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☣ Cαρίтυlσ 5 ☣

Estaba a poca distancia de los soldados de Son cuando éstos se recuperaron de la sorpresa y empezaron a perseguirme. Al estar completamente aterrorizado y libre de armas, tenía una ligera ventaja sobre ellos, pero sabía que no duraría. El esfuerzo ya me estaba pasando factura.

Los pasillos estaban misteriosamente vacíos. Desgraciadamente, aunque me encontrara con alguien, no estaba seguro de que fueran a ayudarme ni de que pudieran hacerlo. Como una rata, mi única esperanza de poder escapar era encontrar un agujero donde esconderme.

Corría sin plan alguno. Sólo me importaba mantener la delantera que tenía con los soldados. Muy pronto dejé de reconocer dónde estaba.

La luz se iba haciendo cada vez más tenue. Mis pasos levantaban polvo del suelo. Me había dirigido a una parte deshabitada del castillo, un lugar perfecto para un asesinato silencioso. Silencioso porque no me quedaría aire en los pulmones como para poder gritar. 

Giré a la derecha y me introduje en un pasillo que estaba sumido en la más profunda oscuridad. Como, momentáneamente había perdido de vista a los soldados, empujé la primera puerta que encontré. Ésta se abrió un poco y luego se atascó por completo. El hueco resultante era lo suficientemente grande para que entrara mi cuerpo pero no mi cabeza. Al oír que los soldados se acercaban, me lancé contra la puerta. Se movió un poco más, lo suficiente para darme acceso a la oscura habitación. Caí al suelo.

Los soldados hallaron la puerta. Horrorizado, observé cómo trataban de abrirla. El hueco empezó a hacerse cada vez más grande. Examiné la habitación cuando mis ojos se habituaron a la oscuridad. El suelo estaba cubierto de barriles vacíos y sacos de grano podridos. Bajo una ventana, había un montón de alfombras.

La puerta se abrió un poco más antes de atascarse de nuevo. Yo me puse de pie y amontoné los barriles encima de las alfombras. Con dificultad, me subí a ellos y alcancé la ventana. Descubrí que era demasiado pequeña como para que yo pudiera atravesarla. 

La puerta crujió. Con el codo, rompí el cristal de la ventana y, tras retirar trozos de cristal, los arrojé al suelo esperando despistarlos. Mi brazo empezó a cubrirse de sangre. Sin preocuparme por el dolor, me bajé rápidamente y me apreté con fuerza contra la pared que había junto a la puerta. Hice lo posible por controlar mi agitada respiración. 

Con un fuerte gruñido, la puerta se detuvo a pocos centímetros de mi rostro cuando los soldados entraron en la habitación. 

—Mira por la ventana. Yo cubriré la puerta —dijo el llamado Choi.

Comprendí que mi plan no iba a funcionar. Choi bloqueaba mi única manera de escapar. La ventana rota sólo conseguiría retrasar lo inevitable.

—Es demasiado pequeña. Sigue aquí —afirmó el otro soldado.

La respiración se me aceleró en rápidos intentos por tomar aire. Estaba en una ratonera.

Mis pensamientos tejieron una maraña de imágenes. Me aferré a la puerta para no caerme. Un ronroneo se me escapaba de la garganta. Me resultaba imposible contenerlo. Esforzarme por hacerlo sólo parecía provocar que sonara con más fuerza.

Salí de detrás de la puerta. A pesar de todo el ruido que estaba haciendo, los soldados ni siquiera se volvieron para mirarme. Parecían completamente inmóviles. 

Mis pulmones trataban de tomar aire. Cuando estaba a punto de desmayarme, el sonido cesó. Aún seguía resonando en la sala, pero no provenía de mí. Los soldados siguieron sin moverse. Después de respirar profundamente varias veces, salí corriendo de la habitación. No iba a perder tiempo tratando de comprender. El ronroneo me seguía mientras corría por el camino que me había llevado allí.

Aquel extraño zumbido cesó en cuanto empecé a ver a otras personas en el pasillo. Todos me miraban de forma extraña, comprendí que mi aspecto debía ser espantoso. Me obligué a dejar de correr y a tratar de calmarme. La garganta me ardía y tenía el uniforme manchado. El codo me dolía mucho y tenía los dedos manchados de sangre. Al mirármelos, comprendí que me había cortado al tratar de retirar los cristales. Luego vi la sangre en el suelo.

