☣ Cαρίтυlσ 26 ☣
—Athalom les da la bienvenida a nuestra tierra y espera que todos podamos empezar de nuevo —anunció el Comandante ante la delegación del sur.
Mientras yo esperaba detrás del Comandante, me pregunté qué les ocurriría a los de Líbarus cuando Jin informara al Comandante de que Sihwha era una maga. Preferí no pensar en el caos que ella podría causar en el castillo antes de marcharse y traté de imaginar una situación más favorable. Fracasé, dándome cuenta de que, probablemente, aquél era el principio del fin.
Seokjin observó atentamente cómo los sureños y el Comandante intercambiaban saludos más formales. Por la actitud de Jin, adiviné que Sihwha no había utilizado su magia. Después de que concluyera la ceremonia oficial de bienvenida, se acompañó a la delegación a sus aposentos para que pudieran descansar de su viaje y esperar allí el festín de la noche. El protocolo decretaba que las galanterías y el entretenimiento debían preceder a las duras negociaciones.
Todos, a excepción del Comandante y Jin, se marcharon de la sala de guerra. Yo hice ademán de marcharme también, pero él me agarró del brazo.
—Muy bien, Jin. Tú dirás. Supongo que se trata de alguna peligrosa advertencia, ¿no? —preguntó el Comandante con un suspiro.
—La líder de la delegación de Líbarus es una maga maestra —dijo Jin, algo molesto por la actitud del Comandante.
—Era de esperar. ¿Cómo si no podrían saber que somos sinceros a la hora de querer establecer un tratado de comercio? Todo esto podría haber sido una emboscada. Es lógico.
Sin mostrar preocupación alguna, el Comandante se dirigió hacia la puerta.
—¿Esa mujer no le preocupa? —insistió Seokjin—. Trató de matar a Taehyung.
El Comandante me miró por primera vez desde que habíamos entrado en la sala de guerra.
—Sería poco inteligente matar al catador de mi comida. Un acto así podría interpretarse como intento de asesinato y detener las negociaciones. Taehyung está a salvo... por el momento.
Con eso, se marchó de la sala.
—Maldita sea —susurró Jin.
—¿Y ahora qué? —pregunté yo.
—Había anticipado que un mago o maga participaría en este encuentro, pero jamás pensé que sería ella. Mientras esté aquí, Jimin y Jungkook seguirán ocupándose de ti aunque, si es eso lo que quiere, no habrá nada que ellos o yo podamos hacer al respecto. Con Kyunshin tuve suerte. Estaba cerca cuando sentí su poder. Esperemos que esa mujer se porte como una invitada mientras esté en nuestras tierras. Al menos ahora sé dónde están los magos. Kyunshin fue el que sentí durante la reunión de generales. Y la maga del sur está ahora en el castillo. A menos que vengan más, estaremos a solas.
—¿Y la capitana Mihee?
—Mihee es una charlatana. Sus afirmaciones de que es maga sólo son una táctica para asustar a sus soplones y evitar que se enfrenten a ella. Te recuerdo que tendrás que asistir al festín esta noche. Una pesadez, pero al menos la comida debería ser buena. Escuché que Namjoon quería utilizar el Criollo para un nuevo postre, pero el Comandante se negó. Otro enigma, dado que Son lo ha enviado en cantidades industriales y prometió hacer lo mismo con los otros generales. Se lo pedían como si fuera oro. ¿Te sientes extraño desde que dejaste de tomarlo? —me preguntó.
Habían pasado tres días desde que tomé el último trozo. No recordaba haber notado síntomas físicos. El hecho de comerlo me había levantado el ánimo y había supuesto un incremento de energía para mí. Anhelaba su dulce sabor, especialmente en aquellos momentos, cuando mis oportunidades de ser libre eran más reducidas que nunca.
—Un cierto deseo por comerlo, pero no se puede considerar adicción —le dije a Jin—. Pienso en ello de vez en cuando y me gustaría tomar un trozo.
—Tal vez sea demasiado pronto —comentó él, frunciendo el ceño—. Puede que aún lo tengas en la sangre. ¿Me informarás si ocurre algo?
