jenna, ¿planeas tenerlo?
Jenna hizo silencio por un instante.
—No lo sé —dijo con expresión reflexiva. —Debo consultarlo con George primero.
— ¿Cuándo se lo dirás?
—No lo sé —repitió. —No quiero decírselo, no sé cómo.
—En algún momento tendrás que decírselo —dije acariciando su cabello.
—Lo sé, pero quiero esperar un poco. No quiero pensar en eso ahora —dijo abrazándome. Luego se recostó, se cubrió con una manta e inmediatamente cayó rendida ante el sueño.
Para cuando fue el sábado por la noche ya me estaba sintiendo mejor. El medicamento que nos había recetado el doctor estaba funcionando y en algunos días más ya estaríamos como nuevas. No como para comer mariscos de nuevo, pero aún así estaríamos bien. A Jenna le seguirían durando algunos síntomas por un buen tiempo, e intentaba ocultarlo de George a toda costa. Ya hallaría el momento correcto para decirle todo. Mientras tanto, yo estaba preparándome para la gala a la que asistiría con John. Para ser honesta, no usaba vestido largo desde mi graduación, así que tuve que ir de compras. Como Jenna estaba reposando, Ringo decidió acompañarme. El problema era que él era demasiado bueno y me decía que todos los vestidos me quedaban bien, lo cual en realidad no me ayudaba mucho. Inclusive me probé el vestido más feo que encontré en la tienda y se lo enseñé.
— ¿Qué te parece este? Este es terrible —dije intentando convencerlo.
—Lo lamento, Cassie, pero yo creo que todo se te ve muy bonito —dijo con una pequeña sonrisa.
—Richard Starkey, ¿cómo es que sigues soltero? —dije sonriendo y le di un beso en la mejilla. —Debes ayudarme a encontrar un vestido, Ringo, y debes hacerlo rápido. ¿Puedo contar con eso?
—Lo intentaré —acordó con un guiño.
Continué rebuscando entre los vestidos y hallé uno que capturó mi atención. Ingresé al vestidor y al probármelo, supe que era el indicado. Era un vestido largo de chiffon color durazno que fluía con tanta gracia que no pensé ser merecedora de él. Pero cuando me lo vi puesto, me hizo sentir increíble, y eso es lo que una chica debe sentir al encontrar el vestido indicado. Y en todo momento. Cuando se lo enseñé a Ringo, se puso de pie.
—Si tuviera sombrero, créeme que me lo quitaría en este instante —dijo él al inspeccionarme de arriba abajo. —Ése es. Ése es el vestido.
— ¿Tú crees? —pregunté emocionada.
— ¡Por supuesto! —afirmó. —Se ve como uno de esos vestidos que usaba Grace Kelly en sus películas. Y a ti te queda tan maravillosamente como a ella. O tal vez más.
—Tú eres un caballero y un gran compañero de compras, Ringo Starr —dije abrazándolo— estoy segura de que serías un gran novio para Cindy.
—Cindy es sólo mi amiga; se los he dicho un millón de veces —dijo avergonzado.
—Repítelo hasta que te lo creas —dije dándole una palmada en el hombro.
Estaba atardeciendo en la ciudad y yo me estaba alistando para la gala. Estaba nerviosa porque jamás me había expuesto ante tantas personas, excepto por el concurso de letreo del segundo grado, aunque en esta ocasión estaba segura de que habría muchas más personas. Luego de terminar con mi maquillaje me coloqué el vestido y fui hasta la habitación de Jenna, ya que ella y George deseaban ver cómo lucía. Los dos me dijeron lo bonito que era el vestido y que me veía muy bien. Como John aún no aparecía, me quedé platicando con ellos. George se encontraba sentado en la cama y arropado junto a Jenna, cuidándola.
—Hoy no comió mucho porque aún tiene nauseas —me contó George. —Debería consultar con otro doctor, y yo la acompañaré esta vez.
—No creo que eso sea necesario —me apresuré a decir al ver la expresión de pánico en el rostro de Jenna. —No tardará mucho en recuperarse. Yo aún no estoy completamente recuperada, pero estoy mejor.
