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Capítulo 36: Tienes que estar bromeando

Jason

—Muy bien chicos, lo han hecho genial. El entrenamiento continuará mañana a las ocho de la noche. No lleguen tarde. Pueden irse. —dijo Alex para finalizar con la práctica del día. Podía notar que no tenía ni una gota de sudor en su frente, a pesar que él se había encargado de demostrar todos los ejercicios, y además hacía de maniquí. Yo me encargaba de decirle qué hacer, aunque por supuesto él lo mejoraba; yo también me encargaba de supervisar y corregir los errores de los novatos. Era muy divertido ser el jefe, pero debía decir que era muy agotador; largas noches entrenando, preguntas estúpidas, planificar todo; nadie puede hacer nada si yo no lo digo. Pero yo había elegido esto, y no pensaba retractarme.

—Moreau. —dijo Alex acercándose a mí. —¿Cómo te parece que va todo? Los chicos avanzan bastante rápido. Este chico Michael... demonios, podría jurar que no he visto a nadie correr más rápido que él. —Podía notar que hablaba con admiración.

—Sí, y Amy ya es capaz de manejar dos lanzas a la vez. Cuando la conocí era buena, pero ha mejorado mucho. Lástima lo de Hayley. Era realmente buena.

—Sí, lo sé. No había visto a nadie bloquear un vampiro así desde... —Él se calló, pero ya sabía lo que quería decir.

—Christopher es agua pasada. No tiene sentido hablar de él.

—Jason, Christopher no era el centro del mundo. Era solo un chico más, con buenas habilidades debo decir. Pero no creo que si él estuviese vivo, estaríamos aquí, con nuestro propio ejército. No creas que hablo de él para adularlo. Ese nunca ha sido mi estilo. —dijo, con una sonrisa socarrona en el rostro.

—Pero estaríamos en la Lanza de Fuego. Sinceramente Kingsbury, ¿tú conociste otra casa?

Él lo pensó por un momento, reacio a contestar.

—No. Pero esa ya no era mi casa.

—¿Por qué? ¿Porque ya no estaba tu adorado tío de general? Él no era bueno. No en realidad. —le recalqué.

—Lo sé. Ojalá lo hubiese matado yo mismo. Su muerte era mi oportunidad para ser general... Christopher lo impidió.

—¿Así que... odiabas a tu tío? —le pregunté, solo para estar completamente seguro.

—Lo aborrecía totalmente. Ese maldito vejestorio merecía todo lo que le pasó. —confesó.

—Bueno... tomando eso en cuenta, no creo que importe si te lo digo. Yo maté al General.

Él abrió mucho los ojos. —¿Tú? Pero... ¿cómo? ¿Por qué? —balbuceó.

Me encogí de hombros, bastante incómodo. —Me echó de la Lanza de Fuego... lo peor de todo es que su muerte fue en vano. De igual forma me largué de allí.

Él me puso una mano en el hombro. —Demonios, eso requiere valor. Aunque debo decir que tal vez eres un poco demasiado intrépido para tu propio bien.

—¿Eso qué se supone que significa? —pregunté, un poco a la defensiva.

—Que sí me sirves, muchacho. El que no arriesga, no gana, y tú definitivamente te arriesgas.

—Eso no es nada nuevo. Pensé que ya teníamos un trato.

—Sí, pero no estaba seguro de que fueras lo suficientemente fuerte... hasta ahora. —Bufé, pero preferí no decir nada. Ya estaba obteniendo lo que quería.

***

Es linda, pensé mientras la miraba. Más baja que yo, de cabello oscuro pero que parecía resplandecer con el sol, y dulce mirada. Parecía joven, probablemente menor que yo, pero había algo en su actitud que la hacía parecer mayor... una especie de solemnidad en su simple presencia. Otro detalle bastante llamativo era que se había mudado sola.

Una idea vino a mi mente de forma automática, pero la deseché al momento. Le pedí a Dios estar equivocado. Yo estaba bastante mal vestido, así que me fui a cambiar; la primera impresión era importante. Me miré en el espejo y lo cierto es que me veía casi igual, pero qué demonios. Me alboroté un poco el cabello y le giré los ojos a mi reflejo. Caminé hasta allá, respiré hondo y toqué el timbre. Me dieron náuseas; tuve ganas de salir corriendo. Ella abrió la puerta y al verme sonrió.

—Eh... Hola. Soy... Eh... Jason Moreau. Vivo al lado. Vi que la casa se había vendido y... eh... quise pasar a saludar y presentarme. —dije, ofreciendo mi mano y esbozando media sonrisa. Demonios, me sentía patético.

