☣ Cαρίтυlσ 17 ☣
Al lado de los dos enormes soldados, me sentía como una ciruela entre dos melones. Empecé a tener mis dudas.
El hecho de que yo pudiera defenderme contra alguien de la corpulencia de Jungkook parecía ridículo. Si él lo quería, podía agarrarme y colocarme encima del hombro sin que yo pudiera hacer nada al respecto.
—Muy bien, primero empezaremos con un poco de autodefensa —explicó Kook—. No utilizaremos armas hasta que los movimientos básicos sean instintivos. Es mejor luchar sin armas que con una que no se sepa utilizar. Un oponente hábil te desarmaría sin esfuerzo y, en ese caso, tus problemas se multiplicarían. No sólo te podrían atacar, sino que lo estarían haciendo con tu propia arma.
Jungkook dejó la espada de entrenamiento que aún llevaba en la mano y miró el campo de prácticas. La mayoría de los soldados ya se habían marchado, pero aún quedaban pequeños grupos ejercitándose.
—¿Cuáles son tus puntos fuertes? —preguntó.
—¿Mis puntos fuertes?
—¿Qué se te da bien?
—Si corres con rapidez, es bueno —comentó Jimin, al notar mi confusión.
—Bueno... soy bastante flexible. Solía ser acróbata.
—Perfecto. La coordinación y la agilidad son unas habilidades excelentes.
Y... En aquel momento, Jungkook me agarró por la cintura y me tiró al aire. Mis extremidades me fallaron durante un instante antes de que mi instinto entrara en acción. Aún en el aire, metí la barbilla y pegué brazos y piernas a mi cuerpo. Ejecuté una voltereta para alinearme y caí de pie, aunque me costó un poco conservar el equilibrio.
Algo enojado, me volví a Kook. Antes de que yo pudiera pedir una explicación, él me dijo:
—Otra ventaja de conocer las técnicas acrobáticas es que se tiene la habilidad de caer siempre de pie. Esa maniobra tuya podría significar la diferencia entre la vida y la muerte. ¿No es verdad, Jimin?
—Claro que ayuda —afirmó éste.
A continuación, Jimin y Jungkook dedicaron toda su atención a mostrarme cómo bloquear puñetazos y patadas. Cuando terminamos, tenía los antebrazos doloridos. El ejercicio terminó cuando otro soldado se nos acercó. Los dos se pusieron muy tensos al ver que se trataba de Kang, el guardia de la unidad del capitán Hong. Estaba cubierto de sudor, seguramente por el ejercicio.
—¿Qué diablos creen que están haciendo? —les espetó a ambos.
—¿Querrás decir, qué diablos creen que están haciendo, señores? —le corrigió Jimin—. Tenemos un rango superior al tuyo. De hecho, creo que estaría bien que nos saludaras.
—Perderán el ascenso cuando su jefe descubra que se han asociado con un asesino —replicó Kang —. ¿A qué descerebrado se le ocurrió la idea de ayudarle a perfeccionar sus técnicas de matar? Cuando aparezca otro cadáver, los dos serán cómplices.
Jimin dio un paso amenazador hacia Kang, pero le detuvo la mano de Jungkook.
—Lo que hacemos con nuestro tiempo libre no es asunto tuyo —le espetó Kook, con tono amenazador—. Ahora, ¿por qué no te vas con Hong? Lo vi en dirección a las letrinas. Muy pronto, te necesitará para que le limpies el trasero. Ésa es la tarea para la que estás más cualificado.
A pesar de que estaba en inferioridad numérica, Kang no pudo resistirse a lanzar una puya antes de marcharse.
—Se dice que ese hombre mató a su benefactor. Si estuviera en su lugar, tendría cuidado con el cuello.
Jimin y Jungkook no perdieron de vista a Kang hasta que éste abandonó el campo de prácticas. Entonces, se volvieron para mirarme.
—Fue un buen comienzo —dijo Kook, para terminar la clase—. Nos vemos mañana al alba.
—¿Y Kang? —pregunté.
—No hay problema. Yo puedo ocuparme de él —replicó Jungkook.
—Al alba tengo que ir a probar la comida del Comandante —dije, mientras me preguntaba si Kang no tendría alguna otra razón, además del hecho de que yo hubiera matado a Yunjong, para odiarme tanto.
