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Capítulo 33: La sangre es más espesa que el agua

Clarissa

El tiempo en el avión fue terriblemente tedioso. Nos tomó una larguísima hora llegar a Lyon. Sabía que corriendo nos habría llevado menos tiempo, pero también sabía que mi madre me necesitaba en este momento.

Apenas despegó el avión mi mamá cayó profundamente dormida con su cabeza apoyada en mi duro hombro, y no se movió ni un poco en todo el rato que estuvimos en el aire. Cuando ya el avión estaba aterrizando, la miré. Tenía bolsas bajo los ojos y su piel estaba tan terriblemente pálida que hacía que yo luciera bronceada. Me daba pesar tener que despertarla; se veía tan cansada.

—Damon, me preocupa mamá. —susurré, intentando que no se despertara antes de lo necesario.

—Su comportamiento es normal, cariño. Perder a un hijo no es cualquier cosa. —Lo pensé, y lo cierto es que me lo podía imaginar, pero sabía que nunca experimentaría nada remotamente parecido. Me bastó entrar de manera superficial a la mente de mi madre y sentir ese dolor tan jodidamente profundo para saberlo.

La miré una última vez en lo que sentía que mi novio me daba un dulce beso en la coronilla mientras el avión aterrizaba por fin. Le toqué el hombro a mi madre, tratando de despertarla de la forma más delicada posible. Sin embargo, ella despertó sobresaltada.

—Llegamos. —dije, ella asintió, desperezándose un poco.

Bajamos del avión y tomamos un taxi hasta el hotel. La fachada del hotel era linda, pero no demostraba para nada cómo era por dentro. Era pequeño y acogedor, pero muy lujoso. La recepción estaba adornada con cortinas color marfil con ligeros detalles en negro, los cuales hacían un ligero contraste con el color mostaza que poblaba las paredes. Había una especie de sala de estar que constaba de cuatro sofás color negro, y justo en el centro una pequeña mesa. Podía ver a diversas personas tomando café, luciendo relajados... y deliciosos. El techo era de madera, un tanto rústico, pero estaba adornado con tres lindas lámparas de cristal, que estilizaban aún más el lugar en lo que reflejaban su luz perfectamente sobre el piso de mármol blanco.

Nuestras habitaciones estaban en el segundo piso. Mamá y yo compartíamos una y Damon tenía otra; una al lado de la otra. Apenas entrar, mamá puso su equipaje en la cama, a excepción de un pequeño bolso, con el cual se fue al baño. Yo me quedé sentada en mi cama, detallando el lugar. Las camas eran de lo que parecía ser madera pintada de blanco con detalles florales en la cabecera. El piso y las paredes eran iguales que los de la recepción. Era acogedora, y se notaba cómoda. Sin embargo, y aunque me entretuve un poco con los detalles del sitio que me rodeaban, lo cierto era que no necesitaba mi oído vampírico para escuchar a mi mamá llorar en el baño. Traté de entrar en su mente, pero me dio una fuerte punzada en la cabeza, bastante parecida a la que sentía cuando intentaba leer a Christopher, pero ésta tuvo el efecto contrario. La mente de Christopher parecía repeler todos mis intentos por entrar en ella. La cabeza de mamá, en cambio, me atrapó.

Era completamente incapaz de volver a mí misma. Habían voces, colores, olores, imágenes cambiantes a una velocidad que ni siquiera yo podía procesar... era completamente desesperante. Un segundo después, y cuando estaba al borde del colapso, estaba de vuelta en mi cabeza, completamente confundida. No sé qué había en la mente de mamá, pero tenía que ayudarla a mejorar, porque si a mí casi me enloquecía con tan solo unos pocos segundos, no podía imaginar cómo sería vivir con ello constantemente.

Fui hasta el baño y entré; solo vi a mamá sentada en el suelo, llorando en lo que golpeaba repetidas veces lo que sea que hubiese a su alcance. Me senté junto a ella y la abracé con fuerza.

—Mamá... yo sé que duele. Créeme que lo sé. Pero tú sabes que Víctor no habría querido verte así. Me preocupas. —dije. Mamá me miró a los ojos e hizo un intento de sonrisa, la cual lucía más como una mueca.

—Mira quién suena como la madre ahora. —dijo, entre lágrimas. Yo sonreí.

