SENTIMIENTOS BAJO LLAVE
Me levanté pronto, con la salida del Sol. Para mi sorpresa, estaba más animada que de costumbre. Además, por fin, tras varias semanas, las malditas pesadillas habían remitido y no había soñado con nada malo, y con malo me refiero a mi ex... Sí, supongo que ya puedo considerarlo como tal. La palabra: "ex", ya no me resultaba tan dolorosa, ya no sentía como si un puñal me atravesara el corazón al pensarla.
Al contemplarme al espejo, pude ver mi rostro completamente recuperado. Ya no tenía que estar escondiéndome tras una máscara de maquillaje, aunque Liam se había inventado una historia genial para mis morados. Decía que era una heroína que me había enfrentado a unos villanos para evitar que le robaran el bolso a una señora mayor. ¡Qué gracioso y qué imaginación tenía! Le había cogido mucho cariño al pequeño.
Además, por primera vez en años me vi incluso mona, no iba para modelo, eso lo tenía claro, pero no era tan fea como había creído todos estos años, incluso tenía mi encanto, mi sex-appeal. ¡Ay! No sé, estaba extrañamente feliz y veía todo de otro color. Serían las terapias de estas semanas, que empezaban a dar su fruto. Era todo un tanto extraño, mis sentimientos hacia Martín no habían cambiado, y por supuesto no me había olvidado de todo lo sucedido. Sin embargo, era como si los sintiera más distantes, escondidos en un rincón de mi cerebro, encerrados bajo llave para impedir que escaparan y me invadieran de nuevo. Me sentía más fuerte, como si hubiera creado mi propio castillo mental donde refugiarme y sentirme a salvo.
Cuando llegó la hora de la terapia, iba caminando a la consulta con paso seguro y mentalizada en abrirme del todo a Robert. Había llegado el momento de dejar que fluyera todo lo que pasaba por mi cabeza, aunque eso pudiera hacer que mi castillo se resquebrajara y que las puertas que había creado reventaran y dejaran salir todo lo que había logrado encerrar en ellas. Sabía que si no se lo contaba ahora, nunca lo haría. También sabía que estaba caminando sobre un fino hilo colgando a gran altura, y que cualquier paso en falso haría que cayera al vacío, pero tenía que arriesgarme si quería seguir avanzando, tenía que ser valiente.
—¡Hola, Robert! —Lo saludé animada al entrar al consultorio.
—¡Hola, Isis! ¡Qué animada te veo! ¿Cómo estás?
—Pues sí, hoy me siento bien para variar.
—Me alegra oírlo. ¿Y este cambio a qué se debe?
—No lo sé exactamente. He dejado de tener pesadillas, mis heridas están completamente curadas, me siento más segura, más fuerte y, no sé, hasta más guapa me he visto hoy. Además de que tu apoyo me ha ayudado mucho, así que gracias, como siempre.
—No las des, sabes que lo hago encantado. ¡Qué bueno! Vamos progresando entonces. Buena señal.
—Hoy me gustaría hablar a mí, si no te importa. —Lo interrumpí. —Sé que si no lo digo rápido y ahora, no lo haré nunca.
—Está bien, pues tú dirás. Te escucho.
Le empecé a relatar mi relación con Martín desde que éramos pequeños, tal y como yo lo había vivido en primera persona. Según le iba contando todo, me iba dando cuenta de que había estado viviendo en mi propia mentira. Había idealizado la relación y al propio Martín, al menos en ciertos aspectos. Estaba descubriendo muchas cosas nuevas de las que antes no me daba cuenta, como cuando me gritaba delante de sus amigos porque sí, y se lo pasaba por alto; o cuando me decía cosas delante de ellos del tipo: "venga, mujer, trae la comida ya, que tú estás para eso", y me lo tomaba a broma... Pese a todo eso... no podía dejar de quererlo. Estaba claro que era una completa idiota por seguir queriendo a una persona así... Y no hablemos ya de otras humillaciones que había sufrido en público y que había obviado porque en el momento no las veía como tal... O de la última noche, cuando todo se precipitó hacia el fin de la relación, cuando perdió del todo el raciocinio y me coció a golpes... Ese día no solo me hirió físicamente, sino que me destrozó por dentro y me rompió el alma. Desmoronó todo mi mundo... Ahora que lo pensaba en frío, sentía como uno a uno todos mis recuerdos iban cayendo como cartas de naipes en efecto dominó hasta quedar en un absurdo vacío existencial. ¡Había vivido una mentira! ¡Joder! ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
—Y eso fue lo último que pasó, Robert. Es la primera vez que lo pronuncio en voz alta. Mi marido me pegó, y no fue solo un golpe... Bueno, me imagino que viste como quedé... —Se me aguaron los ojos y se me hizo un nudo en la garganta, pero tras un carraspeo, logré recomponerme y seguir. —Y si te soy sincera, lo peor no fueron los golpes, ojalá me hubieran dolido más y hubiera sentido menos la procesión que llevaba por dentro. Te lo juro, lo que he sufrido mentalmente no tiene punto de comparación a lo que sufrí con los puñetazos y patadas... No sé explicártelo bien.
