¿POR QUÉ LOS OCULTAS?
Tras acabar de comer, recogí la cocina, a mi ritmo, sin mucha prisa. Era la primera vez en años que no tenía a nadie detrás fustigándome para hacer todas las cosas bien y con rapidez. Mientras, Liam volvió a sumergirse en su tan ansiado videojuego. Desde la cocina podía escucharlo dando gritos de entusiasmo a cada momento. Gómez, por su parte, se había ido a preparar sus cosas de trabajo para empezar la jornada del lunes con energía, como había dicho antes de marcharse.
De repente, un vaso resbaló de mis manos y cayó al suelo haciéndose añicos. Sin ni siquiera pararme a pensar, empecé a recoger los cristales a toda velocidad mientras rompía a llorar desconsoladamente. ¡Ay! Con las prisas un fragmento de cristal me cortó un poco el dedo. Empezó a sangrar sobre la marcha. ¡Mierda! ¡Qué torpe era! Y encima ahora me caería una soberana bronca... Como atraído por el ruido apareció García en la cocina.
—Perdona, perdona, perdona... —Le repetí una y otra vez. —Fue sin querer, te juro que no volverá a pasar.
—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Te cortaste? A ver, déjame ver. —Me dijo mirándome las manos. —¡Bah! No es nada, ten ponte esta servilleta y aprieta y verás que para de sangrar pronto.
—¡Y ya está? —Le pregunté esperando por la bronca aún con lágrimas en los ojos.
—Sí, es lo que suele pasar. Te haces un pequeño corte, lo taponas y deja de sangrar. ¿Qué esperabas? No vamos a ir a urgencias por eso, ¿no? —bromeó.
—No lo decía por eso, idiota. No sé... Esperaba otra reacción...
—¿Por un vaso roto? ¡Qué le den al vaso! Uno menos que fregar. —Dijo tirando uno él mismo al suelo. —¿Ves? Yo soy más torpe que nadie, a mí también se me ha resbalado y se me ha roto. —Rió a carcajada limpia quitándole hierro al asunto.
Pese a seguir con las lágrimas a flor de piel, le sonreí y le agradecí el gesto. Sin embargo, no me atreví a contarle que la escena con su marido habría sido muy diferente. Aunque supongo que tampoco haría falta, a estas alturas él lo habría entendido todo perfectamente.
Cogí el escobillón y empecé a barrer lo que quedaba de cristales y los del vaso de Gómez, pero este me arrebató la escoba y limpió el estropicio por mí. Lloré aún más, pensando en que Martín jamás había actuado así. Robert se me acercó y me dio un abrazo fuerte, de consuelo, de esos que traspasan el alma. Pasamos un buen rato así, en silencio, mientras lloraba y moqueaba sobre su hombro. Al cabo de unos minutos que se me hicieron eternos, pude relajarme un poco y retomar la compostura, entonces nos separamos y Gómez terminó de limpiar todo.
—Isis, voy a llevar a Liam al parque un rato. ¿Quieres venirte con nosotros? Así te despejas y no estás aquí sola, salvo que tengas algo que hacer.
—Pues la verdad es que no tengo nada que hacer ahora mismo. Te lo agradezco. Me vendrá bien despejar la cabeza y no estar sola. Cuando me quedo sola el mundo se me viene encima... Bueno, tú sabes... Se me revuelve todo lo ocurrido... Y no lo puedo soportar.
—Entiendo, es normal. Es muy reciente todo, aparte de lo que has pasado estás viviendo muchos cambios en tu vida también. Así que vente con nosotros, es lo mejor. No te prometo que te vayas a olvidar de tus problemas, pero si te prometo que te comerás un buen helado, que eso siempre viene bien. Además, llevaremos a Golfo, que sé que te tiene un cariño especial, así sale un rato también
—¡Ay, sí! Y yo a él. Es más mono... ¿Sabes que anoche durmió conmigo? Creo que entró por la ventana mientras estaba acostada.
—Pues entonces ya has averiguado el por qué de su nombre. Siempre está haciendo de las suyas.
—Bueno, pues voy al baño a lavarme la cara antes. No puedo ir con estas pintas y esta cara de loca.
—Vale, no te preocupes, nos vemos ahora.
Al llegar al baño saqué de mi bolsillo el maquillaje que me había estado poniendo para ocultar como podía mi amoratada piel. Entre el calor del día, el haber estado trasteando en la cocina y el haber llorado había hecho que prácticamente hubiera desaparecido. Tenía prácticamente la piel al descubierto y no podía ir así por la calle. ¿Qué pensaría la gente de mí?
—¡Halaaa, Isis! ¿Qué te ha pasado? ¿Te has caído? —Me preguntó Liam, que me había visto a través de una rendija de la puerta que había dejado abierta en un descuido. —Yo una vez me caí de pequeño de un columpio y se me quedó la cara igualita que a ti. Bueno, y el cuerpo. Aunque yo creo que lo mío fue peor, acabé lleno de arañazos y sangre por todas partes.
En vez de sentirme peor, no pude contener la sonrisa por la inocencia e ignorancia con la que me hablaba el pequeño Gómez. Es más, no podía parar de reír, me había dado la risa tonta.
—Sí, bueno... Algo parecido me ha pasado a mí, soy un poco torpe. Tengo que tener más cuidado.
—¡Qué fastidio! Pero verás que te pones bien enseguida, yo estuve así una semana y ahora ni se me nota. Pero, ¿por qué los ocultas? ¿Te da vergüenza que te vean así? Yo nunca me los tapé y fui el más guay en la escuela. Contaba miles de historias sobre cómo me los había hecho.