—Alguien debe hacerlo, ¿no crees? —dije de forma amable, en lo que me ponía de pie y la ayudaba a levantarse. La sostuve por un brazo hasta que la dejé acostada en su cama. —Descansa un poco, mamá—dije, y le di un dulce beso en la frente.

Apagué la luz y salí del dormitorio en silencio. Me sorprendió que no preguntara a donde iba, pero estaba tan sumida en ella misma que probablemente ni siquiera notó cuando me fui. Al cerrar la puerta sentí una especie de pesar inmenso donde se supone que debería estar latiendo mi corazón. Era una presión tan fuerte en mi pecho, que era casi doloroso físicamente. Tenía que ser fuerte frente a mamá; no podía permitir que me viera mal, pero lo cierto es que me estaba derrumbando poco a poco. Entré, como pude, a la habitación en la que estaba Damon. Él lucía relajado; con el torso desnudo mientras veía televisión.

—¿En esta época ya no hay modales? —preguntó, fingiendo estar ofendido por mi intromisión sin avisar, aunque cuando vio mi semblante, puso una expresión preocupada en su rostro. —¿Clari? ¿Qué sucede? —Antes de siquiera poder hacer nada más, simplemente no pude sostener mi propio peso por más tiempo y caí al suelo. Sentí las lágrimas correr por mi rostro y antes de siquiera procesar nada, Damon estaba a mi lado.

—Lo que sucede es que Víctor murió... y yo no me pude despedir, Damon. Él era todo en mi vida, y ni siquiera tuve la decencia de estar ahí para él. —Sentí la ira ascender hacia mí, y antes de notarlo, estaba de pie de nuevo simplemente destrozando la habitación.

Pude sentir los brazos de Damon a mi alrededor, deteniéndome justo antes de que quebrara el vidrio de la ventana de un golpe. Pude sentirlo entrar en mi mente, y yo lo permití; pude haber puesto el escudo, pero no tenía las cordura necesaria para hacerlo. Pude sentir su energía calmando mi mente poco a poco; casi arrullándola. Cuando me di cuenta, estaba sentada en el suelo de nuevo, con Damon acunándome en sus brazos, en lo que algo vino a mi mente de forma repentina.

—Oh por Dios, mamá... —Iba a decir algo más, pero mi garganta se cerró y simplemente me callé.

—¿Qué sucede con ella? —preguntó Damon, con tono cauteloso.

—Ni siquiera cuando la abuela murió la había visto así. Sé que no es lo mismo, pero estoy preocupada. —dije. Él me apretujó aún más.

—Necesitas despejarte un poco, cariño. Salgamos un rato a conocer Lyon. No he estado aquí antes, así que será una novedad para mí también. ¿Quieres? —Miré a donde estaba la alcoba donde podía escuchar los apacibles ronquidos de mi madre, Damon me dio un apretón reconfortante en la mano —Ella estará bien, Clari. —yo asentí, no muy convencida.

A pesar de que no estábamos tan alto, no saltamos por la ventana, simplemente caminamos. Al pasar frente a la habitación que compartía con mamá puse especial atención a ver si escuchaba algo más; me tranquilizó un poco no hacerlo. Al pasar por la recepción, la recepcionista no nos quitó la mirada de encima, ni siquiera un segundo, en especial a Damon. No podía culparla, mi novio era un espectáculo para la vista de cualquiera.

Caminamos a paso humano durante cuarenta y cinco minutos aproximadamente; Lyon no era tan pequeña como pensé. Sin embargo, debido a la hora, no había mucho que ver; solo la belleza natural que poseía el lugar. Aunque debía admitir que era realmente agradable un rato de soledad con Damon; sin Paolo, y el entrenamiento constante; sin Adriana, y la amenaza perenne. Éramos solo nosotros dos. A pesar de las circunstancias, se sentía bastante bien. Damon pareció leer mis pensamientos –lo cual probablemente estaba haciendo– y me dio un dulce beso en la mejilla.

—¿Qué te parece Lyon? —dijo, pegando sus labios en mi cabello.

—Me parece una ciudad pintoresca. Sin embargo, por más que me guste Lyon, odio las razones por las que estamos aquí. —Miré a mi alrededor por unos segundos. —Aunque puedo ver por qué Víctor escogió este lugar. Tiene su encanto. —Damon separó sus labios de mí, en lo que me miraba y suspiraba.

