☣ Cαρίтυlσ 16 ☣
—¡Ya te tengo! —exclamó un hombre, sentándose sobre de mí.
A pesar de tener el rostro aplastado contra las piedras y la boca llena de tierra, reconocí la voz de uno de los hombres que había visto antes. Me obligó a colocar los brazos a la espalda y sentí como unas frías esposas de metal me rodeaban las muñecas.
—¿No te parece un poco excesivo, Jimin? —le preguntó su compañero.
Jimin se levantó y me obligó a ponerme de pie. En medio de aquella penumbra, vi que el hombre que me sujetaba era delgado, con una pequeña perilla.
—Nos ha costado mucho encontrarlo. No quiero que se escape —respondió Jimin.
Su compañero era aproximadamente de la misma edad, pero dos veces más corpulento. Tenía unos gruesos músculos y los ojos grandes y negros.
Yo quise salir huyendo. Era casi de noche y yo estaba esposado con dos desconocidos. Lógicamente, sabía que eran soldados del Comandante y que eran profesionales, pero eso no me tranquilizaba por completo.
—Nos has dejado en mal lugar —me dijo Jimin—. Seguramente todos los soldados van a cambiar de puesto. Por tu culpa, todos tendremos que limpiar letrinas.
—Ya basta, Jimin —le dijo su compañero—. Nosotros no vamos a tener que fregar suelos. Lo encontramos. Además, mira cómo va vestido. Nadie esperaba que fuera de camuflaje, por eso nos ha costado tanto verlo. Sin embargo, el capitán se va a quedar de piedra.
—¿El capitán ya está en el castillo? —le pregunté, tratando de empujarlos a ir en aquella dirección.
—No. Se dirige al suroeste con el resto de los hombres. Tendremos que presentarnos ante él.
Suspiré al ver que habría un retraso. Esperaba que el viaje de vuelta fuera rápido.
—¿Y si envías a Jimin a buscar al capitán mientras nosotros nos dirigimos al castillo?
—Lo siento, pero no se nos permite separarnos. Tenemos que viajar en parejas. No hay excepciones.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Jimin.
—Taehyung.
—¿Por qué tienes tantos deseos de regresar?
—Tengo miedo de la oscuridad.
—Lo dudo —comentó el otro soldado, riendo—. Jimin, quítale las esposas. No va a escapar.
Jimin dudó.
—Tienes mi palabra, Jimin —prometí—. Si me quitas los grilletes, no saldré huyendo.
Jimin gruñó, pero me quitó las esposas. Yo me limpié la tierra de la cara.
—Gracias.
Jimin asintió y señaló a su compañero.
—Se llama Jungkook.
—Kook, para abreviar —comentó éste, extendiendo la mano. Aquel gesto era un honor para mí. Si un soldado ofrecía la mano, estaba reconociéndome como un igual. Yo se la estreché con fuerza y los tres nos dirigimos al suroeste para encontrar a su capitán.
☣☣☣
El viaje al castillo resultó casi cómico. Casi. Si mis doloridos músculos no hubieran protestado a cada paso y si el agotamiento no me hubiera hecho arrastrar mi cuerpo como si fuera una capa vieja, me habría divertido.
Cuando encontramos al capitán de Jimin y Jungkook, él se mostró furioso.
—Vaya, vaya, vaya. Miren lo que han encontrado sus compañeros —comentó el capitán Hong. Era un hombre calvo y sudoroso, que resultaba algo viejo para ser capitán. Me pregunté si su actitud tendría algo que ver con la falta de ascensos—. Se supone que tengo los mejores exploradores del ejército del Comandante Min —les gritó a Jimin y a Jungkook—. Tal vez podrían ilustrarnos sobre qué procedimiento utilizaron que les llevó más de diecisiete horas encontrar a esta rata.
Mientras Hong seguía gritando, yo me di la vuelta y contemplé al resto de la unidad. Un par de los soldados parecía estar de acuerdo con su capitán, otros parecían resignados, como si ya estuvieran acostumbrados a sus rabietas. El resto tenía una expresión aburrida en el rostro. Un hombre, que tenía la cabeza completamente afeitada, me miraba con una incómoda intensidad. Cuando yo lo miraba a él, desviaba la mirada y se centraba en su capitán.
