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EL "GRAN" DÍA

Los días se sucedieron y las malas formas de Martín, sus desprecios, comentarios, ridiculizaciones... continuaron in crescendo, a la par que aumentaba mi ingesta de ansiolíticos. Me había dejado arrastrar a su pozo de oscuridad, parecía un zombie, movida tan solo por la necesidad de vivir aun sin estar viva. Hacía tiempo que había perdido toda esperanza de huir del infierno en el que me había metido. Lo único que me hacía resistir, y a duras penas, eran unas pastillas que nublaban mis pensamientos, ocultaban mis sentimientos y hacían que nada me importara.
En semejante estado me arrastré el día señalado para renovar nuestros votos. Me hallaba frente a la iglesia, estaba abarrotada de personas, pero no veía más que rostros distorsionados que parecían burlarse de mí. Me sacudí la cabeza intentando despejarme y apartar esas ideas. Mientras lo hacía, ya había dado comienzo la ceremonia. El cura había terminado sus palabras, y el que hablaba ahora, era Martín.
—[...Hemos fortalecido la relación a través de los años y por ello hemos crecido en todos los sentidos. Te veo y te veré para toda la vida como mi perfecto amor...]. —Dijo él mirando primero a la multitud y después a mí.
Había llegado la hora de decir mis palabras, todo el mundo estaba esperándolo, pero me quedé muda. Miré hacia todas partes buscando ayuda que no encontré. No sabía cómo salir de esta situación que yo sola me había buscado. Además, mi cabeza parecía apunto de estallar, al igual que mi pecho. Intenté aclararme la voz y empezar mi discurso, lo hice con voz entrecortada, ya que no me entraba bien el aire.
—Lo fuerte que es nuestro amor hace que pueda vencer todas las dificultades de la vida... —De nuevo hice mutis. Estaba mirándolo directamente a los ojos, y no pude evitar empezar a llorar.
—¿Estás bien, Isis? ¿Qué te pasa?
—No... No puedo...
—¿No puedes qué? Dirás que no quieres. Nos están mirando, ¿a qué esperas? —Me susurró, pero de manera agresiva y mirándome con mala cara.
Cuando fui a responderle, mi cuerpo empezó a temblar y a flaquear, y mis piernas fueron incapaces de sostenerme. De repente, dejé de existir, de sufrir, de sentir... Todo se volvió cada vez más oscuro, hasta que no vi nada más que negrura, y los sonidos de mi alrededor se fueron apagando hasta no escuchar más que el silencio... Dejé de vivir.
De pronto, noté una fuerte descarga en el pecho que hizo convulsionar todo mi cuerpo. Era doloroso, pero no como un dolor que hubiera experimentado antes, no sabría explicar la sensación. Me debatía entre la vida y la muerte, como cuando activas y desactivas el interruptor de la luz varias veces, así me sentía. La electricidad recorriendo mi cuerpo me reanimaba, pero una vez se detenía, volvía a las sombras.
—Aumenta la potencia, —logré escuchar que decía un hombre.
Otra descarga aún más fuerte impactó contra mi pecho, me hizo abrir los ojos y expulsar todo el aire. Empecé a respirar de forma acelerada detrás de la mascarilla de oxígeno hasta que fui recuperando el aliento. ¿Dónde estaba? No podía ver con claridad y estaba agotada, aunque traté de hablar para preguntar por ello, fui incapaz de hacerlo.
—Tranquila, ya ha pasado lo peor, —me dijo una mujer, —ahora te vas a quedar dormida con lo que te hemos puesto. Necesitas descansar.
Pero, yo... ¿Qué...? ¿Dónde...? Pregunté al silencio, en mi mente, antes de caer rendida. Pasado un tiempo, no sabría decir cuánto, desperté. Estaba entubada y rodeada de aparatos, lo que me asustó. El pulso se me aceleró y se me agitó la respiración, entonces algo empezó a pitar y una persona apareció ante mí corriendo.
—Hola, tranquila, es normal que esté asustada. Está usted en el hospital, ha sufrido un pequeño infarto, pero todo ha salido bien. Intente relajarse.
—Hola... ¿qué ha pasado? —Pregunté con voz apagada, aunque al menos esta vez sí logré articular palabra.
—Como le decía, ha sufrido un infarto y se encuentra ahora mismo en el hospital. ¿No recuerda nada?
—¡Eh...! Sí, estaba... estaba... —Me acordaba perfectamente de todo, pero no quería pararme a pensar en lo que había vivido las últimas semanas, así que callé enseguida.
—Está bien, no se preocupe. No se esfuerce.
—¿Hay alguien esperándome?
—La verdad es que no, nos avisó su marido. Estuvo aquí un tiempo, y después se marchó. Hemos tratado de localizarlo de nuevo, pero no da señales. Lo siento.
—No pasa nada, estará trabajando ahora, —mentí. —Así es lo mejor...
—¿Lo dice por algo? ¿Tiene algo que contarnos?
—No, nada... Prefiero, si es posible, que avisen a Robert, por favor. —Conforme se iba aclarando mi cabeza, e iba uniendo todo el puzzle, me daba cuenta de que la situación, por mala que hubiera sido, me brindaba una vía de escape.
—Como usted, quiera. Si me deja el número, lo mando a llamar ya mismo.
Me pasó mi móvil, busqué el número de Robert y se lo facilité, después me volví a quedar dormida. Había agotado las pocas energías que me quedaban. Era de noche, cuando desperté otra vez, podía saberlo por la ventana que tenía al lado. Me encontraba mejor, más consciente, aunque las energía seguían al mínimo. No me hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que Gómez estaba sentado en una silla cercana.
—¡Robert, has venido! Gracias, perdona por todo, yo no quería...
—¡Shh...! Tranquila, no te preocupes, está bien, no pasa nada. Tan solo prométeme que te pondrás bien, ¿vale? ¿Cómo te encuentras? —Preguntó en tono cariñoso.
—Algo mejor, con la mente más despejada, pero hice muchas cosas en estas semanas de las que me arrepiento tanto... De nuevo la máquina empezó a pitar, cada vez más rápido, a la par que incrementaba mi ritmo cardiaco.
—Ya está, ya está, no pasa nada... —Me abrazó como pudo. —Relájate, ya hablaremos bien cuando te encuentres mejor, lo primero ahora es recuperarte, no pienses en nada más.
—Gracias, Robert. Lo siento mucho...
—No tienes que agradecer nada y estaré aquí a tu lado, siempre. Sigue descansando.
Quería decirle tantas cosas, disculparme bien, pedirle ayuda... pero tenía razón, tenía que recuperarme primero. Además, me cansaba enseguida, se ve que aparte de estar débil, estaba sedada, porque los ojos se me cerraban solos. El monitor dejó de sonar cuando cerré los ojos y aparté todo pensamiento de mi cabeza, entonces me sumí de nuevo en un profundo sueño.

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