—Sé que odias la razón por la que vinimos... yo también me sentí así cuando mi hermano menor, a los ochenta y tres años, murió de un infarto. —Podía notar el dolor en su voz. Sin embargo, no se detuvo. —Asistí al funeral. Sabía que no quedaba nadie vivo que pudiese identificarme... pensé que podría mantener la compostura. Nunca me imaginé que dolería tanto verlo... muerto. —Pude ver cómo sus ojos se tornaron color azul brillante. —Solo puedo decir que el corazón se me rompió por completo. Es bastante triste que ese mismo día habría cumplido ochenta y cuatro años. Y allí estaba yo. Su hermano mayor; luciendo como si fuese su nieto y condenado a tener que vivir una eternidad mientras todas las personas que amaba se iban. —dijo con tristeza. Lo cierto es que nunca lo había visto llorar, así que no sabía muy bien cómo reaccionar.

Entre todas las cosas que había pensado acerca de ser un vampiro, nunca se me había cruzado por la mente eso. Sí, era cierto, sería una adolescente por el resto de mi vida. Nunca tendría hijos. Nunca sería un "adulto" real. Pero eso que acababa de mencionar Damon podría ser lo peor de todo. Vería a todos mis seres queridos morir... al menos a los humanos. Era una vampiresa, con poderes que desafiaban la naturaleza y todo lo que había creído en otro momento, pero no podía hacer absolutamente nada para luchar contra el paso del tiempo. El tiempo era un ente mucho más poderoso que yo, y cobraría las vidas de los humanos que amaba... y yo no podría hacer nada al respecto.

—Vamos, cariño. No llores. ¿Sí? —le dije, intentando consolarlo, aunque estaba un poco fuera de mí misma en ese momento. Él sonrió de forma triste. —¿Aún lo extrañas? —pregunté. Después que las palabras salieron de mi boca me arrepentí. Esa pregunta había sido estúpida. Cuando levanté mi rostro hacia él, pude ver que silenciosas lágrimas corrían por su rostro.

—¡Por supuesto que sí! Cada uno de los días de los trescientos veinticinco años que han pasado desde ese momento lo he extrañado con locura. Sé que tal vez no lo entiendes aún pero... —No pude hacer nada más que abrazarlo con fuerza.

—Lo sé... lo entenderé en algún momento. —Él soltó una carcajada triste.

—Están los papeles un tanto invertidos acá, ¿no crees novata? Se supone que yo debería estarte consolando. —Sonreí y le di un dulce beso en la mejilla.

—Me conformo con que estés aquí para mí. —Él sonrió de forma sarcástica, lo cual desentonaba de forma notoria con las lágrimas que aún quedaban en su rostro, las cuales yo estaba limpiando con delicadeza.

—Eso es algo cursi.

—Supongo, pero sé que te encanta. —dije, riendo.

—Es mejor que volvamos. —dijo. —Con el estado actual de tu mamá si despierta y no te ve, no sé qué podría hacer. —Solo asentí; sabía que tenía razón.

Volvimos, esta vez a velocidad vampírica; a esta hora no teníamos nada que ocultar, ni nadie a quién ocultárselo. Al llegar, abrí la puerta de la alcoba donde estaba mamá y la miré de refilón. Seguía dormida profundamente, justo como cuando me fui. Eso me alivió un poco; necesitaba descansar y estar lista para lo que venía. El funeral sería a las doce del mediodía, por lo que solo tenía unas pocas horas más para dormir. Iríamos al cementerio en la tarde de mañana.

Lo que quedaba de tiempo lo pasé encerrada en los brazos de Damon, sin dejar de prestar atención a cualquier sonido que pudiese provenir de la alcoba donde dormía mamá. Sin embargo, en algún momento caí profundamente dormida en sus fuertes pero acogedores brazos, justo como si fuese humana.

A las diez de la mañana, desperté. El sol estaba en su punto más alto, haciendo que la ciudad se viera mucho más hermosa y resplandeciente. El clima era realmente agradable; muy parecido al de París en un día soleado, pero eso no me importaba demasiado. Salí precipitadamente de la habitación y me dirigí a la alcoba de al lado, donde estaba mamá. No podía creer que me había quedado dormida en una situación como esta. Por suerte, para mi mamá pudieron haber pasado segundos, ya que estaba en exactamente la misma posición en la que la había dejado horas atrás. La vi tan profundamente dormida que me costó un poco decidirme a levantarla. Pero el funeral de Víctor era pronto, y si queríamos estar listos, debía hacerlo.