Ella miró mi mano extendida por un momento antes de tomarla, un poco vacilante, para luego estrecharla con fuerza. —Soy Anika.

—Es un placer... eh... ¿y tus padres dónde están? ¿Vendrán pronto? —dije, pero luego de decirlo me arrepentí. Solo le había dicho tres palabras y ya sonaba como un acosador. Hice una mueca, pero ella pareció no notarlo. Se veía impasible.

—Ellos no estarán por aquí. Decidí independizarme. —dijo, con un encogimiento de hombros.

—Y, ¿dónde irás a la escuela? ¿Será cerca de aquí? ¿O te irás a un instituto privado? —Demonios. Basta, Jason. La chica debe pensar que vas a secuestrarla por la noche. Cállate ya.

—Creo que la escuela se llama St. Basilio High, ¿y tú? ¿Vas a alguna distinta?

—Eh... no, justo a esa. No hay muchas opciones por aquí tampoco. —dije.

—¡Oh, genial! Ahora ya conozco a una persona más allí. —dijo, con un brillo particular en sus grandes ojos.

—¿Ah sí? ¿Conoces a alguien aquí en París?

—Claro que sí... es más, creo que va a la misma escuela que tú. Clarissa Fournier, ¿la conoces? —dijo con naturalidad. Yo tensé la mandíbula cuando escuché su nombre, tratando de no hacer el gesto tan notorio.

—¿Se conocen de hace tiempo? —pregunté, todavía tenso.

—¿Conocernos? ¡Le salvé la vida! ¡Podrías decir que somos las mejores amigas! —dijo, con una sonrisa un tanto entusiasmada.

Lo consideré un momento y traté de modular el odio en mi voz. —Sí, la conozco. —No estaba diciendo mentiras, solo escondía gran parte de la verdad. —Y dime algo, pequeña, si eres tan amiga de Clarissa, ¿cómo es que nunca te había visto por aquí? —dije, apoyándome en el marco de la puerta y tratando de sonar lo más casual posible.

—Te digo que decidí independizarme. Mis padres... eh... se divorciaron. Y no quería estar en medio de su pequeña disputa. Así que decidí abandonar Londres y aquí estoy. —Así que ese acento era inglés... interesante.

—¿Quiere decir que estarás por tu cuenta?

—Sí, viviré sola... ¿por qué? ¿Qué pasa por tu mente, vecino? —Era curioso. Incluso yo me sentía un acosador después de tantas preguntas, pero ella lucía relajada y tranquila, a pesar de no ser más que una niña.

—Bueno, estaba pensando en que si justo acabas de llegar de Londres, entonces no estaría mal que alguien te mostrara la ciudad.

—¡Sí! ¡Eso me encantaría! Dame un momento para desempacar y vamos. —respondió. Se veía realmente emocionada. —¿Me quieres acompañar? Así tal vez pueda desempacar un poco más rápido.

—¡Claro, por supuesto! —respondí automáticamente, más animado de lo que pretendía.

Ella sonrió, y se hizo a un lado para que pasara. Al entrar, lo primero que pude notar fue la gran cantidad de cuadros que había. Más que la casa de una adolescente, esto parecía una especie de galería de arte. Las paredes estaban pintadas de un color rosa pálido; el color de los muebles también hacían juego. ¿En qué momento había venido el camión de mudanza para traer todas estas cosas?

—¿En cuánto tiempo lograste hacer todo esto? —pregunté asombrado.

—No lo sé... cuando uno se divierte el tiempo vuela. —dijo, haciendo un gesto despectivo con la mano. —Ven, por aquí está mi cuarto.

La casa era mucho más pequeña de lo que pensé. Solo tenía una habitación.

Había algo extraño en todo esto, y aún no podía averiguar qué era, pero esta chica en definitiva era extraña... y agradable. Sacudí mi cabeza y traté de alejar esos pensamientos. Solo estaba siendo un buen vecino y nada más que eso.

Entramos en su cuarto y me quedé bastante sorprendido. Era completamente diferente al resto de la casa, que parecía una especie de pastelería. Su habitación tenía las paredes salpicadas de color negro y rojo, con pequeños cuadros de arte abstracto colocados sin ningún orden aparente. Levanté las cejas en dirección a ella. Esta habitación parecía de un guitarrista de banda de rock, no de una pequeña niña.

—¿Qué? Me gusta darle personalidad a mis cosas. —dijo, encogiéndose de hombros.

