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ME RECUERDAS A ALGUIEN

Me despertó el sonido de un Whatsapp entrante. Miré el móvil con enfado y los ojos pegados, entonces deslicé mi pulgar hacia la derecha de la pantalla del móvil y lo desbloqueé. Para mi sorpresa, era Robert. ¿Qué querría a estas horas? Eran apenas las siete de la mañana... Lo abrí enseguida, con curiosidad.
"Buenos días, ¿podríamos vernos esta noche? Necesito comentarte algo, es importante".
¿Qué sería eso tan importante? Era raro que Robert me escribiera, y menos a estas hora. Había quedado con Cristopher para cenar, pero obviamente, con lo bien que se había portado Brown siempre, no podía ignorar su petición. No tardé mucho en responderle.
"Buenos días, sí, por supuesto. Dime sitio y hora y allí estaré".
Adorné el texto con multitud de emoticonos, me hacían mucha gracia. Para darle un poco más de personalidad propia, le añadí un gif.
Seguidamente inicié un chat paralelo con Cris, que ya lo llamaba así de manera cariñosa, además, Cristopher era muy largo. Por lo menos para avisarlo con tiempo y pudiera organizarse y hacer otra cosa. Me sentí mal por darle plantón, lo mínimo que podía hacer por él era decírselo ya.
"Hola Cris, ¿te importa que aplacemos nuestra "cita romántica" para mañana? Jajaja. Me surgió un compromiso con Robert, el psicólogo del que te hablé ayer, tiene algo importante que contarme me dijo".
Como ni Robert ni Cris estaban en línea en ese momento, decidí bajar a comer algo. Me preparé un buen desayuno americano: huevo, bacon, tortitas y un buen vaso de zumo de naranja. Sí, estaba hambrienta, pasaría de dietas, un día es un día.
Mi madre había salido a comprar, así que mi padre me hizo compañía mientras devoraba la suculenta comida. Tuvimos una agradable conversación padre e hija. La verdad, aunque esté feo que yo lo diga, Bernard era un señor encantador, daba gusto hablar con él, además, se notaba que me adoraba.
Cuando acabé de comer y de limpiar la cocina, volví a subir al cuarto a recoger el móvil. Me di cuenta de que los chicos me habían respondido ya. Robert me pasó la ubicación y la hora del bar donde nos reuniríamos, y Cris me escribió metiéndose conmigo, a modo de broma, por dejarle tirado.
El resto del día lo pasé con el manitas de mi padre redecorando mi cuarto. Estaba demasiado infantil, y ya tenía una edad para ese colorido y esos muebles. Además, mi madre había regresado y me trajo un montón de adornos chulos que tenía ganas de estrenar y ver cómo lucían. Cuando me di cuenta estaba dando brochazos a diestro y siniestro, con ira, abstraída pensando en el cabrón de Steven. Me imaginaba acabando con él y cuando quise darme cuenta tenía a mi padre agarrándome del brazo y calmándome. Cuando volví en mí y me recompuse, pude pintar con más tranquilidad y paz interior, de hecho me sirvió para desconectar. Al final la habitación quedó realmente estupenda y con un aspecto más acorde a mi edad.
Cuando empezó a oscurecer, me di una buena ducha. Tuve que restregarme bien la pintura de las manos y el pelo, ya que se negaba a desprenderse de mí. Quise arreglarme un poco más de lo normal, así que me puse un vestido elegante, eso sí, acompañado de una buena chaqueta, no estaba el tiempo para ir muy descotada por la calle.
Cuando estuve lista, llamé a un taxi, que no tardó más de diez minutos en personarse en casa y le indiqué la dirección del bar donde me había citado con Brown. Por el camino quedé ojiplática al observar lo inmensa y preciosa que estaba la Luna, era una pasada. Nunca la había visto tan brillante. Se ve que era uno de esos días en que el satélite se encontraba próximo a la Tierra.
El taxi paró en la misma puerta del restaurante, le pagué al conductor, me despedí y entré al bar. Era un sitio muy coqueto y con clase. Se notaba tan solo con ver las enormes puertas acristaladas. En la entrada me pidieron mis datos y a nombre de quién estaba hecha la reserva. Tras verificarlos, me condujeron hasta donde estaba Robert.