—Cassie tiene razón, George —me respaldó Jenna. —Hace unos días me sentía terrible, pero ahora estoy mejorando de a poco. Es sólo cuestión de tiempo.
—Si ustedes dicen —dijo George, no muy convencido pero sin ánimos de contradecir. — ¿Hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor?
—Podrías cantarme —sugirió Jenna.
—Si lo hiciera, tendría que cobrarte —bromeó George.
—Tal vez podrías silbarle —propuse yo.
— ¡Oh! ¡Qué gran idea! —se alegró Jenna. — ¿Podrías silbar algo para mí, cariño?
—Lo que sea por ti —dijo George acariciando la mejilla de su novia. — ¿Prefieres que te silbe como llamando un taxi, como obrero al ver pasar a una chica linda o que te silbe una canción?
—Una canción está bien —escogió Jenna.
— ¿Qué canción?
—¿Te sabes "Rhapsody in Blue" de Gershwin?
— ¿Quieres que te silbe "Rhapsody in Blue"? —Preguntó George con incredulidad. —Jenna, mi amor, si pudiera silbar "Rhapsody in Blue" créeme que no estaría perdiendo mi tiempo en una banda de rock.
—Se lo estás pidiendo al George equivocado; este es George Harrison, no George Gershwin —comenté.
—Pero eso me haría sentir mejor —chantajeó Jenna.
— ¡Pero dura como nueve minutos! —exclamó George.
—Vamos, Georgie, yo sé que tú puedes. Por favor. Hazlo por mí ¿sí? —insistió Jenna.
—Está bien —accedió George, sucumbiendo ante sus encantos.
—Vaya que eres débil —me burlé.
—Lo sé —dijo George avergonzado y se preparó para dar un concierto de silbidos. Sin embargo, segundos después de comenzar la canción, apareció John.
—Has interrumpido un concierto de un George interpretando a otro George. Espero que estés feliz, John Lennon —dije poniéndome de pie.
—Vaya, Cassie. Luces espléndida —dijo John, haciéndome dar una vuelta. —No puedo esperar a presumirte ante todos.
— ¿Así que sólo me llevas para presumirme? —dije intentando parecer molesta.
—Por supuesto. Sería un crimen no hacerlo —dijo él, sonriente.
John dijo que la limosina estaba esperando abajo así que debíamos apresurarnos. Nos despedimos de George y Jenna y abandonamos el departamento.
— ¿Y bueno? —dijo Jenna expectante.
— ¿"Y bueno" qué? —preguntó George.
—Continúa silbando, Harrison, que aún te faltan ocho minutos y medio —concluyó Jenna sonriendo. George suspiró y continuó silbando como le había pedido. Las cosas que hace la gente por amor.
El lugar donde se hacía la cena era inmenso, con cientos de mesas que parecían jamás acabarse, adornadas con manteles rojos como la sangre y porcelana importada. El salón estaba bien iluminado y había meseros sirviendo champaña por doquier. Había estatuas de hielo de animales que ni siquiera conocía y comidas cuyos nombres no podía ni siquiera pronunciar. Jamás había presenciado tanto lujo, aunque supongo que John estaba acostumbrado. Sentía como si estuviera en la ceremonia de los premios Oscar, en especial porque había muchas figuras que había visto sólo en televisión que también estaban allí. El evento fue como cualquier otro de esa categoría, con cena, discursos y aplausos y formalidades de ese tipo. También había pista de baile, a donde ambos nos dirigimos. Bailábamos unas baladas mientras conversábamos un poco.
—Este lugar es precioso. ¿No lo crees, John? —le dije al oído.
—No —negó. —Este lugar está bien. Aceptable. La preciosa aquí eres tú —me halagó.
—Cuando lo deseas, John, puedes ser un encanto —reconocí. — ¿Es por la champaña?