La observé mientras sacaba de distintas bolsas: vestidos, blusas, faldas, shorts, zapatos de tacón y zapatos deportivos. Mientras se cambiaba, me dediqué a mirar un poco más de cerca alguna de las cosas que estaban en la habitación. Había múltiples perfumes, libros de poesía, y un pequeño baúl. Éste último me dio curiosidad, y me acerqué a abrirlo, arriesgándome a parecer un completo entrometido. Dentro había un guardapelo en forma de rombo, con trozos de lo que parecían rubíes incrustados al borde. Sin duda estaba hecho de plata. Lo abrí, y una foto en blanco y negro, de una chica de pelo negro liso baja con dos señores en su espalda cayó. Yo la recogí para verla de cerca, pero justo en ese momento Anika salió del baño y puse todo como lo había conseguido de forma precipitada.

Se veía hermosa. Tenía un short negro junto con una sudadera azul, y unas zapatillas del mismo color. Asimismo, se ató el cabello en una cola de caballo.

—¡Lista! ¿A dónde vamos? —me preguntó sonriendo.

—Vamos a dar un paseo por la ciudad. ¿Tienes auto? ¿O prefieres ir en mi motocicleta?

Anika lució un tanto escandalizada ante la mención de montarse en una moto. —No, no te preocupes. Sí tengo auto, pero tú conduces. —Me lanzó las llaves y se dirigió hasta la salida. Su auto era un beattle amarillo; combinaba un poco con ella misma. Conduje rápido, pues la verdad me sacaba de quicio ir lento; ya estaba acostumbrado a mi motocicleta, y la verdad es que a ella misma no parecía molestarle la velocidad.

Cuando llegamos a nuestro primer destino, ella se veía totalmente maravillada con la visión que se le presentaba. El edificio era grande, antiguo, elegante y muy imponente.

—¿Estás bromeando? ¡Siempre quise venir aquí! —dijo con una sonrisa. Prácticamente saltó del auto y corrió hasta el lugar.

—Sí, es uno de los sitios más representativos de Paris. —respondí.

Sabía que ir al Museé de Louvre era una gran idea, sobre todo después de ver todos los cuadros que había en su casa. Ella me tomó la mano y prácticamente me arrastró dentro. Me sorprendió la fuerza que tenía siendo tan pequeña.

Estuvimos caminando por todas partes. Había obras de Van Gogh, Da Vinci, Picasso y demás. Llegamos al sitio donde estaba la famosa "Mona Lisa", y como de costumbre, había mucha gente a su alrededor, tomándole fotos, admirándola, grabándola en su mente. Era un poco molesto en verdad. ¡Vamos! ¡La maldita no tenía nada de especial! La habían visto un millón de veces en revistas, televisión, por la calle, incluso si te esforzabas lo suficiente encontrarías cajas de cereal que tenían la maldita pintura en ella. Giré los ojos a los turistas y me volteé; vi un lienzo del tamaño de la pared más grande que había en la sala de mi casa; a mi parecer esto era mucho más interesante que la Mona Lisa, y no pude evitar quedarme un tanto embelesado observando. Tenía un aire de melancolía pero era maravilloso. Anika se volteó también, después de estar unos pocos minutos perdida junto a la multitud que observaba a la dichosa señora, y se quedó mirando el mismo lienzo que yo.

—Es hermoso. —dijo, sin apartar su mirada de la pintura.

—Lo sé. Es... diferente. —remarqué. Entonces nos miramos a los ojos, casi sin querer.

Había algo profundo... era como si realmente estuviese mirando a alguien por primera vez en la vida. Nos quedamos así por un momento, ninguno perdía el contacto ni siquiera para parpadear, hasta que un flash nos cegó, y al fin apartamos la vista. Pude ver su rostro sonrojado un momento, y por alguna razón, mirarla me hizo recordar un antiguo poema de una persona anónima que había leído hacía algún tiempo: "Nouvelle Star". Al mirar a Anika, por alguna razón, no podía evitar sentir que una especie de luz emanaba de su interior.

—Ehm... ¿quisieras ir a tomar algo? Hay cafés por doquier. —le sugerí, evitando su mirada.

Ella pareció pensarlo por un momento. —Me encantaría. —dijo, tomándome por el brazo para arrastrarme, esta vez de regreso al auto.

Fuimos al café más cercano; pedí un croissant y una soda mientras que ella solo pidió una taza de café.

—¿No quieres comer nada? Va por mi cuenta. —agregué, por si el problema era cuestión de dinero.