—Sí.
—Bien. Hasta esta noche.
☣☣☣
«Pobre Jin», pensé. Tuvo que ponerse su uniforme de gala en tres ocasiones. En el comedor, se habían colocado elaborados adornos para el festín. La sala estaba muy iluminada. Se había construido una plataforma para colocar la mesa principal en la que la delegación del sur, el Comandante y Seokjin estuvieran sentados con sus mejores galas. El resto, estaba sentado alrededor en mesas redondas formando un círculo en la sala. El espacio de en medio quedaba vacío. En un rincón, una pequeña orquesta tocaba música relajante, lo que resultó una sorpresa. El Comandante despreciaba la música, dado que la consideraba una pérdida de tiempo.
Yo tomé asiento junto al Comandante Min de modo que él pudiera pasarme su plato. Como era de esperar, la comida era maravillosa. Namjoon se había superado a sí mismo. Por su parte, Sihwha y los suyos estaban colocados a la izquierda del Comandante. Sus hermosos trajes tenían remolinos de color que brillaban a la luz de las lámparas. Sihwha llevaba un colgante de diamantes con forma de flor, que relucía sobre su pecho. Ignoró mi presencia, lo que no me molestó en absoluto.
Después de que los criados recogieran las mesas, apagaron la mitad de las lámparas. La orquesta empezó a tocar una música más animada y, entonces, unos bailarines disfrazados irrumpieron en la sala, sujetando palos ardiendo por encima de sus cabezas. ¡Bailarines de fuego! Realizaron una compleja danza que dejó a todo el mundo boquiabierto. Comprendí perfectamente por qué durante el festival su tienda había estado siempre llena.
Jin se reclinó en su silla y me dijo:
—No creo que hubiera pasado las pruebas, Taehyung. Probablemente, a estas alturas de la danza ya tendría el cabello en llamas.
—¿Qué hay de malo en una cabeza chamuscada por el bien del arte? —bromeé.
Él soltó una carcajada animada. Todo el mundo parecía estar muy contento. Esperé de todo corazón que el Comandante no esperara otros quince años para celebrar otro festín.
Los bailarines terminaron su segundo baile y salieron de la sala. Sihwha se levantó para proponer un brindis. Los de Líbarus habían llevado su mejor brandy. Sihwha sirvió una copa al Comandante, a Jin y a sí misma. No pareció ofenderse cuando el Comandante me entregó a mí su copa.
Hice que el líquido diera vueltas en la copa y aspiré el olor. Tomé un pequeño sorbo, saboreé el brandy y luego lo escupí al suelo. Entre arcadas y escupitajos, traté de echarlo todo. Seokjin me miró alarmado.
—Mi amor —susurré.
Jin tiró las otras dos copas y vertió sus contenidos sobre la mesa. A medida que mi cuerpo fue reaccionando al veneno, vi que Seokjin se iba convirtiendo en un punto negro y que las paredes se cubrían de sangre.
Yo flotaba en un mar rojo. Los colores parecían flotar y dar vueltas a mí alrededor. El sonido del cristal roto sobre la piedra creó una extraña melodía en mi mente. Navegaba a la deriva sobre una balsa hecha de cabello blanco rizado, que era empujada por una fuerte corriente. La suave voz de Sihwha habló en medio de aquella tempestad de colores.
—Te pondrás bien... Agárrate a tu balsa. Podrás capear esta tormenta.
☣☣☣
Me desperté en mi habitación. Alguien había encendido una lámpara y Jimin estaba sentado en una silla, leyendo un libro. Aquello resultaba mucho más agradable que la última vez que había probado «Amor mío». Una cómoda cama era preferible a yacer en un charco de mis propios vómitos.
—Vaya, Jimin. No sabía que eras capaz de leer —bromeé. Tenía la voz ronca y me dolían la cabeza y la garganta.
—Soy hombre de talentos desconocidos. Bienvenido.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Dos días.
—¿Qué ocurrió?
—¿Después de que te convirtieras en un loco? ¿O te refieres más bien a porqué te convertiste en uno?
—Después.
