MAR DE LÁGRIMAS
A medida que iba recobrando el aliento y encontrándome algo mejor, mis pasos fueron acelerando hasta tal punto que empecé a correr. Cada vez más, y más rápido, como nunca antes lo había hecho, aún así, el ritmo de mis piernas no lograba alcanzar la velocidad a la que latía mi desbocado corazón. Creo que corría por intentar ahogar las penas, sin rumbo fijo, por correr, por sentir otro estímulo que no fuera la tristeza que me abocaba al infierno, aunque ese estímulo no fuera otro que la asfixia. Finalmente, mi camino se detuvo en el Parque del Retiro, quizá porque era el único lugar al que podía considerar mi refugio, mi remanso de paz y tranquilidad, al que podría ir de manera automática, incluso con los ojos cerrados. Además, ¿a dónde iba a ir? Si no tenía a dónde ni a quién acudir en este mundo. Era mi sitio preferido desde hacía años, donde me sentía libre, donde podía ser yo misma. Había perdido a todas mis amistades tiempo atrás, no recordaba bien cuándo ni por qué, y no quería preocupar a mis padres, de los que también me había distanciado desde que empecé a vivir con Martín. Encima, tampoco había cogido el móvil, ni la cartera, así que no tenía modo alguno de avisarles.
Terminé recalando junto a la fuente a la que siempre acudía buscando paz. Me senté en la hierba húmeda, con la espalda apoyada en la piedra fría y perlada del rocío de la noche. Sin embargo, me resultó incluso cálida si la comparaba con el hielo de mi corazón, incluso su tacto duro y áspero, eran una delicada caricia en mi espalda tras haber sufrido lo acontecido hacía unos instantes. Al detenerme por completo, mi mente se reactivó y empezó de nuevo mi martirio. Todas las imágenes se empezaron a repetir en bucle en mi cabeza. Vi a Martín con los ojos inyectados en sangre, la cara desencajada por la ira y sus puños y patadas golpeándome una y otra vez. Entonces, el tiempo empezó a devorarme y a torturarme a cada segundo que pasaba con nuevas imágenes. Me sentí cada vez más sola, desprotegida, triste... rota. Me quedé toda la noche apoyada contra la fuente a la que tantas miserias le había contado en numerosas ocasiones sin obtener respuesta, tan solo por el hecho de desahogarme con algo, ya que no podía recurrir a nadie.
Traté de buscar algo positivo a todo esto, pero no lo encontré, aunque bueno, di con algo que no era tan negativo después de todo. Los golpes, que deberían de dolerme en demasía no los sentía. Mi mente había quedado en un extraño trance, en un vacío existencial que me impedía sentir dolor, tan solo se centraba en afrontar lo que me estaba destrozando por dentro. Finalmente, no sé cuánto tiempo pasó exactamente, el cansancio pudo conmigo y quedé dormida a la intemperie, bajo un cielo recién encapotado que se tornaba casi tan negro como mi alma.
Con el primer rayo del Sol me desperté sobresaltada, había tenido pesadillas con Martín de todo tipo. Para colmo, ahora sí, sentía todo el dolor corporal que mi mente había tratado de reprimir la noche anterior. Encima, el haber dormido en mala postura tampoco ayudaba a que me sintiera mejor. Aún así, la procesión que llevaba por dentro era mucho más dolorosa y dura de asumir. Parecía, al menos, que no tenía nada roto, ni ninguna herida grave, lo que era un consuelo en esta racha de mierda que estaba viviendo.
Confundida, perdida y sin saber qué hacer, caminé cabizbaja por el parque reflexionando, aunque me dolía todo el cuerpo a cada paso que daba. Los primero pensamientos que me vinieron fueron de disculpar a Martín. El pobre, tenía razones para enfadarse, ya que podía haberle comentado lo del psicólogo, es normal que se pensara que lo engañaba al ver que llamaba a otro hombre. Aún así, no se tenía que haber puesto como se puso... Estaba claro que perdió los papeles, pero igual yo en su situación hubiera actuado igual de pensar que se veía con otra mujer... ¡No! ¡¿En qué coño estoy pensando?! ¡¿Qué mierdas hago?! ¡Isis, por favor, espabila! ¡Nadie se merece un trato así! Ni aunque lo hubiera engañado, ¿quién es él para pegarme? ¡Ag! Pensamientos encontrados trataban de procesar una respuesta lógica en mi cabeza, pensamientos que no hicieron más que confundirme aún más de lo que estaba. ¿Cómo podía siquiera pensar en disculparme con él? ¡¿Era tonta?! Definitivamente, lo era. ¡Mierda! Debía de parecer una loca para quien me estuviera viendo, ya que los pensamientos se habían convertido, sin darme cuenta, en un monólogo en voz alta. Tenía que hacer algo pronto o iba a perder la cabeza.
