LA CRUDA REALIDAD
Finalmente, aunque desganada, terminé aceptando su petición con tal de no oírlo. Había estado insistiéndome con múltiples argumentos por largo tiempo, solo quería que se callara de una vez. Al menos esperaba que terminase pronto. Para mi asombro, cuando empezó el coito, mi conciencia me abandonó. Me quedé en una especie de trance, como abducida, atrapada en un vacío existencial que me impedía sentir. Me dejé hacer sin saber exactamente lo que estaba pasando. Tenía la mirada perdida, clavada en el frío techo de la habitación mientras Martín disfrutaba. Cuando todo acabó, me sentí una mierda, la peor mujer del mundo por acostarme con alguien sin tener ganas. También me afligió el no desearlo con todas mis ganas después de haber arreglado las cosas, decidido volver a su lado y aceptar la renovación de los votos. Sabía que estaba dolida por sus comentarios en la cena, pero algo iba peor de lo que creía, aunque no sabía bien el qué. Mi mente no volvió a conectar en toda la noche, me quedé dormida sin ni siquiera quererlo.
Por la mañana, me desperté temprano. Estaba sola, Martín habría ido a trabajar, supuse. Aún estaba confundida, todo había parecido un mal sueño, quería creer que lo fue, pero no. Las marcas en mis muñecas, por la fuerza con las que me había agarrado la noche anterior, lo demostraban. Mi mente se fue aclarando poco a poco, a la vez que las imágenes de la noches anterior empezaron a tomar forma en mi cabeza. Me sentí sucia, utilizada, me atrevía a decir que incluso... forzada a haber hecho algo que no quería... ¡Dios! ¿Por qué lo había hecho? Nunca tenía que haber vuelto a su lado... Me daba asco ahora mismo. Salí corriendo a ducharme, tenía que quitarme enseguida cualquier ápice de su esencia. Me repugnaba hasta su propio olor adherido a mi piel. Empecé a frotarme el cuerpo cada vez más fuerte con la esponja, hasta enrojecer mi piel. Tenía que lograr sacarme todo rastro que pudiera quedarme de él, pero sintiendo que esto no era suficiente, grité. Lancé un alarido que tuvo que escucharse en toda la manzana. Fue un grito de rabia, de impotencia, de agonía... Tras el grito golpeé una y otra vez la pared de la ducha hasta hacerme daño, quería sufrir por lo que había hecho. Sufrir era lo único que me hacía sentir viva en este momento, y me recordaba lo estúpida que había sido. Por supuesto, no pude contenerme y echarme a llorar.
Un nudo se apoderó de mi garganta y me dejó sin respiración. Me faltaba el aire y empecé a hiperventilar, mientras un sudor frío me recorría el cuerpo. Sabía lo que me estaba pasando, no era la primera vez que tenía un ataque de ansiedad, pero nunca lo había sentido así de fuerte. Por más que trataba de respirar tranquila y hacer los ejercicios de respiración que había aprendido para estas situaciones, me era imposible recuperar la compostura. ¡Vamos, Isis! Tranquila, inspira, expira, inspira, expira... Me repetía una y otra vez sin éxito. Como no tenía forma de calmarme, me enrollé con la toalla y bajé a la cocina a coger un ansiolítico. Me lo puse debajo de la lengua y me fui a sentar en el sillón.
Tras unas horas, y después de una distendida conversación conmigo misma, me encontraba mejor. Estaba decidida a hablar con Martín y dejar la relación de una vez por todas. Tenía las herramientas necesarias para enfrentarme a ello, Robert me había enseñado. No podía continuar con esta situación, definitivamente no estaba enamorada de mi marido, tenía dependencia, ahora lo tenía claro. Además, un animal como él nunca cambiará. Sin embargo, tenía la necesidad de cerrar el ciclo, de dejarle las cosas claras y no huir como la última vez. Sabiendo cómo era, lo mejor sería pillarle con la guardia baja, para desarmarlo y evitar que se pusiera agresivo, así que le haría la comida y lo hablaríamos en ese momento. Tenía que intentar actuar con normalidad, aunque me costara, y cuando menos lo esperase, lanzarle la bomba, pero tendría que tener mucho cuidado de que no me estallase en la cara.
