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☣ Cαρίтυlσ 14 ☣

A la mañana siguiente, me dirigí a la puerta del sur justo cuando el sol coronaba las montañas del Alma. Muy pronto, los gloriosos rayos del sol se extendieron por el valle, indicando así el inicio del ejercicio del Comandante. El corazón me latía alocadamente de excitación y temor. Era una extraña combinación de sentimientos, pero los dos acicateaban mis pasos. Casi no sentía el peso de mi mochila.

Me había preocupado que los artículos que llevaba en la mochila pudieran considerarse como una trampa. Después de pensarlo mucho, decidí que un prisionero que tiene la intención de escapar se guardaría algunas raciones de pan y robaría un arma y otros objetos. Además, nadie me había dicho que debía huir sin nada.

Mi decisión por escapar se había incrementado desde que me propusieron la idea por primera vez. En aquel momento, el dinero era simplemente un aliciente. Quería demostrale al Comandante que se equivocaba. Al Comandante, que creía que yo no llegaría muy lejos. Al Comandante, al que le preocupaba que mi muerte pusiera en peligro el ejercicio.

Antes de abandonar el castillo, me detuve un instante para verlo a la luz del día. Mi primera impresión fue que parecía haber sido construido por un niño. La base era rectangular y sostenía una serie de niveles superiores de cuadrados, triángulos y cilindros, construidos uno encima del otro sin ton ni son. El único intento por conseguir simetría eran las magníficas torres que había en cada esquina del castillo. Estaban cubiertas de bellísimas vidrieras y parecían extenderse hasta el cielo.

El diseño tan poco usual del castillo me intrigó. Me habría gustado observarlo desde otro ángulo, pero Jin me había dado instrucciones de que saliera del complejo al alba, dado que sólo tenía una hora de adelanto sobre los demás. Jin me había pedido una de mis camisas para poder dársela a los perros para que la olfatearan. Cuando yo le pregunté quién probaría la comida del Comandante mientras yo estuviera ausente, él me dio una vaga respuesta. Me dijo que tenía a otros preparados en el arte del veneno que eran demasiado valiosos como para utilizarse regularmente.

Al contrario que yo.

La elección de la ruta hacia el sur era una elección evidente, pero no la mantendría mucho tiempo. Esperaba que los soldados dieran por sentado que me dirigía directamente a la frontera. El complejo del castillo estaba en el DM-6, bastante cerca de las tierras del sur, con el DM-7 al oeste y el DM-5 al este. El antiguo Rey, que había construido aquel complejo, prefería el buen tiempo.

Como iba alternando entre andar y correr, muy pronto llegué al bosque de las Serpientes. La noche anterior, mientras estudiaba algunos de los mapas de Seokjin, me di cuenta de que había un bosque que rodeaba Divitae por tres lados.

Atravesé corriendo el bosque, dejando un rastro muy evidente. Rompí ramas y pisé con fuerza la tierra. Seguí hacia el sur hasta que alcancé un pequeño arroyo. La hora que tenía de ventaja estaba a punto de terminarse. Me arrodillé en el agua y saqué un puñado de barro, dejando que el agua se me escurriera entre los dedos. Me unté el sedimento sobre la cara y el cuello. Como me había recogido el cabello, pude frotarme el barro por la nuca y las orejas sin problemas. Esperaba que los hombres pensaran que me había arrodillado allí para beber. Después de dejar bastantes huellas en la orilla del río para que mis perseguidores pensaran que había entrado en el agua, volví sobre mis pasos hasta que encontré un árbol. Con mucho cuidado para no dejar rastros, me quité la mochila de la espalda y dejé uno delos objetos que había tomado prestados de los herreros. Era un pequeño gancho de metal. Lo até a una larga y delgada cuerda que tenía dentro de la mochila.

Con rapidez, traté de engancharlo de una rama, pero fallé. Frenético, volví a intentarlo. Una vez más, no lo conseguí. Me centré en mi tarea y volví a probar suerte. Lo conseguí. Tras asegurarme de que el gancho estaba bien asegurado, me até el otro lado del cabo a la cintura y me coloqué la mochila. Entonces, tiré de la cuerda con ambas manos y levanté mi peso del suelo para engancharme inmediatamente a la cuerda.

Hacía mucho tiempo desde la última vez que había escalado así. Mis músculos se quejaron por la larga inactividad. Cuando llegué a lo alto, me senté a horcajadas sobre la rama y volví a guardarme la cuerda y el gancho.

Soplaba una fuerte brisa del oeste. Como quería apartarme del viento para que los perros no captaran mi olor, me dirigí hacia el este, saltando de árbol en árbol. Por una vez, mi contextura y mis habilidades acrobáticas me reportaron un beneficio.

Cuando me encontré con un árbol de la especie Cheketo, encontré un lugar seguro para apoyar mi mochila. Esta especie de árbol es la más grande de las que crecen en el bosque de las Serpientes. Tiene una hoja de forma circular, con manchas marrones, que era perfecta para mis necesidades. Permanecí inmóvil durante un momento, escuchando. No se oía nada más que el canto de los pájaros y el zumbido de los insectos. Detecté los débiles ladridos de los perros, pero puede que sólo se tratara de mi imaginación. No veía a Jin por ninguna parte. Sin embargo, conociéndolo, tenía que estar muy cerca.