—Lo haces perfectamente, continúa.
—Pues... He estado ausente, como en otro plano, un plano oscuro, lleno de dolor y tristeza. Pero, ¿sabes qué es lo peor?
—¿El qué?
—Que pese a lo que me he dado cuenta en este tiempo, a lo que he descubierto hoy al contarte todo esto, a todo lo que he tenido que sufrir... Pese a ello... —Me quedé muda.
—Pese a ello, crees que lo amas, ¿no?
—No lo creo, lo amo. —Contesté tras un largo suspiro.
—Bueno, has avanzado mucho, y te agradezco que te hayas abierto al fin, pero aún te queda camino por recorrer. Sabes que él no te quiere, ¿verdad?
—No lo sé, mi cabeza me dice una cosa y mi corazón otra.
—¿Y no hemos hablado en todas estas semanas que debemos escuchar más a la cabeza que al corazón?
—La teoría es más fácil que la práctica... Sé que lo que me dices tiene más sentido que creer que me quiere... pero no puedo evitar estas contradicciones entre mis sentimientos y mis pensamientos.
—Es normal que sigas confundida, al menos vas progresando. Tendremos que seguir con las consultas. —Se hizo un incómodo silencio, en el que noté como Gómez trataba de buscar las palabras adecuadas, hasta que volvió a arrancar. Sabía que lo que venía a continuación no iba a gustarme. Ya lo iba conociendo y él a mí. —Siento decirte, que al confesarme esto me has hecho cómplice de un delito, debo denunciar lo que te ha pasado. Por tu bien, porque es lo moralmente correcto y porque no quiero ser culpable de lo que pueda pasar...
—¡Martín! Que diga, ¡Robert! Perdona, —lo interrumpí. —¡Joder! Con los nervios ya no sé ni lo que digo. ¡No lo hagas! Por favor, te lo ruego. No quiero que pase sus días entre rejas... Vale, si quieres te admito que es un monstruo, o lo que tú quieras, pero no lo hagas, por favor. —Me tembló la voz.
—Sabes lo que me estás pidiendo, ¿verdad?
—Sí, lo sé.
—Pues entenderás que como amigo y como persona, debo hacerlo. Es por tu bien.
—Pero como psicólogo te debes al secreto de confesión, ¿no? Además, si lo haces lo negaré todo.
—Lo sé. Sé perfectamente que debes ser tú, la víctima, que no te olvides que lo eres, la que debe dar el paso, pero me siento impotente ante la injusticia y me duele lo que te ha hecho, porque te quiero. Te has convertido en parte de mi familia. Está bien, si es tu decisión, dejémoslo aquí por hoy, seguiremos el lunes, así tenemos el fin de semana para reflexionar sobre todo. Piénsatelo bien, por favor. Que sepas igualmente que estoy orgulloso de ti, y de que al menos, hayas sido capaz de hablar del tema por fin, y más con tanta entereza.
—Gracias, Robert. —No fui capaz de hablar más, no podía, había tenido suficiente. Así que me despedí y abandoné la consulta, además, casi era la hora de llegar de Liam.
¿Había dicho que me quería? Me quería... ¿en qué sentido? Según él, me había convertido en parte de su familia, pues sí que avanzaba rápido "nuestra relación". Aunque la verdad es que para mí se había convertido en un pilar fundamental. Podría decir también que lo quería, y no sería mentira, pero en el sentido fraternal, creo. No había pensado nunca en ello, la verdad. Quizá me quería, pero no como estaba pensando, sino como a una buena amiga, de ahí lo de familia. Tiene a su mujer y a su hijo, y es feliz con ellos y con su vida. Aunque Daniela aún no había vuelto de su viaje de negocios, Robert no paraba de hablar de ella en todo momento. Estaba claro que había malinterpretado sus palabras, además, ¿por qué estaba dándole vueltas a todo esto? Yo lo veía como a un amigo, nada más. Por más que me doliera, seguía queriendo al estúpido de mi marido. Si en algún momento pensaba enamorarme de otra persona, debía quitarme rápido de la cabeza que fuera Robert. No podía estropear esto que teníamos, ni joderle la vida que lleva. ¡Aggg! ¿Por qué seguía pensando en ello? Era obvio que la terapia me había frito el cerebro del todo.
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