CONOCIENDO A ROBERT
Al día siguiente, me levanté cansada y con dolor de cabeza. Pese a que al final había logrado conciliar el sueño, solo había descansado durante dos horas y encima había padecido un sinfín de pesadillas que me habían despertado en numerosas ocasiones, empapada en un sudor tan frío como lo estaba mi corazón en este mismo momento. El día empezaba torcido para mí, y ya se sabe que cuando una empieza con mal pie, la cosa rara vez mejora. Además del cansancio y la cefalea, no estaba de muy buen humor por lo acontecido la noche anterior, y el hecho de que Martín no estuviera por casa, ni me hubiera avisado de que iba a salir, no ayudaba a aplacar mi malestar.
La cabeza no paraba de darme vueltas y de torturarme repitiendo una y otra vez la escena del tortazo que me había propinado Martín anoche. Aún no me lo creía, parecía un mal sueño, una pesadilla. Para intentar evadirme un poco, decidí salir a correr para despejarme y desayunar en alguna cafetería cercana al Parque del Retiro que tanto me gustaba. Me vestí para la ocasión: una camiseta nadadora transpirable, un pantalón corto de microfibra, esos que se secan tan rápido, me calcé mis zapatillas deportivas y, por supuesto, me puse mis auriculares y empecé la marcha. Conforme aumentaba el ritmo y se me aceleraba el pulso, las imágenes de la noche anterior parecían difuminarse y alejarse cada vez más de mi cabeza. Cada vez aceleraba más, y más, y más... Quería dejar de sentir, de pensar, desaparecer... Cuando empecé a llegar al borde de la extenuación, mi mente dejó de enviarme los recuerdos que tanto quería olvidar y entré en un estado de paz mental. Supongo que se debía a que mi organismo trataba de aguantar el tipo y oxigenarse, no podía estar enviándome recuerdos y, a la vez, tratar de mantenerme en pie y consciente, pero no sé, era una mera percepción mía. Lo importante es que las imágenes desaparecieron, el motivo me era indiferente.
Cuando ya no pude más, aminoré la marcha, me deshice de los auriculares y fui caminando, jadeante, a la cafetería en lo que recuperaba un poco el aliento. La verdad es que hacía buen tiempo, hasta ahora no me había percatado ni disfrutado de él. Era un apacible día de verano, en el que el Sol se notaba agradable al estar acompañado de una ligera brisa, lo que hacía que no quemara. De repente tuve la sensación de que mis sentidos se hubieran agudizado con el cansancio. Notaba como si el Sol me acariciara con delicadeza mi piel suave y blanca; como la refrescante brisa, que alborotaba mi cabellera, me imbuyese de fuerzas renovadas; como si los pájaros del parque se hubieran puesto de acuerdo para cantarme las más bellas melodías. Sin embargo, pese a todo esto, hoy me era difícil estar contenta, aunque lo intentaría, no podía dejar que un mala racha empañase todo lo que había vivido con Martín. Además, seguro que hoy se disculparía, nunca antes había llegado a ese extremo, estaba claro que el alcohol, el estrés del trabajo, la mala compañía y un mal día, le habían jugado una mala pasada y había terminando pagándola con quien menos se lo merecía, es decir, conmigo. Mientras seguí caminando contemplé las numerosas aves que colmaban los cielos y los árboles; cómo la gente paseaba a sus perros; cómo jugaban los niños... Mirara por donde mirara todo era felicidad, lo que me hizo tener sentimientos encontrados. Por un lado, me llené un poco de ese espíritu pero, por otro, me sentí triste por no verme reflejada ahora mismo en esas parejas que veía y que parecían amarse tanto.
Finalmente, llegué a la cafetería y tomé asiento en una mesa de la terraza de un bar que tenía buenas vistas al Parque. Me apetecía un buen zumo de naranja y un sandwich mixto bien planchado, con el queso tan fundido que tuviera que necesitar más centímetros de mis brazos para poder romper el hilacho que se queda entre la boca y el propio sandwich y que amenaza con no querer desprenderse fácilmente de él, al menos no sin presentar resistencia. Solo de pensarlo se me abrió el apetito y me rugieron las tripas, por suerte no había nadie cerca para escucharlas. Me atendieron enseguida y tampoco tardaron mucho en servirme todo, menos mal, lo necesitaba. Tenía el estómago retroalimentándose tras haber estado corriendo sin haber desayunado antes. Sin embargo, comer sola, volvió a hacer que empezara a darle vueltas a la cabeza, y pronto empecé a notar un martilleo precedido de nuevo de un intenso dolor de cabeza, que había quedado olvidado mientras corría.
Pasado un rato se me acercó un perro y empezó a lamerme la pierna, seguramente pidiéndome comida. Era un labrador de pelaje marrón chocolate muy bien cuidado y brillante. Tenía unos preciosos y expresivos ojos azules, a juego con su collar, que parecían entender lo que se removía en mi interior. Busqué al dueño con la mirada pero no encontré a nadie llamándolo, se le abría escapado a alguien de los alrededores, pensé. Me percaté, entonces, que del collar pendía una pequeña placa metálica con la forma de un hueso en el que aparecía el nombre del can, la dirección y el teléfono del dueño.
