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LAS EPOPEYAS DEL PEQUEÑO GÓMEZ

Íbamos entretenidos escuchando Spotify de camino a recoger al pequeño Gómez. Por su parte, Golfo, que nos acompañaba en el viaje, estaba ensimismado sacando la cabeza por la ventanilla mostrando su larga y babosa lengua al mundo. Con el pelo alborotado y las orejas hacia atrás por el viento. De repente, Robert bajó la música y rompió la armonía que se había creado en el ambiente para hablar:
—Isis, te quería comentar tus condiciones de trabajo para que las puedas valorar, ya que aún no hemos hablado de ello.
—Ah, claro, claro, dime.
—La idea sería hacerte contrato laboral a jornada completa, para que empieces a cotizar. Había pensado en pagarte sobre los ochocientos euros. Además, de teléfono, comida y casa incluido por el momento, hasta que te encuentres con fuerzas y decidas irte a otro sitio. Esto no te lo digo para meterte prisa, al contrario, quédate tranquila. Tómate tu tiempo, recupérate y cuando estés preparada y encuentres a dónde ir volarás del nido, mientras, siéntete una más de la familia.
—Pues... ¿Qué te digo? ¿Qué me va a parecer? ¡Fabuloso! Es mucho más de lo que... ¡Es genial! —rectifiqué antes de que me echara la bronca por decir: "es mucho más de lo que merezco". —Muchísimas gracias, pero ¿y tu mujer?
—¿Qué pasa con ella?
—¿No le importa? ¿No se pondrá celosa? —Según la palabra: "celosa" salió de mi boca, me arrepentí, pero ya era tarde, lo había dicho. ¿Quién me iba a celar con lo poquita cosa que era?Además, esperaba que Robert no se pensara que iba tras él al decir eso, porque para nada era mi intención. —¿No seré un estorbo? —Añadí intentando que la pregunta anterior pasara desapercibida mientras me mordía las uñas.
—¡Bah! Por ella no te preocupes, es un cacho de pan. No un pan tan bueno como yo, pero un pan al fin y al cabo. ¿A quién no le gusta un pan sea como sea? —Bromeó. —Anoche estuve hablando con ella y poniéndola al tanto de todo, y por su parte no hay problema. Ya os conoceréis, seguro que encajáis bien y llegáis a ser buenas amigas.
—Pues genial, estoy deseando conocerla y ponerle cara. Bueno, y de darle las gracias a ella también. Siendo tu mujer seguro que es súper guapa y muy buena gente, como tú.
—¡Uy, uy! Que me voy a sonrojar... —dijo entre risas.
—¿Y ahora cómo tengo que llamarte?
—¿A qué te refieres? ¿Cómo que cómo debes llamarme?
—Jefe, ¿no? —reí.
—Por favor, que palabrota tan fea, ¡puaaag! Ni se te ocurra llamarte así o no vas a durar ni un día en el puesto, ¿eh?, —se desternilló de la risa.
—Vale, vale, jefe no entonces. Seguimos con Robert mejor. Además, que le llamen jefe a uno, le hace parecer mayor, —vacilé.
—Pues sí, toda la razón. ¡Ah! Por cierto, antes de llegar al campamento pasaremos por una juguetería que está de camino. Quiero comprarle un videojuego a Liam que lleva tiempo pidiéndome. Te lo digo por si me despisto y me paso de largo, que me conozco y soy un poco desastre. Tú porque no conduces, pero a veces uno pone el modo automático y conduce directo al destino que suele recorrer sin darse cuenta.
—Vale, no te preocupes, te avisaré si te olvidas. ¡A sus órdenes! —Aunque pudo sonar medio a broma la frase, me di cuenta de que había sido más bien un poco sumisa con lo de: "¡a sus órdenes! Claro, la costumbre de decirle que sí a todo a Martín y de estar pendiente a todas sus cosas. Por lo menos Robert, no se lo tomó así, al menos en apariencia, ya que soltó una ligera carcajada.
Pasaron unos minutos más cuando Gómez anunció que casi habíamos llegado a la juguetería. Nos dio el tiempo justo de escuchar una última canción antes de llegar a la tienda y aparcar. Nos bajamos del coche y entramos al pequeño establecimiento. No lo conocía, aunque tampoco había sido nunca muy aficionada a los videojuegos. Estaba ambientado en el mundo manga y aunque no reconocía la mitad de las cosas, me pareció curioso e incluso bonito.
Enseguida empezamos a buscar el videojuego entre las decenas de estanterías que había, pero no lo encontramos. Entonces Robert se acercó al mostrador y le preguntó al dependiente.
—¡Buenos días! Estaba buscando un videojuego para mi hijo, pero no lo encuentro. Es este, —le espetó enseñándole una foto del juego en el móvil.
—¡Buenos días, caballero! Sí, no se preocupe, yo le ayudo a buscarlo. A ver si queda alguno, porque justamente ese está muy demandado.
El dependiente se puso a buscar como un loco por todas las estanterías revisándolas de arriba abajo sin éxito.
—Pues... creo que no va a tener suerte, no me queda ni uno.
—¡Ay! No me digas eso, que se lo prometí a mi hijo. ¡Me va a matar!
—Espera, déjame mirar si queda algo en el almacén, no te prometo nada. Me extraña que mi compañera no lo hubiera sacado en el turno de ayer si quedaba alguno.
