ENTRE LA LUNA Y LOS DEMONIOS
¡Crac! De repente, Martín abrió la puerta del cuarto sobresaltándome. Apurada y, tratando de evitar una nueva disputa porque se pensara lo que no era, lancé el móvil lejos mí, al otro lado de la cama y me hice la loca, como si no hubiera estado hablando por él, ya que me sentía ridícula y culpable por haber llamado a Robert. Me llamó la atención que Martín tuviera tan buena cara de repente, ¿qué le podía haber pasado en este tiempo a solas para estar así de contento?
—¡Hola, cariño! ¿Qué tal? Te noto más animado.
—Hola, Isis, pues más que bien, la verdad. Acabo de recibir una llamada del trabajo y, por lo visto, la inversión en bolsa de un cliente que hice hace tiempo, va mucho mejor de lo esperado. Por fin mis esfuerzos se ven recompensados. Estamos hablando de un buen pico el que me voy a llevar por la operación. —Dijo emocionado.
—¡Qué bueno! ¡Esto hay que celebrarlo! ¿Qué te parece si te preparo tu cena favorita, mi vida? Te haré tus platos preferidos y luego tendrás tu postre. —Le dije refiriéndome y señalándome a mí misma, mientras le guiñaba un ojo pícaramente. —Todo lo mejor para mi amorcito.
—Me parece bien, bajamos entonces, ¿no? Cenaremos bajo la luz de la Luna, hoy está llena y tendremos mejores vistas.
—Sí, vamos, claro, ¡qué bonito! Como en los viejos tiempos.
¡Mierda! La tarjeta de Robert estaba sobre la cama a mi lado pero, por suerte, Martín no la había visto. Tratando de disimular le puse el pie encima, no podía levantarme para acompañarlo a abajo y no sabía cómo decirle que fuera bajando él sin que sospechara nada. Seguro que se me notaba en la cara, nunca se me había dado bien ocultar nada, pero tenía que disimular a toda costa, no quería tener otra disputa y menos por esta tontería ahora que todo pintaba bien. A saber cómo se pondría...
—Vete bajando tú si quieres, cariño. Voy al baño y bajo enseguida. —Le dije, en mi burdo intento de disimular.
—No, te espero aquí. No te preocupes. Estamos de celebración, así que, ¿qué menos que hacerte compañía?
—De verdad, cariño. Vete bajando, yo voy ya, no tardo.
—Ya te he dicho que te espero, ¿qué problema hay?
—No... Ninguno... —Empecé a farfullar al ponerme cada vez más nerviosa.
Martín, que pareció percatarse de mis nervios al temblarme la voz, puso semblante serio y acusador y miró a todos lados, tratando de encontrar el por qué de mi miedo. Entonces, sus ojos se detuvieron sobre mi pie derecho, del que asomaba el filo de la tarjeta.
—¿Qué tienes ahí debajo?
—¿Dónde?
—Debajo del pie derecho. A ver, levanta.
—No es nada, cariño, de verdad.
—Con más razón, como no es nada, levántalo entonces. —Me increpó mientras me agarraba de la pierna y tiraba de ella hacia arriba dejando al descubierto la tarjeta. Según la estaba leyendo sus pupilas empezaron a dilatarse y sus ojos se inyectaron en sangre. Estaba claro que la ira lo estaba poseyendo una vez más.
—¡¿QUÉ... MIERDA... ES... ESTA, ISIS?! —Me preguntó a gritos.
—Te... he... dicho que no... que no es nada mi amor... —Le respondí con miedo.
—¡Me cago en la puta, ISIS! ¡Me cago en la puta! ¿De verdad? ¡Mi único día bueno en años y lo estropeas! ¡¿Para qué necesitas tú un maldito psicológo?! ¡Dime, pedazo de zorra malagradecida!
—Mi amor, relájate... Por favor... No le he dicho nada... —Empecé a llorar desconsolada y muy, muy asustada al verle esos ojos demoniacos.
—¡Cállate! ¡No quiero ni oírte!
Acto seguido, empezó a coger mis cosas: ropa, libros, cremas... y a tirarlas por la ventana, sin dejarme darle una explicación racional. Estaba colérico y fuera de sí. Traté de agarrarlo e intentarlo hacer entrar en razón en más de una ocasión, pero solo recibía empujones por su parte para alejarme de su lado. En una de las veces me empujó contra la cama y me caí tendida sobre ella.
—¡Para, Martín, por favor! Lo siento. Siento si te molestó, nunca fue mi intención. No buscaba hablar con él, solo me lo encontré en el parque y me entregó su tarjeta, estaba repartiéndolas porque tiene un gabinete y estaba haciendo promoción. ¡Ya está, por favor! —Seguí rogándole entre llantos.
—¡No te hagas la tonta, mujer! Te acuestas con él, ¡¿no?! ¿Te lo follas? ¡¿La tiene más grande que yo?! ¡Eres una puta insaciable! —Continuó Martín alzando aún más la voz.