—Entonces, justo después.
—¿Qué haremos?
—Qué harás. Los soldados corren alrededor del campo de entrenamiento para mantenerse en forma —dijo Jimin.
—Únete a ellos —me ordenó Kook—. Da al menos cinco vueltas, más si puedes. Iremos incrementando el número hasta que puedas hacerlo con nosotros.
—¿Cuántas vueltas dan ustedes?
—Cincuenta.
Tragué saliva. Mientras regresaba al castillo, pensé en el trabajo y el tiempo que tendría que dedicar a entrenarme. La autodefensa requería el mismo nivel de compromiso que yo había aplicado a mis acrobacias. No podía hacerlo a medias. En su momento, me había parecido una buena idea, pero, cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que no era algo que se pudiera hacer a capricho. Me pregunté si no me convendría utilizar el tiempo para aprender sobre venenos y magia. Al final, ni todo el entrenamiento físico del mundo conseguiría salvarme de los poderes mágicos de Sihwha.
Cuando llegué al despacho del Comandante, ya había decidido que no me vendría mal hacerlo. Además de la maga, tenía otros enemigos y el hecho de ser capaz de defenderme me podría salvar la vida algún día. El conocimiento, fuera en la forma que fuera, podría ser tan eficaz como un arma.
Poco después de que yo llegara, uno de los tutores entró en el despacho, arrastrando del brazo a una niña. A la edad de doce años, se asignaba a todos los niños una profesión, dependiendo de sus capacidades. Entonces, se les enviaba al tutor correspondiente para que aprendieran a su lado durante cuatro años.
El uniforme del tutor tenía rombos negros bordados en el cuello. La niña iba ataviada con un sencillo jersey rojo, que era lo que vestían los estudiantes. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Supuse que tendría unos quince años.
—¿Cuál es el problema? —le preguntó el Comandante.
—Esta niña desobediente es una molestia constante en mi clase.
—¿En qué sentido?
—Sora es una sabelotodo. Se niega a resolver problemas Matemáticos a la manera tradicional y tiene las agallas de corregirme delante de toda la clase.
—¿Por qué estás aquí?
—Quiero que se le castigue. Que se le den latigazos, preferiblemente, y que se la recoloque como sirvienta.
Al oír las palabras del tutor, la niña empezó a llorar de nuevo, aunque trató de mantener la compostura. El Comandante entrelazó los dedos y se puso a pensar.
—Yo me ocuparé del tema —dijo el Comandante, por fin—. Puedes retirarte.
El tutor dudó durante un instante. Entonces, tras abrir y cerrar la boca en varias ocasiones, se marchó del despacho. El Comandante se levantó y le indicó a Sora que se acercara.
—¿Cuál es tu versión de la historia? —le preguntó a la muchacha.
—Se me dan muy bien los números, señor —contestó la niña, con voz temblorosa—. Me aburría de resolver los problemas siempre al modo del maestro, por lo que inventé maneras más rápidas y novedosas. A él no se le dan bien los números, señor. Mi equivocación fue decir sus errores. Lo siento mucho, señor. Por favor, no me haga azotar. No lo volveré a hacer, señor. Seguiré todas las indicaciones de mi maestro —susurró, mientras abundantes lágrimas le caían por las mejillas.
—No —respondió el Comandante. El terror se apoderó de la niña—. Tranquila, muchacha. Taehyung...
—Sí, señor —dije.
—Busca al consejero Park.
—Sí, señor.
Fui a buscar a Park inmediatamente. Lo había visto en una ocasión. Era el contable del Comandante, el que me había dado el dinero que gané haciendo de fugitivo. Estaba trabajando, pero me siguió inmediatamente al despacho del Comandante.
—Park, ¿aún necesitas una ayudante? —le preguntó el Comandante.
—Sí, señor —replicó él.
—Sora, tienes un día para demostrar lo que vales. Si no dejas asombrado al consejero Park con tus habilidades matemáticas, tendrás que regresar a la clase del tutor. Si lo consigues, el trabajo será tuyo. ¿De acuerdo?
—Sí, señor. Gracias, señor —dijo Sora, con el rostro radiante, mientras seguía a Park.