—Kang, ponle los grilletes a esa rata —le ordenó Hong —. Ya veo que nuestras prima donnas no se toman las molestias de seguir los procedimientos habituales de esta unidad.
Mientras Kang se aproximaba a mí, busqué la oportunidad de escabullirme. La promesa que le había hecho a Jimin sólo se aplicaba si podía volver sin esposas al castillo. Kook, presintiendo lo que yo estaba pensando, me colocó una mano sobre el hombro y me impidió moverme.
—Señor, tenemos su palabra de que no va a escaparse —dijo en mi defensa.
—Como si eso significara algo —replicó Hong, escupiendo en el suelo.
—Me dio su palabra —reiteró Kook, casi con un gruñido.
De mala gana, Hong permitió aquella nueva situación, pero pagó su mal genio poniendo al resto de los soldados en formación. Así, iniciamos un rápido regreso al castillo.
Yo caminaba entre Jimin y Jungkook, como si fuera un preciado trofeo.
Kook me explicó que el capitán no aceptaba bien las sorpresas y que estaba muy frustrado por tener que pasar un día completo en el bosque buscándome.
—El hecho de que te hayamos encontrado nosotros no ayuda en nada. Nosotros no formamos parte de su unidad. Seokjin nos ordenó que lo acompañáramos —me explicó Jimin.
El estado de ánimo de Hong empeoró cuando nos encontramos con el equipo que contaba con perros.
Yo experimenté un momento de pánico cuando los animales se abalanzaron sobre mí, pero luego resultó que lo hacían sólo para saludarme y lamerme. Su alegría era contagiosa. Yo sonreí y les rasqué en las orejas. Dejé de hacerlo sólo cuando Hong frunció el ceño y pidió orden.
Los perros no llevaban collares. Gijung, el perrero, formaba parte del otro equipo y los animales seguían sus órdenes sin rechistar. La responsable del equipo de los perros parecía desilusionada de que los canes de Gijung no me hubieran encontrado primero, pero se lo tomó con más gracia que el capitán Hong.
Se presentó y me dijo que era la capitana Jaeah y caminó un rato a mi lado para hacerme preguntas sobre mi «huida». Yo me atuve a la verdad todo lo que me fue posible. Cuando surgían preguntas sobre dónde había desaparecido mi rastro, mentí. Expliqué que me había dirigido hacia el norte por el agua antes de tomar la dirección este.
Jaeah sacudió la cabeza.
—Estábamos tan convencidos de que te dirigirías hacia el sur... Hong estuvo en lo cierto al dirigirse al este.
—Al final, quería dirigirme hacia el sur, por supuesto, pero quería confundir a los perros antes de hacerlo.
—Pues lo conseguiste. El Comandante no se sentirá muy contento. Menos mal que Jimin y Jungkook te encontraron. Si hubieras permanecido como fugitivo toda la noche, los dos equipos habríamos caído en desgracia.
Durante los últimos kilómetros de regreso al castillo, estaba tan cansado que no me fijaba en nada. Concentraba mi energía en seguir moviéndome.
Cuando por fin nos detuvimos, me di cuenta de que ya habíamos llegado al castillo. Era más de medianoche. Rápidamente, todos nos dirigimos a la sala del trono. Allí, comprobamos que una lámpara encendida indicaba que el Comandante estaba aún en su despacho.
Hong y Jaeah compartieron una mirada de resignación antes de dirigirse al gabinete para informar al Comandante. Yo encontré una silla y me senté en ella. Muy pronto, los capitanes regresaron. El rostro de Hong iba adornado con un profundo ceño, pero el de Jaeah no mostraba emoción alguna. Dijeron a sus unidades que podían romper filas.
Yo estaba tratando de encontrar fuerzas para ponerme de pie cuando Jaeah se acercó y me ayudó.
—Gracias —dije.
—El Comandante espera tu informe.
Yo asentí. Jaeah se marchó con sus hombres y yo me dirigí al despacho.
Al llegara la puerta, dudé.
—Entra —me ordenó el Comandante.
Me acerqué a su escritorio. Estaba tan inmóvil e impasible como siempre.
Sin poder evitarlo, me pregunté su edad. Su rango sugería un hombre maduro, pero su constitución y su joven rostro parecía indicar que estaba más cerca de los treinta años. Unos seis o cinco años mayor que Seokjin, si la estimación que había hecho sobre la edad de éste era correcta.
