DESGARRANDO LA NOCHE
(2 años después)
El reloj digital, que reposaba a mi lado sobre la mesita de noche de madera de roble, marcaba las dos de la madrugada. Todo estaba en absoluto silencio, había tranquilidad en las calles, pues el mundo entero dormía. Esa noche, ni siquiera el viento se atrevió a romper la paz que había en el ambiente. Era una noche de verano cálida, pero no sofocante, de esas en las que aún te puedes tapar con una sábana fina, sin embargo, yo seguía tapándome con el edredón, me hacía sentir más segura de los males imaginarios que asolan las noches. Me había dejado dormir hacía dos horas aproximadamente. Como mi marido Martín había salido con sus amigos, me había puesto una bilogía de una de esas pelis romanticonas y ñoñas que tanto me gustaban y se me habían hecho las tantas, hasta que caí exhausta.
Estaba soñando con una de las escenas de la película que acababa de ver y tenía una ligera sonrisa dibujada en la cara. Sin embargo, de pronto, el bonito sueño dio un giro de ciento ochenta grados y se convirtió en una terrible pesadilla y empecé a removerme en la cama. Quizá, había sido porque, de repente, algo perturbó el silencio de la noche en la distancia que, aunque no me despertó del todo al principio, sí que pudo alterar mis sueños. Aunque apenas era un sonido suave, como un ronroneo, al cabo de unos segundos, se empezó a escuchar más alto, grave y cercano. Tenía un timbre ronco y acompasado como si fuera un metrónomo bien configurado y preciso. Al cabo de un rato, me medio desperté y descubrí que era el sonido del motor de un coche que se aproximaba. Aún seguía cansada y somnolienta, así que no habría sabido decir si me resultaba familiar el sonido o no, pero habría jurado que sí.
Me giré sobre mí misma en la cama y me tapé con el plumón hasta la cabeza, el sonido se amortiguó lo suficiente para no llegar a molestarme. Los ojos me pesaban y enseguida volví a sumirme en mis sueños, por suerte estos volvieron a ser agradables. Estaba descansando sobre la mullida cama de biscolátex, debajo de mi protectora manta de plumón, como acostumbraba a hacer salvo las noches de mucho calor. Me encantaba notar su peso sobre mi cuerpo, por más que hiciera calor y Martín se metiera conmigo por ello y me dejase a un lado de la cama apartada en la noche. Tan solo mi largo y desordenado pelo negro sobresalía de la manta. Me sentía tan protegida debajo de ese "escudo protector" que creía de verdad que refugiada debajo de él no podía pasarme nada malo. De nuevo, algo inquietó mi sueño y volvió a tornarse en pesadillas.
¡Cricl, Cricl! Empezó a sonar una y otra vez, era el tintineo de unas llaves forzando la entrada de una cerradura que parecía inexpugnable para las torpes manos de la persona que trataba de abrirla, pues por más que lo intentaba, no lo conseguía.
—¡Isis! ¡¿Es que no oyes que estoy tratando de abrir la puerta?! ¡Hip! ¡Baja a abrirme, mujer! Estas putas llaves están mal. ¡Hip! ¡No me hagas pasar más vergüenza con los vecinos, estoy haciendo el ridículo! ¡Hip! ¡Venga ya, Isis! —Bramó Martín como pudo entre la ebriedad y el hipo que le ocasionaban esas copas de más.
¿Quién me llamaba a gritos? ¿Por qué me despertaba? Con lo a gusto que estaba... ¡Mierda! Era Martín. Otra vez había bebido de más, no había más que escucharlo, y seguramente necesitaría ayuda hasta para subir las escaleras de la casa. Odiaba cuando bebía tanto, parecía otro. Me había prometido una y otra vez que lo dejaría, pero siempre que quedaba con sus amigos, lo arrastraban por el mal camino y lo obligaban a beber, o eso me decía. Eran mala compañía, debería decírselo, porque la verdad es que no toleraba bien el alcohol, le sentaba fatal al pobre. Tan rápido como pude me despojé de mi manta, me puse mis sandalias de pelo violetas y bajé a recibirlo.
—Hola cariño, ¿qué tal lo pasaste? ¿Lo pasaste bien? ¿Bebiste mucho?
—¿Otra vez controlándome? ¿A ti qué coño te importa lo que bebí? —Gritó Martín.
—Bueno, no es eso cariño... Solo me preocupo por ti. —¡Ufff! ¡Qué pestazo a alcohol traía! Cada palabra que soltaba arrastraba el aroma a embriaguez consigo.
—Pues no te preocupes tanto y aparta, quiero descansar. —Dijo dándome un empujón para acceder al domicilio.