Cenamos muy bien, la comida era un espectáculo, algo de otro mundo, nunca había probado nada igual. Además, la compañía no podía ser mejor. Charlamos largo y tendido sobre nuestras cosas, poniéndonos al día bajo la tenue luz del bar y la titilante luz de las velas. Si alguien nos viera desde fuera, pensaría que éramos una bonita pareja, pero no éramos más que dos buenos amigos que nos habíamos reunido para conversar.
Cuando acabamos con los postres, pedimos una copa para la sobremesa. Entonces, cuando iba por la mitad, Brown se puso serio.
—Isis, hay algo que nunca te he dicho, pero fue lo primero que me unió a ti desde el principio. Lo que me hizo querer protegerte, defenderte, apoyarte, ayudarte... Lo que me hizo bajar la guardia en su momento contigo...
—Robert, ¿qué pasa? Me estás asustando... Tuvo que notar cómo me ponía roja y lo nerviosa que me puse en ese momento. ¿Qué quería decirme?
Lo vi vacilar por unos instantes, también estaba nervioso. Nunca lo había visto así, no era de esas personas que dudan, siempre va muy seguro de sí mismo. Inició y cortó la conversación hasta en cuatro ocasiones, estaba claro que no sabía muy bien por dónde empezar. Finalmente, se aclaró la garganta y empezó de cero.
—No te tomes esto a mal, pero haberte conocido me trajo muchos recuerdos de mi difunta madre, recuerdos que tenía encerrados en lo más profundo de mi corazón y que tú has hecho que reviva. Mi madre murió a manos de mi padre, nunca la quiso y le hizo la vida imposible. Solo estuvo con ella porque me tuvieron a mí cuando eran jóvenes y su padre lo obligó a casarse con ella. Le hizo vivir un infierno... Hasta que la pobre no pudo más y se suicidó. Siempre diré que él la mató, porque así fue, la incitó a ello, es su culpa. Por eso decidí hacerme psicólogo, para ayudar a personas como ella... a personas como tú. A ella no supe cómo sacarla de su miserable vida y no quería que te pasase lo mismo a ti. No esperaba crear un vínculo tan grande contigo, pero me alegro de haberte conocido. El libro que encontraste, sobre el que luego escribiste, hablaba de ella precisamente. No era un libro de lectura, sino una especie de diario mío. —Dijo con los ojos anegados en lágrimas.
Por un momento, me sentí estúpida al recordar los momentos en los que creía que él se había fijado en mí, debí darme cuenta que eran otros los sentimientos que había despertado en él.
—Lo siento Robert, nunca debí besarte y siento si he irrumpido en tu vida para ponerla patas arriba y recordarte todo ese trauma. También lo siento si te he ocasionado problemas con tu mujer en alguna ocasión...
Entonces los vidriosos ojos de Brown se tornaron comprensivos, llenos de vida y ternura.
—No pasa nada, pasó hace muchos años y aunque el recuerdo sigue ahí, está superado o como quieras llamarlo, pues nunca se llega a superar del todo. Me alegra haberte conocido, eres una gran amiga, perdóname tú si alguna vez te hice creer que entre nosotros había algo más allá de la amistad, quizás visto ahora, podría haberlo parecido, nunca fue mi intención. Por lo de mi mujer, no te preocupes, ella es muy comprensiva, se lo expliqué y lo entendió todo, además, le caes muy bien, y a Daniels lo tienes enamoradito, —rió.
Tras sus palabras nos fundimos en un abrazo de comprensión y cariño. Cuando nos separamos, me encontré en un extraño estado de relax incomprensible.
Siguieron hablando durante un rato, hasta que al final, cansados, decidimos poner fin a la velada. Robert se prestó a llevarme. Mientras Robert se quedaba pagando, me dirigí a la salida, quería contemplar la Luna en lo que esperaba por él. De camino a la puerta me choqué sin querer con un hombre. Me quedé mirándolo fijamente a la cara, me resultaba conocido.
—Disculpe, estaba abstraída en mis cosas y no le vi.
—No se preocupe señorita. —Me sonrió.
Nos despedimos y salí a esperar a Robert, me quedé pensando en el hombre, la verdad es que me recordaba mucho a alguien.

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