Seguramente, los vecinos lo estarían escuchando todo, pero ninguno fue capaz de ir a averiguar qué estaba pasando, ni de llamar a la policía, a nadie le importaba. Encima Martín aprovechó la situación para enfocarla a su conveniencia y que todo el que estuviera oyendo creyera que su mujer no eras más que la puta que lo había engañado, pero no era así. Me sentía sola, muy sola... Como si estuviera en el ojo de un huracán, que te aísla de todo lo de alrededor, pero que te impide escapar y ver nada más allá. A sabiendas que estaba a salvo por pura casualidad y que cualquier paso en falso sería terrible.
Tenía claro que Martín no estaba pensando lo que hacía y que no habría manera de hacerlo entrar en razón ahora mismo. Cogió mi portátil de la mesita y se acercó a la ventana para tirarlo, fue entonces cuando lo agarré de los brazos desde su espalda, suplicándole que parara una vez más.
—Mi amor... Vamos a hablarlo... Venga... Es una tontería... Ni siquiera llegué a hablar con él... De verdad... Jamás me iría con otro...
¡Zas! De nuevo, como la noche anterior, me cruzó la cara, con más fuerza si cabía. Volvió a alzar el brazo para propinarme otra bofetada más, cuando traté de frenarlo inútilmente con mis manos, pues tenía mucha más fuerza.
—¡Suéltame ahora mismo! ¡Suéltame si no quieres que te de más fuerte!
—¡Para! ¡Tengo miedo! —Le imploré llorando.
En vez de soltarlo, seguí aferrada a sus brazos para evitar un nuevo golpe, lo que hizo que se enfadara más y terminara de perder la cordura y el poco control sobre sí mismo que le quedaba. De una sacudida se zafó de mis manos y empezó a golpearme frenéticamente. Se habían desatado sus demonios internos, esos que siempre había tenido reprimidos hasta ahora. Desgraciadamente sabía que existían, pero que no había querido nunca enfrentarme a la realidad, o simplemente me autoengañaba a mí misma pensando que nunca los desataría, al menos no contra mí... O quién sabe... Ahora mismo no sabía nada, no conocía a la persona que tenía delante... ¿O sí? ¿Quién era de verdad Martín? ¿El hombre idílico que siempre había creído o este monstruo sádico? Quizá ahora mi venda se había desgastado del uso, se había caído y estaba viendo por fin al hombre detrás de la máscara, al verdadero y terrorífico Martín.
Traté de cubrirme con las manos, pero al final no fui capaz de frenar sus golpes y terminé haciéndome un ovillo en el suelo, creyendo que así me libraría del dolor. Estaba recibiendo puñetazos y patadas del hombre al que amaba, del hombre que siempre había creído que me amaba y que me había protegido desde que éramos niños. ¿Cómo puede una afrontar eso? Mi mundo se tambaleó hasta venirse abajo de repente y me rompí. Algo en mi interior se desconectó y simplemente dejé de existir.
Finalmente, los golpes cesaron. Había perdido la noción del tiempo. Cuando volví en mí, no me respondía bien el cuerpo, así que salí media a rastras de la habitación como buenamente pude, tambaleándome. Poco a poco logré incorporarme, estaba dolorida, con el labio ensangrentado y algo desubicada, lo único que sabía es que tenía que huir de ahí. Mis ojos ya no derramaban ni una sola lágrima y el dolor físico dejó de afectarme, era como si hubiera abandonado el plano corpóreo y me hallara en otro totalmente ajeno al sufrimiento terrenal. El dolor de mi alma era tan intenso que acallaba lo que mi cuerpo pudiera sentir. Como un alma errante que camina sin un rumbo predefinido, caminé hacia la puerta de la habitación y empecé a bajar por las escalera dando traspiés, mientras oía a Martín hablando solo. Las palabras llegaban a mis oídos, pero mi cerebro era incapaz de procesarlas, por lo que se me antojaban ininteligibles.
—¡¿Qué he hecho?! ¿Isis? ¿A dónde vas? Perdona, perdóname, por favor. No sé qué me ha pasado, soy un imbécil. —Gimoteó desde la habitación. —Yo no soy así, tú lo sabes. ¡Ven, por favor! Lo siento, Isis vuelve.
Sin girar la cabeza siquiera, como si mi cuerpo no me respondiera y actuara solo, seguí mi camino hasta llegar a la puerta de la entrada. Abrí la puerta y salí de la casa. Realmente no sabía a dónde ir, así que dejé que mis pasos, ahora autómatas, me guiaran a cualquier lugar, no me importaba cual, solo, que fuera lejos de aquí. Aún así, seguía oyendo a Martín gritando e implorando desde la distancia, en la ventana, había sido incapaz siquiera de correr a mi lado. Se había quedado anclado donde mismo lo dejé, quizá arrepintiéndose de todo, no lo sé, me daba igual. Sus gritos fueron quedando ahogados en la distancia a medida que me alejaba del que hasta entonces había sido mi hogar. Su voz se fue apagando hasta tal punto que solo pude escuchar el silencio, un silencio que tan solo se veía interrumpido por mis pasos.
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