Me di la vuelta y vi que había gotas en el piso, indicando el camino que había tomado. Me llevé los brazos al pecho pero ya era demasiado tarde. Había dejado un rastro de sangre y seguramente los soldados de Son, que eran como perros de caza, lo estarían siguiendo.

De hecho, acababan de dar la vuelta a la esquina y habían tomado el pasillo en el que me encontraba. 

Como sabía que cualquier movimiento brusco llamaría su atención, me reuní con un grupo de criados, esperando pasar desapercibido entre ellos. Cuando llegué a la esquina, me arriesgué a mirar por encima de un hombro. Los guardias estaban en el lugar exacto en el que terminaba el rastro de sangre. Choi hacía gestos como si estuviese discutiendo con su compañero. Yo di la vuelta a la esquina sin que se fijaran en mí. Entonces, me encontré con Seokjin.

—¡Taehyung! ¿Qué te ocurrió? —me preguntó, agarrándome el brazo.

Yo hice un gesto de dolor y él me soltó.

—M-me... caí... sobre unos cristales rotos —mentí—. Iba a lavarme.

Cuando traté de seguir mi camino, Seokjin me agarró por el hombro e hizo que me diera la vuelta.

—Necesitas ver a un médico.

—Yo... Está bien —dije, tratando de seguir con mi camino.

—El médico está por aquí —replicó Seokjin, obligándome a dar la vuelta y tomar el corredor en dirección a los soldados.

Esperaba que no me vieran, pero cuando pasamos a su lado, sonrieron y empezaron a caminar detrás de nosotros.

Miré a Seokjin. No había expresión alguna en su rostro, pero tensó aún más la mano con la que me agarraba por el hombro. ¿Acaso me conduciría a algún lugar escondido en el que los tres pudieran matarme?, ¿Debería tratar de escapar? Sin embargo, si Seokjin me quería muerto, sólo tenía que negarse a darme el antídoto para el Polvo de Mariposa.

Cuando el pasillo quedó desierto, Seokjin me soltó y se dio la vuelta para mirar a los soldados. Yo me quedé cerca de él.

—¿Se perdieron? —les preguntó. Fuerte y frontal.

—No, señor —respondió Choi—. Sólo queremos reclamar a nuestro prisionero —añadió, tratando de agarrarme.

—¿Su prisionero? —replicó Seokjin, cortando el aire con una gélida voz de acero.

Los soldados se miraron el uno al otro completamente incrédulos. Seokjin no tenía armas. Los dos intercambiaron una arrogante sonrisa. Seguramente, Namjoon, el cocinero, apostaría el salario de un mes a que los dos soldados ganaban aquella discusión.

—En realidad, es el prisionero del general Son, señor. Ahora, si no le importa... —dijo Choi, haciéndole un gesto a Seokjin para que se apartara.

—Díganle a su jefe que a Seokjin no le gusta que se persiga a su nuevo pupilo por todo el castillo. Y que me gustaría que se lo dejara en paz.

Los guardias volvieron a mirarse. Yo estaba empezando a sospechar que compartían un único cerebro. Inmediatamente adoptaron una postura más ofensiva.

—Se nos ordenó que llevemos el chico al general. No requiere mensajes —replicó Choi, desenvainando la espada. 

Al ver a su compañero, el segundo soldado sacó también su arma. Choi volvió a pedirle a Seokjin que se hiciera a un lado. ¿Qué podría hacer Seokjin al verse amenazado con dos espadas? Lo que yo pensaba era salir corriendo, así que me preparé para huir.

La mano derecha de Seokjin se puso en movimiento. Realizó un gesto rápido, como si hubiera saludado militarmente a los dos soldados. Antes de que los hombres pudieran reaccionar, se colocó entre ellos, demasiado cerca para que pudieran utilizar las espadas. Entonces, se agachó, puso las manos sobre el suelo y se dio la vuelta. Con las piernas, realizó un molinete que dio con los huesos de los dos soldados sobre el suelo. Los dos cayeron entre el estruendo del metal contra el suelo y quedaron completamente inmóviles.

Boquiabierto, observé cómo Seokjin se apartaba de sus enemigos. Contó en voz muy baja. Cuando llegó a diez, se inclinó sobre cada uno de los hombres y retiró un pequeño dardo de los cuellos de ambos.

—No es un modo muy limpio de luchar, pero llego tarde a almorzar.

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Ahí tienen al Seokjin de esta historia aksjdksjd -w- gracias por leer!


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