AL OTRO LADO
—¿Isis? ¿Hola? ¿Sigues ahí?
¡Vaya! ¿Qué le pasará a esta chica? Ahora me quedo preocupado, espero que mañana acuda a la cita. Me temo que está pasando por un muy mal momento, tiene pinta de problemas de pareja, creo que su marido es un maltratador. Espero equivocarme, pero de ser así, necesita ayuda. Es una pena, ojalá acuda mañana a la consulta. Haré todo lo que esté en mi mano para que salga de ese infierno si es lo que creo, claro. Con todas estas inquietudes me fui a casa, absorto en mis pensamientos.
—Hola, cariño, ¿qué tal? —Saludé a mi esposa con un beso en los labios.
—Bien, ¿y tú? ¿Qué tal el día?
—Pues bien, algo preocupado por una llamada de última hora que recibí.
—¿Quién era cariño? ¿Pasó algo?—Me preguntó mi esposa.
—La chica que encontró a Golfo, la que te comenté ayer, me temo que no lo está pasando bien. Se le veía en la cara que está pidiendo ayuda a gritos, aunque ni ella misma se dé cuenta del todo.
—¿Qué le pasa? ¿Es grave?
—Creo que está sufriendo maltrato. No sé, sabes que tengo un sexto sentido para estas cosas.
—Pero, ¿no te ha dicho nada? ¿Solo te lo imaginas?
—Exacto, es una corazonada, pero si le hubieras visto la cara, cómo actuaba, la voz esta tarde cuando hablé con ella por teléfono... ¡Todo!
—Pero no puedes ayudar a todo el mundo si no te piden ayuda, y menos gratis. No la conoces de nada.
—Ya, pero le debo una por encontrar a Golfo y me da tanta lástima...
—¡Ay! Tú siempre preocupándote por los de más, si es que eres un Sol, pero si sigues regalando consultas, nos vamos a arruinar. —Rió.
—Bueno, es una forma de atraer clientes nuevos y de ayudar a los demás. Además, tampoco me va tan mal, ¿no? Me gusta ser agradecido y no puedo evitar tratar de ayudar a quienes lo necesitan.
—Está bien, está bien... Al final siempre haces lo que quieres, así que ayuda a esa chica. Por mí está bien lo que hagas. Tienes un corazón que no te cabe en el pecho.
—Gracias, cariño.
—No hay de qué. Por cierto, mañana vuelvo a salir de viaje, por el trabajo, tú sabes, que me tienen de un lado para otro.
—Vaya... ¿otra vez? Últimamente no paras en casa, tu hijo y yo te echamos de menos.
—Si os divertís más sin mí, que hacéis lo que os da la gana, veis en la tele esas pelis de miedo que tanto detesto, bebéis refrescos y os acostáis a deshora.
—Tienes razón, vete, vete. —Reí mientras le guiñaba un ojo.
—Si les conoceré yo ya... —Rió.
—Bueno, vamos a comer y cuando acabemos te ayudo con la maleta, ¿sí?
Mientras comíamos no dejaba de darle vueltas al caso de Isis y qué podía hacer para ayudarla si ella no acudía mañana. Tendría que buscar la forma, estaba seguro de que no me equivocaba y no podía quedarme de brazos cruzados. ¿Qué podía hacer?
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