—Así que te llamas Golfo, ¿eh? Hola, Golfo, parece que el nombre te va al pego. Te has escapado, ¿no, granujilla? Quédate aquí tranquilito, vamos a llamar a tu dueño, seguro que anda por ahí buscándote.
Parecía una loca hablando sola con el perro, pero siempre había hecho eso con los animales, soy de las que piensan que los animales entienden más de lo que parece. Además, me encantaban todos los animales, sobre todo los perros y los caballos, pero a Martín no le gustaban, así que no teníamos ninguno en casa. Marqué el móvil que había inscrito en la placa y, tras dar tres tonos, una voz grave sonó por el altavoz.
—Hola, ¿sí? ¿Quién es?
Su voz denotaba impaciencia y alteración.
—Hola, señor. ¿Es usted el propietario de Golfo?
—Sí, ¿lo tiene usted?
—Sí, vino a dar conmigo. —Le contesté indicándole la dirección de donde estaba sentada.
—Voy para allí enseguida. Muchas gracias.
—Perfecto, aquí le espero.
No pasaron más de veinte minutos cuando el dueño del perro apareció corriendo. Era un hombre alto y corpulento, se notaba que iba al gimnasio. Tenía el pelo castaño, algo largo y echado hacia un lado con cera y laca, los ojos almendrados y marrones, parecía algo mayor que yo, pero joven aún.
—Hola, y disculpe las molestias, señorita. Muchas gracias por cuidar de él. Si lo hubiera perdido no sé qué habría hecho.
—No se preocupe, está bien y puede tutearme.
—Lo mismo digo. ¿Te puedo invitar a algo por las molestias?
—No te preocupes, solo procura que no se vuelva a escapar, es tan mono que la próxima vez lo secuestraré y me lo quedaré para mí. —Bromeé, aunque sin reírme a penas, así que no debí sonar muy animada.
—Intentaré tener más cuidado entonces. —Rió. —La verdad es que es muy bueno, pero vio a una perrita y tiró tanto para ir tras ella que me arrancó la correa de las manos. Lo raro es que se acercase a una extraña, por lo general rehuye de las persona que no conoce, se ve que le caiste bien.
—Él también a mí, es encantador.
—Muchas gracias de nuevo. Por cierto, mi nombre es Roberto, pero todos me llaman Robert, un placer.
—No hay de qué. —Le respondí sin revelarle mi nombre mientras le tendía la mano donde portaba mi alianza a propósito, para evitar confusiones.
—Bueno, si no me dejas invitarte a algo para agradecerte que me hayas devuelto a Golfo, al menos toma mi tarjeta, para lo que necesites.
—Gracias, pero tengo marido, no creo que le haga mucha gracia... —Empecé a excusarme rápidamente.
—Tranquila, yo tengo mujer e hijo. No iban por ahí los tiros, lamento si le he dado pie a confusión y le he creado algún tipo de malentendido.
—Disculpa, disculpa, no quería... ¿Cómo iba a pensar que me estabas...? —Empecé a farfullar nerviosa. ¡Qué tonta había sido!
—No pasa nada, no te preocupes. Simplemente soy psicólogo y acabo de abrir mi primer gabinete y estoy repartiendo publicidad. Esa pequeña de ahí, es mi tarjeta como profesional, no hay más. ¡No veas lo que me costó dar con el diseño adecuado! —Exclamó para quitarle hierro al asunto. —Creo que te vendrá bien tenerla a mano, tienes una consulta gratis como agradecimiento. —Dijo, como si hubiera adivinado por lo que estaba pasando. —Ya sabes, si algún día necesitas algo, estaré encantado de atenderte.
—Gra... Gracias.
—A ti, si no hubieras encontrado a Golfo, a mi hijo y a mí nos habría dado algo. Hasta luego... Perdona, ¿puedo salvar el nombre de mi salvadora?
—Sí, claro, perdona, me llamo Isis.
—Pues hasta luego Isis, que tengas un buen día.
—Adiós Robert, cuida bien de Golfo. No dejes que se vuelva a escapar.
"Buen día...". Ojalá. Si él supiera el tormento que llevaba desde anoche, bueno, y cada vez que Martín bebía, pero a eso ya me había malacostumbrado. Sin embargo, a lo de ayer, jamás podría hacerlo, solo esperaba que no se repitiera más y que estuviera arrepentido. Guardé la tarjeta en la cartera, pedí la cuenta, pagué y me fui para casa. El haber salido a correr parecía haber calmado un poco mis nervios. Ahora lo que quería era volver al lado de Martín y hacer las paces, esperaba que se disculpara y que todo volviera a la normalidad.
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