— ¿Estás insinuando que no siempre soy un encanto? —preguntó haciendo el ofendido. —Me lastimas, Cassie. Pero supongo que te lo dejaré pasar por esta vez, porque puede que tengas razón con lo de la champaña. También me ha hecho más misericordioso y mejor bailarín, ¿pues acaso no crees que lo esté haciendo genial?
—Pues no me has pisado los pies, así que yo creo que lo estás haciendo perfecto —sonreí y él también. —John —dije cambiando mi tono— hay algo de lo que necesito hablarte.
— ¿De qué se trata? —preguntó preocupado.
—De nosotros. Esto no puede continuar —respondí.
— ¿Acaso estás rompiendo conmigo? —bromeó, aunque un poco sorprendido.
—Eso me temo —afirmé— aunque en realidad no se puede terminar algo que jamás comenzó ¿no es así?
—Supongo que tienes razón —admitió. —Pero ¿puedo saber el por qué?
—Pues porque esto no es real —respondí. —No creo que sea correcto seguir mintiéndole a tus fans. Creo que ya es hora de decir la verdad.
—Pero no puedo hacer eso, quedaré como un idiota —objetó él.
— ¿Y es la culpa de quién? —dije yo y él no dijo nada por unos segundos.
—Nuevamente tienes la razón —admitió. —No sabía que te molestara tanto este asunto.
—Bueno, no me enorgullece mentirle al planeta entero —reconocí. —Aunque tampoco fue tan malo. Fue entretenido.
—Sí, nos hemos divertido —sonrió. —Ahora, ayúdame a idear una excusa para nuestro rompimiento.
John pensó un poco y al instante le surgió una idea.
—Ya sé: diremos que yo terminé contigo porque te encontré en la cama con todos los integrantes de una banda tributo a los Rolling Stone.
— ¡John! —exclamé molesta.
—Supongo que eso es un no —dijo corroborando que no me agradaba su idea. Pero pronto pensó en otra— Entonces, diremos que tú terminaste conmigo porque eres una adicta a las metanfetaminas y al crack y yo intenté hacer que dejaras ese vicio. Sin éxito, claro está, ya que elegiste a tus preciosas drogas antes que a mí.
— ¡John! —volví a exclamar, aún más molesta.
—Bueno, bueno, ya entendí —dijo resignado. —Creo que lo correcto sería confesar que jamás salimos, y que yo fui un grandísimo idiota al dejar que mi orgullo me hiciera arrastrar a la mejor chica del mundo a una mentira que no tendría que haber existido desde un principio. Y que esa chica sólo me siguió la corriente porque no quería verme hacer el ridículo, debido a tiene un gran corazón y le importo mucho.
—Sí, creo que esa versión me gusta bastante —sonreí. —Sé que a ti no, pero a mí sí.
—Entonces esa versión será —acordó y se calló, pero no por mucho. — ¿Sabes qué? Aunque ficticio, debo admitir que este rompimiento duele un poco.
—Lo lamento —dije suavemente. —Aunque te comprendo, a mí también me duele un poco. Después de todo, es difícil terminar con alguien a quien amas.
—Lo mismo digo —asintió. —Pero ¿crees que podríamos seguir siendo amigos? —bromeó.
—Por supuesto —reí. —Siempre podrás contar conmigo, John Lennon.
—Y tú conmigo, Cassie —sonrió John y me contempló por unos segundos. — ¿Sabes por qué duele aún más?
— ¿Por qué? —pregunté.
—Porque te ves increíblemente hermosa hoy, y siempre es difícil terminar con una chica cuando se ve como tú en este momento —halagó y no supe qué decir, ya que seguía mirándome. —Eres la chica más encantadora que vi en esta vida.
—Si es que puedes llamarle vida —contradije, al tratarse de un fantasma.
—A tu lado, linda, lo es —expresó.
— ¿Es la champaña de nuevo? —bromeé.
—No esta vez —sonrió.
Yo no supe qué decir, así que sonreí avergonzada y me limité a bailar. Bailamos y reímos lo que restaba de la velada, y así fue como terminó un romance que, en realidad, nunca existió.
O tal vez, sin darme cuenta, sí.
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