—Resulta sorprendente lo rápido que se puede mover Seokjin —dijo Jimin con admiración—. Te colocó a ti en el suelo mientras ponía el corcho de la botella envenenada y la cambiaba por otra con un rápido movimiento de manos. Se disculpó de su torpeza y sirvió otras tres copas para que esa bruja del sur pudiera hacer su brindis. Todo el incidente se tapó tan rápidamente que sólo los de la mesa principal se dieron cuenta de lo ocurrido. Bueno, Kook también —añadió, tocándose la perilla—. No te quitó los ojos de encima en toda la noche, por lo que, cuando caíste al suelo, nos levantamos. Nos deslizamos hasta llegar detrás de la mesa principal y él te trajo aquí. Aún estaría a tu lado, pero yo lo obligué a que fuera a dormir un poco.
Eso explicaba el hecho de que mi balsa fuera de pelo rizado, dado que era así como lo tenía Jungkook. Me senté, pero el dolor de cabeza se intensificó. Al ver que había una jarra de agua sobre mi mesilla, me serví un vaso que vacié de un trago.
—Seokjin dijo que tendrías sed. Ha estado aquí en un par de ocasiones, pero estuvo muy ocupado con los sureños. No me puedo creer que esa bruja tuviera la audacia de tratar de envenenar al Comandante.
—No fue así. ¿No recuerdas? Sirvió tres copas de la misma botella. Debió de hacerlo otra persona.
—A menos que estuviera dispuesta a suicidarse para cometer el asesinato. Una muerte rápida en vez de esperar en nuestros calabozos a que la colgaran.
—Puede ser —dije, aunque me parecía poco probable.
—Seokjin debe tener la misma opinión. Las conversaciones sobre el tratado siguieron como si no hubiera ocurrido nada —comentó Jimin, entre bostezos—. Bueno, ahora que vuelves a estar despierto, voy a dormir un rato. Quedan cuatro horas hasta que amanezca. Descansa tú también un poco. Volveremos por la mañana —añadió, obligándome a tumbarme. Entonces, me estudió atentamente, con el rostro lleno de indecisión—. Jungkook me dijo que gritaste mucho mientras él te cuidaba. De hecho, dijo que si Yunjong siguiera con vida, lo mataría sin dudarlo un momento. Me pareció que te gustaría saberlo.
Con eso, Jimin me dio un beso fraternal en la frente y se marchó.
Genial. ¿Qué más sabía Jungkook? ¿Cómo podría yo enfrentarme a él por la mañana? De momento, no podía hacer nada al respecto. Traté de dormir un poco, pero el estómago vacío no hacía más que protestar. Sólo podía pensar en la comida.
Cuando me decidí a correr el riesgo de ir a buscar algo a la cocina, me coloqué mi navaja y me dirigí con piernas temblorosas a la cocina. Allí esperaba encontrar un poco de pan sin que Namjoon me viera.
Conseguí el pan y estaba cortándome un trozo de queso cuando la puerta de Namjoon se abrió.
—Taehyung —dijo, muy sorprendido.
—Buenos días, Namjoon. Sólo estaba robando un poco de comida.
—Hace semanas que no te veo —se quejó —. ¿Dónde has estado?
—Ocupado. Ya sabes. Los generales, la delegación, el festín... Por cierto, éste fue magnífico. Eres un genio.
Él pareció animarse un poco. Me resigné al hecho de que, si quería que él pensara que seguíamos siendo amigos, tendría que charlar un rato con él. Coloqué mi desayuno sobre la mesa y acerqué un taburete.
—Alguien me dijo que estabas enfermo —comentó, acercándose a mí.
—Sí. Un virus estomacal. No he comido en dos días, pero ahora estoy mejor.
—Espera, te haré unos pastelillos.
Observé cómo mezclaba los ingredientes y me aseguré de que no echaba ningún veneno. Cuando los pastelillos estuvieron a mi alcance, me lancé a ellos con completo abandono. La escena me resultaba tan familiar que se disolvió la incomodidad entre nosotros. Muy pronto estuvimos charlando y riendo.