No me costó demasiado. Apenas puse mi mano en su hombro ella abrió los ojos, y se sentó luciendo sobresaltada.

—¿Qué sucede? —preguntó, con cierto toque de desesperación en su tono de voz, y un poco de... esperanza. Suponía que cuando una madre pierde a su hijo, siempre se despertará anhelando que todo fuese simplemente un mal sueño.

—Nada mamá. —dije en tono calmado, utilizando solo un pequeño toque de coacción en ella para calmar su mente... aunque por su corazón no podía hacer mucho. —Debemos irnos al funeral; ya es hora. —ella asintió, cayendo en cuenta de la realidad en la que se encontraba.

—Cierto, tienes razón. —dijo suspirando. Se puso de pie y fue al baño con lentitud. Quería darle algo de privacidad, así que fui a la habitación de Damon. Luego de las horas de descanso, y del toque de energía positiva que inyecté en ella, creía que estaría un poco mejor.

Entré en la habitación, luciendo un tanto derrotada. —Necesito un vestido. Con todo el apuro no traje nada para la ocasión. ¿Me podrías manifestar uno? —Damon asintió, y solo un segundo después un lindo vestido negro apareció frente a mí.

Al ponerme el vestido pude ver que se amoldaba perfectamente a mi cuerpo, como hecho a la medida. Lo cierto era que llegaba un poco más arriba de lo necesario así que Damon manifestó unas mallas color melocotón que lucían bastante bien. El vestido, a pesar de todo, era bastante sencillo, por lo que adorné mi cuello con un collar que me había regalado Víctor en mi último cumpleaños; era simple, pero hermoso. Tenía una fina cadena de oro, y su dije era una pequeña piedra de rubí. Siempre me había gustado, pero Víctor nunca me lo llegó a ver puesto. Me dejé el cabello suelto, dejando que el flequillo me cayera de forma delicada sobre el rostro; me apliqué un poco de maquillaje en mis mejillas y mis ojos, y me puse los zapatos de tacón negro que mi novio acababa de manifestar para mí. Luego de verificar que estaba todo listo, fui a ver a mamá.

A pesar de todo se veía hermosa. Su cabello, el aspecto que nos hacía más similares, lo llevaba completamente suelto y con ondas que caían por sus hombros. Tenía un vestido color azul oscuro que se ajustaba a su cuerpo, y llegaba justo por encima de su rodilla. Sonreí y le di un asentimiento de aprobación, en lo que volvía a la habitación de Damon, que estaba segura que ya estaría listo. Abrí la puerta y lo vi. Tenía una camiseta negra con una chaqueta de cuero encima, lo cual le daba un aspecto rudo y a la vez formal, aunque su sola presencia ya era bastante divina.

—¿Listo? —dije. Caminó hasta mi lado en menos de un parpadeo y me rodeó por la cintura.

—Listo. —dijo, mientras sonreía con dulzura.

Al llegar al sitio, lo cierto es que estaba un poco nerviosa. Sabía que habían historias acerca de los vampiros y los lugares sagrados, pero no sabía qué tan ciertas podían ser, así que estaba esperando empezar a quemarme en cualquier momento. Pero lo cierto era que en el momento en el que entré a la capilla, sentí una tranquilidad que hacía mucho tiempo no sentía.

Había muchas personas en el lugar. Algunos lloraban, otros contaban historias que habían vivido con él; era un escenario bastante deprimente. La mayoría de las personas eran chicas, y eran notoriamente ese tipo de chicas, lo cual me incomodó bastante.

Al cabo de unos cuantos minutos de sonrisas hipócritas y "sentidos pésames", me armé del valor necesario para acercarme a la urna de mi hermano y darle un último adiós.

Al verlo en la urna, con los ojos cerrados, la piel pálida, su cabello pelirrojo un poco más claro que el mío cayendo sobre su frente; podía ver que lucía casi igual que la última vez que lo vi hacía nueve años. Se veía casi... vivo. Parecía solo estar durmiendo, y que en cualquier momento abriría esos magníficos ojos verdes que compartíamos, me sonreiría y se reiría de mí por de verdad creer que había muerto. Pero sí lo estaba, y no había vuelta atrás, no realmente; no en este punto.

