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Por las nubes


<Aledis>


Siendo una tarde de domingo como otra cualquiera, no entiendo porqué estoy tan estresada…

Permitidme presentarme. Soy Aledis, un nombre un tanto extraño, pero supongo que va acorde con mi persona. Soy lo que se dice “un bicho raro”. Vivo en la calle Reinosa con mi madre. Seguro no sabéis cuál es, porque nadie la conoce.

Mi padre… murió hace cuatro años en un accidente aéreo, cuando se dirigía a Italia para comprar nuevos materiales. Era arquitecto de paisajes. Siempre fue un hombre muy cariñoso, y cada vez que lo recuerdo, agachado, junto a mí, sonriendo de oreja a oreja y diciéndome “Aledis, ¿Cuántas veces tengo que decirte que no estropees el jardín? A tu madre le encantaban esas flores”, me domina la tristeza. Yo era muy pequeña, apenas tenía tres añitos y tan sólo quería dárselas a mamá. Pero cuando mi padre se disgustaba, se me salían las lágrimas, porque odiaba verlo así.

Cuando nos dieron la noticia de que mi padre había muerto, nos hundimos en una triste rutina. Dormíamos una al lado de la otra, nos despertábamos, mi madre hacía el desayuno, ella se iba a trabajar, y yo al colegio. Cuando volvíamos, yo hacía la tarea, mientras ella limpiaba, y cuando terminábamos, nos íbamos a la habitación a leer o a ver la televisión. Nunca nos reuníamos a hablar en el salón ni quedábamos con nadie para hacer nada, porque nos recordaba demasiado a él. Y un día, mi madre decidió que nos íbamos de nuevo a mi ciudad natal, Madrid.

Hasta ese momento vivíamos en San Fernando, Cádiz, ya que mi abuela paterna era de Jerez, y mi padre quiso ir a vivir a Cádiz porque es una ciudad preciosa, que le recordaba a ella.

Ahora tengo 19 años y voy a la Universidad. Si os preguntáis porqué me considero un bicho raro, desde luego no es por mi aspecto, ya que soy una chica que la sociedad moderna consideraría “normalita”. Rubia, ojos azules, un metro setenta y de complexión delgada.

Soy “Rara” porque me cuesta integrarme en un grupo, hablar con los chicos, entender el comportamiento de algunas personas de mi alrededor… A veces puede parecer que no me entero de nada de lo que pasa o que no escucho, pero lo cierto es que me entero de todo, lo único que, en numerosas ocasiones, me guardo mis opiniones para mí. Pienso que si no es imprescindible mi opinión, no tengo por qué darla.

No veo apenas televisión, porque me parecen más divertidos los libros. Cuentan historias impresionantes, te metes de lleno en esas historias, donde eres tú el protagonista, sin distinción de sexo, ni de raza. Y lo mejor de todo, es que es en tu mundo imaginario.

También me gusta escribir poemas, dibujar y hacer fotos. Eso último no es tan raro, ¿no? A todo el mundo le gustan las fotos. A unos menos, a otros más. Pero a mí no me gustan simplemente las fotos. Yo veo la belleza en algunas fotos. Las más bonitas son aquellas que plasman el mundo de una forma que pocos saben ver. La mayoría camina por las calles, sin ni siquiera fijarse en lo bello que es el mundo que les rodea. Un gato no es igual a otro. Cada detalle cuenta, cada perspectiva es diferente. Hay tanto delante de nuestras narices que ignoramos. Pasamos delante de ello todos los días y ni nos damos cuenta. Porque tan sólo pensamos en nosotros mismos. En qué nos pondremos hoy para ir a tal sitio, en qué pensarán los demás de nuestro aspecto y nuestra forma de pensar.

¿Y qué hay de lo demás? De esas flores silvestres que se encuentran abandonadas. De esos animalillos indefensos que ignoramos que existen… Alguien dedicado a la fotografía tiene una sensibilidad especial que no todos tienen ni saben apreciar.

Y a mí me encantaría ser fotógrafa. Aunque todavía no me he decidido y estoy en un grado de psicología. Como tengo las clases de la Universidad por la mañana, voy a clases de dibujo y fotografía por las tardes, para no perder lo que me apasiona de todo ello.

Como nos hemos mudado hace relativamente poco, apenas tengo amigos. Y con los que tengo, no tengo tanta confianza. Así es que me paso la mayor parte de la tardes estudiando y haciendo trabajos pendientes, eso cuando no estoy en clases. Suelo irme a la biblioteca que hay al lado de casa o quedarme en la que tenemos nosotras.

Además, voy a clases de violín una vez en semana. Llevo tocando desde los siete años y es otra de las cosas que dan sentido a mi vida.

Ahora estoy dando un paseo por el parque, algo que no es habitual en mí desde hace mucho tiempo, cuando vivía en Cádiz y mi padre aún vivía.

Algo me ronda por la cabeza desde hace un par de días. El viernes pasado salí a ver un concierto de música clásica, y vi a un chico que juraría haber conocido de antes. Moreno, ojos azules, alto, delgado y con una sonrisa encantadora. Iba junto a la que, supongo, sería su madre. Tenía un brillo especial en los ojos y no pude evitar que me llamara la atención. Aunque no entiendo el motivo por el que pienso tanto en él.

Al cabo de un rato decido que es una tontería seguir pensando en eso y me dirijo de vuelta a casa.

..........

Mi madre me está esperando para cenar, así que cuelgo el abrigo en la entrada y voy al
comedor.

-Hola, mamá.

-Hola, hija, siéntate. ¿Adónde has ido, si se puede saber? -Me sonríe afectivamente.

-A dar una vuelta, nada más.

-Te noto rara. ¿Estás bien?

-Sí, no te preocupes –Le sonrío.- Es sólo que estoy algo cansada. ¿Qué hay de cenar?-cambio de tema, no quiero preocuparla-.

-Bueno, siéntate y verás.-Me dice, ya más relajada.

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