Yo me maravillé por la actitud del Comandante. El hecho de mostrarse compasivo, de haber escuchado la versión de Sora y de haberle dado una oportunidad, era exactamente lo opuesto de lo que yo me había imaginado que ocurriría. ¿Por qué un hombre de tanto poder se iba a tomar las molestias de dar un paso así? Corrió el riesgo de enojar al tutor y al coordinador. ¿Por qué quería apoyar a una estudiante?
Aquella noche, mientras me dirigía con un libro de Botánica bajo el brazo a las habitaciones de Seokjin, me pregunté cuándo debería mudarme a mi antigua habitación. Como Son ya se había marchado, no había razón lógica para quedarme con Jin. Sin embargo, la posibilidad de volver a la pequeña habitación, me provocaba un extraño vacío en mi interior. Era el mismo vacío que llevaba ya sintiendo cuatro días.
Cuando entré en las habitaciones de Seokjin, tan sólo me saludó una fría oscuridad. Mi desilusión me sorprendió y me di cuenta de que lo estaba echando de menos. Sacudí la cabeza ante tan extraño concepto. ¿Yo? ¿Saliendo con Jin? No podía permitirme pensar algo así. En vez de eso, me centré en mi supervivencia. Si quería descubrir el antídoto para el Polvo de Mariposa, la mejor idea no era hacerlo sentado en el salón de Jin. Por supuesto, la situación podría cambiar muy pronto. Cuando él regresara y se enterara de que Son se había marchado, probablemente me ordenaría que me marchara.
Después de encender las lámparas, me relajé en el sofá con el libro de Botánica. La Biología jamás había sido una de mis asignaturas favoritas y, muy pronto, noté que estaba pensando en otras cosas. Mis débiles esfuerzos por mantenerme centrado se habían perdido en mis ensoñaciones.
Un golpe sordo me llamó la atención. Parecía que se había tratado de un libro que golpeaba el suelo. Miré a mi alrededor, pero el mío aún estaba sobre el regazo. Miré el salón para ver si se había desmoronado alguno de los montones que Jin tenía sobre el suelo. En medio de tanto desorden, no podía estar seguro.
Se me ocurrió un pensamiento que me puso los pelos de punta. Tal vez el ruido había venido de arriba. Tal vez no había sido un libro sino una persona. Alguien que había entrado para esconderse y esperar a que me durmiera para poder matarme.
Incapaz de permanecer sentado, agarré una lámpara y marché a mi habitación. Mi mochila estaba en el buró. Namjoon aún no me había pedido el cuchillo, por lo que yo no lo había devuelto. Lo saqué e inmediatamente recordé el consejo de Jungkook sobre utilizar armas. Probablemente era una tontería llevarse el cuchillo, pero me sentía mucho más tranquilo con él en la mano. Armada de aquella guisa, regresé al salón y pensé en qué hacer a continuación.
Aquella noche me resultaría imposible dormir hasta que hubiera registrado las habitaciones de arriba.
La oscuridad fue abriéndose a medida que subía con mi pequeña lámpara. Las escaleras terminaban en un salón. Como en la planta baja, había montones de libros, cajas y muebles por todas partes. Las esquivé con mucho cuidado. El corazón me latía con fuerza mientras iluminaba los rincones oscuros con la lámpara, prácticamente esperando una emboscada.
El reflejo de una luz hizo que se me escapara un grito. Me di la vuelta y vi que sólo había sido el brillo de mi propia lámpara sobre las altas ventanas que adornaban la pared más lejana. A la derecha del salón, había tres habitaciones. Tras examinarlas rápidamente, comprobé que, a excepción de libros y cajas, estaban vacías.
A la izquierda, había un largo pasillo. En el lado derecho del mismo, se abrían puertas en la pared de piedra. El pasillo terminaba con una puerta doble de madera. Sobre la madera de ébano, había tallada una escena de caza. Por la fina capa de polvo blanco sobre el suelo, supuse que aquella era la entrada al dormitorio de Seokjin.
El polvo mostraría fácilmente las huellas de un intruso. Al ver que el polvo estaba intacto, respiré más tranquilo. Sistemáticamente, registré el resto de las habitaciones del pasillo. Al abrir la última, me sorprendió mucho lo que vi, tanto que tardé un instante en comprender lo que era.