Al apartarme de la urna, dispuesta a no seguir viéndolo en ese estado tan definitivo, fue casi tangible el dolor que sentía. Ahora entendía un poco más lo que me había dicho Damon unas horas atrás. Sentí las lágrimas correr por mi cara, así que solo escondí mi rostro en el fuerte pecho de mi novio, que nunca se había apartado de mi lado y que ahora me daba un abrazo reconfortante. Sin embargo, eso no cambiaba nada; mi corazón ya estaba roto.

Ahora que era mayor, podía apreciar el físico de Víctor y lo cierto es que era un chico apuesto. No me sorprendía que hubiese tantas chicas lamentando su pérdida. Luego de ver a mi hermano, me senté cerca de mi madre y no me moví casi ni para respirar. A lo largo del día solo cuatro hombres pasaron frente a nosotras a ver a Víctor, el último, luego de mirarlo muy de cerca, se dirigió a mi madre. El tipo tenía aspecto fornido y serio. Usaba lentes oscuros, y estaba totalmente vestido de negro; con un pequeño vistazo en su mente pude constatar que era un enviado de mi padre. Cuando mamá lo vio, se levantó en el acto y caminó unos cuantos metros más allá de mí. Traté de escuchar lo que decían, pero la cantidad de personas a mi alrededor hacían un poco difícil que me concentrara, considerando las circunstancias. Sin embargo, después que el tipo terminó de hablar, le mostró algo a mi madre, a lo que ella lo miró, luciendo incrédula, para luego comenzar a hablar de forma rápida. No podía escuchar lo que decía, pero sus labios se movían de forma impresionante. El hombre parecía impasible, y cuando mamá se calló, el tipo le dijo otra cosa a lo cual mi madre contestó señalándome. Sin decir nada más, el tipo se dio la vuelta, y comenzó a caminar en mi dirección, mientras mamá se tapaba el rostro y comenzaba a llorar nuevamente.

—¿Clarissa Fournier? —preguntó, yo traté de contenerme para no asesinarlo por haber hecho llorar –aún más– a mi madre.

—Sí. ¿Quién eres tú? —pregunté tajante. Él se encogió de hombros, lo cual de cierta forma me hizo molestar aún más.

—Eso no es importante. —dijo, metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacando una pequeña caja.

—¿Entonces me estás diciendo que una persona no importante vino al funeral de mi hermano a hacer llorar a mi madre? Espero que me expliques qué diablos estás haciendo aquí, antes que te eche a patadas de este lugar. —Me puse de pie, estaba a punto de simplemente tomarlo de un brazo y sacarlo del sitio. Sin embargo, él se mantenía serio, su expresión era inescrutable, pero su mente no, y podía ver que se sorprendía un poco por mi temperamento.

Oh, no tienes ni la menor idea. Pensé.

—Vine para entregarte esto; es de parte de André. —Al escuchar su nombre quede en blanco. A pesar de lo que le había dicho a mi madre, lo cierto era que hacía mucho tiempo no sabía nada de él. Era indignante que en una situación como esta no estuviese aquí. Apreté los puños y estaba bastante segura que mis ojos tenían una tonalidad rojiza en este momento.

—¿André? —repetí, todavía incrédula. Él asintió. Una cosa era mandar un gorila al entierro de su propio hijo, otra muy distinta era no tener las bolas para venir él también.

—Te envía esto. —dijo, entregándome la pequeña caja que había sacado de su abrigo.

Miré la caja fijamente uno segundos antes de tomarla. —¿Por qué? —El hombre solo se encogió de hombros.

—¿Cómo puedo saberlo? —Antes de decir nada más, se dio media vuelta y desapareció entre la multitud.

Abrí la caja y vi un pequeño broche de la letra "F" mayúscula; tenía pequeños diamantes, esmeraldas y otras piedras preciosas incrustadas en el borde. En su interior era color negro... sí, podía recordar muy bien ese broche.

—¿André? —dijo Damon a mi lado, hablando por primera vez.

—Mi... padre. —Al decir esto último, la voz se me quebró un poco. Desde que tenía cinco años en realidad nunca había sabido nada sobre él, más allá de detalles insignificantes.