—Infórmame.
Describí detalladamente lo que había hecho a lo largo de todo el día, incluso mi huida a través de los árboles y mi encuentro con la maga. Le di la misma versión que le había relatado a Jin. Concluí mi informe hablándole de la caravana y del hecho de que él me había ordenado que regresara. Esperé las preguntas del Comandante.
—¿Significa eso que Jimin y Jungkook no te capturaron?
—No, pero fueron los únicos que estuvieron cerca de hacerlo. Pasaron cerca de un árbol en el que yo me había escondido y estuvieron siguiendo a Seokjin durante un tiempo.
El Comandante guardó silencio durante un momento. Sus ojos claros parecían traspasarme mientras yo le daba la información.
—¿Dónde están los artículos que Seokjin te entregó?
Abrí la mochila y dejé las vainas y los granos sobre el escritorio. El Comandante tomó la vaina y la examinó en la mano. Agarró un puñado de granos e hizo lo mismo. Después de olisquear una, la rompió por la mitad.
—No son de Athalom. Deben de ser de Líbarus, Taehyung. Llévatelas e investiga un poco. Descubre lo que son y dónde crecen.
—¿Yo? —pregunté atónito. Esperé que podría olvidarme de ellas en cuanto se las entregara al Comandante.
—Sí. Seokjin me recuerda constantemente que no debo subestimarte y, una vez más, me lo has demostrado. El general Son te educó bien. No me gustaría que esa educación se desperdiciara.
Yo quería protestar, pero el Comandante me ordenó que me marchara.
Con un suspiro, llevé mi maltrecho cuerpo a los baños. Allí, me quité dolorosamente la ropa, me lavé el barro de la cara y del cuello y me sumergí en una humeante bañera. Allí, disfrute de la calidez del agua, estiré mis doloridos músculos y traté de relajarme. Con la esperanza de quitarme el pegamento del cabello, sumergí la cabeza bajo el agua y me deshice el recogido que llevaba. Dejé que los relajantes sonidos del agua me acunaran.
De repente, unas fuertes manos me agarraron por los hombros. La boca y la nariz se me llenaron de agua. Traté de soltarme y, efectivamente, las manos se retiraron durante un segundo. Entonces, empecé a hundirme.
Instintivamente, agarré a mi asaltante, pero, antes de que pudiera hacer nada, éste me sacó del agua y me arrojó al suelo. Inmediatamente, me puse de pie para enfrentarlo. Vi que se trataba de Dongbae, que tenía una expresión de disgusto en el rostro.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —le grité.
—Salvando tu inútil vida —replicó él.
—¿Cómo dices?
—No te preocupes. No disfruté nada hacerlo. De hecho, me habría encantado ver cómo te ahogabas, pero el Comandante me ordenó que viniera a ocuparme de tus necesidades —dijo, arrojándome una toalla encima—. Tal vez hayas engañado al Comandante y a Seokjin y ellos crean que eres muy listo. Sin embargo, ¿cómo va a serlo alguien que se queda dormido en una bañera?
Traté de pensar en un modo de replicarle, siguiendo el consejo de Hoseok. Nada. No se me ocurría nada. No hacía más que pensar en el hecho de que tal vez Dongbae acababa de salvarme la vida.
—Te recuerdo que seguía órdenes —me espetó Dongbae—. Algunos incluso podrían estar de acuerdo en que salvarte la vida fue más allá de mi deber. No lo olvides, rata.
Mientras yo empezaba a secarme, se dio la vuelta y se marchó. No sentía gratitud alguna por el hecho de que me hubiera salvado la vida, asumiendo que eso fuera lo que había hecho. Tal vez me había hundido primero para luego fingir que me salvaba. No le debía nada. Recordé que me había dejado cubierto de vómito cuando tomé el «Amor mío» y se había negado a limpiar mi habitación cuando Jin me llevó a las suyas, además de escribirme un desagradable mensaje.
Lo peor de todo era que, seguramente, le estaba dando información sobre mí a Son. Si me había salvado de ahogarme, sólo me había compensado por tantos desaires, aunque no por todos. Tal y como yo lo veía, aún estaba en deuda conmigo.
El camino de regreso a las habitaciones de Jin me pareció interminable. Mis pasos sólo se veían a animados por mi deseo de marcharme a la cama.