Comparada con el resto, aquella habitación estaba vacía. Había una larga mesa contra una de las paredes, centrada bajo una ventana. Sobre el suelo, y ordenadas por su tamaño, había piedras grises con rayas blancas, las mismas que había visto en el salón y en el gabinete de Seokjin.
Cuando entré, una espesa capa de polvo crujió bajo mis pies. Sobre la mesa había cinceles, limas y una piedra de amolar. Además, había varias estatuas en diversos estadios de creación entre las herramientas. Comprendí que las piedras, cuando se tallaban y se pulían, se metamorfoseaban en una piedra negra lustrosa y muy hermosa y las rayas blancas en reluciente plata.
Dejé la lámpara sobre la mesa y tomé una mariposa, que ya estaba terminada. Encajaba perfectamente en la palma de mi mano. Los detalles eran tan exquisitos que parecía que la mariposa podía echar a volar en cualquier momento. Admiré también el resto de las estatuas. Se había aplicado el mismo cuidado a cada una de ellas. Animales, insectos y flores alineaban la mesa. Aparentemente, la naturaleza era el tema favorito del artista.
Asombrado, comprendí que el artista debía de ser Jin. Tenía ante mis ojos una faceta de la personalidad de Jin que jamás habría imaginado que existiera. Me sentía como si me hubiera entrometido en su secreto más íntimo, como si hubiera descubierto que tenía esposa e hijos viviendo allí arriba en feliz reclusión. Por supuesto, me había fijado en las estatuas que Jin tenía en su escritorio y en el tigre de nieve que había en la mesa del despacho del Comandante.
Un ruido de pasos hizo que me diera la vuelta. Una sombra negra se cernió sobre mí. Me arrebató el cuchillo de la mano y me lo aplicó contra el cuello. No obstante, el rostro de Seokjin no mostraba ira, sino jocosidad.
—¿Estabas husmeando? —me preguntó, dando un paso atrás.
Con cierto esfuerzo, hice que el miedo desapareciera de mí y empecé a respirar una vez más.
—Oí un ruido. Vine a...
—Investigar. Buscar a un intruso es muy diferente de examinar estatuas —dijo, señalando la mariposa que aún tenía en la mano—. Estabas husmeando.
—Sí.
—Bien. La curiosidad es un rasgo digno de elogio. Ya me estaba preguntando cuánto tiempo tardarías en subir aquí arriba. ¿Has encontrado algo interesante?
Yo abrí la mano y le mostré la mariposa.
—Es muy bonita.
—Tallar la piedra me ayuda a pensar —comentó, encogiéndose de hombros.
Coloqué la estatua sobre la mesa, aunque sin soltarla del todo. Me habría gustado examinarla a la luz del día. Agarré la lámpara y me dispuse a salir de la sala con Jin.
—De verdad que escuché un ruido —insistí.
—Lo sé. Tiré un libro al suelo para ver qué era lo que hacías. Sin embargo, no esperaba que aparecieras con un cuchillo. ¿Es el que falta de la cocina?
—¿Namjoon denunció su desaparición? —pregunté, sintiéndome traicionado.
—No, pero tiene sentido tener siempre localizados los cuchillos de la cocina para que, cuando desaparece uno, nadie se sorprenda si le atacan con él —replicó él, entregándome el cuchillo—. Deberías devolverlo. Los cuchillos no te servirán de nada ante el calibre de las personas que van tras de ti.
Seokjin y yo bajamos las escaleras. Levanté el libro de Botánica del sofá.
—¿Qué le han parecido las vainas al Comandante? —me preguntó.
—Cree que son de Líbarus. Me las devolvió para que pudiera descubrir lo que son. He estado investigando un poco en la biblioteca —expliqué, mostrándole el libro. Jin me lo quitó y hojeó las páginas.
—¿Has encontrado algo?
—Todavía no.
—Tu comportamiento como fugitivo debió de impresionar al Comandante. Normalmente, él habría asignado esta clase de tarea a uno de sus consejeros.
Las palabras de Jin me incomodaron. No estaba convencido de que pudiera descubrir el origen de las vainas y granos. La idea de fallarle al Comandante me puso enfermo. Rápidamente, cambié de tema.
