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CONOCIENDO A DIMITRI

¡Maldita mujer! Últimamente solo me trae problemas, mira que la quiero, pero es estúpida. ¡Aggg! Me da una rabia, le he dado todo... ¿qué más quiere de mí? ¿Es mucho pedirle que tenga un poco de cuidado con las cosas? ¡Coño! Que trabaje un poco para que vea lo que cuesta conseguir el dinero. La aparté del mundo laboral para que viviera tranquila, pero lo mínimo es tener un poquito de consideración, no pido tanto... Maldecía para mis adentros mientras daba vueltas por las calles sin un rumbo en concreto.
De repente un antro captó mi atención y me detuve en seco, parecía un burdel. Nunca había entrado en uno de esos ya que había pasado toda mi vida al lado de Isis. Pasé de largo y retrocedí dos veces y a la tercera me decidí a entrar. Total, por tomarme unas copas y ver un par de mujeres en cueros no iba a pasar nada. Así me distraería un poco.
—¡Buenas tarrrdes, caballerrro! —Me saludó un hombre corpulento y de aspecto serio y agresivo con acento ruso.
—¡Buenas tardes!
—¿Qué le trrrae porrr aquí? ¿Quizá unas copas? ¿Un strrriptis? ¿O algo más fuerrrte? Ya me entiendes. —Me preguntó guiñándome un ojo.
—Por ahora, ponme un buen whisky.
—Eso está hecho, marrrchando.
Estuvimos buen rato hablando, la verdad es que hablaba bastante bien español pese aunque aún se le notaba bastante el acento ruso, sobre todo en las "r". Pese a su aspecto rudo era un tío agradable y muy simpático. Congeniamos enseguida, seguro que podríamos llegar a ser buenos amigos, teníamos pensamientos muy similares. Los dos pensábamos que las mujeres estaban un poco locas, que eran la perdición del hombre, pero que no podíamos vivir sin ellas. Además, también pensaba como yo que la sociedad se había vuelto blanda en cuanto al género femenino. Que estaban acabando con el heteropatriarcado y que eso estaba corrompiendo la sociedad.
—Las mujerrres ahorrra querrrer serrr más que el hombrrre, no debemos perrrmitirrrlo.
—Totalmente de acuerdo, amigo. Nosotros siempre hemos sido superiores en todo. Tanta igual, ni que tanta igual... ¡Coño! Cada uno tiene que saber cual es su sitio.
Al final, no sé cómo ni en qué momento, acabó trayéndome a una de sus chicas e invitándome a acostarme con ella, Stvelana. Una puta, diosa. ¡Dios, que belleza! Era pura dinamita. Me cogió del cuello de la camisa y me arrastró hasta su habitación sin ni siquiera preguntarme. Podría decir que me obligó, no me dio opción a réplica y, claro, ¿cómo iba a decirle que no a una mujer así?
Cuando llegamos a la habitación me tiró sobre la cama boca arriba y empezó a comerme el cuello. Mi cabeza pensó en Isis por un momento, pero entre el alcohol y la excitación debo de reconocer que me olvidé de ella por completo y me dejé llevar. Mientras seguía recorriéndome el cuello con su lengua desabrochó mis pantalones y empezó a masturbarme, primero con delicadeza, con esas manos tan suaves que tenía y luego con más presión y velocidad. ¡Ufff! ¡Cómo me estaba poniendo!
Con torpeza me desnudé por completo para ella y me dejé hacer al principio, pero pronto le agarré de la nuca y le hice bajar hasta mi polla para que se la tragara entera. ¡Madre mía cómo se la tragaba entera sin problemas! ¡Estaba a mil! Pero no quería correrme aún, quería seguir disfrutando de ese monumento que la vida me había puesto enfrente. Así que se la saqué de la boca, estaba toda babada, y se la pasé por la cara mientras ella me miraba con esa mirada picarona. Me sonrió y se puso juguetona con la lengua, claramente me estaba buscando. Sería una puta, pero yo le ponía, le gustaba lo que le estaba haciendo. Seguro que no le había pasado con otro cliente, o eso quería creer mi ego de macho. La estaba dominando y eso le gustaba.
Cuando mis ganas de eyacular remitieron me puse un condón y empecé a follármela a cuatro patas. ¡Qué culo más redondo tenía! De esos que parecen una burbuja. ¡Ummm! Le agarré fuerte las nalgas y las azoté mientras le clavaba mi pene bien profundo, hasta que no pude más. Me quité el condón, la giré, le acerqué mi polla a la cara y le pedí que abriera la boca y me mirara. Entonces vacié todo mi semen en su cara y boca y se lo tragó sin miramientos.
Debería haberme sentido culpable por lo que acababa de pasar, sin embargo me sentía bien, me sentía vivo. Pero no volvería a pasar y por supuesto no iba a contárselo a nadie, estaba casado. Me limpié, me vestí rápido y abandoné la habitación. Fui hasta la entrada, me tomé una última copa de whisky, me despedí de Dimitri y le agradecí el regalo y me fui a casa con mi mujer.

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