Hasta que sus preguntas se hicieron más concretas, no comprendí que estaba tratando de sacarme información sobre el Comandante y Seokjin.
—¿Sabes algo sobre ese tratado del sur? —preguntó Namjoon.
—No —dije con un tono tan duro que provoqué que él me mirara con curiosidad—. Lo siento. Estoy cansado. Es mejor que vuelva a la cama.
—Antes de que te vayas, es mejor que te lleves estos granos. Los he preparado de todas las maneras posibles, pero su sabor resulta horrible e irreconocible.
Me las echó en una bolsa y fue a comprobar los hornos. Al ver cómo avivaba el fuego, tuve una idea.
—Tal vez no sean para comer —dije—. Tal vez sean una fuente de energía.
—Bueno, vale la pena intentarlo.
Arrojó los granos al fuego. Esperamos un rato, pero no se produjeron repentinas llamas ni ningún aumentó de la temperatura. Mientras él se ocupaba de sus panes, miré las brasas, pensando que, en el misterio de los granos, ya no me quedaban opciones.
Cuando Namjoon volvió a la carga con sus preguntas, aparté los ojos del fuego. Sentía una presión en la garganta.
—Es mejor que me vaya o Seokjin se preguntará dónde estoy.
—Sí, vete. He notado que Seokjin y tú están muy unidos ahora. Dile de mi parte que no mate a nadie, ¿quieres? —dijo, con la voz llena de sarcasmo. Al escucharlo, yo perdí el control.
—Al menos, Jin tiene la decencia de informarme que me ha envenenado —le espeté sin poder contenerme.
La expresión de su rostro pasó de la sorpresa a la culpabilidad en un instante.
—¿Te lo dijo Mihee? —preguntó.
—Ah...
No sabía qué decir. Si decía que sí, Mihee le confirmaría que yo le había mentido y si decía que no, insistiría en conocer mi fuente. Fuera como fuera, lo descubriría. Acababa de dejar al descubierto las investigaciones secretas de Jin.
Afortunadamente, Namjoon no esperó a que yo respondiera.
—Tendría que haberme imaginado que te lo diría. Le encanta jugar malas pasadas. Cuando tú apareciste, no quería conocerte. Lo único que quería era el montón de dinero que Mihee me ofreció para cancelar mi deuda si le estropeaba la prueba a Seokjin. Entonces, mi moralidad y lo buena persona que tú eres complicaron las cosas. Vender información sobre ti y luego tener que protegerte sin que pareciera que te estaba protegiendo convirtió mi vida en un infierno.
—Siento haberte molestado. Supongo que, aparte de envenenamientos y secuestros, debería estar agradecido contigo.
Namjoon se frotó el rostro con las manos.
—Lo siento, Taehyung. Estaba acorralado y no podía salir sin hacerle daño a alguien.
—¿Por qué quería Mihee que me envenenaras?
—El general Son se lo encargó. Eso sí que no debería suponerte una sorpresa.
—No... Namjoon, ¿hay alguien que te pueda ayudar a salir de este lío? ¿Seokjin, tal vez?
—¡Por supuesto que no! ¿Por qué tienes tan buena opinión de él? Es un asesino. Deberías odiarlo por haberte dado el Polvo de Mariposa. Yo lo odiaría.
—¿Quién te lo ha dicho? ¿Quién más lo sabe? Pensé que sólo lo sabían Seokjin y el Comandante.
—Tu predecesor, Seunghyuk, me dijo por qué jamás trataba de huir y no, no le he vendido esa información a nadie. Tengo mis límites. El odio que Seunghyuk sentía por Seokjin rivalizaba con el mío. Lo comprendí. Sin embargo, tu relación con Jin... Estás enamorado de él, ¿verdad? —me dijo, inesperadamente.
—Eso es una tontería —grité.
Nos miramos mutuamente con la boca abierta, demasiado atónitos para decir nada más.
Entonces, un dulce aroma a frutos secos me alcanzó la nariz. Namjoon también lo notó. Seguí el aroma hasta el horno al que había arrojado los misteriosos granos. Al abrir la puerta, me vi asaltado por el fuerte aroma de una esencia celestial. Criollo.
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