Durante los siguientes días, caí en una rutina. Probaba las comidas del Comandante, iba a la biblioteca para investigar y daba un paseo por el castillo. Mi día como fugitivo había provocado que echara de menos el exterior. Si no podía subirme en los árboles, al menos sí podía recorrer los jardines.
Utilicé el mapa que había copiado en mi cuaderno para encontrar la biblioteca. Estaba constituida por una serie de salas en distintos niveles, que estaban a rebosar de libros. El olor a polvo y abandono flotaba por todas partes. Me entristecía saber que aquella tremenda fuente de información se desperdiciaba porque el Comandante desanimaba a los suyos de educarse más allá de lo que era necesario para sus trabajos. Dentro de su estructura militar, una persona se preparaba exclusivamente para su trabajo. No se veía bien el hecho de aprender simplemente por el deseo de aprender.
Cuando comprobé que la biblioteca era en realidad un lugar completamente olvidado por todos, decidí llevar allí las vainas y los granos en vez de transportar los pesados libros a mi habitación.
Encontré una mesa al lado de una ventana, por la que el sol entraba a raudales. Después de limpiar la mesa de polvo, convertí aquella zona en mi lugar de trabajo. Corté las vainas por la mitad y descubrí que estaban llenas de una pulpa blanquecina y pegajosa. Tras probar la pulpa, comprobé que tenía un sabor dulce, algo cítrico y con un punto amargo, como si estuviera empezando a pudrirse.
La pulpa contenía unas semillas. Conté treinta y seis exactamente y noté que se parecían a los granos de la caravana. Mi excitación disminuyó al comparar los dos granos contra la luz del sol. La que había sacado de la vaina era morada en vez de marrón y, cuando la mordí, tuve que escupirla por su sabor amargo. No se parecía en nada al sabor de los granos marrones.
Tras dar por sentado que las vainas eran una fruta y los granos comestibles, saqué todos los libros de botánica que pude encontrar y los amontoné sobre la mesa. Entonces, volví a recorrer las estanterías. En aquella ocasión, saqué todos los volúmenes que pude encontrar sobre venenos. Un montón mucho más pequeño. Jin seguramente se había llevado los más interesantes a su despacho.
En mi tercer recorrido por los estantes, traté de encontrar libros de magia. Nada. Vi que uno de los estantes estaba completamente vacío, una rareza en una biblioteca que estaba a rebosar. Me pregunté si allí habrían estado los libros sobre magia. Teniendo en cuenta la opinión del Comandante sobre la magia, resultaba lógico que hubiera destruido toda la información pertinente.
Mi instinto me empujó a mirar en los estantes inferiores. Pensé que un libro se podía haber escurrido del estante superior y quedar oculto bajo los de los estantes inferiores. Mis esfuerzos se vieron recompensados por el descubrimiento de un delgado volumen titulado «Fuentes de poderes mágicos». Abracé el libro con fuerza cuando la paranoia se apoderó de mí. Miré a mi alrededor para asegurarme de que no había nadie en la biblioteca y escondí el libro en mi mochila. Pensaba leerlo más tarde, preferiblemente en mi dormitorio con la puerta cerrada.
Encantado con mi última adquisición, busqué por todas partes hasta que encontré una silla que me resultara cómoda. Antes de llevármela a mi guarida, le limpié el polvo, sacudiendo con fuerza el terciopelo morado. Era la silla más elegante que había visto en el castillo y me pregunté quién la habría utilizado antes de mí. ¿Le habrían gustado al Rey los libros? La considerable colección parecía indicar eso precisamente.
Pasé muchas horas en aquella silla, leyendo los libros que había escogido sin encontrar nada. Al menos, el tedioso trabajo se veía dividido en pequeñas sesiones, gracias a que tenía que ausentarme para probar la comida del Comandante y por mis paseos vespertinos por el castillo.
Llevaba cuatro días realizando aquel ejercicio, pero aquella tarde, mi paseo contaba con un propósito.
Busqué un lugar desde el que se pudiera admirar la puerta este, pero desde el cual no pudieran verme las personas que pasaban por ella. Seokjin aún no había regresado de su misión y la semana de festejos por el festival de fuego había terminado también.
Aquella misma mañana, Namjoon me había informado de que Son y sus soldados por fin se marchaban del castillo, por la puerta este. El deseo de ver cómo Son se marchaba me había llevado a buscar el lugar perfecto.