Caí en la cuenta de que Robert, el psicólogo, me había dicho que podía asistir a una consulta gratuita y me acordaba más o menos de la dirección, era cerca. Tuve que autoconvencerme y armarme de valor para ir pero, finalmente, llegué a la conclusión de que era la mejor opción que tenía ahora mismo. Además, ¿qué tenía que perder cuando ya lo había perdido todo? Incluso a mí misma. Me limpié la sangre de la cara, y en general como puede con el agua de la fuente y emprendí la marcha. Anduve durante un buen rato hasta llegar a un edificio alto, de unas ocho plantas, antiguo, pero majestuoso y bien acondicionado, con grandes ventanales y bonitas flores decorando los pequeños balcones. Me acerqué aún dubitativa al portal y aunque pensé en dar media vuelta e irme, sin embargo, terminé pulsando el número donde se apreciaba una pegatina con el nombre del psicólogo.
¡Brrr, brrr! Sonó el portero de la consultoría. Pasados unos segundos, contestó la misma voz ronca de mujer que me había hablado por teléfono el día anterior:
—Buenos días, adelante, pase. —Dijo amablemente.
Entonces, empujé la puerta y entré. Como estaba en la sexta planta, decidí coger, aunque con algo de miedo porque se parara, el viejo y herrumbriento ascensor y pulsé donde ponía: "Consultoría psicológica - Robert Gómez Pérez". La espera mientras ascendía se me antojó eterna, y el traqueteo del elevador hacía que me resintiera de los golpes. Por fin se detuvo, así que abandoné con prisas el ascensor y entré a la consulta. Era bonita, bien cuidada y minimalista, nada que ver con el vejestorio interior del edificio. Por lo visto solo habían reformado la fachada, el interior dejaba mucho que desear, eso sí, la consulta era completamente nueva. Enseguida me atendió la recepcionista. Era una anciana, con atuendos extravagantes y algo desaliñada, llevaba el pelo gris recogido en un moño, la verdad es que era poco atractiva.
—Buenos días, ¿tenía consulta hoy? —Preguntó con su particular tono rudo de voz, sin ni siquiera mirarme.
—Buenos días, pues ayer hablé con usted y el señor Gómez por teléfono, soy Isis. Me concertó una cita para esta tarde, pero si tuviera un hueco libre ahora, me gustaría hablar con él, por favor, es muy urgente.
—Ya, pero Robert solo atiende con cita, lo siento.
—Es muy urgente ¡Por favor! Lo necesito... —Le supliqué.
La secretaria supongo que debió notar mi voz rota, ya que alzó la mirada y me contempló por primera vez. Noté como su semblante cambiaba de repente, seguramente al ver las pintas que llevaba. Entonces, se mostró más comprensiva y cambió su tono de voz por uno más cariñoso y cercano.
—Déjame mirar cariño porque, como te decía, el señor Gómez es un hombre muy ocupado y solo trabaja por citas, pero en ocasiones hace excepciones. Un segundo, voy a avisarle a ver qué podemos hacer.
La mujer salió del mostrador a buscar a Gómez renqueando por la edad y por una leve cojera en su pierna derecha que le lastraba. Decidí que lo mejor en lo que esperaba era tomar asiento en una de las sillas negras de plástico que había a pocos metros. Me acomodé como pude en ella, pues las magulladuras me molestaban y esperé en silencio, aunque peleándome conmigo misma por dentro. Por suerte, la espera no duró mucho, ya que la señora no tardó en llegar.
—Disculpa la tardanza, dice que puedes pasar cielo. —Continuó en ese tono cercano y cariñoso.
—De acuerdo, muchas gracias.
—Sígueme, por favor, es por aquí. —Añadió con una inclinación de cabeza.
Acompañé a la secretaria por un estrecho pasillo hasta llegar a una puerta donde rezaba el nombre del psicólogo en una bonita placa dorada.
—Aquí es, toca la puerta y entra cariño.
—Gracias, hasta luego.
—Hasta luego.
¡Toc, toc! Llamé a la puerta.
—Adelante, pase, pase.
Agarré el picaporte de la puerta con mano temblorosa y, sin mucho convencimiento aún, presioné hacia abajo, hasta que, con un ligero, ¡clic! Se abrió. Entonces, la empujé lentamente hacia dentro, y dirigiéndole una última mirada llena de agradecimiento a la señora, entré. Era una sala pequeña, pero muy bonita, pude darme cuenta pese a estar medio en penumbras. Tenía una silla baja donde estaba sentado Robert, y otra reclinable a su lado que parecía confortable. Estaba echada hacia detrás, era de un cálido y acogedor cuero negro. Ojalá este hombre pueda ayudarme, pensé antes de dar el primer paso hacia el interior.
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