Recordaba la primera vez que había visto el broche. Se supone que había pasado de generación en generación durante muchos años, y se pasaba al hijo mayor, y ya que Víctor había... muerto, ahora me correspondía usarlo a mí. Víctor prácticamente se lo lanzó a papá el día que se mudó a Rusia. Recuerdo claramente las palabras que le dijo, y aunque en ese momento era muy pequeña para entenderlas, ahora resonaban de forma clara en mi cabeza; "Si tener este broche significa tener una conexión contigo, pues llévatelo. No quiero nada que demuestre que soy tu hijo". Antes de notarlo, una solitaria lágrima se deslizaba por mi mejilla.

Dentro de la caja, además del broche había una pequeña nota, escrita por una letra corrida un tanto garabateada que suponía que era de mi padre; "Lo siento cariño, de verdad. AF". Guardé la carta delicadamente en la caja, y luego me eché a llorar como no lo había hecho desde que me había enterado que mi hermano había muerto. Damon me abrazó con fuerza.

—Calma, Clari. Todo estará bien. —Me reí un poco. Sabía que eso era lo que se supone que tenía que decir, pero tanto él como yo sabíamos que era mentira.

—No, no lo estará. ¿Cómo demonios pudo hacer esto? —Damon me dio un beso en la frente y luego levantó mi rostro para mirarme fijamente.

—Supongo que tu padre debe tener alguna razón.

—¿Que debe tener alguna razón? ¿Se te ocurre alguna razón lo suficientemente buena como para no asistir al maldito funeral de tu primer hijo?

—Tal vez él...

—¡Víctor era su maldito hijo y él no está aquí! ¡Envió a uno de sus jodidos gorilas a darme un maldito regalo! —dije, un poco alterada, aunque sin gritar.

—Lo sé, cariño. Lo sé. —Suspiré y me sequé las lágrimas. Sabía que Damon solo trataba de ayudar, pero no lo estaba logrando.

—Bien... igual ya no hay nada que hacer. —dije, en lo que tomaba el broche y me lo colocaba. No como un símbolo de formar parte de la dinastía de "André Fournier", sino para recordarme a Víctor. Posiblemente si tuviese en frente a mi padre en este momento, también le lanzaría el broche al rostro.

Al día siguiente, en el cementerio, todo fue aún peor. Estaba anocheciendo, lo que le daba al lugar un aspecto más lúgubre. La temperatura era agradable, unos quince grados. Si hubiese sido invierno, habríamos estado congelándonos, aunque lo cierto es que cuando vi la tumba de mi hermano, nada de eso importó. En el momento en que le echaban tierra, tuve que agarrar a mamá por un brazo, porque en cualquier momento correría y se lanzaría a ella, o bien se desplomaría por completo. El sacerdote que estaba presidiendo todo el asunto dijo unas pocas palabras en lo que terminaban de sellar lo que sería el sitio en el que el cuerpo de mi hermano pasaría el resto de la eternidad. Ni mi madre ni yo quisimos hablar, así que lo vimos descender en silencio.

Cuando todo terminó, mamá se arrodilló en el suelo y lloró aún más que antes. Se sentía tan malditamente definitivo. Sentí una pesadez inmensa invadir mi cuerpo, y si no me movía me iba a atrapar por completo. Me adentré en la mente de mi madre, y todo era una locura. Todo estaba fuera de lugar. Le acaricié un poco la mente y salí de ahí antes que me atrapara. Me alejé un poco de donde se encontraba; sabía que debía estar sola por un rato.

Estaba de pie junto a Damon, solo abrazándolo con fuerza, cuando un chico bajo, de tez blanca y cabellos oscuros, se acercó a nosotros.

—¿Tú eres la hermana de Víctor? —me preguntó. Yo solo asentí. —Dejó esto para ti. —dijo, dándome un pequeño sobre, yo asentí de nuevo y él se fue. Bastante misterioso.