Efectivamente, la información de Namjoon resultó ser correcta. Muy pronto me vi recompensado por un desfile de soldados vestidos de verde y negro. Vi a Son sobre su yegua, cabalgando entre sus consejeros.
Mientras observaba a Son, el fantasma de Yunjong apareció a mi lado. Sonrió y se despidió de su padre con un gesto de la mano. Un escalofrío me recorrió la espalda. De repente, una mano me tocó el brazo. El miedo me provocó una pequeña convulsión.
—Menos mal que se van —dijo Jungkook. Estaba con Jimin al otro lado de la valla. Los dos llevaban las camisetas sin mangas y los pantalones cortos con los que a los soldados les gustaba entrenarse.
—Me apuesto algo a que tú estás tan contento como nosotros de que se vayan —comentó Jimin, mientras se secaba el sudor de la cara con la parte inferior de la camiseta.
—Así es —admití.
—Queremos darte las gracias, Taehyung —afirmó Kook.
—¿Por qué?
—El Comandante nos ha nombrado capitanes. Dijo que tú hablaste muy bien de nosotros —respondió Jimin.
Sorprendido y agradado de que el Comandante hubiera tenido en cuenta mi opinión, sonreí.
—Ahora, formamos parte de la guardia de élite del Comandante —añadió con la voz llena de orgullo.
—Te debemos una. Cuando necesites ayuda, sólo tienes que decírnoslo —dijo Kook.
Aquellas palabras me dieron una arriesgada idea. Tal vez Son se había marchado, pero aún seguía siendo una amenaza.
—Necesito ayuda —dije.
Sus rostros reflejaron una expresión muy sorprendida.
—¿Para qué? —preguntó Kook.
—Necesito aprender a defenderme. ¿Podrían enseñarme autodefensa y a manejar un arma? —les pregunté, sin saber si estaba pidiendo demasiado.
Sin embargo, si me decían que no, no había perdido nada. Al menos lo había intentado. Jimin y Jungkook se miraron.
—¿Qué clase de arma? —quiso saber Jungkook.
Pensé rápidamente. Necesitaba algo que fuera lo suficientemente pequeño para poder llevarlo escondido en el uniforme.
—Un cuchillo —respondí, sabiendo que tendría que devolver el que me había prestado Namjoon de la cocina.
Los dos intercambiaron más gestos. Me pareció que Kook estaba de acuerdo, pero la idea no parecía ser del gusto de Jimin.
—Escuchen —dije, sin poder soportarlo más—. Si se niegan, lo comprenderé. No quiero causarles problemas y sé lo que tú, Jimin, piensas de mí. Creo que tus palabras exactas fueron: «es un asesino». Por lo tanto, si la respuesta es no, no me importará.
Los dos se miraron atónitos.
—¿Cómo...? —empezó a preguntar Jimin, antes de que Kook le interrumpiera con un codazo en el brazo.
—Nos oyó en el bosque, idiota. ¿A qué distancia estabas?
—A cinco o seis metros.
—Maldita sea —comentó Kook, sacudiendo la cabeza—. Quien nos preocupa es Seokjin. Si él está de acuerdo, te enseñaremos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Jungkook y yo estrechamos las manos. Cuando me volví hacia Jimin, él parecía sumido en sus pensamientos.
—¡Una navaja! —exclamó, agarrándome la mano.
—¿Cómo? —pregunté.
—Una navaja sería mejor que un cuchillo —explicó.
—¿Y dónde llevaría yo esa navaja?
—Atada al muslo. Sólo tienes que hacer un agujero en el bolsillo de tus pantalones. Si te atacan, sólo tienes que sacarla, abrirla y tendrás un arma a tu disposición.
—¡Estupendo! —grité. Estaba tan entusiasmado por la idea de aprender a defenderme que se me olvidó la condición—. ¿Cuándo empezamos?
—Bueno, dado que Seokjin aún no ha regresado —comentó Jimin, acariciándosela perilla—, podríamos empezar con unos movimientos de autodefensa básicos. No creo que haya nada que objetar a eso.
—Son movimientos que podría haber aprendido observando los entrenamientos de los soldados —añadió Kook, completamente de acuerdo con su compañero. Se decidieron inmediatamente.
—Empezaremos ahora mismo —dijeron al unísono.
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