Por fin llegó la hora, Martín estaba entrando por la puerta. Lo tenía todo bien planeado, creo, y esperaba que saliese como pensaba. Si no, tendría que salir corriendo, por eso dispuse la mesa de tal manera que me quedara más cerca la puerta.
—Hola cariño, ya estoy en casa. Ya tendrás lista la comida, ¿no?
—Buenas tardes, mi amor. Sí, está todo listo. —Esperaba que no sonara demasiado fingido, que asco me estaba dando ahora mismo.
—Así me gusta, mujer. —Dijo con ese machismo escondido, que tantas veces me había pasado desapercibido mientras se sentaba en la mesa.
—No está mal esto, aunque demasiado caliente y un poco salado... No estás muy fina hoy, ¿eh?
Aguanta, Isis, si saltas de malas maneras, solo empeorarás la situación. Me repetía una y otra vez, cada vez que se quejaba de algo nuevo. Cuando creí encontrar el momento, le fui a decir todo lo que había estado urdiendo en mi cabeza, pero algo me hizo recular... No me salían las palabras, ¿qué me pasaba? Si lo tenía súper claro... Tan claro como que estaba aterrada. La idea de que se pusiera hecho un obelisco y las repercusiones que habrían si le decía lo que tenía en mente, me habían bloqueado por completo. ¡Mierda, Isis! Sé valiente por una vez.
—Martín, yo... Tenemos que hablar... —Titubeé.
—Sí, ¿decías algo?
—Que... No, nada, que deberías descansar. Debes estar muerto del trabajo.
—Pues sí, estoy muerto, voy al sillón a ver la tele un rato.
—Va...vale, cariño. Yo voy enseguida, en cuanto recoja aquí.
No podía hacerlo, no era lo suficientemente fuerte para afrontar la situación, pero tampoco me atrevía a huir otra vez, si me encontraba... No sé de qué sería capaz. Si la otra vez se puso como se puso sin motivos, si lo dejaba, ¿qué podría hacerme? ¿Y si huía de nuevo y daba conmigo? No tenía más remedio que jugar a ser su marioneta el tiempo necesario hasta encontrar una solución pero, ¿cómo fingir quererlo y seguir siendo la esposa ideal cuando me causaba tanto rechazo? ¿Cómo hacerlo cuando sentía odio? Por desgracia, tenía la respuesta clara, como lo había hecho desde hacía mucho tiempo, solo que ahora lo veía claro. Ahora mi venda se había caído del todo, por lo que requeriría un mayor esfuerzo, pero tenía que hacerlo hasta que hallara la forma de salvarme. ¡Mierda! La ansiedad volvió a apoderarse de mí con fuerza, incluso con más violencia que antes. Así que esta vez me tomé dos pastillas para lograr tranquilizarme.
Al cabo de un rato, Martín, que no había dejado de estar con el móvil y pasar de mí, me anunció que se iba de copas con sus amigos. ¡Por fin algo de suerte! Al menos me iba a librar de él un buen par de horas, con suerte, incluso hasta el día siguiente no sabría de su existencia. Ojalá acabara metido en alguna pelea y lo dejaran encerrado un día, como había ocurrido en más de una ocasión. Cuando por fin cerró la puerta y me dejó sola, pude respirar con un poco más de tranquilidad. Sin embargo, sabía que la tranquilidad era frágil y efímera, duraría hasta su regreso, aunque ahora mismo no me preocupaba nada, ni siquiera era capaz de sentir, estaba completamente destruida y drogada con los ansiolíticos. No podía pensar con claridad, las pastillas me tenían atontada, pero era mejor estar en ese estado de semi ausencia que martirizándome la cabeza con algo que por ahora no podía resolver.
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