Era una carta de mi hermano. A pesar de los años, conocía su caligrafía desordenada bastante bien. "Clarissa, si lees esto, es porque yo no estoy y necesito un favor. Ve a mi casa y llévate mis cosas. A mama le hará bien tenerlas. Ella más que nadie te necesita ahora, eres todo lo que tiene. Cuídala bien, por favor. Lo siento, de verdad. No dejes que mamá se sienta culpable; todo esto es cosa mía. Y una última cosa, no le muestres esto a mamá, solo se pondrá más triste. Gracias hermanita. Nunca me fallaste, te quiero... Víctor"

¿Qué demonios era esto? ¿Esto era un jodido testamento? No. No podía ser. ¿Por qué razón un chico de veintiséis años tendría que tener un testamento? ¿En qué diablos estaba metido Víctor? En la carta había un mapa, bastante mal dibujado debo decir, donde indicaba con cierta exactitud donde estaba su casa.

—¿Irás? —preguntó Damon.

—Sí, claro que sí. Esta es posiblemente la última voluntad de mi hermano; lo mínimo que puedo hacer es cumplirla. Además, a mamá le hará bien tener algo de él, además de una foto.

—Tu mamá está destrozada Clari, nada en realidad le hará bien. Además, ¿qué sucede si Víctor no escribió la carta? ¿Cómo puedes estar tan segura?

—Puede que hayan pasado varios años, pero nunca olvidaría la caligrafía de mi hermano. Además, ¿qué es lo peor que me puede pasar? Me sé cuidar sola. Te has asegurado de eso. —dije de forma tajante. No quería sonar grosera, pero estaba cansada de que me tratara como una niña, además me las había arreglado para sobrevivir a la loca de Adriana... podía ir a la casa de mi hermano sin ningún problema a buscar unas cuantas cosas. Sin embargo, miré a Damon y pude ver que aún no estaba convencido. Sabía que solo quería cuidarme, así que respiré profundo y lo miré fijamente a los ojos. —Damon, esto es lo único que me ha pedido nunca. —dije, tratando de no empezar a llorar y usando solo un pequeño toque de coacción. Este era el último esfuerzo por convencer a mi novio de que esto no era una pésima idea; la expresión de Damon se suavizó un poco.

—De acuerdo, pero iré contigo. —Asentí. No me molestaba. Aunque prefería estar sola para tener un rato conmigo misma, que Damon me acompañara no estaba mal.

—Entonces vamos. Mañana nos iremos a casa y será demasiado tarde.

Nos despedimos de mi madre con una excusa vaga y nos fuimos. No nos hacía falta tomar un taxi, ya que llegaríamos más rápido a donde sea corriendo, y resultaba que Damon en realidad era muy bueno leyendo mapas, por lo que solo nos tomó un par de segundos llegar al hogar de mi hermano.

La casa era pequeña, pero tenía un aspecto lúgubre, un poco como de una película de terror, supongo que el hecho de que los árboles en la calle lucieran como si nunca hubiesen sido podados ayudaba con ese aspecto tétrico.

Al acercarme un poco más, observé la casa de Víctor con detenimiento. La puerta de la casa era muy grande y de madera. No tenía ventanas a la vista, cosa que solo la hacía lucir más tenebrosa. Alejé todos esos pensamientos de mi mente, suspiré, y giré el pomo de la puerta; algo debía tener este lugar si Víctor había preferido quedarse aquí que volver a casa.

No me había dado cuenta de que había estado conteniendo el aire hasta el momento en que lo dejé salir de súbito.

La puerta se abrió lentamente con un chirrido teatral.

Tomé la mano de Damon; él me la apretó con fuerza, y juntos nos sumergimos en la oscuridad.

***

Hola lectores!!! Sé que tardé un poco bastante para subir este capítulo, pero lo cierto es que es bastante largo y como les avisé el capítulo pasado subí capítulo en mi otra historia, así que estaba un poco ocupada con eso, pero por fin ya llegó este capítulo.

Y bueno, no sé ustedes, pero a mí me encanta tener a alguien que representa cada mínimo personaje de mi historia, así que aunque este personaje no es uno de los principales hoy quiero darles el rostro (como yo lo imagino) de la mama de Clari...

¿Qué les parece? ¿Les gusta? Y además de eso les tengo un pequeño bonus, y es que también les quería mostrar cómo me imaginaba a Víctor.

Espero que les guste mi elección, y que se animen a compartir la suya, y por cierto, la foto en multimedia es Clari con su look de funeral...

¿Qué creen que encontrarán Clarissa y Damon en la casa de Víctor?

El próximo capítulo que subiré también será de Pacto Eterno, así que estén pendientes ;)

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