—Seguro que sí, que fuiste el más guay y te divertiste mucho contando las historias. Lástima que las mujeres no seamos así. Somos más presumidas y preferimos maquillarnos a inventar historias. Hacemos cualquier cosa con tal de vernos más guapas.
—Ah... ¡Qué raras son las chicas! Tú ya eres guapa, con o sin morados, Isis.
—¡Vaya! Gracias, Liam. Tú también eres muy guapo y muy mono. Por cierto, quiero que inventes una historia graciosa para mis morados como las que inventabas para ti, ¿vale?
—Yo... Yo... Voy a buscar a papá, —dijo poniéndose rojo como una grana mientras abandonaba el baño con premura.
Me quedé terminando de maquillarme, a solas, reflexionando sobre lo que le había dicho el pequeño. ¡Qué gracioso era! Había logrado hacerme reír en un momento de bajón, solo con su inocencia. Por eso siempre me habían gustado los pequeñajos. Cuando estuve lista fui a dar con los chicos. Estaban esperándome en el coche. Liam se había equipado a conciencia. Tenía una pelota de fútbol bajo el brazo y una mochila con patines a su lado.
Una vez llegamos al parque Liam le dio la pelota a su padre, se calzó los patines y se fue a dar una vuelta, sin alejarse demasiado. Robert y yo, tras caminar un poco, encontramos un banco libre y nos sentamos a charlar en compañía de Golfo quien, como si fuera una persona más, se sentó en el medio. Siempre demandando atención. No tuvimos una conversación muy profunda, Gómez estaba más pendiente de su hijo que de otra cosa. No pasó demasiado tiempo cuando Liam vino hasta nosotros para pedirle a su padre que fuera a jugar a fútbol con él.
—Pásenlo bien chicos, no se preocupen, yo me quedo aquí tranquila sentada.
—Vamos Isis, vente tú también, —añadió Liam seguidamente.
—Pero yo no sé jugar, soy súper mala.
—No pasa nada, papá te enseña, él es súper bueno. Además, así tienes tu historia. Podrás contar que te caíste al rematar un gol de cabeza. Saltaste tanto que parecía que estabas volando y metiste un golazo por la escuadra.
—No sé, no sé. Aunque la historia es muy buena, pero siempre me han dado miedo los balones. Al final todos acaban en mi cara, como si fuera un imán.
—¡Eso, nada! Verás que papá te enseña y jugamos flojito, para que no te asustes. Papá es muy bueno enseñando y jugando.
—Bueno, tampoco es para tanto. No se me da mal, pero claro ven, será entretenido, —dijo Robert riéndose.
—Está bien, está bien. Si insisten tanto lo intentaré. Si le doy a alguno, lo siento. Lo aviso desde ya.
Pasamos buena parte de la tarde jugando al fútbol, incluso Golfo participó. Se volvía loco corriendo detrás de la pelota. No paraba de jadear y salivar, pero ni eso lo detenía. En una de las jugadas tropecé al irle a quitársela a Robert, lo que propició que cayera de bruces en el césped sobre él. Lo dejé atrapado debajo de mí. Por unos instantes ambos nos quedamos sin saber qué hacer, totalmente quietos como si nos hubieran petrificado. No hacíamos más que mirarnos a los ojos con cierto nerviosismo, pero ninguno se atrevía a moverse. Por suerte, Liam se acercó rompiendo el momento de tensión y haciendo que nos separásemos de golpe. Robert me apartó enseguida.
—Así tienes tantos golpes, ¿cómo pudiste tropezarte tú sola? —Se burló de mí.
—Ya te dije, que era mala en esto, —reí aún ruborizada por la situación que acaba de presenciar y sintiéndome mal por no haberme apartado antes de Gómez.
—Vayamos a por un helado y en un ratito para casa, que se está haciendo tarde, —añadió Robert. Sonó más seco y cortante que de costumbre. Aunque trató de disimularlo sonriendo.
Sin darle más bombo al asunto ni hablar del tema, haciendo como si no hubiera pasado nada. Aunque bueno, realmente no había pasado nada, simplemente había sido una escena incómoda, al menos para mí. Fuimos a comernos el helado. Ninguno coincidimos en gusto, pues Gómez se lo pidió de pistacho, Liam de vainilla y yo, cómo no, de chocolate. Era típica hasta para eso. Si es que soy muy simple, pensé.
Nos lo fuimos comiendo de camino al coche, sin apenas hablarnos ni dirigirnos la mirada. Suponía que Robert estaría avergonzado como yo, o quizá solo eran cosas mías y mis neuras y no era más que una tontería. Por mi parte se debía simplemente a que no había ni rozado a un hombre desde que estaba con Martín. Vamos, ni rozado ni visto a solas, ni con un amigo. Así que todo esto se me hacía súper extraño, pero no había nada de malo en ello tampoco entendí. Se puede tener un amigo sin que pase nada más, aunque me iba a costar más de lo que pensaba quitarme los propios prejuicios que me había formado Martín.
Pensar en mi marido hizo que me recorriera un escalofrío y me entrara un sudor frío por el cuerpo. ¿O era algo más que eso? De repente, sentí como si alguien nos estuviera espiando desde las sombras. No dije nada porque seguramente serían cosas mías, pero no dejé de mirar en derredor en ningún momento mientras íbamos caminando. ¿A caso me estaba volviendo loca?
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