No quise darle importancia al gesto, ya que cada vez que bebía se volvía algo violento. Eso le había causado muchos problemas: peleas en los bares, discusiones... Incluso lo echaron de su último trabajo por ello tras insultar al jefe en la fiesta de empresa. Lo mejor era dejarlo estar y seguirle la corriente. Mañana se le pasaría, cuando el alcohol dejara de hacerle efecto.
—¿Qué coño hacías? Llevo cinco, ¡hip! minutos, ¡hip! en la puerta. ¡¿Estás sorda o qué?! —volvió a gritar exaltado.
—Nada mi amor, perdona. Estaba durmiendo y no te escuché, cuando lo hice bajé corriendo a recibirte.
Me estaba a empezando a asustar su actitud. Tenía los ojos inyectados en sangre y su semblante aniñado se había vuelto diabólico. Además, normalmente, una vez que le seguía la corriente se calmaba, pero hoy no parecía estar por la labor. Cada vez parecía más furioso y fuera de sí.
—¡No más excusas Isis, me tienes harto! ¡Hip!
—Ya está, cariño, perdona. Vamos a dentro, necesitas descansar.
—¡Encima me das órdenes! ¡Hip! ¿Quién te crees que eres, mi madre? ¡Hip! ¿Mi puta madre?Porque te recuerdo que ella murió hace ya un año y estaba cansado de que siempre me dijera qué hacer. ¡Hip! ¿Ahora quieres ocupar también su maldito lugar?
Lo que pasó a continuación no me lo esperaba. Martín cargó su mano y la descargó contra mí, cruzándome la cara. Esto era algo que no había hecho nunca y no supe cómo reaccionar. No sabía si gritar, llorar, echarme a correr... Sin embargo, me quedé hierática en el sitio, absorta, sin expresión alguna en el rostro, simplemente en shock. Estaba claro que estaba fuera de sí y que lo había hecho sin querer y sin ser consciente de ello, por impulso, bajo los síntomas de embriaguez, pero me acababa de hacer sentir la peor persona del mundo, de hecho, mi mundo empezó a desmoronarse en mi cabeza.
—¡Hostia! Isis, perdona. ¡Hip! Yo no quería... ¡Hip! Fue sin querer...
—Está bien, no pasa nada, no me duele. Vamos arriba, necesitas descansar y yo olvidar todo esto. —Dije sin pesar en nada, sin voluntad, despojada de todo sentimiento.
Acompañé a Martín escaleras arriba, despacio y con cuidado de que no se cayera ni se golpeara la cabeza contra la pared, ya que iba tambaleándose. Aunque se merecía que lo dejara caer por lo que acababa de hacerme, de hecho por un segundo se me pasó por la cabeza y segundo después me sentí aún peor persona por tener esos pensamientos. Era mi marido y lo quería después de todo y, bueno, un mal día lo tenía cualquiera. Una vez llegamos al dormitorio, le ayudé a desvestirse, le abrí su lado de la cama y le arropé. Se quedó dormido plácidamente en cuestión de segundos. Por el contrario, yo seguramente me quedaría en vela lo que restaba de noche dándole vueltas a lo que acababa de pasar, supuse. Aunque traté de quitarle importancia, me sentía herida en el orgullo. Al final, había sido sin querer y porque el alcohol había sacado sus demonios ocultos, él jamás lo habría hecho conscientemente. Además, llevábamos toda la vida juntos y lo conocía muy bien. Martín era atento y siempre me protegía de todo, es más, me había apartado del mundo laboral para que no tuviera que tener esa carga tan dura como la que soporta él, era tan bueno... Por eso no entendía lo que acababa de pasar, sin duda terminaría perdonándolo, pero esperaba de verdad que no se volviera a repetir y, así, se lo haría saber.
Al final, me acosté a su lado, lo miré y pensé en lo adorable y frágil que parecía mientras dormía y volví a recordar todos los motivos por los que me había enamorado de él. Me giré con cuidado de espaldas a él, para no molestarlo y, aunque no quería, lloré desconsolada, pero en silencio, hasta que una imagen se formó en mi cabeza. Recordé el día en el que me defendió de unos niños en el colegio que siempre se burlaban de mí por llevar gafas. Fue el día en el que lo consideré mi héroe y en el que supe que quería estar siempre a su lado. Había sido la única persona que me había prestado no solo atención, sino que me había ayudado y protegido. Entonces, mis lágrimas cesaron, esbocé una sonrisa, precedida de un bostezo, y cerré los ojos. Estaba cansada y me estaba costando conciliar el sueño, mi cabeza no paraba de entremezclar los recuerdos felices de mi infancia con Martín el tormento que llevábamos viviendo en los últimos tiempos, sobre todo el de esta noche.
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