—¿Adónde se dirigía la caravana?
Seokjin guardó silencio, sin saber qué decir. Al final, tomó la palabra.
—A la nueva fábrica de Son —dijo. Si le había sorprendido su descubrimiento, no lo demostró. Se me ocurrió que, a pesar de toda la discusión sobre el permiso de Son, no sabía lo que pensaba hacer en aquella fábrica.
—¿De qué es la fábrica?
—Se supone que va a ser un molino de pienso —respondió él, entregándome el libro—. No sé por qué necesita esas vainas y granos. Tal vez sean un ingrediente secreto. Tal vez se añadan al pienso para incrementar el suministro de leche de las vacas. Entonces, todos los granjeros comprarían el pienso de Son en vez de crear el suyo propio. Algo así. O tal vez no. No soy ningún experto. Sea como sea, he designado a algunos de mis hombres para que vigilen la ruta y se infiltren en la fábrica. En este momento, necesitamos más información.
—Son se marchó del castillo esta misma tarde.
—Me encontré con su destacamento cuando regresaba. Mejor. Una cosa menos de la que preocuparme.
Jin se dirigió a su escritorio y empezó a rebuscar entre sus papeles. Lo observé de espaldas durante un instante, esperando. Él no había dicho nada sobre el hecho de que yo tuviera que mudarme. Finalmente, encontré el valor suficiente.
—¿Debo volver a mi antigua habitación ahora que Son se ha marchado?
Al ver que se detenía, contuve el aliento.
—No —respondió—. Sigues en peligro. Aún no nos hemos deshecho de la maga.
Una potente sensación de alivio se apoderó de mí, alarmándome al mismo tiempo. ¿Por qué quería permanecer a su lado? Resultaba algo peligroso, ilógico y, por lo que me parecía, lo peor para mí.
Aún tenía el libro sobre magia escondido en la mochila, que me llevaba a todas partes porque temía que Seokjin lo descubriera. Maldita sea... Como si no tuviera ya bastante de lo que preocuparme... No debería echar de menos a Jin. Debería esforzarme más por escapar. De hecho, en vez de resolver el enigma de los granos y las vainas, debería sabotearlo. No debería admirar y respetar a Jin. Debería, no debería, debería, no debería...
—¿Cómo se deshace uno exactamente de una maga? —le pregunté.
—Ya te lo he dicho —contestó, volviéndose para mirarme.
—Pero sus poderes...
—No tienen efecto alguno sobre mí. Cuando me acerco, siento su poder apretándome y haciéndome vibrar la piel. Me cuesta mucho esfuerzo, pero al final termino ganando. Siempre.
—¿Cuánto debes acercarte? —pregunté.
Jin estaba en el castillo en las dos ocasiones en las que yo había utilizado la magia. ¿Sospechaba de mí?
—Tengo que estar en la misma habitación —dijo. Un profundo alivio se apoderó de mí. No lo sabía. Al menos todavía.
—¿Por qué no mataste a la maga del sur en el festival?
—Taehyung, yo no soy invencible. Me resultó agotador derrotar a cuatro hombres mientras ella me hacía blanco de su poder. No me habría servido de nada perseguirla.
—¿Es magia el hecho de ser resistente a la magia? —quise saber.
—No —respondió. El rostro se le endureció de repente.
—¿Y el cuchillo? —dije, señalando el arma que, colgada de la pared, aún tenía restos de sangre. La sangre relucía bajo la luz de la lámpara. En las tres semanas que yo llevaba en las habitaciones de Jin, no se había secado.
Él se echó a reír.
—Ése es el cuchillo que utilicé para matar al Rey. Era un mago. Cuando su magia no pudo detenerme le hundí ese cuchillo en el corazón, me maldijo con su último aliento. Resultó bastante melodramático. Me deseo que me viera abrumado por la culpa sobre su asesinato y que su sangre me manchara las manos para siempre. Con mi peculiar inmunidad a la magia, la maldición se dirigió al cuchillo en vez de a mí —añadió, mirando la pared de la que colgaban las armas con gesto pensativo—. Es una pena que tuviera que perder mi daga favorita, pero se ha convertido en un trofeo muy bonito.
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