—A ver si hay suerte, crucemos los dedos, te lo agradezco mucho.
—¡Vamos a ver! Ahora vengo. —Dijo mientras abría la puerta que tenía tras de sí y se adentraba en su interior.
—¡Joder! Para una cosa que le prometo a Liam y lo voy a defraudar por venir a última hora.
—Tranquilo, seguro que tienen, y si no, buscamos en otro sitio o lo que haga falta. A las malas si no hay, se lo compras más adelante. ¿Cómo ibas a saber que era tan demandado? Y menos hasta el punto de agotarse.
—Lo peor es que lo sabía, me lo dijo. Está deseando llegar del campamento para jugarlo con sus amigos porque se lo prometí.
—Bueno, vamos a ver qué nos dice el chico cuando vuelva...
—¡Ya estoy aquí! —Dijo el dependiente interrumpiendo nuestra conversación con una sonrisa en la cara. —Pues estás de suerte, quedaba uno de una reserva que al final no vinieron a por él.
—¡Menos mal! Gracias, gracias. No sabes la lata que me ha dado mi hijo con ese juego.
—Normal, todos los niños están locos por él. Ya sabes cómo es la juventud.
—Te lo decía enserio, me hubiera matado. Se lo había prometido hace meses, que cuando saliera se lo compraba.
—Pues, vas a seguir vivo un poco más, —bromeó.
Mientras Robert pagaba, me dio por mirar a través de una de las ventanas del local. Casualmente pasaba por delante en ese momento el coche antiguo que tanto me había llamado la atención en el centro comercial. Si no era el mismo, era muy parecido, pero juraría que era él. Como entonces, me quedé embelesada contemplándolo hasta que se perdió en la lejanía fundiéndose con el horizonte.
—¿Te pasa algo? —Me preguntó Robert.
—No... nada, nada. Estaba contemplando el paisaje a través de la ventana y vi un coche que me llamó la atención, pero ya pasó de largo.
—¡Ah vale! Me habías preocupado. Pues ya hemos terminado aquí. ¡Vamos! Ya queda menos para que conozcas a mi hijo.
—No hay más tiempo que perder entonces, pongámonos en marcha.
Cuando llegamos a la zona del campamento aparcamos en un terraplén de tierra que había a la izquierda de la entrada. Por cierto, he de destacar que la entrada era muy llamativa, me esperaba algo más cutre, como cuando me llevaban a mí de pequeña a campamentos, pero para nada. Parecía la entrada a un mundo de fantasía lleno de alegría y de color, un mundo mágico, de ensueño.
Mi ensimismamiento y fantasiosos pensamientos inducidos por la llamativa entrada, se interrumpieron cuando los niños empezaron a salir en fila india de a uno. Tardamos alrededor de cinco minutos en dar con el pequeño Gómez. Era clavado al padre, pero en tamaño mini.
Al ver al niño Golfo se puso inquieto y empezó a mover la cola agitadamente. Cuando Robert le dio la orden fue a dar con Liam y empezó a lamerle la cara sin parar mientras él lo acariciaba. Una vez el perro se calmó no tardó en ir a dar con su padre.
—¡Hola papá! Ha sido una pasada, hicimos de todo y más. Hicimos... —Empezó a decir atropelladamente y exaltado, pero Robert lo cortó antes de seguir para hacer las presentaciones oportunas.
—¡Hola granujilla! Me alegro que te gustara. Ahora me lo cuentas mejor, pero primero quiero presentarte a alguien. Liam, esta es Isis. Se va a encargar de ti cuando mamá y yo estemos trabajando, te caerá muy bien ya lo verás.
—¡Hola Liam! Cuéntame, ¿qué tal lo pasaste, qué hiciste? —Le pregunté intentando sonar amable pese a la pesada loza que arrastraba conmigo.
—¡Hola! —Respondió cortante.
—Perdónale, es un poco tímido al principio, pero se le pasa enseguida. Es muy sociable realmente. Cuéntale a Isis que has hecho en todo este tiempo hombretón.
—No pasa nada, seguro que nos llevaremos bien, ¿verdad Liam? ¿Sabes que yo también iba de campamento a tu edad?
Le empecé a contar cosas que hacía de pequeña, sobre todo las pequeñas gamberradas y de a poco el pequeño Gómez se empezó a soltar.
—...Y, y, y, luego hicimos rafting, fue lo mejor de todo, alucinante, ¡fliparías! ¿Tú lo hiciste alguna vez Isis?
—¡Qué guay! ¡Jo! ¡Qué va! Ya me hubiera gustado a mí. Siempre me gustaron las aventuras, pero no tuve esa suerte.
—¡Seguro que sí, te hubiera flipado porque fue un pasote total!
Al final, como había dicho Robert, hice buenas migas con Liam. He de admitir que los niños me gustaban y se me daban bien, mucho mejor de lo que pensaba. Proseguimos todo el camino hasta llegar a la casa escuchando las alucinantes epopeyas del joven Gómez. Era muy dicharachero y gracioso, estaba disparatado. Además tenía mucho que contar, parecía que se le iba a escapar el tiempo para ello, así que no paraba de enlazar una historia con otra. Además, se notaba que quería mucho y echaba de menos a su padre, parecía una lapa con él.

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