—No te preocupes, tenía algún tiempo queriendo un poco de café. —dijo, tomándose lo que quedaba en la taza con rapidez. —Quizás podría probar alguna de esas adorables variedades que tienen por acá. —La miré extrañado, y ella pareció notarlo. —Oh vamos, ya lo sabes, en Londres todo es acerca del té. ¿Puedes traerme un mocaccino? Se escucha delicioso. —le solicitó al chico que nos estaba atendiendo. En un minuto le había llevado una nueva taza.

—¿Nunca habías probado el mocaccino? —le pregunté sorprendido. Mientras lo tomaba, ella lucía como si estuviese probando un manjar.

—¿Bromeas? No he probado la mitad de las cosas de este menú.

—Demonios, niña... ¿dónde diablos estabas metida? —Ella me miró por encima de su taza; solo levantó las cejas y siguió tomando.

No sabía si estar preocupado o divertido. Anika había probado toda la variedad de cafés que había en el menú. De haberlo hecho yo, probablemente no podría dormir en varios días, pero ella lucía completamente relajada y tranquila. Me estaba alterando de solo verla.

—Eh... ¿ya tomaste suficiente café? —pregunté dudoso, tratando de no sonar grosero.

—¿Yo? Pero si te estoy esperando. —respondió sonriendo. Le devolví la sonrisa y ahora fue mi turno de arrastrarla al auto.

—No me había fijado en el color de tus ojos. —comenté, ya en el auto. Eran bastante exóticos. Un hermoso color azul verdoso oscuro. —Son muy bonitos.

—Oh sí, casi lo olvido. Estos son lentes de contacto. Ya estaba notando algo extraño; debo quitarlos. —Estaba hablando muy rápido, luciendo un poco nerviosa. Entrecerré un poco los ojos y la observé bajarse del auto con rapidez y volver a entrar al café, del cual salió al cabo de unos tres minutos, con sus ojos ahora de color topacio profundo, y las mejillas un poco más sonrojadas que antes. La miré fijamente. Aquí había algo extraño. —Ok, ya estoy lista. Podemos irnos. Te presento a mis ojos reales.

No hicimos mayor comentario con respecto a sus ojos; esto ya se estaba tornando muy extraño y lo cierto es que me estaba incomodando un poco. Sin embargo, y no entendía muy bien por qué, no quería separarme de ella. Igualmente ya debía volver a casa, y el viaje se hizo más corto de lo que esperaba. Estacioné el auto en el frente de su casa y simplemente me quedé ahí mirándola. Pensando muy bien qué decir a continuación.

—Entonces, ¿te gustó lo poco que pudiste ver de París? —le pregunté.

—Paris es hermoso. Y mucho más teniendo un guía tan... adecuado. —dijo, sonriendo tímidamente.

Ella me dio un beso en la mejilla, muy dulce. A pesar del contacto de su piel fría contra la mía, cuando iba a bajarse del auto, la tomé por la mano y pegué su rostro al mío en lo que le daba un casto beso en los labios. Fue corto, pero lo cierto es que una especie de corriente eléctrica me recorrió todo el cuerpo.

—Que te vaya bien, vecina. —le susurré al oído, antes de darle un último beso en la mejilla. Ella se sonrojó, sonrió apenada y salió del auto sin decir nada más.

Yo volví a mi casa casi sintiéndome en las nubes. No sabía por qué carajos había hecho eso, pero no estaba nada mal. Debía dejarme llevar por mis impulsos más seguido. Al entrar, fui directamente a mi habitación y me arrojé sobre la cama simplemente a mirar el techo.

Rememoré cada una de las cosas que hicimos ese día; el momento en que vi su rostro por primera vez, arriesgarme a llevarla al Louvre y el hecho de que le haya encantado, verla tomar café como una loca, sentir sus labios con los míos... demonios. No sabía qué tenía esa chica. Sabía que había algo extraño. Sabía que había algo mal... pero había sido jodidamente perfecto.

No fue hasta que estaba en mi cama a punto dedormirme con un poco de música sonando en los auriculares de mi teléfono que mepercaté de algo sumamente curioso... en el cuarto de Anika no había una cama.

***

Hola de nuevo, mis lectores favoritos. Espero que no me hayan olvidado demasiado, porque yo a ustedes definitivamente no 🤗

Ojalá les guste el capítulo, aquí vemos otra faceta de Jason... un poco más humana, se podría decir.

Por favor díganme qué les parece :3

Estaré esperando sus bellos comentarios.

Gracias por quedarse.

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