Saqué el pegamento de Namjoon y empecé a arrancar hojas del árbol. Cuando tuve suficientes, me quité la camisa y empecé a pegarle las hojas. Trabajé con celeridad.

Cubrí la camisa, los pantalones, las botas y la mochila con las hojas. Luego me pegué una hoja enorme en el cabello y dos más pequeñas en las manos, de modo que los dedos siguieran teniendo libertad para moverse. Sonreí al pensar en lo que diría Namjoon si me viera caminando con hojas en la cabeza y en las manos por todo el castillo.

No tenía espejo, pero esperaba haberme camuflado adecuadamente todo el cuerpo de marrón y verde. Como estaba demasiado nervioso para quedarme en un lugar demasiado tiempo, seguí avanzando entre los árboles hacia el este. El gancho y la cuerda me ayudaron en numerosas ocasiones, aunque a veces tuve que cambiar de rumbo para poder utilizar las ramas de los árboles más adecuadas. No obstante, sabía que tarde o temprano tendría que dirigirme hacia el sur, dado que allí era el único lugar en el que un prisionero podría encontrar seguridad y asilo.

Líbarus recibía con los brazos abiertos a los refugiados de Athalom. Su gobierno había tenido una excelente relación con el Rey, intercambiando especias exóticas, telas y alimentos por metales, piedras preciosas y carbón. Cuando el Comandante dio por concluidas las relaciones comerciales, Athalom perdió muchos artículos de lujo mientras que Líbarus vio cómo sus recursos se limitaban. Afortunadamente, los geólogos de Líbarus habían descubierto minas en las montañas Esmeralda, por lo que, por el momento, el territorio del sur parecía contentarse con vigilar cautelosamente a su vecino del norte.

Muy pronto, me encontré con un sendero muy utilizado en medio del bosque. Tenía profundas huellas de carretas. Deduje que probablemente se trataba de la ruta de comercio que atravesaba el país de este a oeste. Me senté sobre una enorme rama para pensar. Decidí que mientras decidía adónde dirigirme, podía almorzar. Después de un rato, los relajantes sonidos del bosque me hicieron caer dormido.

—¿Ves algo? —dijo una voz masculina a mis pies, sacándome de mi sopor.

Muy asustado, me agarré a la rama para no caerme.

—No —replicó la voz de otro hombre en la distancia. Parecía muy molesto.

No escuché ladridos, por lo que deduje que debía de ser el otro equipo, el más pequeño. Demasiado arrogante. Merecía que me encontraran pronto.

Supuse que me iban a ordenar que bajara del árbol, pero no fue así. Miré hacia abajo, pero no pude verlos. Tal vez ellos tampoco me habían visto a mí.

Después de un rato, dos hombres surgieron de entre los matorrales. Ellos también llevaban camuflaje verde y marrón en sus ropas, aunque en su caso resultaban más profesionales.

—Fue una estupidez venir hacia el este. Seguramente ya llegó a la frontera del sur —dijo el de la voz gruñona.

—Eso fue lo que decidieron los de los perros, aunque los torpes perdieron el rastro —replicó el otro.

Sonreí. Había engañado a los perros. Al menos, eso lo había conseguido.

—No veo la lógica de ir al este —comentó el de la voz gruñona.

—No tienes que ver nada. El capitán nos ordenó que fuéramos hacia el este y nosotros vamos hacia el este. Parece pensar que ese crío se va a dirigir al DM-5. Es un territorio que le resulta familiar.

—¿Y si no regresa? Otra estupidez lo de utilizar al catador de comida —se quejó el de la voz gruñona—. Es un asesino.

—Eso no es asunto nuestro, sino de Seokjin. Estoy seguro de que si lograra escaparse, él se ocuparía del asesino.

Me pregunté si Jin estaría escuchando. Los dos sabíamos la razón por la que yo no escaparía, pero encontré aquel comentario muy instructivo. No todo el mundo sabía que me habían envenenado.

—Vamos. Tenemos que reunimos con el capitán en el lago. Ah, y no hagas tanto ruido.

Los dos hombres se marcharon, escondiéndose de nuevo entre los matorrales. Esperé pacientemente hasta que no noté actividad alguna. Los hombres habían decidido mi siguiente movimiento. El lago estaba hacia el este. Sin dejar las ramas de los árboles, me dirigí hacia el sur.

Mientras avanzaba, empecé a tener un extraño sentimiento. De algún modo, me convencí de que los hombres que yo había visto me estaban siguiendo y que se acercaban cada vez más. Sentí un deseo irrefrenable de avanzar con más rapidez. Cuando ya no lo pude soportar más, dejé a un lado todas las precauciones y bajé delos árboles. Empecé a correr desesperadamente.

Cuando llegué a un pequeño claro, me detuve. El sentimiento de pánico había desaparecido. El costado me dolía mucho. Dejé caer la mochila y me senté en el suelo, tratando de recuperar el aliento. Me maldije por haberme dejado llevar por el pánico.

—Bonito atuendo —me dijo una voz familiar. El miedo me dio fuerzas para ponerme de pie.

No se veía a nadie. Aún. 

Abrí la mochila y saqué el cuchillo. El corazón me daba saltos incontrolados en el pecho. Examinaba el bosque mientras me movía en pequeños círculos, buscando la voz de la muerte.

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